Capítulo XXII #2
Ya encerrada en su cuarto, sacó la botella del brebaje que brilló sin dudar. La maravilló, pues la luz era muy tímida para que refulgiera así.
Mientras la contemplaba en silencio, no podía creer que tuviera en sus manos el final de todo. Se arrepintió de haberse dejado llevar durante tanto tiempo por la curiosidad. Dejó la botella sobre el escritorio y después retiró el broche de Ryenh.
Solo que, al hacerlo, sintió como si un pedazo de su piel le fuera arrancado junto con la joya. Tuvo que respirar profundo un par de veces mientras se aferraba al escritorio; el dolor había sido tan intenso que creyó se desmayaría. Así se sentía arrancarse los sentimientos.
Cuando logró recomponerse, fue hasta la cama, se quitó el abrigo y se dejó caer con los brazos abiertos. Su aroma, la suavidad de las ropas de cama, y lo esponjoso de esta la reconfortaron, pero no la hicieron olvidarse de todo lo vivido en ese día. El broche aún se encargaba de ello.
Sin embargo, logró un poco de claridad mental, lo suficiente para pensar en Henry. Sentía su amor tan sincero y real que era imposible de creer que uno falso e impuesto estuviera luchando contra él.
Cerró los ojos por un momento, solo para repasar el plan. Pero se quedó dormida sin desearlo.
Sus recuerdos se disfrazaron de sueños para torturarla, volviéndose cada vez más oscuros y aferrados a ella. Durante todo el tiempo, aquella melodía que la había atraído a ese mundo no dejó de sonar, cada vez más alto, más tétrico, tan real, hasta el punto de despertar sobresaltada.
«¿De quién era esa respiración pesada que se escuchaba entre la melodía?», se cuestionó mientras se frotaba la frente, angustiada.
Parecía ser el respiro de una criatura. Pero no se trataba de la fyrai transformada en oso, sino de algo mucho más grande y mucho más temible.
Suspiró mientras veía hacia la ventana, tratando aún de reconocer lo que escuchó. Ya era de día.
—No puedo más… Necesito irme de aquí… muy lejos… para sacarme ese mundo de la cabeza —murmuró mientras se frotaba la cara para despertar bien.
Después se levantó con un quejido de dolor. Ahora que su cuerpo se había relajado, los músculos sintieron el abuso.
Fue a su escritorio y tomó su celular. No llamaría a Henry, pero buscó una de sus fotos.
Cuando encontró aquella en la que vestía el uniforme de polo, le pareció más guapo que antes. Le encantaba ese aire elegante que tenía, incluso en fotografía.
—Milady —llamó Phillys tras tocar la puerta—, buenos días. Su baño está listo. ¿Desea que le prepare su ropa?
Bea reaccionó como si despertara del mejor de los sueños, solo para recordar que todavía tenía que enfrentar la realidad de la maldición.
—No, Phillys, yo preparo mi ropa. Saldré con mis amigos.
—Muy bien, milady. Llámeme si me necesita.
—No te voy a necesitar… Tomate el día.
—¿Es en serio, milady?
—Sí, estaré todo el día fuera.
—¡Gracias, milady! ¡Que descanse! —dijo la doncella, entusiasmada por su día libre, y salió sin hacer ruido. Envidió su ignorancia acerca del mundo oculto en el bosque… el lugar al que ella estaba obligada a regresar.
Bea se tomaría unas horas para prepararse para la noche. La habían citado antes del anochecer y, como no sabía cuánto tiempo tomaría llegar a Reslond, quería estar a tiempo en el punto que Briar le había indicado.
Tomó un largo baño, casi hasta que el agua se enfrió. Se estuvo preparando mentalmente para el posible y largo viaje hacia ese reino. Repasó todo lo que tenía que hacer, hasta que el miedo la hizo reconsiderar otra vez la idea de ir.
Pero la punzada en el pecho —que reconoció como si llevara el broche de Ryenh clavado en la piel— la obligó a salir de la tina para seguir con el plan.
Se preparó para regresar al otro reino. Necesitaba mantener un perfil bajo, así que eligió una apariencia discreta y elegante que no levantara sospechas y le permitiera cumplir su objetivo. Solo esperaba no desentonar de nuevo.
Al final, Bea se miró en el espejo y le agradó lo que vio. El broche de diamantes que sostenía su cabello, le daba un toque romántico y noble.
Fue a su guardarropa y analizó qué ponerse.
Tras mucha indecisión, se decidió por un vestido gris claro, cubierto por cristales Swarovski que se difuminaban a medida que llegaban a la cadera, la falda amplía estaba salpicada por uno que otro cristal.
Ese vestido lo había comprado hace poco para la siguiente fiesta que se diera en el palacio.
Tomó las zapatillas de satín especiales para dicho vestido y, en seguida, abrió su caja de joyas, todas eran muy de la nobleza, hasta que se topó con un delgado brazalete de oro blanco con un tímido dije de diamante.
Dobló el vestido con cuidado y lo echó en una mochila, junto con el resto del ajuar.
También echó su abrigo y otras cosas para retocar su maquillaje, por si acaso.
No iba a cabalgar vestida, pues el hermoso vestido se haría trizas.
Se puso ropa informal para montar. Metió el celular y el broche de Ryenh en el bolsillo de su pantalón, y salió teniendo mucho cuidado de no encontrarse con la servidumbre.
Nadie debía verla.
Se movió hasta las caballerizas, como un ladrón que había estudiado a la perfección el lugar.
Esperó escondida a que su caballerango terminara de atender a Bellfire, quien agradecía tantas atenciones con gusto. Mientras tanto, sacó su celular para ver a Henry de nuevo.
Finalmente, un presentimiento la hizo decidir mandarle un mensaje.
Ansió volver a verte…
Aún me arrepiento de no haberte besado.
Te extraño.
Se sintió bien cuando el mensaje salió. Sentía que era lo correcto. Tras lo que ha vivido, el que la llamaran la otra era una insignificancia en comparación.
Se escondió cuando el caballerango salió para dejar a Bellfire descansar, cerró la puerta sin darse cuenta de que su señora estaba escondida entre la oscuridad, y se marchó tarareando alegremente una canción.
Bea salió de entre las sombras cuando escuchó aquel canturreo ya como un susurro.
Entró a al cubículo de su caballo casi a oscuras.
—Es hora de irnos —avisó a su amigo, que ya estaba dormitando. Relinchó tenue, como si estuviera de acuerdo en que solo faltaba una última aventura antes de regresar a brincar vallas.
Bea le colocó la silla y lo jaló de las riendas hasta salir de las caballerizas. Ya afuera lo montó, y no hubo necesidad de dar la orden de correr porque Bellfire tuvo la iniciativa de hacerlo; incluso Bea resbaló un poco sobre la montura por el jalón.
Era una noche de luna llena, su luz alumbraba el galopar rápido mientras, irónicamente, el silencio ocultaba su viaje hacia el otro mundo.