Capítulo XXII
El dagurd llevó a Bea de regreso por el mismo camino. A excepción de que esa vez, en lugar de seguir admirando el reino, Bea estaba ensimismada en sus pensamientos.
¿En verdad sería capaz de dar el brebaje a algunos de sus salvadores? ¿A quién tendría que dársela para empezar?
El alquimista le había advertido que su corazón le diría para quién se hizo, que lo sabría en su momento. Pero ¿cuándo llegaría ese momento? ¿Hoy, mañana…? ¡¿Cuándo?!
Bea supo que tenía que ser lo antes posible, para poder irse de ese mundo; antes de que su amor por Henry fuera pisoteado por un extraño. Antes de quedar atrapada en ese lugar para siempre.
—Milady —interrumpió el dagurd sus pensamientos—, hemos llegado.
»Su vida está en sus manos de ahora en adelante.
Se despidió con una reverencia elegante y formal.
A Bea le sorprendió que ahora se mostrara cordial con ella.
Tal vez había recibido instrucciones de tratarla bien; después de todo, estaba a punto de hacer algo impensable contra el grupo de Ryenh.
De cierta forma, se había convertido en el arma de los fyrai.
—Gracias —respondió Bea con timidez, y cruzó la puerta del reino Fyrai.
La oscuridad de Dihe la cubrió con un aire helado y la tribulación se hizo más profunda, casi hasta el punto de que sintió como su corazón era devorado por aquel sentimiento maldito, que sabía pertenecían a Ewart.
Siguió caminando hasta que se encontró con Briar sentada en una roca, esperándola muy ansiosa por la solución del problema dado por los reinantes de Fyrai.
Briar corrió al encuentro de Bea en cuanto la vio y no tardó en preguntarle desesperada qué le habían dicho los príncipes.
—La solución es compleja y peligrosa… digna del gran problema en el que estoy metida —respondió Bea—. Dame un momento para asimilar lo que he vivido.
De camino en silencio hacia los caballos, Bea estuvo pensando en cómo dar a conocer la fatal solución a Briar, pues su amado podría ser uno de los que sufrirían las consecuencias.
Bellfire relinchó gustoso por verla. Ella se apresuró a abrazar a su amigo. Con solo sentir su calidez, volvió a sentirse en casa. Le susurró que también lo había extrañado y que pronto estarían de regreso en casa.
—Vamos, Bea —llamó Briar con voz apresurada. Se estaba impacientando por el secretismo.
Mientras caminaban hacia fuera del bosque, Bea le relató su encuentro con ellos, haciendo a un lado la identidad del que deberá beber el brebaje y su resultado.
No podía confesar a Briar que sospechaba que su corazón elegiría a Ewart para caer en un sueño eterno.
Si lo hacía, Briar se vería obligada a detenerla a toda costa.
Incluso, tras su experiencia inicial con Ryenh, hasta podría matarla.
Inventó que el brebaje debía beberlo ella, teniendo frente a sí al salvador que su corazón hubiera elegido. Sentiría un dolor en su corazón muy fuerte, porque estaría acabando con un sentimiento que nunca le había pertenecido. Solo así la maldición desaparecería sin consecuencias.
Se dio cuenta de que la explicación era vaga e incluso demasiado sencilla para el tipo de problema que llevaba a cuestas. Pero cuando llegara el momento, Briar no tendría oportunidad de detenerla. Estaría tan desesperada por ayudar a Ewart que Bea podría escapar sin dificultad.
El problema sería ahora de Briar.
—Los señores del destino han decidido ponerse de nuestro lado —dijo Briar. Luego hizo un sonido infantil mientras parecía ordenar sus pensamientos y agregó—: Mañana por la noche se llevará a cabo el baile de máscaras.
»Cada año, Reslond, Celhase y Fahulm se reúnen en un reino anfitrión para llevar a cabo el baile que conmemora el tratado de paz entre los reinos. Este año es el turno del reino de Reslond.
»La celebración nos recuerda que debemos dejar de lado aquellas diferencias que casi destruyeron el mundo.
»Todos llevamos mascaras con el mismo diseño, pues durante esa noche ningún reino debe sobresalir sobre otro.
—¿En el reino de Ryenh? —preguntó Bea. Era un problema que estuviera allí. No tenía idea de qué tan lejos estaba del bosque, y escapar podía ser aún más peligroso de lo que había previsto.
—No solo de Ryenh, también de Ewart y Adalwin.
La esperanza regresó a Bea, pues los tendría a los tres juntos; así sería más fácil averiguar quién era el elegido.
Era posible que Briar tuviera razón y, por vez primera desde que llegó a ese mundo, el destino le había ofrecido una oportunidad para encarrilar su vida hacia Henry otra vez.
—Henry —murmuró Bea sin querer—. Me pregunto qué estará haciendo en este momento. ¿Estará pensando en mí?
Bea pudo ver a Henry con claridad en sus pensamientos y su corazón palpitó feliz de inmediato tras escuchar el recuerdo de su voz y sus caricias; sintió amor por él. Aún estaba a tiempo para salvar su relación.
No notó que se había quedado en silencio, perdida en sus pensamientos sobre Henry, hasta que reconoció el camino de regreso a casa. Briar también parecía distante; era evidente que pensaba en Ewart. Al final, las mujeres no eran tan diferentes cuando estaban enamoradas.
Bea se detuvo y miró hacia el camino a casa, sintió sin dificultad el hilo que la unía a Henry... Aún era fuerte.
—Briar, tengo que regresar a mi reino —avisó, sin dejar de mirar el camino.
—No hay tiempo, Bea. Si necesitas un vestido, yo tengo docenas, encontraremos algo que te haga ver bien —sugirió angustiada, quizás temía que Bea nunca regresaría.
Noom se movió para bloquearle el paso, y Bea lo miró con atención.
Aunque aquella acción la hizo sentirse en peligro, no trató de escapar.
—Briar, he estado mucho tiempo fuera. Avisé que regresaría antes del anochecer, sino vuelvo, me darán por perdida y…
—calló Bea ante la visión casi real de lo que sucedería si no llegaba a casa: la servidumbre hecha un lío porque no la encontraban, sus padres regresando de su viaje, temerosos de encontrar a su hija raptada o, algo peor, muerta.
Henry regresando a Landgen desesperado para mover cielo, mar y tierra para encontrarla.
En definitiva, había demasiadas personas que esperaban que ella estuviera a salvo detrás de las paredes del castillo antes del anochecer.
Briar miró la bifurcación que, al parecer, no había notado por alguna razón.
—Muy bien. Como no habrá tiempo para que vayas al castillo, entonces, te recogerán en el camino, a la altura por donde entramos al bosque. Está ahí antes del anochecer —accedió Briar, aun apresurada. Arrió las riendas para liberar el camino de Bea.
—¿Cuán lejos está el reino de Reslond?
—Lo suficientemente lejos para los ciudadanos...
pero muy cerca para la realeza y algunos nobles —respondió Briar, solo que Bea no entendió la respuesta.
¿Cómo podía ser posible algo así? Antes de que pudiera pedir una explicación sobre aquel acertijo, Briar se despidió—: ¡Que tengas un buen viaje de regreso a casa, querida amiga!
Briar jaló las riendas con algo de prisa y el orhes bufó para prepararse para correr dentro del bosque.
Bea se quedó a solas con Bellfire, y la miró perderse en la lejanía.
El silencio que la rodeó fue funesto, pero le permitió estar con sus dudas. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo, en donde apretó con aprensión la fina botella con el brebaje que le daría la libertad.
—Bien, bonito, regresemos a casa —avisó, decidida. Bellfire sacudió la cabeza como si estuviera feliz por irse de ese mundo, pero ella agregó, en lo que acarició el cuello del animal con aprensión—: No te entusiasmes mucho, porque regresaremos más pronto de lo que crees.
En respuesta, el caballo bajó la cabeza casi hasta el suelo; su clásico gesto de enojo.
—¡Vamos! Te prometo que no regresaremos después de cumplir mi objetivo… Regresarás a tu vida de niño consentido.
Bellfire estuvo satisfecho con esa promesa y se encaminó él solo de regreso al portal.
—Ya todo terminará —susurró, animada porque así sería.
Siguió avanzando hasta dejar el bosque atrás. Se sintió extraña ya en los terrenos de la familia; incluso, el andar de Bellfire era lento, como si el compartiera el mismo sentir.
No deseaba regresar a ese mundo, incluso se preguntó qué pasaría si ignorara que tenía que sacrificar a alguien. ¿La maldición cedería estando lejos de esos hombres?
«Ojalá ese ese portal se cerrara para siempre», deseó.
Había mucho en juego para arriesgarse.
—Milady, ¿tuvo un buen día? —preguntó el caballerango cuando recibió las riendas de Bellfire.
Bea se sorprendió de haber llegado tan rápido y sin darse cuenta.
—Sí, gracias.
»Por favor, da de comer y beber a Bellfire…. Aséalo también —ordenó Bea, bajándose con trabajos.
Necesitaba descansar. Por lo menos lo haría hasta mañana.
—Está muy tenso, milady —comentó el caballerango con cierto tono de regaño cuando acarició el lomo del caballo.
—Lo sé —concordó, se acercó al rostro del animal y lo acarició amorosamente a la par que le susurró—: Lo prometo... Una última vez.
Sin más, Bea regresó al castillo con paso apresurado. Phillys bajaba las escaleras principales cuando ella entró al castillo.
—¡Milady! —exclamó gustosa de verla.
—Phillys, por favor, prepárame un baño.
—Sí, milady —dijo, regresó hacia arriba para cumplir la orden. Bea la siguió de cerca.
—Su Alteza le ha llamado. Ha pedido que se comunique con él en cuanto llegara —avisó Phillys de camino al cuarto.
Bea sintió una punzada dolorosa, como si esa pequeña parte que quería gobernar su corazón se quejara porque la parte de Henry quería su histrionismo, y ella no hacía nada para evitarlo, sino todo lo contrario.
Quiso sacar el celular de inmediato para hablar con él. Guardar sus palabras amorosas para recordarlas cuando las necesitara mañana por la noche, cuando pusiera a dormir a un hombre inocente.
Pero también la debilitaría tanto que no tendría el valor de regresar a ese mundo y terminar todo.
—Phillys, por favor, si vuelve a hablar, no le digas que regresé. Ya me comunicaré con él mañana —ordenó aún dudosa de las decisiones que ha estado tomando—. Pensándolo mejor, ve a descansar… Yo prepararé mi baño.
—Está bien… Gracias, milady.