El llamado del árbol Capítulo XXI #3
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Capítulo XXI #3

Bea miró a los tres por turnos, intentando entender de qué hablaban. Pero no parecía que la conversación girara en torno a Henry.

—¿Será suficiente para el sacrificio? —preguntó el príncipe.

—Sí, milord —respondió el darwiz retirándose de Bea. Su mirada mostró miedo hacia ella.

—Con eso es suficiente —dijo la princesa—. Prepárala.

—¿La joven sabe del sacrificio? —preguntó el darwiz como si Bea no tuviera permitido hablar.

Bea notó un ligero tono de preocupación, pero no por ella.

Ambos príncipes asintieron despacio, pero con seguridad. Entonces, el darwiz se dirigió a los anaqueles con esos líquidos transparentes que brillaban al movimiento, como si contuviera también polvo de diamantes.

Observó al darwiz mezclar cosas que hacían que el líquido final tomara poco a poco un color rojizo, muy parecido al vino tinto de su mundo. De seguro estaba usando algo relacionado con la alquimia; después de todo, ¿cómo podía un líquido transparente producir aquel color?

Finalmente, después de varios minutos de inmensa atención al brebaje, el darwiz llamó a Bea para que se acercara a él.

—El sacrificio requiere una gota de su sangre…

—¿Qué? —exclamó Bea, retrocediendo varios pasos del darwiz.

Pero entonces recordó que los sacrificios antiguos siempre habían exigido sangre. ¿Acaso ese era el engaño?

Estaba aterrada porque todo lo relacionado con la maldición se estaba volviendo muy peligroso.

—Milady, sé que ya le han dicho que la maldición que usted trae consigo es una de las más poderosas entre los fyrai…

—¡Sí, ya lo sé! Pero… ¿mi sangre? —cuestionó Bea, horrorizada.

—Su sangre dará vida al brebaje para que esa persona que hará el sacrificio duerma y no muera. Su sangre es la que lo mantendrá atado a este mundo, el de los vivos —explicó el darwiz con un tono muy paternal—. Mientras su vida perdure, la del sacrificado también lo hará.

—Su sangre será algo parecido a un corazón inmortal —agregó el príncipe.

Bea bajó la mirada para ver como el darwiz le ofrecía un punzón muy afilado. La tomó con manos temblorosas. No tenía otra opción.

Y con la idea de que esa gota de sangre la regresaría a Henry, pinchó su dedo índice con fuerza. La gota de sangre salió sin tardar, acumulándose en la punta, ansiosa por mezclarse con ese «veneno».

El líquido rojo burbujeó levemente cuando la gravedad hizo que la gota de sangre cayera en el interior de la botella. Ambos se mezclaron por si solos.

—Este brebaje solo hará efecto en aquella persona que su sangre reconozca como el poseedor de esa parte de su corazón que está creciendo cada vez más… La que será predominante muy pronto.

—¿Al que tengo que sacrificar? —preguntó Bea, atenta a la explicación.

—Así es —aseguró el darwiz—. No puede beberla nadie más.

Bea miró la botella con miedo. Estaba meditando si en verdad iba a ser capaz de dar ese brebaje a Ewart.

Pero, aunque diera miles de razones para no dársela a beber, regresar a Henry sobrepasaba cualquier cosa.

No había marcha atrás. Su curiosidad la había metido en un gran problema, y ahora tenía que aceptar las consecuencias y vivir con ellas para siempre.

«Además, no va a morir. Solo va a estar en algo parecido a un coma… Estoy segura de que encontrarán la forma de despertarlo después… Briar lo hará posible», pensó.

—Eso es todo, darwiz —dijo la princesa con un tono que parecía decir al hombre que era momento de retirase.

Bea puso atención al hombre, con la esperanza de que se retirara con ese acto mágico con el que llegó, pero, para su desilusión, solo fue a un rincón del cuarto que Bea no había notado.

Ahí había un escritorio con un par de pilas de libros y varios papeles regados, se sentó para seguir con su trabajo pendiente.

—Es hora de que se retire, milady —dijo el príncipe en lo que le señalaba el camino a la gran sala blanca.

Bea solo asintió. Estaba muy agradecida de poder irse ya de ese lugar, a salvo.

El silencio durante el regreso era funesto, semejante al de una procesión que acompañaba los restos de alguien amado.

Ahí la esperaba el hombre que la había acompañado junto con Gillian en el bosque. Se interesó en la mano de Bea que traía la botella con el brebaje.

—Recuerde, milady, solo funcionará con aquella persona que haya elegido —susurró la princesa al oído de Bea mientras la tomaba por sorpresa con un abrazo.

La sensación fue como quedar atrapada entre los brazos de una estatua de mármol…

fría, inmóvil e imposible de apartar. Agregó, alejándose de ella—: Si alguien más lo bebe, morirá.

Bea se sobresaltó al escuchar la última palabra, aquella que aseguraba un final horrible, pues el darwiz nunca lo había dicho. Pero ahora sabía que no era una posibilidad, sino un destino.

—Dagurd —llamó la princesa. El hombre reverenció solo la cabeza para dar a entender que estaba listo para recibir la orden—. Acompaña a Lady Haley hasta las puertas de Fyrai… Tiene que llegar a salvo.

—Sí, milady —aceptó el dagurd haciendo ahora una reverencia elaborada.

—Gracias por su ayuda, Sus Majestades —dijo Bea.

Estaba arrepentida de haber acudido a seres tan… insensibles. Por suerte, ya no volvería a verlos.