El llamado del árbol Capítulo XXI #2
86%

Capítulo XXI #2

La joven volvió a reír con esa risita deleitada pero macabra.

—Por favor, Sus Majestades, ¡ayúdenme! ¡Se lo suplico! —exclamó Bea con el deseo de hincarse ante ellos. Necesitaba ser libre.

El príncipe fue a pararse junto a su hermana, para conversar en un susurro que Bea no pudo escuchar, mucho menos entender, porque parecían hablar en otra lengua. Sin embargo, de vez en tanto, volteaban a verla muy intrigados.

—Romper una maldición de este tipo requiere de un gran sacrificio, niña —dijo la princesa tras lo que pareció un acuerdo con su hermano.

—Quitaron una vida —reconoció el príncipe.

—¡Nosotros no hemos…! —trató de negar Bea ese asunto.

—¡Quitaron una vida! —rectificó el príncipe, alzando la voz; retumbó por el lugar como un castigo auditivo. Bea calló de inmediato y se sintió amedrentada—. Y solo puede romperse si esa vida es restituida.

—¿Ojo por ojo? —susurró Bea para sí. Hasta ese momento, comprendió por qué Ewart y Adalwin se habían enojado con Ryenh por haber matado a la hermana de Gillian.

Sin embargo, ¿estaban dando a entender que uno de los tres tenía que morir para liberar a los otros dos?

Le había quedado claro que los fyrai iban a vengar la muerte de aquella mujer, de una u otra manera, y Bea no podía detenerlos.

—¡No! No morirá nadie más… ¡Tiene que haber otra manera! —exclamó Bea, muy severa.

—La hay —coincidió el príncipe—, pero requiere de un gran poder…

—¡Ustedes lo tienen! —aseguró Bea.

—Sí, pero ¿estás dispuesta a pagar el precio? —cuestionó la princesa.

—¿Cuál precio?

—Decirnos de dónde vienes —respondieron ambos al unísono, aunque sus voces sonaron como si por fin disfrutaran de haberla acorralado.

Bea no dijo nada, incluso, se esforzó en no abrir la boca cuando su sentido de supervivencia se hizo más fuerte. Le advirtieron que la información valía mucho y era lo único que la protegería en ese lugar.

—Podrás engañar a los ojos ciegos de los habitantes de los otros reinos —dijo el príncipe—, pero no podrás engañar a los ojos de un fyrai.

»Nuestra visión y comprensión va más allá de ese sentido débil.

Bea siguió callada para pensar qué consecuencias podría tener decirles de dónde venía.

Tenía que sobrevivir a toda costa. Además, ella no pertenecía a ese mundo; por lo tanto, su manipulación quizá no tendría efecto en ella. Decidió entonces que revelar un nombre no pondría en peligro su reino.

—Landgen —respondió al fin.

Ambos hermanos se miraron de inmediato, diciéndose algo sin palabras. Luego, tras un breve silencio de incredulidad por algo, volvieron a susurrar entre ellos.

Bea ya se estaba impacientando por tanto cuchicheo.

—Muy bien, milady —dijo el príncipe por fin—. El sacrificio aún se debe hacer para romper la maldición, pero nadie morirá…

—Entonces, ¿cómo se compensará esa vida? —cuestionó Bea.

—Con tu sacrificio —respondió la princesa.

—No entiendo.

—La maldición se creó para ti, y solo tu deberás decidir quién de tus salvadores redimirá esa vida… Tu sacrificio será tu decisión... pero también será tu responsabilidad —explicó el príncipe.

—¿Cómo? —cuestionó Bea, asustada porque no dejaban de decir sacrificio.

—Uno de ellos tendrá que caer en un sueño eterno.

—¡Eso es morir!

—No —negó la princesa—. Engañaremos a la muerte. Crearemos un brebaje que hará dormir a tu elegido para siempre.

«¡Demonios! ¡Sigue siendo la muerte!», pensó.

—¡No puedo hacer tal cosa! —exclamó Bea, indignada. En buen momento despertó su conciencia para asegurarle que no la dejaría en paz si dañaba a alguien.

—Es la única manera. La maldición que cargas es una que se creó para llevarlos a la muerte de una u otra manera.

»La maldición los unirá más a ti, creando un tipo de amor que los llevará al odio entre ellos tarde o temprano, y del odio pasarán al sufrimiento y rencor. Querrán matarse entre ellos por ti.

»Te obligarán a escoger y, si no lo haces… pueden también matarte para que no te tenga ninguno.

»La maldición se romperá entonces… Pero ya será demasiado tarde y trágico.

Bea tapó con sus manos el espanto en su rostro.

—Pero, si tú escoges quién dormirá eternamente, la muerte será engañada y la maldición se romperá en el instante en que esa persona beba el brebaje.

—Solo así serás libre para regresar a él —agregó la princesa, tocando un punto sensible en el corazón de Bea.

Se sorprendió que la princesa supiera de la existencia de Henry, y que le recordara que, si por alguien haría un sacrificio, sería por él… y nadie más.

Se alejó de ellos unos pasos, les dio la espalda para pensar por un rato más. No había opciones que la dejaran de acorralar.

—Está bien. Lo haré —cedió al fin, segura de su decisión.

—Se ha decido —dijo la princesa—. Síguenos.

Bea obedeció. Ya no había marcha atrás. Solo quedaba prepararse para enfrentar las consecuencias de sus actos.

Caminaron por un pasillo que terminaba en una puerta. Pero antes de llegar a ella atravesaron un jardín tan hermoso que Bea no pudo ocultar su asombro. Los príncipes sonrieron con placer al ver como Bea se detenía por momentos para mirar algo detenidamente o tocar.

Entraron a otra parte de castillo que estaba solo. No había guardias o alguien vigilando, por lo que Bea pensó que era un ala exclusiva para esos dos hermanos.

Pronto llegaron a un cuarto pequeño, en comparación a la sala de los tronos.

Ahí había grandes anaqueles que cubrían todas las paredes, con botellas de todos los tamaños, decoradas con elegantes ornamentos de ese material plateado que había por todos lados.

Unas se veían tan antiguas que el vidrio ya estaba opaco.

En medio del cuarto había una mesa de piedra perfectamente pulida.

—¡Darwiz! —llamó la princesa en voz alta.

Al instante, apareció un hombre reverenciando, casi de la misma edad que el príncipe.

Bea brincó al ver que apareció de la nada. No tras una cortina de humo, como la que usaría cualquier mago de décadas atrás de su mundo, solo apareció dentro de una onda que distorsionaba a la realidad.

La princesa señaló a Bea y el darwiz entendió la orden. Se aproximó hasta quedar muy cerca para poner la mano abierta en su pecho. Bea tuvo la sensación de que, de algún modo, la estaba leyendo, pero no era doloroso como lo hacían los fyrai.

—Milord, su corazón está dividido en tantas partes que me sorprende aún este con vida —dijo el darwiz tras un largo escrutinio en los ojos de Bea.

—Una parte debe ser mayor que las demás —dijo el príncipe.

—Sí, milord, pero la pequeña parece aferrarse más y, en su proceso, la está desgarrando —respondió el darwiz, aun adentrado en la mirada de Bea.

Su corazón palpitó con agresividad cuando su dueña imaginó que esa parte, en donde estaba Henry, estaba siendo desgarrada hasta el punto de desaparecer.

El darwiz retiró la mano con fuerza, como si hubiera sido atrapado.

—¿Es fuerte? —preguntó la princesa.

—No a la par de las demás, pero pronto será la más poderosa.