Capítulo XXI
Bea no contuvo su admiración al entrar a una enorme estancia, con columnas que se alzaban hasta lo alto del cielo raso, ramas de piedra blanca las rodeaban cual enredadera; más adelante había una escalera ancha que se dividía en dos.
El hombre desapareció en una de las puertas laterales, mientras que Gillian siguió hasta esa escalera.
—¿A dónde fue? —preguntó Bea cuando vio que se quedó sola con Gillian. Tenía más miedo de esa mujer porque ha visto su poder en persona.
—Joer… —calló Gillian de golpe—. Él no puede entrar al gran salón… Sígame.
Bea obedeció, aun admirada por el lugar. Todos los ornamentos que adornaban eran tan perfectamente esculpidos que no pudo evitar preguntarse cuántos años habrán tardado en construir ese lugar. Aunque, si todos eran seres con magia, supuso que no mucho.
Siguieron subiendo hasta el tercer nivel en donde entraron a un largo pasillo con tantas puertas cerradas que Bea pronto dejó de contar para ubicarse en caso de que tuviera que escapar. Al parecer, iban hacia otra ala del castillo.
—Disculpe, ¿falta mucho? —preguntó Bea con tono infantil.
A esas alturas, ya estaba cansada de tanto caminar y de sentir miedo y admiración entremezclándose.
—No. Hemos llegado —respondió Gillian. Se detuvo en otro portón, no tan grande como el de la entrada, pero igual de hermoso. Lo abrió casi teatralmente de par en par.
Bea se sintió todo el tiempo como un ratoncito atraído hacia una trampa. El premio prometía mucho, pero escondía la muerte.
Sus primeros pasos resonaron en un eco tenue que se propagó por el lugar. No era un sonido molesto, pero sí suficiente para anunciar que alguien acababa de entrar.
—Milores —dijo mientras caminaba hasta detenerse en el centro de la sala.
Al ver que había entrado sola, volteó a ver a Bea y la llamó con la mano; fue un gesto delicado y amistoso. Bea miró hacia el pasillo que tenía atrás, su inmensidad le hizo darse cuenta de que ya estaba dentro de la trampa de la bestia, y la huida solo le traería la muerte.
Hasta el momento, estaba en buenos términos con los fyrai. Así que entró con paso temeroso mientras recorría el lugar con la mirada.
Era una sala que se sentía era protegida por una fuerza desconocida, podía sentirse.
Un poco de vegetación cubría las paredes como una manta, mientras hermosas flores blancas se balanceaban ligeramente con una brisa fresca y dulce.
El lugar era alumbrado por un ancho rayo de sol que descendía hasta el suelo.
Miró hacia allí y descubrió el emblema que había visto en la puerta, solo que ahora era de plata y estaba incrustado en una superficie extraña, blanquecina e impecable, parecido al mármol.
Una tos forzada llamó su atención. Alzó la mirada, y descubrió dos tronos, parcialmente abrazados por la vegetación.
Del lado izquierdo estaba sentada una hermosa mujer de cabello lacio y rojizo como el fuego, sus facciones eran infantiles y tan finas que parecían dibujadas por un maestro pintor renacentista; sus ojos eran de un azul brillante.
A su lado estaba un hombre algunos años mayor, cuyo cabello era negro como la noche. Sus facciones eran masculinas y sus ojos eran de un gris apagado, pero despedían años de experiencia. Los dos portaban coronas de ramas entrelazadas de color plata.
Bea se dio cuenta que eran de la realeza, lo más seguro es que eran los príncipes de los que habló Gillian, así que hizo una reverencia de inmediato.
—¿Por qué rindes pleitesía, niña, si no eres de estas tierras? —cuestionó la princesa.
Bea se extrañó que la llamara niña, cuando era factible que rondaba su misma edad… A menos de que esos seres tuvieran el don de la inmortalidad.
—Ofrezco mis disculpas, si los he insultado con mi saludo —excusó con voz suave.
—Pequeña hermana —dijo el príncipe—, no incomodes a la forastera.
—Pero Gran hermano… —alzó un poco la voz la princesa para justificar su indignación.
—Gillian —llamó el príncipe; ignoró la justificación de su hermana—, ¿cuál es el nombre de la forastera?
—No lo sé, milord. Lord Reslond me prohibió conocer su nombre… Pero se hace llamar Ariadna —respondió Gillian.
—Mmm, Lord Reslond —dijo el príncipe, pausado, mientras intercambiaba miradas con su hermana. Al parecer, Ryenh era un dolor de cabeza para ellos.
Luego centraron su atención en Bea, pero sus miradas se volvieron penetrantes. Incluso, el color de sus ojos se intensificó. Bea no tardó en sentir un susurro helado deslizándose por su mente, moviéndose como una serpiente venenosa. Buscaba algo a lo que pudiera aferrarse para dominarla.
A diferencia de cuando Gillian lo intentó, con ellos era terriblemente incómodo.
—Su nombre es Lady Haley —dijo la princesa.
Bea se sobresaltó cuando escuchó el nombre de su némesis en su mundo. Si bien, por alguna razón, fue el primer nombre que vino a su mente cuando sintió esa fuerza hurgando información.
—¿Está segura, Su Majestad? —preguntó Gillian.
Sabiendo que Bea estaba bajo la protección de Ryenh, no era difícil deducir que él la había aconsejado.
—¡Sí! —confirmó Bea, fingiendo entusiasmo, como si hubiera olvidado su nombre y acabara de escucharlo de nuevo—. Ese es mi nombre.
—No dolió tanto, ¿verdad, niña? —dijo Gillian mientras tomaba un mechón de su cabello para retirarlo y ver mejor su rostro. Estaba muy satisfecha de que la princesa haya podido descubrirlo.
Bea se estremeció al sentir el contacto. Era frío, casi como tocar el agua helada del lago de su castillo, cuyas aguas nunca se congelaban, pese a soportar temperaturas bajo cero.
—Muy bien. Creo que estamos siendo un poco descorteses con nuestra visitante, no lo crees Pequeña hermana —dijo el príncipe, volteó a verla con una mirada que parecía decir más de lo que sus labios expresaron.
La princesa trató de esconder una sonrisa mordaz.
Bea supo sin dudar de qué estaban hablando.
Todo se reducía los nombres. Además, los príncipes parecían tener dobles intenciones con respecto a ella.
Lo mejor era estar preparada para salir corriendo en cuanto la situación se volviera aún más peligrosa.
No llegaría lejos, pero, por lo menos, no entregaría su vida tan fácilmente.
—No es necesario que sepa sus nombres, Sus Majestades —dijo Bea mientras hacía una reverencia, tal y como lo habría hecho ante sus propios reyes, quienes eran mucho más compasivos.
La princesa soltó una risita que empezó siendo infantil, pero por momentos se escuchó como la de alguien fuera de sus cabales.
—Bien, milady, ya que no desea conocer nuestros nombres, entonces, ¿por lo menos podríamos saber por qué entró a nuestro reino?
—Su Majestad… —habló Gillian, pero fue callada por una seña del príncipe.
—Retírate, Gillian. Esta conversación ya no te compete —ordenó el príncipe, muy autoritario.
Bea no pertenecía a ese mundo, y ellos lo sabían, no había duda de ello. Y tal vez querían mantener en secreto lo que existía más allá del árbol que funcionaba como conexión entre los dos mundos.
—¿Pero, milord…?
—¡No cuestiones a tu Príncipe! —reprendió la princesa con voz tan terrorífica que sobresaltó a Bea.
Gillian se sorprendió que la hayan regañado con tal severidad ante una desconocida. Apretó los labios con fuerza e hizo una reverencia sutil que a Bea le pareció pura formalidad. Quizás la lealtad en ese reino se obtenía por medio del miedo.
Ya solos, el príncipe se puso de pie y caminó hacia Bea. El eco de cada paso ya no era sereno, sino que retumbaba como un tambor de guerra, anunciando su llegada.
La revisó de pies a cabeza, luego, descubrió uno de sus hombros para revelar el broche de Ryenh. Brillaba como si estuviera orgulloso de estar acompañando a Bea.
—Interesante… Milady, usted está tan unida a Lord Reslond como él lo está a usted —comentó el príncipe casi en un susurro.
—Lo sé, Su Majestad. Él es la razón por la que he entrado a su reino —respondió Bea.
—Pequeña hermana —llamó el príncipe, le ofreció la mano en señal de que se acercara a ellos para que sintiera esa unión por sí misma.
La princesa se acercó con una gracia casi etérea, como si flotara. Su cabello lacio danzó con el viento creado por su andar, encendido como un río de brasas.
Al detenerse frente a Bea, tocó el broche, pero la estremeció con un sobresalto doloroso; como si hubiera sacado espinas para protegerse. Sin embargo, cuando trató de apartar la mano, tuvo que esforzarse tanto que retrocedió tambaleante, con un quejido.
Bea sintió un poco de ese dolor.
—¡Trae consigo una maldición fyrai! —dijo la princesa, llevando la mano a su corazón, como si hubiera experimentado una pequeña parte del dolor que suponía la posibilidad de perder a Henry.
El hombre volteó a ver a Bea, cuestionando con la mirada si era verdad. Ella asintió adolorida aun, pero entusiasmada, porque ya habían descubierto su problema.
—He venido a ustedes por una… bueno, no sé qué podría ser. Pero me han dicho que ustedes pueden ayudarme a deshacerme de esa maldición.
Los dos hermanos se miraron como si conversaran en silencio. Al parecer, sabían ya quién había creado la maldición.
—Romper una maldición no es tan fácil como lo plantea, milady —dijo el príncipe.
—Usted ha adquirido la maldición más poderosa que puede lanzar un fyrai… al momento de su muerte —reveló la princesa.
Tales palabras hicieron que el príncipe volteara a ver a su hermana precipitadamente. No podía creer lo que acababa de escuchar.
—Así es, Gran hermano, una fyrai ha lanzado una maldición en ellos.
—Yo… —trató Bea de justificar una muerte para la que la habían utilizado como excusa.
—Se hará justicia en su momento —dijo la princesa.
—¡Ewart! —exclamó Bea, preocupada porque le hicieran daño. No se molestó en ocultar los nombres, porque era evidente que, por simple deducción, también conocían al gran amigo de Ryenh.
—Creí que ese broche era de Lord Reslond. ¿Acaso nos mintió, milady? —cuestionó el príncipe.
—No, Su Majestad, el broche pertenece a Lord Reslond. La maldición no solo le afecta a él, sino también a un tercero—. No creyó conveniente mencionar a Adalwin. Después de todo, él había sido el único lo bastante sensato como para no buscarla también.