Capítulo XX #2
Deseó tocarlo, pero recordó que las personas que habitaban ese lugar eran peligrosas, por lo tanto, todo lo que creaban podría serlo.
Cruzó mientras veía el río que corría por debajo, furioso y amenazante de ahogar al primer ingenuo que se sintiera valiente de desafiarlo.
Siguió su camino hasta cuestionar cuánto más faltaba. Se detuvo un segundo para ver el mapa, y solo faltaba otra sección de bosque y entraría a un valle que se veía bastante grande; en donde, en teoría, debería estar la villa de los fyrai.
Su corazón latió tan rápido por el encuentro, que llevó la mano a su pecho para tranquilizarlo, pero fue cuando sintió un piquete, como si el broche de Ryenh se enterrara en su piel al presentir que muy pronto terminaría todo.
Trató de quitárselo, pero el broche estaba muy bien asegurado, como si hubiese sido soldado.
—¡Alto! —escuchó una voz masculina, muy melodiosa, pero a la vez autoritaria, llegando de su lado izquierdo.
Sintió en su voz la firme decisión de lastimarla si no obedecía.
—Vengo desarmada —avisó Bea rápido, puso en alto ambos brazos para asegurar su confesión.
Trató de ver de reojo al hombre, pero no estaba por ningún lado.
—Pero ¿a quién tenemos aquí? —escuchó otra voz, femenina esta vez, y Bea la reconoció de inmediato.
Iba a decir el nombre de esa fyrai con la que se enfrentó Ryenh en el bosque para defenderla, pero recordó la advertencia de Briar y guardó silencio.
—¿Está es la forastera de la que hablaste? —preguntó el hombre que salió de detrás de un árbol.
Bea se preguntó cómo había logrado esconderse detrás de un tronco tan angosto.
El hombre se acercó tanto que pudo ver que era tan alto y delgado como ambas fyrai que había conocido.
Sus facciones eran delicadas, casi femeninas, aunque había varonilidad en su mirada y mentón perfilado; chocaban con esa pose amenazante.
Tenía el cabello rojizo, corto y relamido.
Vestía ropas de un gris oscuro, entalladas, cubiertas por una capa ceñida en unas partes y holgada en otras.
Tenía porte elegante, pero no tanto como lo tenía Gillian.
De hecho, parecía más un soldado, un guardián de algo que otra cosa; de seguro era el protector de Gillian.
Sostenía una espada plateada que tenía adornos en su hoja, Bea alcanzó a ver que era el mismo patrón que tenía bordado en sus ropas.
—He venido a pedir ayuda —dijo Bea. Hizo una reverencia, demostrando así que respetaba sus presencias imponentes.
Gillian, quien vestía ahora un entallado traje azul marino con adornos en plata —que semejaban al movimiento de las enredaderas—, se acercó a Bea y la rodeó en lo que acariciaba algunas partes de la espalda. Bea contuvo el escalofrió.
—Bienvenida a Fyrai… —Hizo una pausa para obligar a Bea decir su nombre.
—Ariadna —respondió apresurada, cuando sintió muy dentro de su cabeza que Gillian buscaba su nombre, tal y como lo intentó antes.
Por eso le dio uno falso, el primero que le vino a la mente, para protegerse de la manipulación de la que Briar le había hablado.
—No, ese no es tu nombre, pero bastará por ahora. —Gillian sonrió déspota al final—. No podemos llamarte «Forastera» todo el tiempo, ¿o sí? —agregó con un tono tan mordaz que el hombre rio malévolamente entre dientes.
—Por favor, ¿necesito su ayuda? —suplicó Bea algo apresurada para tener la solución de su problema.
—¡Por supuesto! Las personas desesperadas siempre tienen algo valioso que ofrecer a cambio —accedió Gillian, animadamente. Bea detectó una extraña honestidad en su voz—. Pero primero tenemos que llevarte con nuestros príncipes.
»Les hemos hablado de ti y han deseado conocerte.
—Está bien. Lord Reslond no se interpondrá esta vez —dijo Bea con seguridad. Aunque antes había tragado saliva, muy nerviosa.
Tendría que adentrarse más en ese reino, en donde habría más fyrai tratando de hurgar en su mente para conocer su nombre.
Pero si no lo hacía, seguiría enamorándose de Ewart y Ryenh.
Lo más aterrador era que su corazón comenzaba a aceptar aquella mentira como una verdad.
Su amor por Henry estaba siendo reducido a un simple recuerdo que desaparecería de un momento a otro.
—Adelante, yo los sigo —aceptó Bea al final.
Gillian dio la media vuelta y avanzó. El hombre le hizo un leve gesto con la cabeza a Bea para que la siguiera; él se quedaría resguardando el camino. Bea se dio cuenta que ya no podía escapar, aunque lo deseara.
Siguieron caminando durante un buen rato.
Bea ya empezaba a sentir el cansancio. La distancia entre el puente y la ciudad de los fyrai no parecía tan larga en el mapa.
Supuso que esa parte se había inventado, pues habían cruzado otros ríos que ni siquiera figuraban en él.
Tal vez era la primera persona que se adentraba tan profundamente en aquel reino.
—Por favor, podríamos descansar. Estoy agotada… he caminado por mucho tiempo, y tengo sed —pidió Bea en lo que se sentaba en una roca que se cruzó en su camino.
Gillian cabeceó al hombre, ordenándole algo, quien no dudó e hizo a un lado su capa para dejar ver una botella de plata. Se la ofreció a Bea.
Como era de esperarse, la analizó por un momento, preguntándose si ese liquido era seguro.
—¿Sucede algo? —preguntó el hombre. Su voz tenía un dejo de indignación por haber desconfiado de ellos.
—No —respondió con seguridad, y se apresuró a tomar la botella. Solo entonces se dio cuenta de que tenía tanta sed porque bebió con desesperación.
El líquido tenía la consistencia del agua, incluso era traslúcido, pero el sabor era delicioso. Era una mezcla de miel, sin ser empalagosa, y limón, sin ser tan amargo. La refrescó y dio las fuerzas necesarias para seguir el camino.
—Gracias —dijo al hombre cuando le regresó su botella.
Él se esforzó por sonreír, pero Bea reconoció que mejor no lo hubiera hecho, porque se vio más perverso.
—Tenemos que seguir adelante —dijo el hombre a Gillian, quien asintió estando de acuerdo. Luego le ordenó a Bea seguir; no le quedó de otra que ponerse de pie dentro de un gemido exagerado de cansancio.
Siguieron caminando por otro rato más, hasta que salieron a un valle.
A lo lejos había casas de color blanco, solo que no pudo reconocer el material de piedra con el que estaban construidas.
Muchos fyrai hacían sus actividades, ajenos a la presencia de Bea, quien no dejaba de admirar toda la villa con la boca abierta.
No había esa tecnología tan extraña que tenía en el reino de Briar, por el contrario, ahí era todo más rústico, pero más elegante y pulcro. Casi pecaban de perfección.
Minutos después llegaron a otro claro en donde había un puente que llevaba a una extraña construcción que semejaba a una catedral, construida con ese material blanquecino que había por todo el lugar.
No estaba construido sobre suelo, sino que estaba sobrepuesto en un árbol ancho y blanco, cuyas ramas parecían acunar a la construcción.
Una escalinata ancha, que se unía con el camino, subía hacia un portón alto de plata, con diseños ornamentales que custodiaban al emblema que parecía distinguir las zonas de ese mundo.
El hombre se apresuró a subir la escalinata, moviendo la mano como si estuviera haciendo a un lado el portón. Casi enseguida, una de sus puertas se abrió por si sola.
Bea se sobresaltó y se detuvo de golpe al ver lo que le pareció ser magia. Este era el reino sobre el que Briar advirtió que no se debía hablar.
Gillian se detuvo, confundida por la reacción de Bea.
—¿Sucede algo… Ariadna? —preguntó.
—¿Eso fue magia?
—¿Magia? —Bea asintió rápido—. Hacia siglos que no escuchaba esa palabra —comentó Gillian mirando intrigantemente a Bea—. Usted en verdad no es de estas tierras.
Bea aceptó la verdad con un leve asentimiento; ya era inútil seguir usando la máscara de lugareña de Celhase.
—¡Gillian! —llamó el hombre con tono sermoneador.
—Milady, adelante —ordenó Gillian a Bea ante el apuro de ese hombre.
Tragó saliva y dio el primer paso. Solo el pensamiento de Henry le dio el valor suficiente para adentrarse en la boca de la bestia.