El llamado del árbol Capítulo XX
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Capítulo XX

Briar y Bea desmontaron los caballos al estar a punto de entrar al bosque.

Briar sintió una brisa helada que le recordó aquel invierno en el que casi perdió la vida, durante la prueba que todo heredero al trono debía superar.

—Hay que estar alertas —comentó Briar guiando el camino, aunque no tenía idea a dónde ir. Hacía mucho tiempo que no entraba a Dihe.

Briar estaba nerviosa por reencontrarse con ese reino al que le habían prohibido acercarse desde niña.

La última vez, cuando buscaba probarse así misma de nuevo, Ryenh la hizo jurar que no volvería a entrar, pues era muy peligrosa la magia que se movía por ese bosque. Pero esta vez no era por ir en busca de aventuras, sino porque estaba decidida a liberar a Ewart del lazo que lo unía a Beatrice.

Se detuvo de pronto cuando la súbita inmensidad del lugar la abrumó hasta el punto de sentirse atrapada.

—¿Sucede algo? —preguntó Bea con gestos preocupados.

—Hace mucho que estuve aquí y… ha cambiado —respondió, mirando a su alrededor—. No reconozco nada. No tengo idea de a dónde vamos.

»Creo que eres tú quien tiene que guiarnos... Al parecer, las fyrai tienen un interés especial en ti. Si corremos con suerte, tal vez no tendremos que adentrarnos a su reino.

Bea asintió. Aquello aun intrigaba mucho a Briar… ¿Qué habían visto los fyrai de especial en ella?

Siguieron avanzando, pero, a tan solo unos metros recorridos, sus orhes, Noom y Bellfire, se reusaron a seguir avanzando; actuaban como si hubieran desconfiado del lugar.

Mientras Briar tranquilizaba a Noom, se dio cuenta de que Bea reconoció el lugar, aunque parecía haber algo mal para ella.

—Este lugar se está haciendo más oscuro y tétrico —comentó Bea mientras miraba a su alrededor con angustia.

—¿Qué quieres decir? Este bosque siempre ha sido así, por eso su nombre, Dihe… El bosque de los oscuros.

Había momentos en que la forma de hablar de Bea le daba miedo. Sin embargo, cada vez que la desconfianza comenzaba a crecer, porque era evidente que venía de algún lugar desconocido, una extraña neblina cubría su mente y terminaba tratando a la forastera como a una amiga.

Sin embargo, en el fondo, poco a poco, comprendía que algo... o alguien la ha estado manipulando.

—La primera vez que llegué a este mundo, todo tenía un color verde vibrante, lleno de vida animal y… —calló Bea cuando vio el rostro confundido de Briar.

Estaba a punto de cuestionar aquello de «llegar a este mundo», cuando una punzada le atravesó la cabeza y, de nuevo, sufrió aquel «secuestro» que la alejaba de la búsqueda de la verdad.

De pronto, el crujido de una rama las hizo detenerse. Briar alzó una mano y le indicó a Bea que guardara silencio; alguien se acercaba.

Ambas, con la vista fija hacia su derecha, esperaron a que algo surgiera de entre las sombras… Quizás era la dama de Dihe.

Pero no sucedió nada.

Briar concluyó que de seguro era uno de los animales rastreros que vivían dentro de la oscuridad del bosque el que las había asustado. Aun así, convino que era mejor tomar su espada para estar preparada ante cualquier eventualidad.

Bea la miró de reojo, asombrada, como si no pudiera creer que las mujeres de la nobleza y la realeza fueran entrenadas para defenderse. Después de todo, en la antigüedad, algunas incluso participaron en la gran Guerra.

Mientras afianzaba mejor la espada en su mano, notó que Bea estaba colocando algo en la solapa de su abrigo, luego tomó algo del bolsillo de pantalón que iluminó la oscuridad. Enseguida, suspiró como si lamentara algo.

—¿Sucede algo malo? —cuestionó acercándose a ella. Vio que traía una antorcha muy extraña—. ¿Qué es ese artefacto?

—Es lo que en mi mundo se conoce como celular —respondió Bea como si nada mientras manejaba ese artefacto—. Espero que la batería dure hasta nuestro regreso.

Briar quiso arrebatarlo, convencida de que era algo creado por los fyrai, pero se acercó más y vio una imagen de un hombre muy atractivo. Le sorprendió que estuviera quieto, como si hubiera sido hechizado por Beatrice.

—¿Quién es él? —preguntó muy curiosa, y algo extrañada porque su corazón palpitó desacompasadamente al dejarse cautivar por esos ojos melancólicos.

—Él es el Príncipe Henry, mi prometido.

Briar tomó el artefacto de su mano y lo contempló al detalle. Por alguna razón, sintió una fuerte necesidad de guardar cada rasgo de él en su memoria. También tenía una desesperación incontenible de conocerlo.

—¿El Príncipe Henry vive en tu reino? —preguntó con falsa indiferencia.

—Sí… Está esperándome.

—¿Y por dónde queda el camino a tu reino?

Beatrice miró a su alrededor, reconociendo de nuevo.

—Por ahí. —Señaló en dirección hacia donde había un pequeño claro, y casi enseguida destacaba una senda—. Ahí está el camino que guía directamente a la puerta de mi mundo.

—Ya veo —dijo Briar, aun falseando su desinterés. Aunque llevó la mano a la cabeza cuando las preguntas del origen de Bea estaban formándose ya.

Sacudió la cabeza para despejarse. Lo mejor ya no era cuestionar porque ya estaba confirmado. Mientras que Bea le pedía que le regresara el artefacto. Se lo entregó dubitativa, porque también era una maquinaria que iba más allá de la suya.

—Bien, dejemos a los orhes aquí. El camino puede ser peligroso para ellos —sugirió Briar mientras se acercaba a Noom para sacar un mapa antiguo que había tomado de la biblioteca familiar.

Beatrice no dijo nada y tomó el fuete para algo.

—Tal vez no traigo espada como tú, pero sé bien cuánto duele un latigazo con esto —explicó a Beatrice—. Una vez Jocelyn, mi mejor amiga, me golpeó en un muslo por curiosidad… Me dobló de dolor y tardó mucho tiempo en sanar.

Beatrice frotó su pierna, quizás al recordar el dolor y su recuperación. Briar había experimentado también ese dolor, sabía de qué hablaba.

No hablaron durante la exploración por el lugar.

Briar manipuló muchas veces el mapa, que era el sobreviviente de una guerra entre los reinos que sucedió hace mil años.

Posiblemente, era el único que detallaba el camino a Fyrai; ya que, tras esa guerra, todo indicio escrito del bosque de los oscuros y el reino mágico quedó estrictamente prohibido.

Sin embargo, era usual que los jóvenes de los reinos se adentraran en la oscuridad y el peligro del bosque Dihe con la finalidad de buscar aventuras que les dieran prestigio entre ellos.

Briar por fin encontró la entrada al reino Fyrai. Al igual que la de su propio reino, estaba delimitada por un arco con el emblema de aquel lugar. La naturaleza ya había abrazado el portal hasta hacerlo casi imposible de ver a simple vista.

Se puso de puntas para arrancar con el fuete parte de la enredadera que ocultaba el emblema del reino: un rabe.

—Beatrice —llamó la atención de su acompañante, quien aún estaba removiendo la enredadera para ver el portal en plena gloria. Continuó—: Yo no puedo entrar a ese reino porque está prohibido para mí.

—¿Pero…?

—Mi nombre es conocido por los fyrai. Si te acompaño, me usarán para hacerte daño.

—¿Pero…? No entiendo. ¿Por qué es tan importante el nombre para ellos? —preguntó Bea muy curiosa.

Briar no se sorprendió del desconocimiento de la forastera, y no pensaba preguntar sobre su origen, porque aquello podría volver a lastimarla. Aun así, sus dudas le parecieron la curiosidad inocente de una niña.

—Tu nombre es la única cosa en este mundo que te pertenece por completo. Te define y te hace único.

»En mi reino, los nombres no se repiten, son propios. Los fyrai son seres mágicos que pueden obligarte a que les reveles tu nombre y a que los llames por el suyo. Entonces, la magia se cierra y quedas unido a ellos para siempre.

»Pueden doblegar tu voluntad a su antojo.

»Bea, tú tienes la ventaja de ser una desconocida para ellos. Si eres cuidadosa, podrás intercambiar tu nombre por ayuda. Solo no dejes que te digan sus nombres y estarás a salvo.

Bea entendió rápido que Briar se preocupó por su bienestar. La aventura se volvía cada vez más peligrosa para ambas; aun así, parecía que Bea temía más que la maldición terminara desterrando a su añorado príncipe de su corazón.

—Entiendo. Iré sola.

Briar le ofreció su espada, compadeciéndose de lo indefensa que estaría en tierras enemigas. Pero ella la rechazó.

—Tengo que demostrarles que vengo por ayuda, no a buscar guerra.

Briar asintió; tenía razón… Desarmarse siempre ha sido una muestra de paz.

—Te esperaré aquí. Buena suerte.

Bea cruzó la puerta con precaución, dejando a Briar atrás en cuestión de segundos.

A medida que ella se alejaba, la niebla en su mente se disipó. Empezó a odiarse por haber enviado sola a una forastera incapaz de comprender los peligros de aquel reino. Pero debía encontrar ayuda cuanto antes, porque Briar sentía que su vínculo con Ewart se desmoronaba con rapidez.

Ahora, lo único que podía hacer era esperar y que la forastera sobreviviera.

* * *

Cuanto más se internaba Bea en el bosque oscuro, frondoso y con ambiente de abandonado, el miedo crecía y los latidos de su corazón empezaban a debilitarla.

No podía rendirse, porque las consecuencias recaerían sobre Henry.

—Esto es estúpido. Si no hubieras regresado a este loco mundo, no estarías metida en este maldito problema.

»¡Pero querías ver a Ewart una vez más! —se reprendió en murmullos molestos.

Al poco rato, la oscuridad desapareció del bosque. Los rayos del sol se filtraron entre las copas de los árboles, mientras un fino polvillo plateado flotaba en el aire, y refulgía como miles de diamantes. A lo lejos se escucharon melodías extrañas… Pero no eran voces humanas.

Bea no quiso averiguar qué eran y simplemente las ignoró.

Metros más adelante, notó que el camino ya no era terroso, sino empedrado, como si estuviera hecho de plaquetas de mármol aun sin trabajar. Lo siguió, muy alerta y aun maravillada de su alrededor.

«¿Por qué este lugar es tan diferente a Celhase?», se preguntó.

Llegó a un punto en donde había un puente hecho de algún material muy parecido a la plata, tenía ornamentos elegantes, casi monárquicos y representativos también de la naturaleza.