El llamado del árbol Capítulo XIX #2
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Capítulo XIX #2

—¡Ewart!... ¡Respeto! —clamó Adalwin.

—¿Acaso quieres que asesine a Lady Beatrice?

—¡No! ¡La… amo! —rebatió Ewart. Sin embargo, se sorprendió por la confesión que escapó de sus labios sin siquiera saber quién estaba hablando: su corazón o la maldición.

—No hay otra solución, amigo. Deja que la maldición te lleve al «amor verdadero» —sugirió Ryenh.

—¡No puedo hacerlo! ¡Amo a Briar! —volvió a rebatir Ewart. Se sentó para sobrellevar la confusión que adormecía a todo su cuerpo hasta hacerlo un hombre débil.

—Tendrás que tomar una decisión, Ewart, antes de que yo cometa un error más grande que lamentarás.

—Ewart —llamó Adalwin—, él tiene razón. Acepta a Lady Beatrice y olvídate de Briar.

—¡Me estas pidiendo que sacrifique todo! —reclamó Ewart.

—Si, por el bien de todos. Solo tú puedes romper esa maldición, antes de que yo la termine con su muerte —concordó Ryenh con semblante calmado.

Ewart se cubrió el rostro con las manos, abrumado por la presión de la decisión.

—Está bien. —accedió. Suspiró muy dolido porque, no solo se estaba lastimando a sí mismo, sino también a Briar—. Dejaré que mis sentimientos por Lady Beatrice fluyan.

—Tengo una pregunta que hemos dejado a un lado —interrumpió Adalwin el largo silencio entre sus desilusionados amigos, quienes lo miraron atentos para escucharlo.

Seguían aferrándose a la esperanza de otra solución.

Continuó—: Si ustedes están sintiendo amor y odio por ella, me pregunto: ¿qué es lo que está sintiendo ella por ustedes dos?

Ambos amigos cruzaron miradas. Sospechaban que ella estaba sintiendo lo mismo: amor por Ewart y desprecio por Ryenh. Solo que ella quizá estaba luchando contra dos sentimientos contradictorios al mismo tiempo.

Estaban destruyéndola cada vez más rápido.

Ryenh cruzó los brazos mientras perdía la mirada, lejos de la inquisición de sus amigos, y pensó si aquella mujer merecía tal destino.

Se puso de pie y se despidió de sus amigos. Necesitaba cabalgar hacia el bosque, el único lugar donde su mente se liberaba de aquel deseo fatídico. Quizás la dama de Dihe se presentaría para aconsejarlo.

No podía seguir teniendo la vida de aquella mujer en sus manos.

El reino de Langden

Henry paseó por su cuarto de un lado a otro, luchando contra la impaciencia que le imponía el obligado exilio de su vida pública… Ya no podía más.

Bea le había pedido que aclarara las cosas con Haley, que le pusiera un fin a esa relación enfermiza que ella había creado en su cabeza, y lo haría de inmediato.

Además, no podía pasar demasiados días encerrado en ese palacio alejado de todo contacto humano; sobre todo, cuando Daniel tuvo que regresar a sus actividades. Tampoco podía detener su vida.

Quería que, para el día de la revelación de su compromiso con Bea al público, el rumor de Haley ya fuera cosa del pasado.

Dominado por la ansiedad de la soledad, tomó el celular de su escritorio y tecleó un mensaje rápido a Bea. Necesitaba hablar con ella.

Pero, después de contemplar el celular unos segundos, decidió que tal vez era mejor que ella no estuviera al tanto de lo que iba a pasar, porque así, cuando hablaran, ya podría darle la buena noticia de que tal vez podría verla más pronto de lo que se había planeado.

Aunque la decisión no evitó que su impaciencia creciera un poco más. Todo sería más llevadero si Daniel regresara pronto, y lo siguiera apoyando en lo que estaba a punto de hacer. Pero tampoco podía esperarlo más.

Marcó al celular de Haley, quien respondió al segundo tono.

—¿Henry? —contestó ella. Se sintió en su voz el temor a las consecuencias de todo lo que le ha hecho.

—Necesitamos hablar —dijo él, sin siquiera saludarla primero.

Sus entrañas le exigían ser más rudo con la persona que ha puesto su mundo de cabeza, pero recordó su posición y, sobre todo, no debía darle más armas para hacer daño.

—Henry, quiero explicarte acerca de Dan… —dijo Haley con urgencia a que él le diera una oportunidad de hablar. Sin embargo, agregó furiosa, como si ella fuera la agraviada—: Todo se ha malinterpretado. ¡Esa estúpida niña lo ha arruinado todo!

Henry trató de respirar despacio para no explotar para defender a Bea. Haley aún seguía creyendo en una relación que nunca existió.

—Por eso mismo quiero que hablemos —dijo.

—Entonces… ¿Dónde quieres que nos veamos? —accedió ella cuando notó en la voz de Henry que estaba dispuesto a aclarar su relación. Tal vez con un resultado a su favor.

—Estoy en la casa de verano. Ven sola en cuanto puedas.

—¡Por supuesto! Salgo para allá —respondió Haley.

—Haley, si me entero de que has avisado a los medios de este encuentro… —advirtió Henry con tono amenazador.

—¡No! ¡No voy a echar a perder esta oportunidad que me das! —aclaró rápido Haley.

—Entonces, te espero.

—Nos vemos, cariño —se despidió Haley como siempre, muy amorosa, antes de colgar.

El estómago de Henry se revolvió con desagrado al escuchar tal apelativo. Haley tenía la idea de que todo iba a mejorar, cuando iba a ser todo lo contrario.

Henry iba a ser duro y definitivo con ella. No más sueños ni más fantasías de una vida juntos.

Volvió a ver el contacto de Bea como si fuera ella misma.

«¿Por qué no me buscas? Necesito saber que aún estás conmigo», suplicó.

Deseaba tanto escuchar la voz de Bea… ¡lo que fuera!, que ya no dudó en marcarle… Pero ella no contestó. Entonces se atrevió a llamar al castillo.

—Residencia de los duques de Cavendish —respondió alguien del staff. Siempre le ha dado risa que se refirieran a ese castillo como una simple residencia.

—Habla el príncipe Henry. Deseo hablar con Lady Beatrice, por favor —respondió apresurado.

—Su Alteza, lamento informarle que Lady Beatrice ha salido a cabalgar desde muy temprano. Avisó que no regresaría hasta entrada la noche.

Henry se quedó mudo. ¿Por qué saldría a cabalgar todo el día? ¿Algo le había pasado?

—¿Desea que le de algún mensaje de su parte cuando ella vuelva? —agregó

—Solo que necesito hablar con ella. Es urgente... Que me llame, no importa la hora.

—Se lo haré saber, Su Alteza.

—Muy bien. Gracias —dijo Henry y colgó.

Arrojó el celular al escritorio y se rascó la barba que empezaba a salir y le daba un poco de picazón. La tentación de hablar con Bea era tan difícil de contener. Pero, al final, bajó para esperar a Haley.

—Llévenme algo de botana y una bebida fría a la sala de entretenimiento —ordenó al mayordomo con el que se topó.

—Sí, Su Alteza.

Era poca la servidumbre que estaba en ese palacio. Henry había llegado de improvisto y solo estaba el staff que cuidaba el lugar siempre.

Entró a la sala y fue directamente a las bocinas para conectar su celular. Seleccionó cualquier canción y después fue a echarse al cómodo sofá, muy desganado.

Le pareció muy tedioso no hacer nada, sobre todo, cuando sus pensamientos no se aquietaban.

Al poco rato, llegó el mayordomo con una bandeja llena de delicias que entretendrían su estómago hasta la hora de comer.

Comió sin ganas mientras seguía escuchando la música, perdido en sus pensamientos.

En un momento, se dejó caer en el respaldo y se retorció —el estrés ya lo había agotado—, y se quedó dormido sin desearlo.

Soñó con Bea, al menos en sus sueños era suya.

—Su Alteza —llamó el mayordomo, zangoloteando tímidamente su brazo.

Henry abrió los ojos con pesadez, incluso le molestó que lo hayan arrancado del cuerpo de Bea.

—La señorita Pearson lo busca.

—¿Qué hora es? —preguntó Henry; se talló los ojos para despertar bien.

—Son las seis, Su Alteza.

—¡Vaya! Vino corriendo —murmuró mordaz del interés de Haley.

—¿Disculpe?

—Nada. Hazla pasar… Por cierto, ¿no ha regresado Dan aún?

—No, Su Alteza —respondió. Henry le permitió ir por Haley.

Henry dio un trago a su bebida ya tibia y se retorció un poco para desentumir su cuerpo aun adormilado y estresado.

Tocaron a la puerta con timidez minutos después.

—Adelante —dijo Henry muy calmado.

La puerta se abrió, dejando ver al mayordomo seguido de una muy bien arreglada Haley, con la clara intención de seducir. El mayordomo le cedió el paso y luego se marchó cerrando la puerta con delicadeza para darles privacidad.

Tan pronto como estuvieron solos, Haley corrió a sus brazos, muy feliz, y le plantó un beso en los labios que lo dejo fuera de sí.

Estúpidamente, sin control de sí mismo, la estrechó entre sus brazos más sin saber por qué la deseaba tanto. Como le ha sucedido siempre, no pudo detenerse cuando ella se entregaba de esa manera.

Se dejó seducir en ese lugar, hasta terminar entregándose sexualmente a ella. Los besos apasionados de Henry callaron lo gemidos de Haley durante todo el acto. No quería que nadie los escuchara ni que corriera el rumor de que había engañado a Bea.

A Henry no le importaban las consecuencias. En ese momento, solo quería hacer suya a Haley.