Capítulo XIX
El reino de Reslond
Ryenh entró con paso seguro a la habitación. Encontró a Adalwin recostado en un sillón, sosteniendo una bebida fría, con la mirada perdida en la nada y la mente absorta en sus pensamientos.
Fue directo a su amigo y le arrebató la bebida de las manos.
—Si no te molesta, ¿podrías prepararme otra bebida cuando termines la mía? —reclamó Adalwin a su amigo con sarcasmo.
Ryenh rio irónico mientras se sentaba desganado en el sillón frente a su amigo, subió los pies a un taburete.
—Sí, ya sabes que estás en tu casa —siguió Adalwin burlándose de la confianza que tenía su amigo en su hogar.
—Adalwin, no estoy para tus sarcasmos —dijo Ryenh, frotándose la frente vigorosamente. Todavía no entendía cómo esa forastera había logrado convertir sus vidas en un completo caos en tan poco tiempo.
—¿Qué…? —calló Adalwin cuando la puerta se abrió de golpe.
Ewart entró con paso enfadado mientras se quitaba la chaqueta y la arrojaba al escritorio de madera finamente trabajado que estaba cerca de un gran ventanal.
—¡Empezaré a limitarles su confianza en mí casa! —comentó Adalwin, todavía sarcástico.
Ewart no hizo caso al comentario de su amigo y fue directo a Ryenh, quien lo miraba con indiferencia mientras bebía. No tenía miedo de aquel reclamo que había estado esperando.
—¿A qué crees que estás jugando, Ryenh? —reclamó Ewart al detenerse junto a su amigo, quien alzó la mirada sin abandonar su aire indiferente.
Adalwin guardó silencio para seguir siendo testigo de la discusión que quería iniciar Ewart.
Ryenh sonrió con ironía por la indignación de su amigo. Dio un último trago largo y se puso de pie con toda la tranquilidad del mundo.
—No, Ewart, esa pregunta te la tengo que hacer yo: ¿qué quieres lograr con ver a Briar a mis espaldas?
—¡No estoy hablando de Briar!
—¿A no? —cuestionó Ryenh. Tomó la copa para ir a donde el mueble que fungía como bar, y agregó con soberbia, mientras se preparaba su bebida—: Porque me parece que estás jugando en mi territorio.
—¿De quién hablan, Ewart? —preguntó Adalwin, desesperado porque sus amigos lo estaban dejando a un lado en sus secretos.
—¡De Lady Beatrice! —respondió Ewart, desesperado, quizás por la confusión de sus sentimientos.
Ryenh dejó la bebida sobre el mueble y volteó para hacerle frente a su amigo otra vez, como si hubiera tocado un tema prohibido; solo que no lo puso correctamente en el mueble y cayó al suelo estrepitosamente.
Ambos lo ignoraron y avanzaron un paso más, desafiándose mutuamente. Solo que Adalwin reconoció esta vez que no estaban jugando y se apresuró a separarlos.
Ryenh lamentó que se inmiscuyera, porque necesitaba desahogar todo aquello que le había quitado el sueño por las noches y la tranquilidad de sus días.
—¿Quién demonios es Lady Beatrice? —preguntó Adalwin a ambos, en lo que les advertía con su pose dura que no iba a permitir peleas en su casa.
—Es la forastera que salvamos —respondió Ryenh, tras mirar a Ewart de pies a cabeza, con una actitud prepotente que le recordaba a quién estaba enfrentando. Su amigo solo era palabras y no acción.
Luego se sentó de nuevo en el sillón, con aire desganado.
—¡Ryenh, por los mil demonios, ¿qué crees que estás haciendo?! —reclamó Adalwin con la misma indignación de Ewart—. Prometimos que no volveríamos a verla.
—No es algo que pueda evitar si ella sigue apareciéndose en Celhase para buscar a Ewart —explicó Ryenh; señaló a su amigo con un gesto despectivo—. Lo que me lleva a preguntarte, Ewart, ¿por qué está desesperada en hablar contigo?
—Solo la he visto una… No. Mmm, dos veces; gracias a ti. La primera vez me buscó porque quería agradecerme que la haya salvado de esa fyrai. La segunda… ¡Uff, no sé para qué te quería!
Ryenh rio mordaz. Sabía muy bien por qué, pues la había manipulado para que regresara; a pesar de los planes que había concebido para deshacerse de ella.
Odiaba que su determinación desapareciera siempre en cuanto sus miradas se cruzaban. La idea siempre había sido que lo buscara, no a su amigo.
—Hay que recordarle que fuimos los tres los que la salvamos —comentó Adalwin entre dientes. Al no tener más relación con la corte que su amistad con ellos, por ser un común, a veces se sentía excluido.
—¿Acaso te molesta que me prefiera, Ryenh? —cuestionó Ewart, igual de mordaz.
Por alguna extraña razón, Ryenh sintió que su amigo buscaba herir su orgullo. ¿Por qué lo hacía? Después de todo, la forma en que miró a Briar lo dijo todo; a Ewart no le importaba Bea.
Se molestó por la verdad que dijo su amigo y se puso de pie para enfrentarlo una vez más. Por supuesto, Ewart reaccionó a la defensiva. No iba a estar a merced de la ira de su amigo.
—¡Basta! —ordenó Adalwin—. ¿Qué no se dan cuenta de lo que está sucediendo?... ¡Es esa maldición la que los está convirtiendo… en imbéciles! Están entregando el control de sus decisiones a los fyrai.
Las palabras de Adalwin hicieron que ambos entraran en razón. Sacudieron la cabeza, intentando alejar aquellos pensamientos destructivos.
Ryenh suspiró y se sentó de nuevo, mientras Ewart fue a preparar algo de beber para los tres.
—Comprendo que Ryenh no pueda resistirse a la maldición, pero, Ewart, algo te está sucediendo —notó Adalwin.
—Tu maldición está desterrando a tu otra maldición —explicó Ryenh, lo que era una verdad incuestionable.
—Mi amor por Briar no es una maldición… ¡Nunca lo será! —defendió Ewart sus sentimientos.
—¡Cómo sea! Sabes bien que ella no será para ti al final —recordó Ryenh.
—Porque se te dio su mano en matrimonio —cuestionó su amigo. Ryenh sabía que él siempre ha estado resentido por los privilegios que él poseía, pero no podía cambiar las circunstancias con las que nació.
Asintió, muy serio.
—Prometiste que no aceptarías ese compromiso —recordó Adalwin.
—Ojalá fuera tan fácil decir no a mi padre —eludió Ryenh.
—Pues tendrás que defender tu decisión ¡ya! —ordenó Ewart. Dejó sentir el miedo que le daba perder a Briar.
—Sí, sí, ya sé. Pero me estás complicando las cosas, Ewart. No puedes pasearte con ella por todo su reino como si fueran una pareja felizmente comprometida.
»La gente siempre habla, y los rumores pueden condenarte al destierro.
Ewart resopló con fastidio; estaba harto de no poder hacer lo que quería.
—Está bien. Prometo no buscarla más hasta que soluciones nuestra situación —prometió.
Ryenh aceptó la promesa de su amigo.
—¡Muy bien! Un problema solucionado. Ahora pasemos a la verdadera maldición —dijo Adalwin—. ¿Por qué no han huido de la forastera cuando la ven?
—Porque no puedo hacerlo —respondió Ewart con seguridad.
—Yo tampoco —concordó Ryenh—. Solo que yo no me estoy enamorando de ella, sino todo lo contrario.
Ewart y Adalwin se miraron confundidos.
—La estoy odiando. Trato de compensar lo que siento con cariño, cuando el deseo de destruirla trata de dominarme. Pero, entre más me resisto, más intenso es el desprecio —confesó Ryenh.
—Ya la odiabas —refutó Adalwin—. Si no mal recuerdo, tú eras el que se opuso a salvarla.
Recordó aquel momento en el bosque, cuando ya llevaban tres días patrullando, tras los rumores de la presencia de los fyrai y la inexplicable ausencia de la dama de Dihe.
Los tres estaban agotados, sudados, sucios, y contando las horas para que llegara el atardecer y pudieran regresar a Reslond sin que nadie los viera.
En ese momento, bajo el reconfortante crepitar de la fogata que había encendido Adalwin, mientras bebían bryand caliente, el rugido de un rabe rompió la conversación amena.
No era raro escucharlos en el bosque, y lo habrían dejado seguir su camino de no ser por un escalofrío que recorrió a Ryenh, que lo obligó a ponerse de pie con agresividad y correr hacia el rugido, como si una parte de él supiera que alguien muy importante necesitaba su ayuda.
Aún no podía explicar lo que sintió en aquel momento cuando vio a Bea a punto de que el animal la desgarrara hasta la muerte.
Entonces, Ewart intervino y la ayudó… Tal vez, en el fondo, había presentido que ella solo iba a traer problemas.
—Y me arrepiento de no haberlos obligado a no salvarla, sabiendo de los rumores de los fyrai —agregó Ryenh.
—Jamás nos rebajaremos a su nivel —refutó Adalwin. Ryenh no entendió de qué estaba hablando.
—Sí, sí… —Resopló Ryenh, agobiado—. Mmm, yo no la odiaba, me era indiferente. No es lo mismo. —Se quedó pensativo un rato, tampoco sintió eso en ese entonces. Agregó—: Creo que la maldición intensifica tus sentimientos en ese momento hacia la persona que salvas.
—No entiendo, explícate —pidió Adalwin.
—Es sencillo. Ewart aceptó después que ella era muy atractiva cuando la vio por primera vez antes de que la atacaran.
Se sintió atraído por ella. Su maldición es que él matará a su amor actual para convertirlo en un amor verdadero por la forastera.
Quizá la ame al punto de estar dispuesto a dar la vida por ella.
»En mi caso, ella me era… Mmm, indiferente… Mi maldición es que voy a odiarla hasta el punto de que haré todo lo posible por tenerla en mis manos… Tal vez la quiera muerta.
Al levantar la mirada hacia sus amigos, notó la preocupación reflejada en sus rostros, pues sabían que él había imaginado el momento en que su espada la atravesaría.
—No tengo control de ese sentimiento. Solo sé que necesito que ella se aferre a mí para hacer lo que me dicta la maldición —agregó Ryenh.
—¿Es por eso por lo que le diste tu instintivo? —cuestionó Ewart.
Ryenh asintió lentamente un par de veces. Había sido una locura, pero en aquel momento no lo había parecido de ese modo.
Fue ese impulso de odiarla lo que lo empujó a tomar una decisión.
—Y es por eso por lo que no voy a rechazar la mano de Briar, Ewart. Ella es mi salvación.
—¡¿Qué?! —exclamó Ewart, se puso de pie iracundo.
—Lo siento, amigo, pero siempre apostaste por algo que es demasiado alto para tu alcurnia.
»Era cierto que iba a declinar ese compromiso por ti. Incluso, iba a pedir a mi padre que te permitiera casarte con ella. Pero ahora, por mi propio bien, no tengo otra opción más que enamorarme de Briar.
—Entonces, yo me veré obligado a repudiar tu amistad.