Capítulo XVIII #2
Arrió a Bellfire como si fuese su dueño para que saliera del bosque a todo galope.
Bea se sorprendió de la maestría con que él cabalgaba, en ningún momento fueron golpeados por ramas.
Sin embargo, tuvo que aferrarse a él cuando ordenó a Bellfire que cabalgara más deprisa.
Cerró los ojos para ahuyentar el miedo que le daba caer a esa velocidad.
Su cabeza estaba tan pegada a su pecho que pudo escuchar claramente a su corazón latir enojado, como si se quejara con ella de algo.
El tiempo volvió a pasar con una tranquilidad extraña, tanto que ella empezó a disfrutar la cercanía. Hasta que llegaron al castillo en Celhase. Ryenh desmontó, aún enojado, pero tiró a Bea sin querer del caballo; cayó estrepitosamente, golpeándose fuertemente la rodilla izquierda.
—¡Imbécil! —exclamó ella sin pudor, muy enojada por tanto abuso.
Cuando trataba de levantarse por sí sola, Ryenh se apresuró a ayudarla, ignorando los gestos de dolor que hacia ella y que lo golpeaba para que la dejara en paz.
Aun así, la tomó de mano con fuerza y la acarreó detrás de él. Tampoco le importó que ella fuera quejándose en el camino y tropezando por la lesión en la rodilla.
¿Cómo un hombre que la protegió con tal devoción podía ser tan agresivo otra vez?
—¿Dónde está Lord Worthington? —demandó saber Ryenh a un sirviente que salió a atenderlos; su reverencia fue torpe.
Bea reconoció que aquel era un saludo hacia un noble. Lo miró con curiosidad, intentando descifrar quién era en realidad.
—En los jardines con… —respondió el sirviente. Aunque fue callado por la mano de Ryenh que le ordenaba no continuar.
Bea trató de seguir el paso otra vez. Quiso soltarse a la fuerza y regresar a Bellfire para irse de ahí; aprovechar que Ryenh tenía asuntos que tratar con su amigo.
Pero otra vez estaba ahí su estúpida curiosidad que quería ver cómo terminaba toda esa historia dramática que le decía que Ewart estaba invadiendo los terrenos románticos de Ryenh.
Algunos metros después, escucharon una risa feliz femenina. Obviamente era Briar que expresaba su felicidad por todo lo alto. No obstante, fue como un semáforo en rojo para Ryenh, pues se detuvo de pronto, ocasionando que Bea tropezara y cayera de nuevo.
—¡Carajo! ¡Ya basta, imbécil! —regañó. Esta vez su grito fue una bofetada para que Ryenh ahora sí reaccionara.
—Lo siento, milady —dijo en lo que la ayudaba a ponerse de pie. Bea se quedó atónita con su voz cariñosa. ¿Cómo era posible que, con solo escuchar su voz, empezara sentir las emociones de ese hombre en carne propia?
En ese preciso momento, Ewart y Briar salieron del resguardo de un árbol, riendo como dos enamorados que compartían incontables secretos. Sin embargo, la alegría se desvaneció al ver a Ryenh, cuya amabilidad hacia Bea desapareció también.
Ewart intentó disculparse, pero el miedo le hizo tartamudear. Trató de explicar su cercanía con la princesa sin mucho éxito. No existían palabras que justificaran el tipo de relación que obviamente tenía con ella, y lo que parecía ser una traición.
—¡Beatrice, ¿qué has hecho?! —cuestionó Briar, muy molesta. Le reclamó como si fuesen grandes amigas y le hubiese fallado.
Estaba por excusarse cuando Ryenh levantó la mano para silenciarla.
—Ella solo me ha abierto los ojos —respondió.
—¡Yo no hice nada! —explicó Bea de todas formas, mientras se encogía de hombros. A decir verdad, le alegraba un poco que el secreto de Briar hubiera salido a la luz.
—Ryenh… —trató Ewart de excusarse de nuevo.
—Ahora no, Ewart. Este tema tengo que tratarlo solo con Briar… —calló cuando vio a Bea de reojo, que apenas si se podía mantener de pie. Después se dirigió a Briar—: Lady Beatrice necesita un méidoc.
—Llévala a mis aposentos. Ahí la atenderá el de la familia —sugirió Briar.
Ryenh cargó a Bea con facilidad, acunándola entre sus brazos, y se apresuró a llevarla hasta las habitaciones de Briar. Bea volvió a sentirse segura en esos brazos, tanto que se aferró más a su cuello, deleitándose con ese cautivador aroma que despedía.
Durante el largo camino, cerró los ojos, hechizada por el bienestar que Ryenh le hacía sentir, incapaz de admirar siquiera el castillo.
Ya en el elegante cuarto de Briar, la depositó con cuidado en una cama y esperó junto a la ventana en silencio a que llegara el méidoc.
«¿Ahora qué demonios es un méidoc?», se preguntó Bea mientras esperaba.
Apenas habían pasado unos segundos en silencio, pero no soportó el desinterés de Ryenh.
—Milord… —llamó Bea.
Ryenh la miró por encima del hombro. Al parecer, había decidido acompañarla, pero en silencio. Era evidente que aún necesitaba tranquilizarse.
—Gillian…
—No mencione su nombre —interrumpió él de inmediato.
—Bien, la Firaia…
—Fyrai —corrigió con una sonrisa atorada en sus labios.
Bea lamentó seguir delatando que no pertenecía a ese mundo, pero lo más extraño de todo era ¿por qué nadie la interrogaba al respecto?
—Sí, sí, como sea… Ella no mintió al revelar que yo tengo algo que le pertenece.
Sacó el broche para entregárselo, pero él no lo aceptó. En lugar de eso, se acercó para sentarse a su lado, tomó su mano y la cerró alrededor del broche. Después la miró con una intensidad serena y acarició su mejilla con devoción.
Un gesto sencillo y afectuoso que logró tranquilizarla.
«¿Qué clase de hechizo ha puesto sobre mí?», se preguntó Bea sin poder cortar la conexión visual con él.
—Siempre supe que usted lo tenía —murmuró él.
—¿En serio?
—Sí. Se lo puse a su orhes para que usted lo encontrara.
—Pero…
—Quería que tuviera una razón para regresar —confesó él muy serio.
Bea lo miró en silencio, sintiendo un poco de escalofríos. Ese hombre la confundía mucho. La trataba mal un segundo, y en el siguiente era todo un caballero… ¿Y por qué demonios la quería de regreso?
—Bien… Aquí me tiene —dijo ella con una inflexión que le invitaba a revelarle para qué la quería.
Cuando él estaba por responder, se escuchó a alguien llamando a la puerta. Dejó que la indiferencia volviera a apoderarse de él. Se levantó y regresó junto a la ventana, fingiendo que no tenía nada que ver con Bea. Ella sintió su frialdad como si la hubiera abandonado a su suerte.
—Adelante —dijo Bea al ver que él ya estaba dentro de su mundo hermético.
Eran Briar y un hombre de mediana edad. Con solo verlo, usando un monóculo, supo que era lo más parecido a un doctor; su vestimenta, aunque refinada, daba la apariencia de ser un uniforme.
Se apresuró a revisar la rodilla de Bea en cuanto la vio tumbada en la cama.
En silencio, masajeó la zona lastimada, hasta que la rodilla hizo un tronido que le arrancó una maldición.
El hombre ignoró que la había lastimado aún más y le ordenó ponerse de pie.
Bea lo hizo vacilante; sin embargo, dio unos pequeños pasos que terminaron convirtiéndose en brincos al no sentir dolor.
«Sorprendente, tiene manos mágicas», pensó antes de agradecerle que la haya curado.
Mientras tanto, Briar se acercó a Ryenh a la ventana. Bea dividió su atención entre ellos y el hombre que daba algunas recomendaciones.
Ya se revisaría con el doctor de la familia cuando regresara a casa.
Al parecer, Briar trataba de explicar algo al inescrutable Ryenh, quien solo la miraba, en silencio, con los brazos cruzados. Al ser un hombre alto, parecía mirarla con desdén, incapaz de reconocer que era una princesa quien intentaba justificarse.
Un poco después, él solo asintió, cortante, y se retiró de la habitación con paso frío, dejando a Briar con la palabra en la boca. Ni siquiera se despidió de Bea.
—Eso será todo, milord —dijo ella al méidoc, quien rápido reverenció y se marchó.
Hubo un largo silencio que incomodó a Bea. Odió ser la causa de tanto drama emocional. Pero ella solo quería regresar un broche para terminar esta horrible aventura.
—Estoy comprometida con Ryenh —reveló Briar, finalmente.
La noticia la tomó por sorpresa, aunque también explicaba perfectamente la ira de Ryenh. Su amigo sí lo había traicionado y, para empeorar las cosas, se enteró gracias a la «forastera».
—Pero tú y Lord…
—Tenemos una relación sentimental mucho antes de que mi mano fuera concedida a Ryenh —explicó Briar, interrumpiéndola. Pero ya no dio más detalles.
Bea sintió unos celos muy poderosos, unos que no tenía derecho a sentir. Pero el sentimiento que él despertaba en ella era irracional, al puro estilo de cuentos de hadas en donde la princesa conoce a un atractivo príncipe y queda perdidamente enamorada de él en el primer encuentro.
Un amor a primera vista que nunca ha existido en su vida.
Comprendió que ese sentimiento posiblemente nacía por la deuda de vida que ella tenía con él. En cierta forma, su vida le pertenecía.
Pero, en todo caso, también le pertenecía a Ryenh, el hombre detestable que solo lograba confundirla cada vez más. Y al tercero que ha sido sabio al no acercarse a ella.
Al pensar en Ryenh, se dio cuenta de que ambos tenían mucho en común, por lo menos en esa situación.
También existía una tercera en discordia que impedía que ella fuera feliz con Henry.
—¿No hay manera de romper ese compromiso? —preguntó Bea con una ingenuidad evidente en la voz.
—La hay. Ryenh es el único que puede romperlo. —Briar suspiró agobiada—. Pero no quiere hacerlo, porque…
—Está enamorado de ti —concluyó Bea.
—No lo sé. Nadie sabe qué es lo que siente.
»Su corazón siempre ha sido una caja que nadie, más que él, puede abrir. —Briar fue a sentarse al pie de la cama y miró a Bea con frustración, antes de seguir—: He tratado cientos de veces de hablar con él, de hacerlo entender que no nos amamos, pero, como acabas de ver, se cierra a mí.
»Ewart también ha tratado de hablar con él, pero su posición en la corte se lo prohíbe. Ryenh siempre estará por encima de él.
»Solo un milagro podría hacerlo entender que seremos infelices, si no hace algo para rechazar ese compromiso.