Capítulo XVIII
Bea vio de reojo con trabajo que era Ryenh quien la tenía entre sus brazos. No desviaba su atención de la mujer y Bellfire, mientras que sus dedos seguían sobre sus labios para mantenerla en silencio, pero ya no lo hacía con dominio, sino con preocupación por su bienestar.
La mujer solo miraba a Bellfire, buscando contacto visual con él; por el momento, estaba a salvo.
Mientras tanto, Bea volvió a estremecerse cuando Ryenh le liberó la boca poco a poco; pero su mano se deslizó hasta su cuello.
Creyó por un instante que iba a ahorcarla, pero aquella amenaza se desvaneció en una caricia tan delicada que terminó por reconfortarla.
—Te protegeré… así tenga que matarla también —logró escuchar su susurro.
Estaban en peligro. De lo contrario, él no haría amenazas con tanta facilidad… Por lo menos, eso creyó Bea.
Regresó su atención a su amigo cuando la mujer le habló en una lengua extraña, se escuchaba como el siseo de una serpiente combinado con el tintineo de pequeñas campanas. La relajó tanto que, sin darse cuenta, dejó descansar la cabeza sobre el pecho de Ryenh.
Bellfire relinchó una vez más como si le hubiese entendido, retrocedió algunos pasos y se alzó en dos patas para protegerse; solo que se golpeó con algunas ramas bajas de los árboles cercanos.
La mujer levantó el volumen de su voz, repitiendo algo incansablemente, luego trazó un círculo con la mano, que se encendió en un fuego azul brillante, y lo acercó a Bellfire.
El caballo soltó un relincho aterrador, lleno de dolor.
Al darse cuenta de que esa mujer estaba usando magia para torturarlo, Bea estuvo a punto de gritar de ira para detenerla, pero Ryenh alcanzó a callarla otra vez.
—¡Tranquila! Voy a ayudarlo… ¡No salgas de aquí por ningún motivo! —ordenó en un susurro Ryenh al oído.
Bea sintió otro escalofrió cuando esos cálidos labios volvieron a rozarla. Con todo, logró asentir que lo iba a obedecer esta vez. Ryenh venía armado, y ya ha matado a una de esas mujeres, sabía lo que hacía.
Sin embargo, se dio cuenta de que Ryenh dudaba en liberarla, no confiaba en ella. Pero cuando sus miradas se encontraron sin problema, le hizo entender que iba a obedecerlo, la vida de su amigo estaba en juego. Aun así, él volvió a recordarle que guardara silencio solo con una seña de dedo.
Ryenh salió del resguardo con tal agilidad y silencio que Bea empezó a sospechar que era un cazador.
Después de todo, también vestía como uno, nada más que esta vez más limpio.
Se acercó a la mujer con pasos sigilosos, casi gatunos, mientras acomodaba su chaqueta de cuero para que no le estorbara al tomar su espada.
—¡Fyrai! —llamó a la mujer en un grito autoritario.
La mujer volteó, desprevenida, quizás creyó que estaba sola en el bosque; sin embargo, cuando vio a Ryenh, dibujó una sonrisa seductora y a la vez malévola.
—Lord Reslond, es un placer verlo —dijo la mujer, haciendo una reverencia que mostraba un respeto falso.
Bea notó que él se retorcía, intentando apartar algo que se enroscaba a su alrededor como una boa constrictora.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó Ryenh, tratando de seguir siendo autoritario.
—Paseando —respondió la mujer, fingiendo una inocencia insultante. Abrió la mano y el fuego azul desapareció.
—Usted sabe que este bosque está prohibido para su gente.
—Lo sé. Pero me he atrevido a entrar porque estoy buscando a mi hermana… A ella le gusta pasear por aquí —respondió, acercándose a Ryenh, siempre con pasos elegantes.
Él no se inmutó ante el peligroso acercamiento. Incluso se vio que lo necesitaba para imponerse ante ella.
—Su alma se siente en esta zona… Está haciéndose más poderosa —agregó ella, rodeándolo.
Su mirada ardía de deseo por Ryenh, mientras que sus dedos se deslizaron con delicadeza sobre los hombros masculinos, en una caricia muy seductora.
—No sé de qué está hablando, fyrai, y, honestamente, no me importa —dijo. Se sacudió los delicados dedos como si fueran polvo que lo ensuciaba. No era cortés con ella, por el contrario, estaba diciendo claramente que le desagradaba su presencia.
—Mi nombre es Gillian, y me encantaría escucharlo de tus labios, mi valiente y muy pero muy atractivo Lord Reslond —dijo ella. Bea percibió el veneno impregnado en su voz sensual, dispuesto a doblegarlo.
—¿Acaso crees que no sé lo que intentas hacer, fyrai? —cuestionó Ryenh, desenvainó un poco su espada para que Gillian viera el filo de su hoja adornada. Bea se sobresaltó al reconocer que era la misma que estuvo a punto de matarla. Era irónico que ahora la protegiera.
Gillian rio traviesa y se retiró de Ryenh para regresar a Bellfire. Volvió a hablarle con ese escalofriante idioma.
—¡Aléjate de él, bruja! —gritó Bea por instinto de protección a su amigo.
Salió de su escondite. Como era lógico, Ryenh la reprendió con sus gestos por no haberlo obedecido. Pero no iba a dejar que lo lastimaran.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó Gillian con tono infantil, mientras recorría a Bea con la mirada.
Tuvo intención de acercase a ella, solo que Ryenh fue más rápido y se interpuso entre las dos, ya con espada desenvainada.
Gillian rio con descaro.
—No tengo que acercarme a ella para saber que no es de estas tierras y, sin embargo, lleva el escudo de su Casa, milord —dijo con pose desinteresada—. ¿Cuál es tu nombre, hermosa niña?
Bea no quería responderle, pero había algo dentro de su cabeza que se movía sigilosamente, como una corriente de aire helado, en busca del lugar en donde se encontraba su nombre gravado. Era doloroso, y por alguna razón desgarraba recuerdos a su paso.
—¡Suficiente! —gritó Ryenh muy autoritario, levantó su espada al cuello de Gillian para acentuar su orden.
Ella se sobresaltó un poco, pero, aun así, hizo a un lado con la mano la punta filosa de esa espada. Bea se sorprendió al ver que esa pálida mano no tocó el mortífero metal en ningún momento.
—Le obedeceré por ahora, milord. Pero solo porque sé que ella acudirá a nosotros pronto, y usted no estará presente para que ella revele esa verdad que esconde en su intrigante cabeza.
Ryenh no le respondió y volvió a amenazar su cuello. Gillian se vio obligada a retroceder, alejándose bastante del filo de la espada, y reverenció con movimientos elegantes.
—Hasta pronto —dijo, antes de irse flotando hasta que desapareció dentro de la oscuridad del bosque.
—¿Qué demonios acaba de pasar? —cuestionó Bea en un murmullo para sí.
Ryenh no envainó la espada hasta que sintió que el lugar estaba libre de peligro, enseguida, volteó a ver a Bea sin ninguna expresión.
No obstante, ella se arrojó a él inconscientemente para que su abrazo mitigara el miedo que sintió cuando Gillian intentó entrar a su mente.
Quería volver a sentir esa protección de cuando la encontró.
Él no supo cómo reaccionar. Se sentía muy confundido por tenerla escuchando el acelerado latido de su corazón, que para ella era un arrullo reconfortante.
—Por favor… —suplicó ella que la abrazara en un murmullo inconcluso.
Finalmente, la abrazó. Y ella se sintió a salvo de nuevo, como si esos brazos hubieren destruido toda la maldad del mundo que tuviera intenciones de lastimarla. Solamente se había sentido así con alguien.
«Henry», pensó en él en mal momento.
Escuchar el nombre en su cabeza de quién se estaba enamorando, le hizo reaccionar como si su corazón la hubiera abofeteado para que se diera cuenta de que no estaba en brazos de Henry, sino de Ryenh… El hombre que la ha despreciado en cada encuentro. Incluso, la quiso matar.
Se empujó como pudo de esos fuertes, pero cálidos brazos, que ahora no deseaban soltarla.
—¡Suélteme! —gritó decidida Bea.
El rostro de Ryenh se endureció cuando se topó con la indignación de Bea.
—¿Qué hace aquí?... ¿Me ha estado siguiendo? —reclamó Bea, enfadada.
—No se crea tan importante, milady —respondió él con formalidad e indiferencia que ella sintió como un insulto. Aunque hace un rato su cuerpo le haya mostrado otra cosa—. Usted ha vagado a placer por este bosque sin autorización.
—Solo vine a este estúpido mundo para entregar algo a Lord Worthington —respondió ella con un tono que le decía a Ryenh que no se metiera ya en sus asuntos.
—¿Ewart?... ¿Qué tratos tiene usted con él? —cuestionó él en lo que se acercaba a ella amenazadoramente.
Pero no se inmutó por la intimidación que recibía.
—Uno que no tiene porqué interesarle a usted —replicó ella, acortó también el espacio entre los dos para hacer más fuerte su frialdad.
Ryenh escudriñó su mirada en silencio. De seguro, trataba de entender la verdad revelada detrás de esa respuesta vaga. Sin embargo, no tardó en carcajearse a pierna suelta con sarcasmo.
—¡No lo puedo creer! ¿Usted está enamorada de Ewart? —cuestionó, burlándose aún. Nadie, jamás, se había atrevido a burlarse de ella en su propia cara.
—¡Por supuesto que no! —refutó ella muy enojada—. No puedo estar enamorada de un hombre cuyo corazón le pertenece a una princesa.
—¿Princesa?... ¿Qué princesa? —inquirió Ryenh con agresividad, mientras, sin esperarlo, la tomó del brazo con tal fuerza que la lastimó, para que no huyera sin darle una respuesta.
Pero ella no se quejó porque no quería verse de nuevo como alguien débil.
—Briar —respondió ella. Zangoloteó su brazo para soltarse; le quemó la fuerza que despedía él al tacto.
Vio como esas facciones atractivas se transformaron para representar a la furia misma. No dijo nada y caminó hacia Bellfire, quien no remilgó cuando él lo montó con movimientos atrabancados.
—¡Hey! ¿A dónde cree que va con mi caballo? —gritó Bea en lo que corría hacia ellos.
Ryenh la ignoró y miró a su alrededor, recordando en dónde estaban, y le ofreció la mano para ayudarla a subir.
—¡No voy a ir a ningún lado con usted! ¡Baje de mi caballo para que pueda largarme de este horrible y estúpido mundo!
Ryenh volvió a ignorarla y desmontó a Bellfire, luego se acercó a ella con decisión. Ella retrocedió cuando vio la decisión de obligarla a hacer algo. Pero la tomó por la cintura y la subió al animal con movimientos un poco agresivos; después montó, aprisionándola contra sí.