El llamado del árbol Capítulo XVII #3
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Capítulo XVII #3

Briar veía a ambos con mucha curiosidad. Se daba cuenta de que ambos tenían un secreto tan importante que los obligaba a despreciarse mutuamente. Tampoco ayudaba que hablaran a medias sobre el tema.

—¿En verdad no regresarás a visitarme, Bea? —cuestionó Briar.

Bea sintió que ahora, más que nunca, Briar estaba decidida a descubrir ese secreto que compartían.

—No, Briar. Lo siento, mi tiempo aquí ha llegado a su fin.

—En ese caso —dijo Ewart. Ambas lo miraron expectantes—, no es importante que usted hable con Ryenh.

—Si así lo cree, entonces, me retiro —dijo Bea. Se retiró sin siquiera despedirse de ellos.

Durante el camino a Bellfire, sintió ambas miradas clavadas en la espalda, debido a tan maleducada despedida, pero no le importó. Briar había sido agresiva con ella al delimitar su territorio sentimental, y Ewart le importaba poco su agradecimiento. A su parecer, ninguno merecía cortesías.

El sirviente que había cuidado a Bellfire, le regresó las riendas. Ambos regresaron cabalgando al bosque a toda velocidad.

No dejo de pensar en todo el camino que había sido otra vez una mala idea regresar, pero también no entendía por qué lo seguía haciendo.

Parecía una tonta joven que prometía una cosa y terminaba haciendo otra.

Pero ya hacía semanas que venía actuando así, desde el momento en que Henry tuvo un avance romántico con ella.

Tomaba decisiones muy a la ligera en ambos mundos.

Con todo, esa rudeza por parte de Briar y Ewart, le hizo darse cuenta de que no tenía por qué buscar ahí algo que tenía de sobra en Landgen.

Tenía dos buenos amigos que la apreciaban sinceramente.

Tenía a un hombre que pronto le demostraría al mundo cuánto la amaba. Ya que ahora confiaba en que él lograría sacar a Haley de sus vidas.

No tenía nada que hacer ahí.

Con esa idea, siguió cabalgando hasta que reconoció el camino a la puerta. Desmontó a Bellfire para no golpearse con las ramas de los árboles, como las últimas veces.

Caminaron por el bosque en un silencio que empezó a helarle la sangre.

Bea notó que con cada visita que hacía, ese bosque se hacía más espeso y oscuro.

Se preguntó cuál sería la razón para que estuviera transformándose en uno que solo podría ser creado por una mente consternada.

¿Acaso tendría que ver con aquella rama que rompió, y cuya muerte se ha extendido a otros arbustos?

Por instinto, sacó su celular para tomar una fotografía.

Sin duda, era un escenario que quería compartir con Jocelyn cuando llegara y pudiera contarle por fin todo sobre aquel mundo que había descubierto desde el caos provocado por Henry y Haley.

No había nada más que proteger, después de todo, ya no volvería a ese lugar.

Inició la cámara y enfocó, pero el bosque no aparecía como ella lo veía. Seguía siendo oscuro, aunque la imagen tenía un aire mucho más tétrico. Bea tomó otra fotografía y la revisó detenidamente, ahora parecía una escena sacada de una película de terror.

Volvió a tomar más fotografías, esperando que la cámara le devolviera aquel bosque de verdes brillantes que tanto la había atraído.

«Tal vez estoy en otra parte del bosque —pensó— ¿Me he perdido?».

Cuando levantó la mirada para intentar orientarse, escuchó unas pisadas furtivas. Puso atención hacia el lugar de donde provenían y vio algo blanco moviéndose entre los árboles. Por instinto de supervivencia, fue esconderse al arbusto más cercano.

Bellfire presintió peligro y relinchó, entonces, Bea vio su error de no esconderlo también. Sin salir de su escondite, trató de silenciarlo de inmediato. Si se mantenía quieto, esa figura fantasmal seguiría su camino sin notarlo.

Pero él estaba inquieto y, en tan solo un segundo, esa figura blanca se abalanzó hacia él.

Era una mujer muy parecida a aquella que Ewart y sus amigos habían matado para rescatarla, solo que esta llevaba un vestido color crema que refulgía, envuelta en un aura blanquecina.

Su cabello rubio, ligeramente ondulado, caía hasta su cintura.

Sus facciones delicadas le daban un aspecto angelical e inocente.

La palidez de su piel contrastaba con la profundidad del azul grisáceo de sus ojos… peligrosamente enigmáticos.

También traía una joya colgando de su cuello.

Se movió más, casi como si estuviera flotando en el suelo; el ruido que Bea había escuchado era creado por su vestido al moverse entre las hojas secas que había en el suelo.

La mujer se acercó más a Bellfire, quien volvió a relinchar tan asustado que trató de levantarse en sus patas traseras para alejarla, pero el espacio reducido se lo prohibió. Solo era cuestión de tiempo para que huyera, dejándola ahí.

Bea iba a salir para proteger a su amigo de esa mujer, pero, entonces, alguien la abrazó por detrás, tapando su boca con fuerza y sisándole calladamente al oído que guardara silencio.

El dominio sobre ella fue intenso, como el de un amante que no estaba dispuesto a ceder.

—Estás a salvo conmigo —susurró el hombre tan cerca de su oído que sus labios rozaron su piel como una caricia sexual.

Bea se estremeció sin razón, como si su cuerpo reconociera a ese hombre, y, en verdad, se sintió a salvo.