El llamado del árbol Capítulo XVII
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Capítulo XVII

A la mañana siguiente de haber hablado con Henry, Bea se sintió muy sola por primera vez en mucho tiempo. Lo que pareció ser una noche en donde por fin la besaría el hombre que deseaba, se convirtió en un rompimiento forzoso.

Sus padres estaban de viaje de negocios, Jocelyn estaba de vacaciones con su familia —al menos ese era la noticia que la despertó en la mañana—, y Henry ya estaba a cientos de kilómetros lejos de ella, en el norte, en compañía de Daniel; aun cuando se le había pedido que se alejara de él también.

Bea supuso que separarlos al final, alertaría más a los medios.

Revisó las noticias en su tablet, para buscar alguna que le confirmara que Henry efectivamente estaba lejos de Haley.

Por suerte, y por primera vez en días, no había nada nuevo en relación con ellos.

Pensó que quizás todo era cierto y que Haley, al ver sus verdaderos sentimientos desenmascarados, ya nos los molestaría.

Cual fuera la nueva situación, Bea decidió aprovechar la soledad para pensar qué era lo que en realidad quería para su futuro.

Pero, al final, pasó parte de la mañana en su cuarto leyendo, viendo una película y contemplando el techo desde el sillón. Siempre le había intrigado la idea de un día sin obligaciones; sin embargo, la lejanía de Henry estaba consiguiendo que fuera aburrido.

Tras el almuerzo, decidió ir a las caballerizas para visitar a Bellfire. Hasta entonces había evitado acercarse a él por miedo a ceder a la tentación de regresar al otro mundo.

—Milady —llamó el caballerango—, he encontrado esto atorado en la silla de montar de Bellfire.

Bea se acercó al caballerango y tomó el broche que le ofrecía.

Era circular y llevaba grabado el mismo emblema que había visto en el árbol y en el arco que daba la bienvenida al reino de Briar.

Aunque, en lugar del árbol y el caballo, el escudo mostraba a un león erguido sobre sus patas traseras, mientras otro tipo de dragón abrazaba el escudo.

—Gracias.

Bea salió de las caballerizas distraída en ese broche dorado. Sus dedos acariciaron cada elegante línea en lo que pensaba dónde pudo haberlo conseguido.

Esa joya debería pertenecer a alguien del otro mundo, eso era obvio, pero ¿a quién?

No podía ser de Briar. Ya que, al parecer, el emblema de su ciudad era un caballo.

Eso lo dedujo después de esa pleitesía que presenció por los habitantes.

Lo que quería decir que era de Ewart o de Ryenh.

Pero solo este último había estado lo bastante cerca de Bellfire como para haber dejado la joya en él.

«Fue cuando me acorraló», concluyó, antes de que una irreconocible bandada de cuervos la hicieran voltear hacia el bosque. Salieron volando cuando el viento movió con agresividad los picos de los árboles.

Solo que algo muy extraño pasó… quizás su imaginación estaba traicionándola de nuevo, pero le pareció que cantaron la melodía que la atrajo la primera vez.

Inexplicablemente, sintió la necesidad de regresar a ese mundo, a pesar de que se lo había prohibido así misma ya. Miró la joya otra vez, y no pudo entender esa obsesión de averiguar a quién pertenecía. Sentía una opresión en el pecho que la ahogaba cuando decidía olvidarse de ella.

No se moría de ganas por ver a Briar y a Ryenh, aunque aún se sentía decepcionada por Ewart y su interés en la princesa.

Pero, debajo de todo ese maltrato por parte de los habitantes, excluyendo a Briar por supuesto, ese extraño lugar despertaba en ella una absurda sensación de bienestar, como si regresara a casa después de un largo y cansado viaje.

Todavía se resistía a aceptarlo, sobre todo porque los pensamientos sobre ese lugar se habían convertido en un veneno que la consumía poco a poco. Y no podía hacer nada más que sucumbir.

Corrió hacia su cuarto para cambiar sus ropas.

Buscó entre sus abrigos algo que se asemejara a los de ese mundo; no quería volver a ser la atracción para criticar.

Cubrió su cabeza con la capucha y se observó en el espejo.

El atuendo era sencillo, justo lo que necesitaba para pasar desapercibida entre los lugareños.

Regresó a donde Bellfire y lo preparó ella misma. El caballo entendió el apuro de su dueña cuando ataba sus riendas y cabeceó gustoso por salir hacia otra aventura.

—Llegaré hasta el anochecer —dijo Bea a su caballerango, quien estaba apilando algo en otra caballeriza, antes de salir a galope con su amigo.

Montó a Bellfire y galopó sin aparentar prisa, por si el caballerango la estuviera vigilando desde la distancia.

Llegar al bosque ya le parecía casi una rutina, como si hubiera estado recorriéndolo desde siempre; aún más familiar le pareció el camino hacia la ciudad de Briar.

El camino parecía acortarse cada vez más, como si algo la transportara de un lugar a otro. Aunque probablemente el reino de Briar simplemente estaba cerca del bosque.

Bea estaba nerviosa cuando se detuvo en ese hermoso arco que anunciaba a dónde estaba entrando. Dio la orden a Bellfire de caminar plácidamente, como si estuviera en un paseo dominical.

Aún miraba todo con asombro. El lugar estaba más concurrido que durante su visita anterior; todo seguía su curso, ahora indiferente a la intrusa de otro mundo.

Se preguntó si allí los días transcurrían igual que en su mundo o estaban un continúo bucle.

Si su ausencia era perceptible en su mundo…

Si Henry pensaba en ella cuando era arrastrada a ese mundo una y otra vez.

Tenía que ser precavida esta vez, por lo que se aferró a él; mientras Henry siguiera en sus pensamientos, aún tendría una razón para volver.

Los cascos de un caballo sonaron tan cerca que la sobresaltaron y la obligaron a hacerse a un lado de prisa; una joven pasó a galope rápido sin siquiera preocuparle que casi choca con ella.

Siguió su camino, haciendo planes. Primero tenía que buscar a Briar. Aprovecharía la invitación que le hizo para interrogarla acerca del dueño de esa joya. Con suerte, la reconocería y le diría dónde encontrarlo.

Esperaba que fuera de Ewart porque todavía estaba ansiosa por explicaciones, y la joya sería una excusa perfecta para interrogarlo. Solo tenía que abordar el tema con cuidado.

En caso de que perteneciera a Ryenh, Bea sencillamente se la entregaría a Briar para que la regresara a su dueño.

No quería hablar con ese hombre de nuevo.

Desmontó su caballo y se acercó a los lugareños para hacerles algunas preguntas; confiaba en que pudieran ayudarla.

—Disculpe… —detuvo a un lugareño, quien la miró de pies a cabeza, curioso por su persona. Bea solo lo ignoró y preguntó—: ¿Podría decirme en dónde encuentro a… a Su Alteza, la princesa Briar?

El hombre no dejaba de mirarla; algo en ella decía a los lugareños que era una extraña. Siguió siendo cortés con una sonrisa tímida para no levantar más sospechas.

—En el castillo —respondió siendo educado ya.

—¿Y cómo puedo llegar allá?

—Siga el camino que la llevará a la vereda principal para los orhes. Verá el castillo sin problema.

—Gracias, es muy amable por ayudarme.

Bea remontó a Bellfire con la mirada del hombre a cuestas; todavía tratando de entender qué era un orhes. Tenía tanto que saber de ese lugar.

Siguió las instrucciones, disfrutando la hermosura de la villa para no llamar la atención de nuevo.

Era un día soleado, pero el viento era muy frío, así que los adornos de metal en los edificios brillaban con timidez. Le sorprendió la limpieza del lugar, y el orden que tenía la gente al cruzar o andar. Al igual el respeto con el que se trataban unos a otros.

Supuso que así debía ser aquella utopía que todo gobierno de su mundo buscaba alcanzar. Aunque, sabía que estas no podían existir, porque, detrás de la perfección, siempre había un gobernador dictatorial.

Esperaba que ese reino no fuera el caso.

Siguió avanzando, hasta que divisó el castillo a lo lejos. Literalmente, le quitó la respiración.

En una colina, rodeado de árboles perfectamente podados, estaba el castillo construido de la misma piedra que usaron para los edificios de la villa.

Un arco forjado de ese material dorado sostenía el mismo emblema del caballo que Bea ya había visto antes.

Se dio cuenta que en realidad siempre era el mismo círculo, lo único que cambiaba era el emblema que protegía y el dragón.

Se preguntó si tenía algún significado mágico o algo por el estilo.

Cuatro guardias, vestidos de negro, con espada y un arma en el cinturón, estaban cuidando la entrada.

—Buenos días… He venido a visitar a Su Alteza, la princesa Briar —dijo Bea a uno de los guardias.

—¿A quién tengo que anunciar, milady?

—A Lady Beatrice.

El guardia se llevó la mano a la oreja y murmuró algo en clave. Luego aguardó en silencio, sin apartar de Bea una mirada inexpresiva. De pronto, Bea alcanzó a escuchar un bip que provenía de él.

—Puede pasar, Su Alteza la espera —avisó el guardia. Retomó su posición e hizo una tímida reverencia cuando Bea pasó a su lado.

Siguió el camino ondeante por esa colina. Era más hermoso de cerca, incluso olía diferente… A hierba recién cortada.

Minutos después llegó a la puerta, ya era esperada por personal del castillo.

Desmontó y entregó las riendas de Bellfire al hombre que estaba maravillado con el animal.

Bea arregló un poco sus ropas y acomodó ligeramente su cabello.

Poco después, Briar salió del castillo con un caminar elegante.

Vestía un hermoso vestido que Bea solo habría usado para cenas en el palacio, aunque en Briar parecía una prenda de todos los días.

La recibió con una reverencia que fue interrumpida por Briar casi de inmediato.

—No es necesario —dijo Briar cuando Bea dudó en obedecerla.

—Como usted diga, Su Alteza —dijo Bea, muy seria.

—Por favor, ya había establecido que me llamaras Briar.

—Muy bien, lo haré —respondió Bea. Sonrió después con timidez.

—Sígueme, demos un paseo por los jardines. Ahí tendremos privacidad —sugirió Briar en lo que señalaba a Bea hacia dónde tenía que ir.

Ambas jóvenes caminaron en silencio hasta donde nadie del castillo pudiera interrumpirlas.

—Quizás te preguntarás a qué he venido a buscarte —dijo Bea cuando ya no pudo controlar el silencio.

—Esa es tan solo una de las preguntas que tengo acerca de ti, Bea —respondió Briar con tono sarcástico.