El llamado del árbol Capítulo XVI
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Capítulo XVI

Henry había sucumbido al cansancio. Demasiadas emociones y responsabilidades con sus padres lograron que cayera dormido mientras esperaba la llamada de Bea. A pesar de haber huido, tuvo el presentimiento de que hablaría con él; por eso, le dio tiempo y espacio.

El celular sonó como la alarma para despertar y lo revisó apresurado.

Hablemos. Ven a mi casa

Gimió fastidiado y lo volvió a colocar en el buró. Haley no podía pretender que acudiese cada vez que lo llamara.

Acomodó la cabeza en su almohada, cerró los ojos y suspiró con pesadez. Sus emociones ya lo habían agotado.

Se quedó así por unos segundos, tratando de reconciliar el sueño que lo llevaba a Bea, pero ese mensaje le martilló la cabeza. Lo había ignorado porque creía que era de Haley, pero ¿qué tal si no lo era?

Estiró la mano para tomar el celular. Descubrió que el mensaje en realidad había sido enviado por Bea.

Entonces, se levantó de la cama de un solo brinco y corrió al espejo a ver su aspecto.

Concordó que se veía bien, la apariencia adecuada que daba el mensaje de tristeza, después fue a la mesa de centro de la sala de estar de su cuarto para tomar las llaves de su auto.

Se sentía nervioso y emocionado a la vez, pero, ante la tranquilidad del camino, surgió la duda. Necesitaba confirmar que en verdad ese mensaje era de Bea, no quería llegar y que le azotara la puerta en la cara, o volviera a huir.

—Llamar a Jocelyn —dijo en voz alta.

Después de tres timbres, Jocelyn contestó.

—Solo hablo para agradecerte por interceder por mí con Bea —dijo casi en un grito para que el micrófono del celular registrara su voz.

—No he hablado con ella. La esperé hasta que mi mamá me llamó para que regresara a casa a empacar mis cosas. No me ha llamado aún… ¿Quiere verte? —cuestionó Jocelyn.

Henry se preguntó si era posible que Bea quisiera agotar todas las oportunidades antes de hablar mal de él.

—Sí, acaba de enviarme un mensaje pidiéndome que vaya a verla. Voy en camino hacia allá.

»De hecho…

—¡No vayas a echar a perder esta oportunidad, Henry! —interrumpió Jocelyn con severidad.

—No lo haré. Lo prometo —respondió él, quiso reír porque era la primera vez que Jocelyn lo llamaba por su nombre sin cohibirse, pero no le llamó la atención porque solo le haría creer que su promesa era una broma.

—¡Eso espero!… Porque no estaré de tu lado si la vuelvas a lastimar.

Henry torció una media sonrisa por esa amenaza que tomó como broma.

—No la lastimes, Henry —suplicó Jocelyn con sinceridad.

—No lo haré. Me despido, ya estoy por llegar a su casa… Que tengas buen viaje, Joss —terminó Henry la llamada apresuradamente. Luego giró el volante para entrar a los terrenos de los Cavendish.

No iba a desperdiciar esta oportunidad. Iba a hacer caso a todo consejo que le dieron durante el día para no arruinar la reconciliación.

Se detuvo en la rotonda del castillo, y bajó del auto, muy nervioso. Se dirigió a la puerta en un trote y golpeó el badajo con violencia. Sentía que el tiempo se le escapaba entre los dedos y que Bea, al pensarlo mejor, terminaría lo poco que ha conseguido.

El mayordomo abrió tras algunos segundos.

—Su Alteza, adelante —dijo abriendo más la puerta para permitirle el acceso; hizo una rápida reverencia al final.

—He venido a ver a Lady Cavendish —dijo, revisando el lugar con la mirada.

—Sí, mi señor, milady lo espera en su cuarto.

—No, avísele que la esperaré en la sala de estar —refutó la orden de Bea.

Nada daba más gusto a Henry que tener esa reconciliación con ella en su cuarto, en un lugar tan privado que rompía con cualquier título nobiliario entre los dos. En ese lugar serían tan solo ellos dos reconciliándose.

Pero ya había hecho un espectáculo en la mañana delante de todo el servicio del castillo y la había puesto en boca de todos. No quería que ella volviera a sufrir las habladurías.

Caminó muy nervioso por la sala, y miraba constantemente la puerta; Bea se estaba tardando en bajar.

Quizás le había molestado que él contradijera su orden. Decidió ir a su cuarto; tal vez, con un poco de suerte, podría pasar desapercibido.

Dio un paso para ir a ella, pero la puerta se abrió. Su corazón se detuvo al verla, recién bañada y vistiendo ropa que solo lo enamoró más; entró y cerró la puerta con delicadeza.

La miró todo el tiempo, tartamudeando palabras mudas. No sabía cómo empezar a disculparse. Más bien, no supo por dónde empezar. Tenía tanto miedo de que al decir la primera palabra ella estallara en reclamaciones que la llevarían a huir de nuevo.

Pero ocurrió lo contrario. Ella se volvió para mirarlo y no dijo nada; cada uno de sus rasgos serios apuñalaba un poco más el corazón de Henry.

—Lo siento —dijo él, finalmente. Tragó saliva y continuó—: Lamento haberme fijado en ella.

»Lamento no haber sospechado que solo quería mi corona.

»Pero, irónicamente, también le estoy agradecido por haberte lastimado.

—Bea abrió la boca para reclamarle tal estupidez que dijo, pero Henry continuó—: Le estoy agradecido porque al lastimarte, me lastimó a mí también.

Me hizo aceptar que… Me di cuenta al verte huir de mí esta mañana que… —calló porque no supo cómo explicarse.

Sin embargo, avanzó despacio hacia ella. Quería terminar de una vez por todas con esa separación infinita que había entre los dos.

—No quiero perderte. ¡Me estoy enamorando de ti! —se sinceró.

Bea quedó sorprendida por la revelación, pero Henry estaba apostando todo en ese momento.

—Por ti enfrentaré a todos: a Haley, a los medios… A todo aquel que intente alejarte de mí.

Quiso acariciar su mejilla sonrojada, pero se contuvo. Aunque recorrió con la mirada cada fino rasgo, mientras movía sus labios ansiosos porque los de Bea respondieran su llamado. Uno que él no se atrevía a dar porque le había prometido que no la besaría hasta que él se ganara su confianza.

Pero su llamado no fue respondido y tuvo que conformarse con demostrarlo con un abrazo… que ella no correspondió.

—Perdóname por no darte tu lugar —susurró Henry.

La había acercado a su corazón para que él, con su ritmo acelerado, le asegurara que estaba hablándole con sinceridad.

Bea no respondió a su disculpa y, ante tal situación, Henry se estremeció tristemente porque ella no sentía lo mismo que él. Había perdido la oportunidad de ganarse su amor.

Soltó un suspiro abatido y, en el momento justo en que empezó a deshacer su abrazo, sintió como los brazos de Bea se movieron para responderle.

La felicidad llamó a su puerta; con suerte, se quedaría a su lado.

Henry movió sus labios en busca de alguna parte de ella que se dejara besar, tenía la esperanza que fueran sus labios, pero Bea bajó su rostro un poco para enterrarlo entre su pecho. Entendió que aún no era tiempo.

—¿Me has perdonado? —preguntó Henry en un murmullo, al que ella respondió con un asentimiento rápido.

Si por él fuera, se quedaría abrazándola todo el tiempo. Quería seguir sintiéndola, tan unida él, como si fueran uno solo, pero Bea le pidió que se sentaran. Al parecer, estaba agotada por todo lo sucedido ese día.

La liberó y la llevó de la mano al sillón más cercano, se dio cuenta que la puso nerviosa cuando, en lugar de sentarse junto a él, llamó a alguien de la servidumbre para que les trajera algún aperitivo.

Bea, claramente nerviosa, fue a sentarse en otro sillón. Henry sonrió pícaramente y muy deleitado por esa tímida reacción.

—No muerdo —comentó él mientras la invitaba a sentarse a su lado con unos golpecitos en el asiento vacío.

—No estoy muy segura de eso —respondió ella, muy juguetona. Llevó su flequillo hacia atrás de la oreja, en un gesto tan delicado que solo provocó más a Henry.

—Y si te confieso que quiero consentirte, ¿me lo permitirías? —preguntó con una sonrisa tímida. Aún tenía miedo de sus respuestas.

Bea se mordió el labio inferior y no ocultó el miedo que le daba estar junto a él. Henry se emocionó al verla morderse así, quería correr a ella y besarla con efusión. Pero al final soltó un suspiro frustrado al recordar una vez más que no podía.

—No te preocupes. Prometí que te besaría solo hasta que me ganara tu confianza… Y todavía no me la he ganado —se apresuró a solucionar el dilema que bien sabía la mortificaba.

Bea sonrió satisfecha por escuchar que él recordaba esa promesa. Aun así, se puso de pie y lo miró muy seductora. Cada paso que dio hacia él puso a prueba la fortaleza de Henry para resistirse a sus encantos.

Pero fue interrumpida por alguien tocando la puerta. Dio permiso de entrar, era el mayordomo que traía una bandeja con comida chatarra y refrescos. El joven se retiró apresurado cuando sintió la incomodidad que se respiraba.

Ya solos, Henry volvió a llamarla a su lado con un ligero cabeceo. Adivinó la prueba que le había puesto antes de que llegara el hombre, y no iba a perder tan fácilmente. Le probaría que su promesa iba en serio.

Ella fue a sentarse a su lado. Pero los dos no sabían cómo iniciar el acercamiento. Henry tuvo la sensación de que volvían a ser adolescentes, que ya estaban rompiendo aquellas barreras que siempre los obligaron a verse de otra manera.

Tomó el vaso y bebió un poco; lamentó que no fuera su bebida favorita, la que lo envalentonaba. Aunque, se recordó que solo debía tener un gesto amable con ella.

Entonces, convencido de que ya no debía temer estar con ella, se atrevió a pasarle un brazo por la espalda y atraerla hacia él cuando ella volvió a acomodarse en el asiento. No se resistió y descansó contra su pecho.

Ambos se quedaron en silencio, estaban acostumbrándose a tener esa cercanía.

Él le acarició el brazo con timidez, imaginando que eran sus labios, y no sus dedos, los que recorrían cada centímetro de su suave piel.

No sabía lo que estaba haciendo, a donde la quería llevar, solo que se sentía muy bien.

Mientras tanto, Bea entrelazó los dedos con los de él y guio ambas manos hasta su cintura, estrechándose en un abrazo.

Él sintió como ella se estremeció, lo que lo llevó a enterrar su nariz en su cabello para deleitarse con las partículas de fresas que expedía.