El llamado del árbol Capítulo XV #3
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Capítulo XV #3

Ewart se puso de pie cuando Briar regresó a sentarse.

Le dedicó una sonrisa radiante, solo para él.

Bea deseó que Briar desapareciera otra vez para volver hablar con él sin rodeos.

Pero los dos se sumieron en una conversación que no entendió en absoluto, porque de vez en cuando usaban palabras que parecían pertenecer a otro idioma.

Minutos pasaron y pronto se sintió cada vez más incómoda. Se dio cuenta de que ya no iba a poder seguir interrogando a Ewart, sus preguntas tal vez jamás se responderán.

No tenía más de otra que disculparse y retirarse con alguna excusa tonta. De todos modos, no creía que Briar fuera a lamentar su partida; quizás, hasta era lo que estaba suplicando.

—Su Alteza… —dijo, pero fue interrumpida por Briar, recordándole que la llamara por su nombre—. Briar, ha parado de llover y es hora de que me retire. Me están esperando en casa.

Lo último fue para hacerle saber a Ewart que no intentara seguirla para terminar el trabajo porque había terceros que vendrían a buscarla. Aunque la verdad era que nadie sabía que estaba ahí.

Se puso de pie y, tanto Briar como Ewart, la siguieron.

—No hay problema, Beatrice. Entiendo.

»Por favor, búsqueme cuando regrese al reino. Será un placer recibirla y conversar con usted —dijo Briar, muy formal.

—Será un placer —prometió Bea, luego miró a Ewart—. Milord… —Guardó silencio de pronto cuando se dio cuenta que iba a decirle que había sido un placer volver a verlo.

Ewart hizo una reverencia torpe que fue cortada por la súbita huida de Bea.

Salió del lugar muy desconcertada, e indiferente a las miradas que volteaban a verla mientras cuchicheaban por sus ropas.

«¿Conversar conmigo? Lo último que quiero es hablar con ella de nuevo», pensó mientras apresuraba su paso en dirección al lugar en donde Bellfire descansaba. Lamentó que no haya podido cumplir con su objetivo.

El caballo la recibió entre relinchos que ella sintió como emoción por regresar a casa.

—Daré la orden de que te consientan toda la semana —prometió a Bellfire cuando estaba preparándolo para montar.

Sin embargo, en ese momento, un hombre a sus espaldas le preguntó qué hacía ahí; su voz fue profunda y muy autoritaria. Volteó para responder descortésmente qué le importaba, pero se topó con Adalwin y Ryenh.

—¡Mierda! —exclamó sin querer, mientras retrocedía un par de pasos, asustada. Bellfire relinchó como si sintiera el miedo de Bea y quisiera protegerla. Los dos hombres no se acobardaron por el caballo.

Adalwin era el más joven de los tres, con aspecto casi de un adolescente, juguetón y despreocupado, como si rechazara tomarse la vida en serio, aunque lo más seguro era que tuviera la misma edad que sus amigos.

Sin embargo, solo bastaba que estuviera con alguno de los otros para imponer de igual manera.

Estaba un paso detrás de Ryenh, muy atento a sus alrededores, cuidando que nadie los viera enfrentarla. Bea se perdió en la mirada amenazante de Ryenh. Más allá de que la aterraba, pues era quien la quería muerta, no podía dejar de aceptar que en verdad era mucho más atractivo que Ewart.

El carraspeo de Adalwin la obligó a apartar la vista de Ryenh. No quería mostrarles miedo otra vez, porque entonces seguirían creyéndose con derecho sobre su vida. Así que resopló con desdén, los despreció y montó a su caballo.

La presencia de Ryenh le helaba la sangre, y solo le recordaba que el encantador Ewart estaba con alguien más importante que ella.

Jaló las riendas de Bellfire, obligándolo a relinchar y torcerse dolorosamente para irse ya de ahí. Ryenh y Adalwin se retiraron apresurados para no ser atropellados por Bellfire.

Por suerte, el caballo sintió con esa agresiva orden que Bea deseaba alejarse de ese mundo como diera lugar.

Trotó rápido por el camino terroso que los llevaba de regreso al bosque. Bea no dejó de pensar que había sido una mala idea haber regresado.

Esperaba que esa puerta se volviera a cerrar para siempre, para aléjala definitivamente de ese mundo que solo le ha puesto en peligro.

Un rato después vio pasar a alguien a su lado en un caballo negro que era mucho más veloz que Bellfire. Tuvo que detener a su amigo atrabancadamente cuando vio que era Ryenh, quien ya le estaba obstruyendo el camino más adelante.

—¿Cómo demonios…? —cuestionó cuando trató de controlar a Bellfire, pues se alzó, amenazando a Ryenh y su caballo con sus patas delanteras, solo que ninguno de los dos se inmutó por la amenaza.

Bea apenas si pudo sujetarse para no caer de espaldas.

—¡¿Qué creé que está haciendo?! ¡Casi me mata! —gritó Bea cuando Bellfire retomó su posición.

—¡¿Quién es usted y qué está haciendo aquí?! —preguntó Ryenh con voz muy hostil. Exigió una respuesta que lo satisficiere como diera lugar.

Era irónico que solo él pareciera necesitar respuestas tanto como ella.

—¡No tengo por qué responderle! —Un rayo cayó en ese momento, tan cerca que ambos caballos relincharon y se agitaron de miedo.

Ryenh volteó hacia el cielo que seguía gris; las nubes parecían remolinarse entre ellas extrañamente.

—¡Maldición!... ¡Sígame! —ordenó mientras salía del camino para adentrarse en la profundidad del bosque.

Bea dudó en seguirlo. Por lo que sabía, no era buena idea ocultarse bajo los árboles en una tormenta eléctrica, estos eran pararrayos naturales. Pero las gruesas gotas que cayeron en su rostro la obligaron a seguirlo.

«¡Estoy loca! ¡Estoy loca por seguirlo!», no dejaba de insistirse en que esa era su oportunidad para escapar.

Llegaron a unas ruinas de piedra que parecían haber sido la mansión de alguien hacía mucho tiempo. Ahora estaban cubiertas por la naturaleza; poco a poco estaba borrando la existencia de ese lugar.

Ya resguardados de la lluvia, por la frondosidad de los árboles que crecieron entre las ruinas, Bea desmontó a Bellfire y caminó segura hacia Ryenh, quien igualmente acortó el encuentro.

—¡¿Quién es usted?! —demandó Ryenh, se acercó tanto a ella que su mirada encandiló a Bea. Nunca había visto un tono de azul tan perfecto en unos ojos, como si hubiesen atrapado el inicio del anochecer.

—Lady Beatrice Cavendish —respondió ella, harta de que la cuestionaran todo el tiempo. Tuvo que levantar un poco la cabeza para que él no se perdiera de la furia que despedía.

La dureza de Ryenh cambió a incredulidad cuando escuchó la respuesta que tanto deseaba.

—¿Cavendish? —susurró, era claro que no reconocía el apellido—. Esa casa...

—¿Qué hago aquí? ¡Créame, no sé qué demonios hago aquí! —interrumpió ella—. Odio este lugar y solo quiero regresar a casa, pero parece que ustedes no me lo permiten.

»¿Mis respuestas lo han satisfecho, señor? —cuestionó dando unos pasos más para acercarse a él, quien de pronto se sintió intimidado y retrocedió.

Por primera vez, desde que lo conocía, se sintió poderosa, y decidida a no ser la mujer miedosa de antes.

Guardó silencio, respiró profundo y se retiró cuando la ira se desvaneció como por arte de magia.

Sin embargo, él la sujetó por el brazo y la atrajo hacia él de nuevo, tan cerca que fue inevitable el suspiro de sorpresa.

Ella sintió una atracción tan sexual que parecía formar un orgasmo con solo tenerlo cerca… y quería experimentarlo con él.

Cuando el miedo por lo que acababa de sentir la dominó, lo empujó con todas sus fuerzas, haciéndolo tambalear. Pero él se apresuró a llegar primero hasta Bellfire para impedirle montar. El caballo relinchó sin razón.

—¡Hágase a un lado! —ordenó Bea en un grito que apartó a Ryenh de inmediato. Luego montó apresurada, decidida a regresar a casa.

«Solo quiero irme de este maldito lugar», pensó decidida mientras miraba hacia atrás. Ryenh le devolvía la mirada, muy quieto, quizá preguntándose aun algo que a ella no le importaba

Se apresuró a regresar a casa para resolver sus problemas con Henry, que, sorpresivamente, sentía tenían solución.

No le importó volver a enfermar por la lluvia, ni que los rayos cayeran a su alrededor.

Solo quería encontrar el árbol, cruzar la puerta y olvidarse de ese mundo que le ofreció un rayo de esperanzas solo por un instante, para tan solo convertirse en un espejismo mintiendo en el más agresivo desierto.