Capítulo XV #2
«¿Dónde estás Ewart?», se preguntó. Decidió seguirlos; tarde o temprano la llevarían a él.
Los hizo por un rato, siempre escondiéndose entre las esquinas. No entendía por qué estaban encapuchados; incluso el abrigo que vestían era muy grueso para el día fresco.
Observó el rostro del hombre que la quería muerta, finalmente descubierto. Era guapo, tal vez más que Ewart, pero su desprecio hacia Bea bastaba para hacerlo despreciable.
—¡Vamos, hagan algo! Ya me estoy cansando de estar aquí —farfulló ella en un murmullo.
—Tenga usted un buen día —escuchó la voz de una mujer joven a sus espaldas.
Bea se sobresaltó al mismo tiempo que se volvía para ponerse a la defensiva. Una mujer, tal vez dos años mayor que ella, encapuchada, le sonreía con entusiasmo con sus perfectos labios rosados y ojos de un azul pálido que eran potenciados para su belleza por unas espesas pestañas curveadas.
Bea balbuceó un «Buen día» también, solo que se sintió incómoda por ese saludo tan de anticuado.
—¿De quién se está escondiendo, milady? —preguntó la joven.
Era una ironía que le preguntara eso cuando ella también se ocultaba con esa capucha.
—Mmm, de nadie —respondió Bea al tiempo que volteaba rápido para ver a los dos hombres. Aún seguían ahí.
—Entonces, ¿a quién está espiando?
Iba a responder, pero la interrumpieron los dos hombres que se marcharon. Quiso correr detrás de ellos, pero tuvo que contenerse para que esa joven no siguiera con sus preguntas… O llamara la atención de las personas.
Sin esperarlo, la mujer se asomó un poco y sonrió con sutileza; había descubierto a quién espiaba. Los hombres estaban alejándose ya, perdiéndose entre la gente.
—A nadie —respondió Bea con la verdad, tras un suspiro de fastidio.
—Mmm… —La joven analizó a Bea con discreción y dijo con demasiada formalidad—: Permítame presentarme… Mi nombre es Briar de Celhase.
—Es un placer. Yo soy Beatrice Cavendish —respondió Bea, extendiendo la mano. Solo que Briar la miró confundida. No entendía qué tenía que hacer.
Entonces, Bea, al caer en cuenta que tal vez en ese mundo no se saludaban así. Retiró la mano y sonrió con timidez, fingiendo que solo había sido una broma.
Briar solo asintió con la cabeza, como si la enseñara a saludar.
—¿Cavendish?... Usted no es de este reino, ¿verdad? —preguntó Briar, ladeando la cabeza un poco, muy curiosa.
—No. ¿Es muy obvio? —respondió Bea, mirando sus ropas. Trató de que su actitud fuera casual, para que no descubriera que ni siquiera era de ese mundo.
Briar asintió con la cabeza, muy despacio. Bea solo pudo asentir, acorralada, porque esa mujer ya sospechaba de ella
En buen momento, el cielo se volvió de un gris melancólico y las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer.
—¡Entremos a una taberna, ahí podremos resguardarnos de la lluvia! —indicó Briar.
Bea volteó a ver el cielo y concordó que no tenía más remedio que acompañar a esa mujer, si no quería mojarse y recaer en el resfriado del cual apenas se recuperó.
Esperaba que aquella taberna fuera tal como la imaginaba, un lugar antiguo, donde el alcohol y las conversaciones le permitieran encontrar la oportunidad de irse.
Ambas caminaron rápido hasta entrar a un local que semejaba a un pub de su mundo, pero con aquella decoración extraña. No era lo que necesitaba para ocultar su huida.
Sin embargo, estaba algo oscuro, y un poco lleno, pero muy bullicioso, apenas podía escuchar a Briar. El ambiente, extrañamente familiar, era idóneo para desaparecer.
Briar se quitó el abrigo, cuya capucha estaba elegantemente bordada en los bordes, con elementos antiguos, y reveló una larga cabellera rubia, recogida en una trenza. Al verla, los presentes se pusieron de pie de inmediato e hicieron una reverencia.
Bea se sorprendió de la reacción, pero comprendió su origen cuando encontró en la cabeza de Briar una diadema, posiblemente de oro, con forma de ramas entretejidas y flores delicadas.
Briar se sentó en una mesa y, de inmediato, los presentes regresaron a sus asuntos. Excepto Bea, quien seguía de pie, asimilando la idea de que esa mujer que tenía enfrente era alguien de la realeza de ese lugar.
«¡Mierda!», exclamó Bea, frustrada, porque sabía que debía seguir un protocolo que desconocía. Además, no iba a ser fácil deshacerse de ella.
Un empleado colocó unos vasos llenos de aquella «cerveza» que olía extrañamente delicioso. Desde el incidente en el bar, cuando llegó a pensar que habían adulterado su cerveza, dejó de gustarle. Por eso, miró con desconfianza.
—Por favor, siéntese —pidió Briar con tono muy amigable.
—Usted es… de la realeza, ¿verdad? —balbuceó Bea mientras se sentaba con cuidado. No quería que ninguno de sus movimientos la ofendiera. La realeza tendía a hacerlo por casi cualquier cosa que se saliera del protocolo
—Sí, soy la Princesa Briar de Celhase —respondió Briar, sonriendo.
Bea estaba boca abierta, porque no vestía como una princesa; al menos, no como las que ella conocía, quienes daban a la moda una importancia casi obsesiva; solo la fina diadema la había delatado.
Además, dedujo que, si estuvo ocultándose, era porque ese era su reino.
Y si era como en su mundo en cuanto a los nombres de la realeza, ese lugar debía llamarse Celhase.
—Beatrice, beba —sugirió Briar con un gesto de mano elegante.
Tuvo que obedecer, pero, curiosamente, disfrutó la bebida que tenía un ligero toque floral. Su cuerpo agradeció el líquido que refrescó todo a su paso.
—Podría decirme, ¿por qué espiaba a Ryenh y Adalwin? —cuestionó Briar con gestos curiosos y ansiosos por una respuesta.
—No los… —calló Bea cuando el sonido de un tintineo salió del abrigo de Briar, quien sacó rápido un objeto traslucido que era rodeado por una filigrana dorada. Al tacto, el objeto se iluminó en colores.
«¿Acaso eso es como un celular?», cuestionó Bea, tan intrigada que se inclinó para verlo mejor. Fue discreta con su escrutinio.
Briar hizo algo rápido con ese objeto y regresó su atención a Bea.
—Discúlpeme… Continúe.
—No sé de quiénes me está hablando —mintió Bea después de obligarse a olvidarse de ese objeto.
No le iba a revelar su verdadera intensión en esa villa a nadie.
Ni siquiera a la princesa misma. Agregó—: Estaba en ese callejón porque las personas me intimidaron.
En realidad, estaba esperando un momento para salir y regresar a mi… a mi reino.
Esperaba que ese mundo tuviera más reinos que pudieran apoyar su intrusión.
Briar la contempló detenidamente. Era claro que no creía nada de lo que le había dicho, pues, quizás, percibió claramente que la mirada de Bea estuvo puesta solamente en Ryenh y Adalwin. Más que nada, quería saber qué tenía que ver con ellos.
—Su Alteza —escuchó Bea la voz de un hombre a sus espaldas. El rostro de Briar se iluminó discretamente en felicidad.
—Lord Worthington —dijo Briar con una formalidad que caía un poco en lo risible.
Bea volteó a sus espaldas con incomodidad. Se quedó sin palabras y se sobresaltó cuando vio a Ewart, que, al parecer, estaba más interesado en sonreír con timidez a Briar, haciéndolo lucir más atractivo de lo que era.
Bea se puso muy feliz y no tuvo reparos en ocultar su sonrisa.
—Milord, permítame presentarle a Beatrice...
—Ya tengo el placer de conocer a… a Lord Worthington —interrumpió Bea, mirando a Ewart para obligarlo a que la viera y recordara que le había salvado la vida.
Ewart por fin lo hizo, pero la sorpresa se reflejó de inmediato en su rostro; no fue una agradable, sino una de que lamentaba verla. Aseguró entre tartamudeos nerviosos que tal vez se había equivocado, y que no tenía el placer de conocerla.
Bea entendió que él negaría todo encuentro, y más ante una princesa.
—Discúlpeme, milord, creo que me he confundido —rectificó en un murmullo que apenas si escuchó Briar.
—Milord, por favor, pase un momento con nosotras… Tome asiento —invitó Briar, olvidándose del malentendido.
Ewart se sentó frente a ambas con una pose elegante.
Al principio, Bea ocultó el rostro tras el vaso mientras bebía, para evitar la mirada discreta pero inquisidora de Ewart.
No puso atención a la conversación de ambos; solo quería irse.
Pero ¿cómo podía hacerlo sin menospreciar la cortesía de Briar?
Esperó un poco más. Aunque no tardó en darse cuenta de que Ewart ahora no podía apartar la vista de Briar, quien sonreía y acomodaba su cabello todo el tiempo de manera nerviosa, casi coqueta. Él sonreía de igual manera, aunque jugueteaba con su anillo exasperantemente.
Bea no era tan tonta para no darse cuenta de que ambos se atraían mutuamente. Y esa misma deducción terminó de desaparecer sus esperanzas con Ewart.
Sin embargo, se recordó que no debería tenerlas. Solo había regresado a ese mundo para… Ni siquiera recordaba por qué lo había hecho. Aun cuando había pensado en él cuando caminaba por el bosque.
Quizás su terrible decepción con Henry fue la que la había hecho apoyarse en aquella ilusa esperanza de consolarse con Ewart. Nada más.
—Regreso en un momento —dijo Briar en lo que se ponía de pie.
Su aviso sorpresivo sacó a Bea de su ensimismamiento.
—¡¿Qué hace aquí?! —cuestionó autoritario Ewart tan pronto Briar se alejó lo suficiente para no escuchar. También se inclinó un poco para hablarle sin que nadie más se entrometiera.
—Necesitaba hablar con usted —murmuró Bea. Decidió aprovechar la oportunidad para preguntarle por qué habían intentado deshacerse de ella.
—Lo que sucedió ese día, jamás debe mencionarse… ¡Jamás debe recordarse!
—¿Pero…?
—Milady, asesinamos a un… rabe por usted —recordó Ewart, inclinándose aún más, después de haber mirado a todos lados. Le habló casi en un susurro.
Bea empezó a cansarse de que siguiera tratándola como alguien de ese lugar.
—¡No sé qué es un rabe! Solo sé que fui atacada por un animal, que casi me mata, si no es por usted. ¡Un animal que después se convirtió en una mujer!
—¿No comprende? ¡Esa mujer no era un rabe en realidad, sino una fyrai! —rectificó Ewart, ahora con tono disgustado.
Bea se impacientó por no darse a entender. Sin embargo, tomó una posición indiferente de Ewart cuando vio que Briar se acercaba de nuevo.