El llamado del árbol Capítulo XV
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Capítulo XV

Bea notó que Bellfire bajó su trote hasta caminar. Por la soltura de las riendas, él sabía ya que no era necesario huir.

Ya no pudo seguir siendo fuerte y empezó a sollozar.

—¡No! —susurró. No quiso derrumbarse por un hombre que usaba a las personas a placer, por lo que se limpió las lágrimas y respiró profundo. Fue entonces cuando notó que su caballo, como si quisiera consolarla, la llevaba hacia un lugar en especial.

De pronto, un zumbido la atormentó hasta que se convirtió en una melodía que despertó recuerdos dormidos. Sus dedos tocaron el antebrazo donde días atrás tuvo extrañas marcas de dedos masculinos.

Sintió el impulso de regresar al bosque, que ahora se había vuelto oscuro. Pero, aun así, despedía un sentimiento reconfortante, como la de haber encontrado un viejo hogar que creía perdido.

Bellfire se detuvo y relinchó suavemente para indicarle a su dueña que descendiera. Bea comprendió y desmontó para adentrarse una vez más en el bosque junto con su amigo.

Esta vez, el camino le pareció menos denso y más corto, pues no tardó en encontrar, envuelto en una oscuridad mística, el árbol con ese emblema dorado. Sin embargo, ya no brillaba como antes, pues era claro que ya habían respondido su llamado.

—¿Acaso me tiraste y he vuelto a caer en ese sueño, Bellfire? —preguntó, deteniéndose para acariciar a su caballo.

Bellfire asintió con la cabeza, como si bromeara con ella, después la empujó con suavidad hacia el árbol.

A medida que se acercaba a él, con el brazo dudando tocar de nuevo ese emblema, el rostro de Ewart apareció en su mente como un añorado deseo, y el pensamiento de Henry se hizo tan diminuto que casi desapareció.

Deseó ver a Ewart. Deseaba preguntarle por qué la había salvado, tan solo para querer matarla después. ¿Por qué lo había olvidado y ahora lo recordaba con claridad?

«Pero estuvo a punto de matarme», se recordó. Un instante de cordura logró detenerla.

Quiso sentir odio por él, pero no podía. Su corazón le aseguraba que él debió haber tenido una razón muy poderosa para estar a punto de obedecer las órdenes de quien parecía ser el líder. Tal atrocidad solo podría aclararse hablando con él.

Sus dedos apenas tocaron el emblema y el árbol se estremeció igual que esa primera vez. Se partió por la mitad, volviendo a crear la puerta que le daba acceso al mundo de Ewart. Las hojas que cayeron sobre ella, ahora le parecieron algo mágico.

Volteó a ver a Bellfire, quien avanzó trabajosamente entre los arbustos hasta que llegó a ella. Por alguna razón, esta vez pudo pasar.

—Creo que esta vez sí te necesitaré, querido amigo —dijo tomando las riendas para guiarlo a través de la puerta.

Los dos caminaron por ese bosque mágico de colores brillantes. Los recuerdos seguían regresando con una claridad abrumadora, tanto que se preguntó cómo los había perdido.

Se detuvo al reconocer el arbusto que había lastimado hasta matarlo.

Aún seguía allí, pero ahora estaba completamente marchito.

Bellfire relinchó cuando lo vio, y quiso retirarse lo más que podía de él, como si fuera ponzoñoso o algo parecido, pero Bea lo retuvo siseando para que se tranquilizara.

Jaló las riendas de nuevo mientras tarareaba la canción que le gustaba y avanzaron más.

Durante su andar por ese bosque, temió todo el tiempo dirigirse hacia ese lugar peligroso en donde se encontró a la criatura mágica.

Por suerte, de alguna manera, Bellfire parecía reconocer dónde estaba el peligro, ya que de vez en tanto relinchaba, como cuando vio el arbusto, y jalaba las riendas para mostrar otro camino. Uno más seguro.

«Ewart… Ewart», resonaba en la mente de Bea. Un intenso deseo de verlo la enfocó en seguir adelante.

Tras un largo rato caminando en calma, por fin salieron del bosque y se encontraron con un valle muy amplio y de verdes colinas, rodeadas de montañas cubiertas de bosques.

Se sorprendió al ver en ese valle que también había casas construidas de granito, muy del estilo de las grandes mansiones del mundo de dónde venía.

Un extraño sonido que provino de su lado derecho interrumpió su admiración.

Vio que algo parecido a un auto se acercaba por una carretera adoquinada.

Era tan extraño que lo único con lo que podía compararlo era con esos autos antiguos de exposición, pero con ideas futuristas, hechos con materiales anticuados.

Le pareció que el sonido de ese motor era más como un silbido serpenteante, diferente al rugido de los autos de su mundo. Montó a Bellfire y le ordenó un trote ligero hacia esa carretera.

Hasta ese punto, empezó a cuestionar por qué ese mundo no la asustaba, sino que le daba la extraña sensación de estar en un país extranjero, donde todo era diferente, pero interesante… Quería explorar, aun cuando la primera vez casi la matan.

Al llegar, notó que a un lado del camino había otro de tierra roja, perfectamente delimitado. Bellfire se sintió más cómodo galopando ahí.

Siguieron el camino, pasando muy de cerca de una de esas casas. Bea descubrió que la tubería, herrajes, y todo aquello que requiriera metal era de un material parecido al cobre. Era elegante, casi monárquico.

Quince minutos después, llegaron a un arco ornamentado con tiras de cobre que se enredaban formando columnas.

Era alto y ancho. En la parte superior central había un emblema conformado por un círculo, protegido por el abrazo de un dragón y adornado en su interior con la figura de un caballo alzado sobre sus patas traseras.

No había letrero ni nada parecido que le permitiera saber dónde estaba.

Miró hacia atrás, era su última oportunidad para regresar. Allá le esperaban las obligaciones y un hombre que no había tenido el valor de darle su lugar. No quería volver a esa vida.

Bellfire siguió andando, encontrándose con gente en caballo y en esos autos extraños, hasta que llegaron a una edificación abierta, parecido a una caballeriza al aire libre, en donde había caballos descansando, pastando y bebiendo agua. Bea desmontó y llevó a su amigo ahí para que se refrescara.

A medida que se acercaban, notó que esos caballos eran diferentes a Bellfire.

Eran ligeramente más altos y delgados, con un porte exageradamente elegante y de color azabache.

Las crines eran más largas y con una caída sedosa y brillante.

Acarició uno con mucho cuidado; era tan sedoso como el terciopelo.

Los caballos voltearon a ver a Bellfire, y se movieron a un lado para dejarlo pasar. Bea notó que reconocían que era diferente a ellos y, solo por eso, le tenían miedo.

—Espera aquí mientras investigo qué es este lugar —dijo Bea dándole una palmadita en el cuello.

Caminó por la avenida principal, que era transitada por esos extraños autos, que iban y venían guardando distancias.

Miró a su alrededor, admirando la elegancia historicista de su mundo y el diseño industrial de la ciudad.

Las fachadas de piedra de los edificios lucían elaborados ornamentos metálicos que a veces semejaban a la naturaleza.

Las personas que disfrutaba el día fresco vestían atuendos extraños, como si dos épocas hubieran chocado para crear algo único.

Los hombres parecían pertenecer a dos mundos distintos. Algunos llevaban trajes impecables, que recordaban la elegancia de las ilustraciones de finales del siglo XIX, de cortes clásicos y telas más finas de encontrar en su mundo.

Otros vestían un estilo más antiguo pero aventurero; sin adornos, y no existía esa perfección de los otros. Era más una moda cómoda y desaliñada… cotidiana.

En cuanto a las mujeres, trató de encontrarle sentido. Vestidos con falda amplia pero ligeramente entallados en la parte superior, la caída era hermosa, como si la tela fuera hecha de seda.

Tenía que ser la moda formal.

El otro tipo no tenía una época con la que la pudiera comparar. Pantalones entallados con botas, del tipo que Bea usaba para montar, con blusas largas que aparentaban ser más un vestido que otra cosa, casi al estilo de la regencia.

Estaba maravillada y lamentó no haber traído su celular para tomar una fotografía a todas esas personas.

Siguió caminando bajo la sombra de los árboles hermosamente podados. Admiró los postes de las farolas que tenían banderines con el mismo emblema que vio al entrar. Todo era perfecto, pulcro, bien concebido y construido.

Se detuvo de vez en tanto para mirar las cosas maravillosas que se podían ver en los aparadores de lo que creyó eran tiendas. Todo parecía muy moderno, mucho más de lo que su mundo aún no tenía, pero igual que los autos, era una tecnología extraña.

Ese mundo le pareció increíble, y también perturbadamente agradable.

Entonces se dio cuenta de que los cuchicheos crecieron a su alrededor. Las miradas temerosas le recordaron que al fin notaron que su forma de vestir no pertenecía a ese mundo.

Se sintió como pez fuera del agua, y temió que alguien de ellos tomara valor para sacarle información que no podía responder. No sin que la apresaran por ser una joven loca que tal vez escapó de algún asilo de enfermos mentales.

Dio la media vuelta apresurada para regresar a donde Bellfire, pero, a tan solo unos metros, en la acera de enfrente, unos hombres llamaron su atención; se detuvieron por algo.

En ese instante, casi como si hubiera sido invocado, uno de ellos volteó hacia donde ella y se interesó por la gente que todavía cuchicheaba acerca de lo extraña que era.

Bea lo reconoció, y retrocedió un paso cuando él avisó al otro que volteara. Reconocería en cualquier parte aquel otro rostro, con mirada hostil… Eran los hombres que iban a deshacerse de ella.

Trató de huir de ahí, pero la gente se lo prohibió. Volteó a todos lados, buscando un lugar seguro, pero solo encontró una calle angosta, similar a un callejón. Corrió hacia allá para que la gente perdiera el interés en ella y regresaran a sus asuntos.

Pero la esperanza de que esos hombres la llevarían hasta el que cuyo nombre la mantenía en ese mundo fue más fuerte que el miedo.

Regresó, pero se escondió detrás de algunas cajas apiladas, que parecían esperar a que las recogieran. Espió a los hombres, que ahora conversaban con discreción en lo que caminaban despacio calle arriba.