Capítulo XIV
Henry tomó su pasaporte del agente de migración, tras que solo bastó una mirada para que el agente entendiera que debía guardar silencio.
Al dirigirse a las puertas de salida, fue seguido por algunas miradas que dudaban si era el príncipe.
Dudaban porque los reyes tenían su propio avión que los transportaba a cualquier parte del mundo.
Ni siquiera el público podía verlos vagando por la terminal, porque un auto siempre esperaba en la pista para regresarlos al palacio en cuanto bajaran.
Y Henry estaba comportándose como cualquier ciudadano de su reino.
Se valió de la incertidumbre que lo rodeaba durante unos segundos al cruzarse con alguien. Ese breve segundo en el que la mente rechazaba a quien había visto y hacia seguir a la gente con su camino.
Los reyes regresarían al día siguiente, como estaba planeado; solo que Henry no podía esperar más tiempo para ver a Bea. Necesitaba hablar con ella con urgencia, cara a cara.
Su padre no objetó su petición cuando le explicó que Bea era la razón por la que regresaba antes. Sabía que, por nada del mundo, quería que su hijo arruinara la relación deseada por él y su amigo.
Se apresuró a salir de inmediato para encontrarse con John, el chofer, que fue a recogerlo para llevarlo de regreso a casa. Henry le prohibió que le hiciera la respetuosa reverencia para no revelar su identidad debajo de la vestimenta informal que terminaban de despistar más.
—Llévame a donde los Cavendish —pidió.
—Sí, Su Alteza—respondió John mientras cerraba la puerta.
En el camino, Henry sacó su celular y buscó esas fotografías que le fueron enviadas por Daniel la noche anterior.
Se le revolvió el estómago cuando se enfocó en la manera en que ese imbécil sujetaba la mano de Bea, cuyos gestos no se indignaban por tal atrevimiento.
Se quitó la gorra y peinó su cabello con los dedos, trató de alisar un poco su sudadera abierta que revelaba una playera de blanco inmaculado.
Tras fallidos intentos, reconoció que primero debió haber ido a su casa a tomar un baño para no verse como alguien que, irónicamente, recién había bajado del avión; pero decidió que no podía esperar más.
Henry había planeado un regreso anticipado para sorprender a Bea, para ser recibido tal y como ella se lo había planteado, pero tras ver esa fotografía, esa sorpresa se convirtió en una demanda por una explicación. Y no podía discutirlo por celular.
—Señor, hemos llegado —avisó John al darse cuenta por el retrovisor que Henry tenía la vista perdida en la nada.
—Bien. Espera aquí —ordenó mientras bajaba, apresurado.
Henry dio una corta carrera a la puerta y tocó con efusividad.
Un minuto después, un mayordomo abrió la puerta y no reconoció a quién tenía enfrente. Hasta que Henry mostró su rostro y preguntó por Lady Cavendish, el mayordomo se disculpó y lo invitó a pasar de inmediato, aun sorprendido.
—Se encuentra en su cuarto, señor. Desea que…
—No, ella me espera —interrumpió Henry, dejando al mayordomo con la palabra en la boca.
Acababa de mentir, pero no tenía tiempo para protocolos. Además, eso le arruinaría la sorpresa.
Henry llegó a la puerta, se detuvo un instante para respirar profundo y tranquilizarse antes de llamar con discreción.
—Adelante —escuchó la voz de Bea, algo lejana.
Cuando abrió la puerta, lo primero que tuvo a la vista fue a Bea tratando de ponerse sus botas negras para montar. Vestía unos jeans entallados negros y un cardigán gris claro, traía el cabello suelto y ligeramente ondulado. A Henry se le detuvo el corazón cuando la vio. Se veía muy sexy.
Notó de inmediato la sorpresa de Bea al verlo en el umbral de su cuarto, fingiendo una despreocupación que no sentía. Pero la reacción duró poco y, por alguna razón, la ira endureció su hermoso rostro.
—¿Qué haces aquí? —reclamó ella con agresividad.
Henry no respondió; entró al cuarto, cerró la puerta y echó el seguro para evitar interrupciones. Tenía pensado hablar con ella largo y tendido.
—¡Esto es lo que me ha hecho volar doce horas para que me des una explicación! —respondió con el mismo volumen de voz que ella usaba.
Sacó su celular, buscó esa foto, la más clara, y alargó la zona en donde estaba ella con el hombre, agarrados de las manos, mostrándose ante todos como si acabaran de ligarse.
Bea se sorprendió, como si viera una foto manipulada, pero enseguida su expresión se endureció y le arrebató el celular para examinar la foto.
—Ahí está también lo que no te da derecho a reclamarme —dijo mientras le devolvía el celular.
Henry lo tomó y vio la foto de nuevo, pero no entendía cuál era el motivo por el qué ella estuviera más enojada que él.
—¡No te hubieras molestado en haber venido porque esto se acabó! ¡No hay nada entre tú y yo!… ¡Jamás lo hubo y jamás lo habrá!
—¿De qué estás hablando? ¿Conoces a ese hombre? ¿Lo amas? —cuestionó Henry muy confundido y anticipándose al dolor que sentiría si hubiera una respuesta afirmativa a esas preguntas.
—¡Olvídate de ese hombre!... ¡No voy a permitir que me uses para tus malditos planes mediáticos!
»¿Quieres romper el compromiso? ¡Al fin estamos de acuerdo con algo! Es más, ¡yo lo rompo por ti!
»¡Y no te preocupes, tu papá no va a obligarme a casarme contigo, porque antes me iré a otro país para alejarme de ustedes!
Henry abrió la boca para volver a preguntar de qué estaba hablando, pero estaba tan estupefacto que no lograba que esa pregunta saliera de su garganta. Ni siquiera se dio cuenta de que Bea ya sabía del compromiso.
—Jugaste conmigo... ¡Hiciste que me enamorada de ti! —reclamó Bea, apretando los dientes para detener el llanto.
—Yo no… —Henry se acercó tras ver que Bea bajó un poco la guardia. Iba a tomarla entre sus brazos para tranquilizarla y así poder hablar con calma, pero, apenas sus dedos la tocaron, ella se retiró con agresividad.
—¡Largo de aquí! ¡No quiero verte! —gritó.
—Pero, princesa, no sé…
—¡No soy tu princesa, y jamás vuelvas a llamarme así! ¡Restriégale ese maldito título a esa cualquiera con la que andas, que bien se lo ha ganado!
Henry volvió a acercarse, decidido a apaciguar lo que era un enojo injustificado.
—¡Largo! —volvió a correrlo, señalándole la puerta.
—¡No me voy a ir hasta que hablemos! ¡Beatrice, yo soy el que debería estar enojado! —por fin reclamó Henry con decisión. Tenía que callar a Bea de alguna forma.
—¡Ja! —exclamó Bea, indignada—. ¡Bien! ¡Si no quieres largarte, entonces yo lo haré! —Se dirigió a la puerta con paso duro, y quitó el seguro como pudo.
—¡No te vas! —ordenó Henry tomándola del brazo antes de que corriera, pero ella se zafó y lo empujó a la par que le ordenaba que no la tocara.
Salió corriendo de su cuarto.
Henry estaba paralizado, tratando de asimilar la discusión, pero lo cierto es que no tenía ni la menor idea de qué había ocurrido para que ella se expresara con tanto desprecio.
¿Qué había pasado en el transcurso de la llamada, en donde le prometió un beso, y ahora?
¿Podría ser que Bea ya conocía de antemano a ese hombre, sentía algo por él, y esa escena era la manera de zafarse del compromiso que aún no era oficial?
Pero si era así, ¿por qué ella aseguraba que él había jugado con sus sentimientos?
Levantó la mano que sujetaba su celular y vio la foto detenidamente para encontrar algún indicio de los sentimientos en la expresión de Bea, pero al alargar la imagen se desplazó un poco hacia el lado de ella, y fue entonces que reconoció a la mujer que no estaba muy lejos.
Los ojos se le desorbitaron cuando vio que era Haley. Ahora entendía lo que había pasado.
El mensaje que Daniel le había mandado esa noche decía:
Cuando el gato no está, los ratones hacen de la suyas.
Pero no era Bea quien hizo de las suyas, sino Haley que aprovechó su ausencia para acuchillar a Bea por la espalda.
Ya podía imaginarse el cuento fantasioso que habrá inventado para asegurarse de sacar a Bea de su vida de una vez por todas.
Se lamentó de no haber hablado con Haley como su padre se lo pidió antes de dar un avance en el cortejo con Bea.
«Hiciste que me enamorara de ti», recordó Henry la confesión de amor entre todas esas palabras dolidas.
Su corazón dio un respingo al reconocer que estaba perdiendo a la mujer que ama.
¡Sí! ¡Que ama!
Porque ahora Henry se daba cuenta de que siempre había amado a esa joven que le encantaba molestar para hacerla rabiar.
En el laberinto había reconocido lo que su padre había visto durante años, y esperó pacientemente que llegara al momento adecuado para hacerle ver que no la odiaba, sino todo lo contrario.
—¡Bea! —llamó a gritos a la par que salió del cuarto en una carrera desesperada.
La siguió llamando por todo el camino, sin importarle que el staff saliera de todos lados, dejando sus tareas un momento para averiguar qué estaba pasando.
Henry llegó a la entrada principal, a tiempo para ver cómo Bea terminaba de montar a Bellfire y le ordenaba que corriera lo más rápido posible para alejarla de él.
—¡No huyas, Bea! ¡Hablemos! —volvió a llamarla mientras corría detrás de ella. Por supuesto, no pudo darle alcance.
Henry se jaló el cabello desesperado. Ahora, no solo estaba abatido porque ella no quería escucharlo, también estaba preocupado porque ella estaba cabalgando con rabia, que es el equivalente a manejar un auto en estado de ebriedad.
Ya había tenido un accidente en su momento de ofuscación.
—Es mejor que la deje ir, Su Alteza. Parece ser que ella necesita aclarar su mente —sugirió John, su chofer.
Henry seguía viendo a Bea desaparecer a la distancia, imposibilitado a seguirla.
—¡Bien! —aceptó enojado. Tenía que darle espacio de nuevo para que enfriara esa cabeza que creía todo lo que terceros le decían, menos a él. Ordenó mientras se subía al auto—: ¡Lléveme a casa rápido!
John manejó a alta velocidad, tratando de cumplir la orden sin poner en riesgo la vida del heredero.
Henry estaba perdido en el paisaje que corría a su lado; de vez en tanto, miraba esa fotografía que Daniel le había enviado.