Capítulo XIII #3
Le relató cómo pudo todo lo que escuchó sin querer. La reacción de Jocelyn fue de miedo también.
Casi al final del relato, se escucharon unas risas que se acercaban a la puerta. Tal fue la sorpresa de ambas al ver entrar a Haley acompañada de su amiga, a la cual reconoció ante la luz, pues la había visto antes en el palacio.
Haley se paralizó cuando la vio, y su amiga trató de ocultar el rostro al reconocerla.
—Beatrice —susurró Haley sin querer, pero había odio en su voz.
El estómago de Bea estaba aún revuelto, su corazón completamente partido en pedazos que difícilmente alguien podría volver a unir, y debajo de todo este padecimiento estaba la ira que empezaba a ganar poder por sentirse engañada.
—¡Soy Lady Cavendish para ti!... —despotricó Bea. Solo que apretó los dientes al final para no seguir humillándola, llamándola «mujerzuela».
Bea nunca hacia presunción de su título nobiliario, pero Haley la había humillado tanto que por primera vez quiso demostrar a alguien que, sobre todo, era parte de la nobleza. Se volvió alguien déspota.
Haley apretó los dientes, muy enojada. Quiso responder el agravio, pero su amiga le sujetaba del brazo para recordarle que Bea, en efecto, tenía razón. Ella solo era una común y tenía que tragarse sus palabras.
Bea se abrió camino para salir del lugar, tratando de minimizar el tambaleo, acompañada de su amiga.
—No por mucho tiempo, estúpida arrastrada —alcanzó a escuchar que Haley replicó a sus espaldas.
Bea regresó a ella con paso agresivo, tanto que hizo retroceder a Haley y a su amiga; le costó mucho ocultar que estaba por desplomarse.
Al parecer, se escudó en la idea de que la nobleza siempre debía mostrar rectitud.
Por mucho que humillara o insultara a Bea, esta no tendría más remedio que soportarlo.
Lo que no sabía era que ya había agotado la paciencia de Bea.
—Tal vez llegues a ser reina, pero te recuerdo que mi familia tiene más dinero que la Corona. Cuida tus palabras, porque algún día ese poder será solo mío y necesitarán de mí… Derrocaré a tu amado príncipe, si quiero.
Haley volvió a quedarse con la respuesta atorada en la garganta.
—Vámonos, Bea, no vale la pena rebajarse así —aconsejó Jocelyn mientras la jalaba del brazo.
Las dos salieron con paso apresurado; Bea agradeció que su amiga la sujetara del brazo. Daniel se encontró con ellas y no tardó en preguntar qué había sucedido, por qué las dos habían salido del sanitario como si alguien las hubiera insultado.
Lamentó que ahora su amiga estuviera por dudar del hombre que empezaba a amar.
—¡Dan! —escucharon los tres que Haley lo llamó por encima de la música.
Daniel se sorprendió al verla ahí, y mucho más que lo llamara, pues, al parecer, nunca había conversado con ella para tal confianza.
—¡Déjame explicarte! —rogó Haley, siguiéndolo.
Tanto Bea como Jocelyn voltearon a ver a Daniel, querían atestiguar su reacción, pero él solo ignoró a Haley y tomó a su novia de la mano para sacarla del lugar. La iba a proteger de la perversidad de la novia de Henry.
Haley siguió llamándolo desesperada desde su lugar, atrayendo la atención de los que estaban cerca. Era claro que lo estaba haciendo a propósito, puesto que los escándalos siempre afectaban a los nobles, aun cuando fueran falsas las acusaciones.
Bea reconoció que Haley no le importaba ya el qué dirán.
Siguió a su amiga con paso gallardo como pudo. Sin embargo, en cuanto salió del lugar, y ya sin estar bajo el escrutinio de Haley, se sintió empequeñecida por la desilusión.
No habló y ese malestar, que ya no sabía qué lo ocasionaba, le dificultó mantener el equilibrio. Daniel lo notó y se apresuró a ayudarla.
Subió al auto, y el alivio y seguridad que sintió fue de inmediato. Aun así, perdió la mirada afuera, tratando de mantenerse al margen de la conversación en la que no quería participar.
Daniel arrancó en silencio. Bea notó su comportamiento que tenía miedo de preguntar a Jocelyn qué había sucedido con Haley, aunque las miradas que le echaba ella le decían que no hablara o le iría peor.
Bea se hundió en el asiento trasero, sintiéndose peor, escondiéndose de la mirada furtiva de Daniel por el retrovisor; su dolor ansiaba explotar por medio del llanto, pero se contuvo.
Al poco rato, llegaron al castillo de Bea. Daniel bajó a abrir galantemente la puerta de Jocelyn, mientras que Bea bajó por si sola; aun sentía las piernas débiles.
—Bea, me iré a casa. Daniel, ¿podrías llevarme? —pidió Jocelyn. Su tono y la formalidad le dijeron que su amiga necesitaba hablar a solas con él.
Daniel balbuceó que lo haría, pero era evidente que se había metido en problemas sin querer. Jocelyn necesitaba aclarar lo que dijo Haley antes de seguir enamorándose de él. Tal y como ella lo necesitaba hacerlo también con Henry.
—Está bien. Háblame mañana —dijo Bea a su amiga. El ambiente estaba tan tenso que se frustró al tener que esperar a Henry. Con cada minuto que pasara, su enojo crecería. No había duda de eso, su infierno estaba por abrir sus puertas.
Sin embargo, mientras veía el auto de Daniel alejarse, deseó sinceramente que su amiga tuviera suerte.