El llamado del árbol Capítulo XIII #2
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Capítulo XIII #2

Tras un largo rato, Bea terminó su bebida y el mesero no se veía por ningún lado, así que decidió ir a la barra por otra, pero diferente. Tal vez una de esas que siempre le han prohibido probar.

Se puso de pie y, de inmediato, Daniel la alcanzó a tomar por el brazo para que no se separara de ellos.

—Solo voy por otra bebida. Sigan platicando —dijo Bea.

Daniel asintió inconforme con que estuviera sola, pero también era evidente que quería un rato a solas con su nueva novia.

—Lady Cavendish —dijo el barman tras que Bea llegó, aun evitando miradas—, ¿qué le voy a preparar?

—Una cerveza —gritó ella sobre la música. El barman le dijo con la mirada que le confundía que pidiera tal simpleza—. Quiero algo diferente.

—Mmm… ¿Una Guinness?

El camarero sonrió burlonamente ante ese pedido, y se apresuró a prepararla.

Bea esperó mientras miraba a las personas en la barra, algunos solitarios y otros riendo con amigos, siempre con el alcohol cerca. De pronto, se topó con la mirada de un hombre, de tal vez veintitantos años, que venía con un grupo de amigos. No era muy alto, pero era guapo.

El encuentro de miradas y sonrisas de cortesía, lo animó a acercarse a ella.

—¡Hola! —saludó él. Bea respondió manteniendo equilibrado el interés y la cortesía. Agregó—: Te he estado observando.

—¿Sí?

El hombre asintió, mientras se mordía el labio con un mensaje sexual oculto.

—¿Quién eres? —preguntó él, muy curioso. Bea sabía bien que estaba fingiendo que no la reconocía.

—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó, siguiendo el juego.

—Curiosidad.

Bea notó un acento ajeno al suyo, entonces, pensó que tal vez no la conocía porque podría ser extranjero.

—Me llamo Beatrice Cavendish —respondió ella esperando una reacción; solo que cuando le habló tuvo que inclinarse un poco hacia él.

Como si le hubieran llamado, su mirada se desvió hacia el lugar en donde estaban Daniel y Jocelyn. Notó que Daniel estaba escuchando a todo lo que su novia le decía, pero tenía su mirada puesta en Bea. Estaba cuidándola sin intervenir en su libertad.

—No, no me es conocido tu nombre, pero creo que sí lo es para los demás —dijo el hombre acercándose más a ella—. Yo soy Noel Williams, por cierto.

—Mucho gusto. —Bea extendió la mano para estrechar la suya.

Tras la respectiva introducción, el hombre se adentró en una conversación que ya no captó el interés de Bea. No obstante, prefería escuchar a Noel hablar y hablar que hacer mala compañía a los enamorados.

En un momento de silencio, Noel la invitó a bailar y ella aceptó, aunque en un principio le pareció raro que todavía quisiera seguir conociéndola, si era claro que no estaban teniendo química.

Él la tomó de la mano para llevarla a la pista, marcando ante todos que no se atrevieran a entrometerse.

Empezó a bailar con timidez, pues sentía todas las miradas encima; sin embargo, conforme Noel le sonreía, empezó a sentirse en confianza y a ser más atrevida en su baile. A divertirse como alguien de su edad.

No sabía que sucedía en ella, pero se sentía libre de todo, del protocolo, de la rectitud, de normas que la había obligado a ser una dama inmaculada y correcta ante todos.

Quería seguir divirtiéndose toda la noche.

Tal vez Noel percibió que Bea se estaba dejando llevar, ya que parecía más relajada y agradable. Cuando la canción terminó Bea le sugirió beber otra cerveza. Fueron a la barra para seguir conversando un poco más. La conversación podría mejorar al tener confianza uno en el otro.

Mientras Noel hablaba con el bartender, Bea recorrió el lugar con la mirada, y, casi por casualidad, entendió por qué Daniel no había venido por ella ni la ha regañado por su comportamiento con un extraño, estaba muy romántico con Jocelyn, hasta el punto de olvidar que estaban en público.

—¿Cuándo regresa Henry? —escuchó Bea de pronto a sus espaldas.

Por un momento creyó que esa voz de mujer le hablaba a ella, y volteó. Pero se dio cuenta que una mujer estaba muy pegada a ella y hablaba con otra que estaba recargada en la barra en pose de coqueteo.

—Pasado mañana —respondió la mujer a sus espaldas. Reconoció la voz de Haley de inmediato; después de todo, ella se encargó de que nunca la olvidara.

—¿Irás a recibirlo al aeropuerto?

—¡Sí! Me lo pidió.

Bea sintió un nudo de celos en el estómago, pues era cierto… Henry regresaba ese día.

—¿Y ya te dijo cuándo termina todo el espectáculo planeado para sus padres? —preguntó la otra mujer.

—No, pero supongo que pronto —respondió Haley—. Lo presionaré más porque ya me estoy cansando de estar tras de él.

—¡Olvídate de él! Estás perdiendo el tiempo.

—¡Estás loca! No puedo dejar ir esa corona.

—Estas sacrificando mucho por tu papá.

—Sí, lo sé. Estoy sacrificando a Dan… El amor de mi vida —dijo Haley entre un sorbo de su bebida.

A Bea se le fue la respiración y de inmediato volteó a ver a Daniel, cuya mirada seguía concentrada solo en Jocelyn. Tal vez creyó que Bea no corría peligro con ese hombre. No es que ella haya estado muy accesible a sus atenciones.

El bartender dio su otra cerveza a Bea, la cual bebió con un sorbo largo.

Sin embargo, no tardó en sentirse muy relajada, hasta el punto de que sus ojos se cerraban por sí solos por alguna razón, y quería reclinarse para gozar lo que sentía.

Pero fue tan intenso que no tardó en sujetarse de la barra para no desfallecer de bienestar.

—Pero no hay problema. Mientras que Dan sea su amigo, seguiré estando cerca de él y, ¡no se!, todo puede pasar, querida amiga —dijo Haley con un tono que dio asco a Bea, por el plan malévolo de ser la amante de Daniel.

—Si no vas a terminar con Henry, entonces, debes apurarte a atarlo a ti —dijo la otra a mujer—. Corre el rumor en el palacio de que los reyes tienen pensado unir a Henry con Beatrice.

Un escalofrío recorrió la espalda de Bea al escuchar que su compromiso ya no era un secreto.

Le pareció raro que aquella mujer hablara de la vida en palacio como si viviera ahí. Si era si, era una falta muy grave porque el personal tenía estrictamente prohibido divulgar cualquier aspecto de la vida privada de la familia real.

—¡Ja! Esa niña no es nada a mi lado. Además, tengo a Henry comiendo de mi mano. Todo ese asunto de que me dejó solo es una mentira para que sus padres cedan a la presión mediática de dejar casar a su hijo con quien realmente ama… ¡Yo!

»¿Por qué crees que Henry no ha declarado nada al respecto?

Bea se alejó de la barra, enferma por lo que acababa de escuchar… Y la cerveza lo incrementó.

—¿Te sucede algo, Beatrice? —cuestionó Noel muy preocupado por su semblante, cuando se dio cuenta de que se alejaba de él.

—No, pero tengo que ir al sanitario. ¿Podrías decirle a ella que me alcance allá? —pidió con voz amable, después le señaló a Jocelyn.

—Claro, no hay problema. ¿Volveré a verte?

—¡Por supuesto! —respondió con certeza, aunque su sonrisa solo fue una mueca fea.

Bea pegó carrera como pudo al sanitario para vomitar. Pero no se sintió bien después de hacerlo, su cuerpo languidecía aún. Solo quería acostarse en el suelo para que ese debilitamiento cesara.

Antes de dejar el cubículo, se recargó en la puerta, sin importarle que no estuviera limpio.

No quiso creer lo que escuchó. Esa mujer había extendido su círculo del infierno hasta sus amigos. Pero Henry también tenía la culpa de sus inseguridades, pues el protocolo real estaba matando ya la poca confianza en ellos dos.

Bea se estaba dando cuenta de que en realidad no conocía a Henry, por lo tanto, no sabía que creerle

—¡Bea!... ¿Qué sucede? —entró Jocelyn al sanitario hablando en voz alta.

Bea abrió rápido la puerta para echarse a los brazos de su amiga en cuanto la vio. Su corazón había sido roto por la persona que más odiaba en el mundo, y la que más amaba había ayudado en la distancia. Y en un futuro iba a romper también el de Jocelyn.