Capítulo XIII
Para el día siguiente, Bea estaba casi recuperada. Se sentía tan bien que creía fervientemente que Henry había sido otra vez su medicina milagrosa, aun estando lejos.
Ya quería hacer planes con él, aunque tendrían que ser en secreto para no despertar sospechas. La relación aún le parecía irreal; sin embargo, cuanto más pensaba en ella, más convencida estaba de que incluso del odio puede nacer el amor.
Se levantó de la cama muy alegre y fue darse un baño rápido mientras tarareaba su canción favorita. Después hablaría con Jocelyn para comentarle los pormenores.
Pero la vida se adelantó y le envió a su amiga minutos después de haber salido de la ducha.
—¡Dame unos minutos, estoy terminando de vestirme! ¡Tengo algo que contarte! —gritó Bea desde el baño.
No tardó mucho, y, en cuanto vio a su amiga, le relató lo sucedido.
Jocelyn gritó tan emocionada al final que Bea comprendió que por fin podía ya ser feliz.
—¡Haley se va a morir de coraje cuando se entere por quién la dejaron! —comentó Jocelyn. Por lo general, Bea no sentía satisfacción por el sufrimiento de otra persona, pero en esta ocasión lo sintió porque Haley había atacado primero.
—Sí, bueno, creo que aún no podamos hacer oficial nuestra relación, pero estoy segura de que dejará en paz a Henry en cuanto el rumor llegue a sus oídos.
»Mandato real y ella no puede inmiscuirse ya —dijo Bea mientras se ponía algo más abrigado que su pants para no recaer.
—¿Por qué te cubres como si fuera a nevar? —preguntó Jocelyn.
—Según la agenda de la Corona, los tres regresaran para el fin de semana. Es indispensable estar sana para no contagiar a Henry cuando lo reciba con el beso que le prometí —respondió Bea mientras acomodaba su cabello.
—O te van a acusar de traición por contagiar al heredero de la Corona —comentó burlona Jocelyn.
Ambas rieron. No podía creer ya estuvieran hablando de la relación como si ya fuera oficial.
Las dos amigas pasaron el resto del día conversando acerca de los planes que Bea tenía para pasar rápido lo que quedaba de la semana. Jocelyn sería su huésped hasta el sábado, ya que el domingo partiría de vacaciones con su familia, y no se verían hasta una semana después.
Entrada la tarde, el celular de Jocelyn sonó con insistencia.
—¡Hola! —respondió eufórica tras ver quién le llamaba.
Bea se sobresaltó por la efusividad, pero se puso a recoger las cosas que estaban en su cama para darle un poco de privacidad—.
No, no estoy en casa. Estoy con Bea… No, solo estamos conversando.
Tal vez veremos una película más tarde… ¡Oh!
Sí, yo le digo… Entonces, te veo a las ocho.
—¿Quién era? —preguntó Bea cuando su amiga colgó.
—Dan. Nos invita a un nuevo bar que acaban de inaugurar.
—¿Dan? —preguntó Bea, muy confundida por el súbito interés de Daniel por salir con ellas.
¿Por qué un joven empresario preferiría salir una noche con unas universitarias?
Jocelyn asintió mientras bajaba la mirada para ocultar algo.
—¿Has estado en contacto con Daniel? —preguntó Bea.
—Sí. Coincidimos en el centro y, como has estado enferma y Henry de viaje, pues, hemos estado saliendo. Y… —calló Jocelyn súbitamente.
—¿Y qué? —demandó Bea, se detuvo en recoger para prestar atención a su amiga. Quería que ella le confirmara sus sospechas.
—Bueno, me besó… —Bea estaba sorprendida, y contenía un grito atorado en su garganta— y me pidió ser su novia.
Jocelyn terminó su revelación con una sonrisa de oreja a oreja. Bea por fin gritó de emoción.
—¡Tranquila, Bea! ¡Me estas sonrojando! —pidió su amiga mientras se sentaba en la cama.
—Bien… Bien —dijo Bea para tranquilizarse—. ¡Joss, no quiero hacer mal tercio!
—¡No, no, para nada! Dan quiere verte porque tiene algo que preguntarte desde hace días… No sé qué es.
»Vio esta salida como una buena excusa para conocer el lugar y hablar contigo.
Bea no comentó nada, pero sí estaba extrañada. ¿Qué querría saber Daniel de ella?
Solo lo pensó unos segundos. No vio nada de malo en salir a divertirse; en realidad, lo necesitaba, ante la espera y los sueños extraños. Estaba segura bajo el cuidado del mejor amigo de Henry.
A pesar de que faltaban horas para que Daniel las recogiera, las dos pasaron el resto de la tarde analizando las opciones del guardarropa de Bea para vestir.
Bea disfrutó compartiendo con su amiga las emociones de su enamoramiento. Aunque no pudo evitar envidiar la facilidad con la que ella vivía esa etapa, y que su única preocupación era verse hermosa y parecer más madura. No había otra mujer arruinando todo aquello que debería ser perfecto.
Bea, en cambio, no quería destacar para no atraer la atención de los hombres. Eran dos caras opuestas de una misma moneda.
* * *
La puerta se abrió con timidez tras que tocaron.
—Milady —llamó Phyllis a Bea—, el señor Preston las espera en el vestíbulo.
—Gracias, Phyllis. Dile que bajaremos en un momento —respondió Bea mientras terminaba de ponerse una zapatilla.
Las dos amigas no tardaron en bajar por la ancha escalera al vestíbulo. Daniel se quedó boquiabierto tras ver a Jocelyn vistiendo un vestido negro que destacaba más su belleza.
—¡Wow! —exclamó sin querer, cuando la tuvo ya enfrente.
Ambas amigas soltaron una risita, pero solo Jocelyn agradeció sonrojada el halago.
—También te ves muy bien, Bea —extendió el cumplido.
—Gracias. ¿No me vestí muy informal? —preguntó Bea recorriendo su vestimenta.
—No. En todo caso, los dos vamos muy informales en comparación de Joss.
—¿Me cambio? —consultó Jocelyn, mortificada.
—¡No! —exclamó Daniel rápido, y agregó recorriéndola con mirada lasciva—: Te ves… perfecta.
»¡Bien, bien! Señoritas, es hora de irnos.
Daniel extendió la mano a Jocelyn, quien la tomó sonrojada, y la guio hacia el auto que esperaba en la rotonda del castillo.
Bea los siguió, sintiéndose fuera de lugar, haciendo mal tercio, aunque esperaba que la situación cambiara en cuanto estuvieran en un sitio público. Quizás Daniel aún no quería que su noviazgo con Jocelyn saliera a la luz y no estarían demostrando cariño.
Durante el camino a la ciudad, Daniel y Jocelyn hablaron sobre el nuevo lugar. Bea apenas les ponía atención porque lamentaba estar sola en ese momento. Se imaginó cómo habría sido la dinámica entre todos si Henry hubiera estado con ellos.
—¿Crees que tardaremos en entrar? —preguntó Bea a Daniel, intentando unirse a la conversación.
—¡No! Nos dejarán entrar en cuanto nos vean…Venimos contigo —respondió Jocelyn.
—Mi título no me abre todas las puertas, Joss.
Daniel se contuvo en carcajearse y murmuró que Henry una vez dijo lo mismo.
—No te preocupes, Bea. Tengo invitación —agregó Daniel.
—Me alegra saberlo —murmuró Bea, después perdió la mirada en el paisaje que corría por su ventana para no seguir entrometiéndose en la conversación de la reciente pareja.
Pero cuando se dio cuenta de que hubo un silencio incómodo para ambos, decidió intervenir.
—¿Y de qué querías hablar conmigo, Daniel? —preguntó Bea.
—De nada.
—Entonces, ¿qué hago aquí?
—Hal me habló para pedirme que no te quitara a Joss, porque necesitabas compañía… Pero, por obvias razones, no pude hacerlo porque quiero estar con ella.
Bea no tuvo más remedio que sonreír, apenada por confirmarse ya como el estorbo. Aun así, le pareció que su amiga quería que los acompañara; de lo contrario, le habría pedido que inventara una excusa para no ir. Tal vez aún no se sentía cómoda a solas con Daniel.
Llegaron enseguida. Mientras Bea y Jocelyn se preparaban para bajar, Daniel estacionó el auto a pocos metros. Los tres estaban emocionados por la noche que les esperaba.
Al llegar a la entrada, encontraron una fila de personas aguardando su turno.
—Lady Cavendish —llamó el portero a Bea con urgencia cuando la vio pasar en dirección al final de la fila.
—¿Sí? —respondió ella volteando, confundida.
—No es necesario que espere —avisó el hombre, otorgándole el paso a ella y a sus acompañantes.
Bea estaba dudosa en aceptar el paso sin hacer fila como todos, porque ni siquiera tenía invitación. Sin embargo, Daniel fue el primero en aceptar, por lo que a Bea no le quedó más que soportar todos los rechiflados de las personas disgustadas que hacían fila.
—Irónicamente, tu título sí te abrió esta puerta —comentó Jocelyn después de reír entre dientes cuando caminaban por el largo pasillo que los llevaría al bar en sí.
Bea se sorprendió con el lugar. Las luces blancas, el bar metálico y las botellas iluminadas le hicieron sentir que había entrado en un castillo de hielo.
Daniel habló con un mesero, que de inmediato los llevó a una sección con vista a todo el lugar.
—¿Qué es lo que van a tomar? —les preguntó el mesero.
—Yo quiero un vodka tonic, por favor —respondió Bea, ansiosa. No se había dado cuenta de cuánto necesitaba un trago.
—¡Que sean dos! —se apresuró a agregar Jocelyn.
—¡Tres! —terminó Daniel.
El mesero hizo una reverencia y fue a cumplir la orden.
—Incluso te reverencian —bromeó Jocelyn a Bea. Daniel rio y se atrevió a besar a su novia en la mejilla como premio por tan sagaz comentario.
—Por favor, Daniel, nada de cariños enfrente de mí —pidió Bea, sin ocultar su incomodidad.
—Okay… Nada de pan enfrente de los hambrientos —se burló Daniel, pero recibió un codazo de Jocelyn que lo hizo reír.
Durante un rato hablaron de lo agradable que era el lugar, y poco a poco la incomodidad fue cediendo.
Sin embargo, un rato después, Bea se sintió aislada cuando el volumen de la música subió y ya no pudo escuchar la conversación que tenía con Jocelyn y Daniel.
Se dedicó a ver a los asistentes bailar y reír libremente.
En algunos casos, hacían ligeras reverencias para saludarla cuando las miradas llegaban a cruzarse.
La hicieron sentirse incómoda. Se preguntó si ese «respeto» era gracias a su reputación intachable, por el poder de su familia o se había filtrado que iba a ser la próxima princesa del reino.
A partir de entonces, mantuvo la vista baja para no encontrarse con la mirada de nadie.