Capítulo XII #2
—Bien, bien. No seré de color azul, pero por lo menos sí cumplo el término príncipe.
Bea se sentó rápido y se talló los ojos para quitarse lo adormilada. Su corazón palpitó feliz al reconocer por fin la voz de Henry.
—¿Henry? ¿De verdad eres tú? —preguntó, incrédula.
Nunca había hablado con Henry por teléfono, lógicamente no sabía cómo sonaba su voz electrónicamente. Además, él últimamente se comunicaba solo por mensajes, esta era la primera vez que lo hacía por voz.
Estaba muy nerviosa por lo que ambos pudieran decir. Ella siempre ha confiado en la máscara que daba el chat privado para decir lo que le viniera en gana. Ahora tenía que cuidar sus palabras, pensarlas y decirlas a velocidad luz.
—¿Esperabas a alguien más? —preguntó curioso Henry.
Bea no concebía por qué respondió «Ewart» en su mente. Tal vez porque acababa de soñar con él, y era difícil no pensar en él después de ese sueño sensual.
—¿A Joss? —respondió dudosa de que fuera una respuesta válida.
—¿Y desde cuándo Joss tiene voz de hombre? —bromeó Henry, y Bea no pudo contener la risa. Agregó, aunque seguía escuchándose algo nervioso—: Bien, hablemos ya en serio. ¿Cómo estás?
—Mejor… ¡Mucho mejor!
—Me alegra saberlo… Estaba preocupado por ti. —Bea sonrió, sonrojada—. ¿Te gustaron mis flores?
—Sí… «H» —respondió ella acentuando sarcásticamente.
Henry rio entre dientes al detectar ese ligero reclamo por la tarjeta que de seguro ahora creyó impersonal.
—Princesa, perdóname que haya sido tan críptico, pero estando lejos no podía escribirte algo que te hiciera suspirar. No sin que llegara la tarjeta a los medios antes que a ti.
Su corazón se desbocó en felicidad cuando se dio cuenta de que la llamó princesa. Era un título que adquiriría tan pronto como el período del compromiso terminara, pero notó de inmediato que Henry no lo usaba con tal significado, sino como un apodo cariñoso.
—Entiendo… —Bea soltó una risita callada, estaba dándose valor a confesarle algo a Henry—. ¿Quieres que te revele algo?
—Puedes confesarme lo que quieras… ¡Siempre! Confía en mí. Cumpliré tus deseos… cualquiera de ellos —respondió Henry con voz claramente encantada.
—Hubiera preferido recibirte a ti, en lugar de los tulipanes de tu mamá.
—Henry no respondió nada. Entonces, Bea se envalentonó más para agregar—: Me hubiera gustado que llegaras de improviso, curaras mágicamente mi gripe, como lo hiciste estando aquí, y me tomaras de la mano para llevarme al sillón y acurrucarme…
—O en la cama —interrumpió Henry, muy seductor.
Su comentario hizo que Bea riera nerviosa.
—Donde tú quieras —respondió, siendo seductora también.
—Definitivamente, tendría que ser la cama… Más espacio para maniobrar.
—¡Henry! —exclamó, sonrojada. Pero Henry no se disculpó, y solo soltó una risita más pícara.
—¿En qué estaba? —preguntó ella para sí en un suave murmullo.
—En que quieres que vaya allá para acurrucarte en mis brazos…
—¡Y me besaras! —remató con la intención de sorprenderlo.
Se mordió el labio mientras su corazón se desbocaba.
—¿Estás segura? ¿Ya me he ganado tu confianza? —Tardó en responder, temeroso aun de que una palabra desafortunada terminara alejándolo de ella.
—No, por completo. Pero si prometes estar más en contacto conmigo mientras estás afuera… —calló ante la vergüenza de estar arrojándose a él emocionalmente. Pero ya no quería ser mojigata con él.
—¿Si…? —la invitó a seguir, se escuchó emocionado.
—Podría recibirte con un beso que dejaría a cualquier historia romántica como una pobre ilusión del escritor.
Henry no respondió, estaba estupefacto. Era seguro que jamás imaginó que la llamada terminaría con una promesa de caricias.
—¿Hal? ¿Sucede algo malo?
—Sí —respondió él con voz impacientada.
Bea se sintió como una niña a la que acababan de regañar y no se atrevió a preguntar qué había dicho de malo. Tal vez estaba siendo muy atrevida y a él no le estaba gustando eso porque así era la otra mujer.
Por eso confiaba más en los mensajes, le daban más tiempo para pensar en lo que iba a escribir. Su verborrea siempre la metía en problemas.
—Lamento que no podré ganarme ese beso —reveló Henry al fin.
—¿Por qué?
—Estoy muy ocupado y cansado, Bea. He querido hablarte desde que dejé el reino y solo hasta hoy pude hacerlo, y eso porque di la insulsa excusa de que tenía dolor de cabeza para quedarme en el hotel.
—Es una lástima, pero, bueno, tus deberes son siempre primero.
—No siempre, Bea. Pero en esta ocasión tendrán que serlo.
—Entiendo —dijo decepcionada Bea.
—Pero… Aun puedo ganarme tu confianza, ¿verdad? —Henry denotó en la palabra «confianza» que se refería al beso.
—Sí, claro. Aun puedes «ganártela» —respondió siendo seductora otra vez. Disfrutaba mucho el juego de palabras.
—¡Muy bien! Lo haré —respondió Henry. Bea detectó un ligero toque de alivio en su voz.
—Entonces, mi príncipe, será mejor que cortemos esta llamada. No quiero que tu papá me culpe por no dejarte descansar.
Henry rio entre dientes por la forma en que ella lo llamó con su título nobiliario.
—Sería bueno que descansara un poco, princesa. Iré a verte en cuanto llegue. ¡Lo prometo!
—Esperaré tu regreso… Muy impaciente —prometió Bea con un toque sensual.
—Mmm, Bea… Bea… Me estás torturando —murmuró excitado Henry, pero después carraspeó para recobrar la seriedad en su despedida—. Solo debo ser paciente… Te veo pronto.
—Nos vemos pronto, H —respondió ella, consciente de que los pensamientos de él hacia ella se habían vuelto más íntimos.
—Espero que así sea, B.
Bea colgó y abrazó el celular contra su pecho, luego contuvo el grito de emoción porque no podía creer que su historia de amor estaba por hacerse realidad. Solo tenía que ser paciente a la llegada de su príncipe.
El camino del amor le parecía como un cuento de hadas hecho realidad.