El llamado del árbol Capítulo XII
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Capítulo XII

Bea despertó en su cómoda cama por la mañana. Recordó sin dificultad todo lo que sucedió la noche anterior. Incluso aquel beso tierno que Henry le dio en la frente.

Estaba muy feliz, a pesar de que ahora sí tenía los síntomas de una gripa.

Deseó que Henry estuviera a su lado, reconfortándola tal y como lo hizo después de haber aclarado su huida con Haley.

Fue sorprendente para ella que él le devolviera la esperanza con una sola promesa. Se emocionó al pensar que quizá podría llamarla o enviarle un mensaje cuando se desocupara de sus obligaciones.

Trató de salir de la cama, pero le dolía tanto el cuerpo que se dejó caer de nuevo sobre la esponjosa almohada.

Se sintió tan cansada de repente que apenas tuvo fuerzas para acurrucarse entre las cobijas.

En pocos segundos se quedó dormida mientras lamentaba no estar bien para responderle a Henry de inmediato.

Siguió durmiendo hasta que el doctor de la familia la despertó para examinarla.

Phillys se había dado cuenta de que estaba enferma y avisó a los padres de Bea. Después del diagnóstico solo la despertaba para que comiera un poco, y para tomar el medicamento que el doctor le había recetado.

Bea no tuvo conciencia de sí misma hasta que llegó la noche; inclusive entonces parecía ser manipulada por un titiritero.

Un poco de luz de luna se colaba entre los pliegues de las cortinas gruesas, así pudo alcanzar un poco de pan y beber el agua que le dejó Phillys en una charola en la mesa de noche.

Algo satisfecha, se acomodó para volver a dormir. Pero el medicamento la sumergió en una oscuridad profunda y sin sueños. Solo cuando sus efectos empezaron a disiparse hallaron el camino de regreso.

Solo que no era un sueño tranquilo donde ella tuviera control de él y pudiera escribir la historia que más le satisficiera, sino uno que tenía vida propia, tal y como lo tienen los recuerdos.

Se despertó sobresaltada en el momento justo en que los colmillos de un animal se acercaban a ella para desgarrarla.

Era mediodía y el sol se colaba a fuerza por la ventana. Se restregó los ojos para despertar del sueño que parecía sujetarla aun, y salió de la cama para darse un baño. Quería quitarse de encima esa sensación de confusión y el olor a enfermedad.

Fue a su clóset por ropa limpia y después se dirigió al baño arrastrando los pies, pues seguía sintiéndose indispuesta.

Encontró la tina lista para llenarse con agua tibia.

Phillys sabía que lo primero que Bea haría al despertar sería darse un baño.

Mientras esperaba a que la tina se llenara, fue despojándose de sus ropas sucias.

Notó que los moretones tenían una detestable tonalidad oscura, casi como si su piel se estuviera pudriendo.

Los revisó uno por uno hasta que se topó con una serie de marcas que parecían el rastro de unos dedos.

Colocó los suyos sobre ellos, pero eran más largos y claramente masculinos.

—Tal vez alguno de los paramédicos me sujetó muy fuerte cuando me asistieron —concluyó en voz baja, mientras se encogía de hombros y decidía no darle más importancia.

Fue a la tina para cerrar el grifo y meterse. El agua se desplazó a su paso creando pequeñas marejadas que estuvieron a punto de desbordase. Descansó la cabeza en la almohadilla, cerró los ojos, y se dejó llevar por el silencio de la relajación.

Tan solo bastaron unos segundos para que su mente decidiera jugar con su cordura, mostrándole una vez más la imagen del animal salvaje que acechó en sus sueños. El último rugido resonó con tal fuerza que la hizo sobresaltarse hasta derramar la tina.

La visión fue tan real que la dejó apenas respirando. Por alguna razón, aun temblando, se sujetó el brazo. Con solo rozar las marcas, otro recuerdo resonó en su cabeza… Una discusión con tres hombres, solo que no podía entender lo que decían.

Sintió tanto miedo por su vida que presionó con fuerza aquellas marcas. Necesitaba que el dolor la arrancara de las horribles visiones que lastimaban su mente.

Respiró despacio cuando por fin se liberó y trató de entender qué le estaba sucediendo. ¿De dónde provenían esos «recuerdos» y por qué la lastimaban tanto al obligarla a revivirlos?

Ya no podía negarse a aceptar que esa pesadilla había sucedido, que no había sido un paramédico quien la lastimó, sino aquel hombre que vio justo antes de despertar.

Se llevó la mano a la frente cuando la fuerza de aquellos recuerdos la abrumaron. Se aferró a la idea de que lo ocurrido en las entrañas del bosque había sido solo una pesadilla, nacida de la posible inconsciencia en la que cayó tras el accidente.

Respiró profundo mientras miraba la nada, para aclarar la mente y encontrar una respuesta.

«No, no me desmayé», reconoció al fin la verdad cuando recordó con claridad el camino del bosque a su cuarto, así como lo perdida que se sintió mientras algo la obligaba a nublar sus recuerdos.

Miró las marcas en su brazo y sintió con claridad de nuevo el momento en que Ewart la sujetó sin considerar su fuerza.

—¡No, olvídate de eso! Fue una alucinación y punto —ordenó mientras salía de la tina.

Aceptar que existía otro mundo paralelo era tan ridículo como creer en Santa Claus.

Tuvo que detenerse para no caer, ya que sus músculos le recordaron que estaban lastimados y cansados. Su cuerpo parecía decirle una y otra vez que todo era verdad.

Cuando salió del baño, vistiendo su piyama limpia, Phillys ya estaba en el cuarto acomodando su desayuno en la sala personal. Bea fue directo a comer y a tomarse otra tanda de medicinas.

No habló con Phillys porque no quería contarle lo que le estaba pasando. Lo último que necesitaba era que comenzara a correr el rumor de que estaba perdiendo la cabeza.

Regresó a la cama para seguir descansando; mientras que Phillys recogía todo.

Bea estaba a punto de acomodarse para volver a dormir, cuando alguien tocó la puerta. Phillys le preguntó con la mirada si deseaba recibir visitas, a lo que Bea aceptó.

Phillys se apresuró a abrir la puerta y dejó entrar a un hombre del staff que traía una caja alargada, le ordenó que dejara el arreglo sobre el escritorio.

Bea se sorprendió de lo que parecía ser un regalo, y se levantó de la cama como pudo, entre quejidos, y fue hacia él.

Eran tulipanes de una tonalidad rosada muy extraña. No se emocionó porque sabía que la reina había sido quien los había enviado.

La madre de Bea había comenzado una tradición de enviar flores a los miembros de la Corona años atrás, cuando la reina cayó enferma de una agresiva influenza estacional.

En respuesta, la reina también enviaba un arreglo de flores cada vez que un miembro de los Cavendish enfermaba. Así que no fue extraño para Bea recibir las flores. Además, era una especie que solo se daba en el palacio, y fuera de temporada.

—Milady, ¿me necesita para algo más? —preguntó Phillys mientras terminaba de arreglar la cama que Bea había desocupado.

—No, puedes retirarte… Seguiré descansando hasta que me sienta bien.

Aguardó a quedarse a solas de nuevo para tomar la tarjeta que traía el arreglo. Leyó:

Mi querida B:

Espero que mejores pronto.

Es curioso cómo todo se siente distinto últimamente.

H

Las palabras sencillas volcaron su corazón en felicidad porque las flores fueron enviadas por Henry.

La tarjeta era impersonal, pero tenía que serlo. Al parecer, por la impresión, Henry había ordenado a alguien del palacio traerle las flores del invernadero de su madre.

Tomó un tulipán para acariciar su mejilla con él, imaginándose que era el dorso de la mano de Henry.

Tenía que agradecerle, por lo que tomó el celular y lo encendió. Sin esperar, llegaron algunos mensajes de Jocelyn y Daniel, preguntando cómo seguía. Pero no había uno de Henry; tal vez pensó que las flores eran más románticas.

Bea fue a su cama con el tulipán y celular en mano y se acostó. El dolor había desaparecido por arte de magia, más no los síntomas de la gripa.

Abrió la aplicación de mensajes y escribió:

Querido H:

Gracias por tus buenos deseos.

Tienes razón. Ahora todo es diferente.

B

Bea rio entre dientes al imaginarse el rostro atónito de Henry tras recibir el mensaje tan impersonal.

Se recostó para esperar paciente una respuesta, que no llegó.

No se molestó porque sabía que Henry no estaba en un viaje de placer. Por la hora, de seguro estaba ocupado con alguna actividad en donde su presencia era indispensable, aunque sea solo para admirarse.

El medicamento comenzó a hacerle efecto, y la aletargó hasta el punto en que ya no pudo mantener los ojos abiertos.

Decidió descansar por un día más.

Sin embargo, el recuerdo del extraño mundo volvió otra vez como una pesadilla. Al principio, la hacía agitarse con agresividad contra la cama, trataba de despertarse, pero estaba completamente atrapada. Por suerte, aparecía Ewart de la nada para protegerla con un abrazo. Entonces, Bea ya no temía.

Al final, Ewart eliminaba al hermoso animal y los otros dos hombres, cuyos nombres no recordaba —y ni intentaba hacerlo— desaparecían, dejándolos solos.

Bea lo contempló acercarse, vistiendo las extrañas prendas, de un material fino y muy bien confeccionadas. Ewart se retiró la capucha para revelarle su rostro, iluminado por una sonrisa pícara. Ella, en recompensa, premiaba a su valiente caballero con un largo y beso intenso.

Deseó que el tiempo se detuviera y él no solo se conformara con ese beso.

Pero en medio de aquel momento de intimidad, se escuchó una insistente melodía que la despertó del maravilloso sueño en que se había convertido la pesadilla.

«¡Maldición!», exclamó al darse cuenta de que el celular la había despertado. Todavía somnolienta, tanteó entre las cobijas hasta encontrarlo.

—¿Sí? —respondió la llamada entre carraspeos para forzar la voz a salir con claridad; estaba adormilada por la enfermedad.

—¿Bea?

—Sí. ¿Quién habla? —respondió sin cortesías.

—Tu príncipe Azul.

—Yo no tengo ningún príncipe azul… Es más, los príncipes azules no existen —contradijo molesta.

Si era una broma de mal gusto, no le parecía graciosa a altas horas de la noche, estando ella enferma.

Se escuchó al interlocutor reír sin tapujos.