Capítulo XI
Henry manejó a alta velocidad en dirección al castillo de los Cavendish. El silencio de la oscuridad le hizo pensar en las palabras que convencerían a Bea de que ahora solo le interesaba ella, y en la gran pregunta que estaba decidido a hacerle tan pronto solucionaran los malentendidos.
El tiempo parecía detenerse, aun cuando sabía que no faltaba mucho para llegar.
Kilómetros después, se puso muy nervioso cuando por fin distinguió el castillo a lo lejos, resplandeciente contra la oscuridad que provenía del bosque próximo; su emoción creció aún más cuando se detuvo en la reja.
El guardia de seguridad de las tierras de los Cavendish lo dejó entrar sin dudar en cuanto lo reconoció. Henry avanzó en su auto despacio sin despegar la mirada del castillo que siempre le pareció extraño.
Su arquitectura era muy diferente de la de las demás mansiones pertenecientes a los nobles del reino.
Aunque antiguo, conservaba delicados relieves inspirados en una época de esplendor artístico. Se había construido en una era que veneraba tanto los libros como las espadas, y parecía inmune al paso del tiempo.
Era como si una magia lo protegiera de la decadencia y le concediera un tipo de inmortalidad.
Estacionó el auto frente a la puerta principal. El mayordomo lo recibió y lo llevó a la sala de espera; notificaría a Bea de su llegada cuanto antes.
—No. Ella ya me espera —respondió y siguió el camino que le señaló resignado el mayordomo.
Henry sabía que no sería bien recibido, pero eso no lo iba a detener.
No conocía bien el castillo, por lo que le pareció estar dentro de un laberinto que lo alejaba del centro, en donde se encontraba Bea como premio. Por suerte, se encontró con una camarera que traía una bandeja con un burbujeante refresco y un plato con botanas variadas.
—¿Es para Lady Beatrice? —cuestionó Henry sin alzar la voz.
—Sí, Su Alteza —respondió haciendo malabarismo durante la reverencia.
—Bien, vamos —ordenó y le señaló con la mano que avanzara primero para que le mostrara el camino.
Henry agradeció que su título hiciera que sus órdenes sencillamente no se objetaran, aunque haya roto el protocolo de ir detrás de alguien.
—Aquí es, Su Alteza —dijo la camarera mientras hacía malabarismos de nuevo para desocupar una mano y tocar la puerta.
—No —detuvo Henry en un susurro y le retiró la bandeja de las manos—. Puedes retirarte… Y que nadie nos interrumpa.
—Sí, Su Alteza —respondió la camarera a la par que reverenciaba de nuevo. Se retiró para seguir haciendo sus deberes. Le complació que no cuestionaran sus órdenes. Al fin y al cabo, era de noche y quizá la camarera ya quería retirarse a descansar.
Henry se retorció un poco para relajar la tensión que lo estuvo atormentando todo el día, y tocó la puerta con timidez.
—¡Adelante! —escuchó la voz de Bea, casi un minuto después, sin ningún indicio de malestar.
Henry abrió la puerta sin más y entró. Bea estaba recostada en el cómodo sillón de su pequeña sala, la que se encontraba muy cerca de una artística chimenea.
Tenía música puesta a un volumen que no interrumpía su lectura.
Aunque el libro estaba abandonado en su regazo, mientras que su mirada estaba perdida en la ventana.
Se sentía tan ausente que en ningún momento prestó atención a quien le traía la comida.
Conforme Henry se acercaba con pasos ocultos por la música, se dio cuenta de que ella estaba intranquila, como si temiera a una presencia innombrable que la esperaba allá afuera.
No fue hasta que Henry puso la charola sobre la mesa de centro que ella reaccionó, solo que lo hizo como si despertara de un sueño.
—¿Son tus botanas favoritas? Porque, si no lo son, puedo ir a cambiarlas —dijo Henry. Después sonrió al verla saltar hacia una esquina del sillón como gatita asustada.
—¿Qué haces aquí? —demandó ella. Aunque fingió enfadarse, el asombro fue más evidente.
—Vine a ver cómo te sentías por tu gripe —respondió Henry con tono sarcástico, pues era obvio que la enfermedad había sido una excusa.
No respondió; de seguro no se le ocurría nada que pudiera justificar la mentira. Al menos, algo que ocultara que no quería verlo por lo ocurrido en el hípico.
Por alguna razón, volvió a mirar hacia la ventana y aquella inquietud regresó.
Henry no dejó pasar la oportunidad y se sentó a su lado con una despreocupación casi insolente.
Ella lo sintió, y volvió a apartarse de un salto.
Como Henry todavía estaba nervioso, no pudo evitar sentirse animado al ver que ella lo estaba aún más.
El silencio entre ambos se había vuelto asfixiante. Alguien tenía que romperlo, y Henry decidió ser el primero en hacerlo.
—Quería hablar contigo. No respondiste mis llamadas y mensajes. Así que no diste a mi padre otra opción que… Bueno, esa cena con nosotros fue una excusa que planeó para llevarte a mí.
Bea quiso exclamar su indignación, pero él no se lo permitió.
—Jamás creí que serías capaz de rechazar a tus soberanos —terminó con una risita tonta.
—No tengo nada de qué hablar contigo… —logró decir Bea, antes de que la callaran de nuevo con un gesto de mano.
—¡Está bien! No hablarás, pero me vas a escuchar —dijo Henry muy autoritario.
—¡Haz lo que quieras! —respondió Bea en voz alta mientras se ponía de pie con indiferencia.
Tomó una papita en el camino para acentuar su actitud. El crujir en su boca dio paso a un suspiró, aún estaba pensando cómo empezar su justificación.
¿Cómo ablandar ese corazón enojado?
—Jamás te he mentido, Bea. No lo hice cuando te odiaba, mucho menos lo voy a hacer ahora que me gustas —dijo Henry.
Estaba sorprendido de sus palabras, al igual que Bea, pues su corazón fue el que habló mucho antes que su raciocinio. Y era la primera vez que Bea lo escuchaba confesar que le gustaba. Ya lo había hecho con gestos y mensajes, pero jamás tuvo la certeza que daban las palabras dichas.
—Bea —dijo Henry con cariño—, quiero estar contigo. Pero no podía estarlo hasta que terminara ese… asunto con Haley.
Se puso de pie y fue a donde ella. No se acercó mucho para no intimidarla y obligarla a retirarse de nuevo, solo la miró por un rato.
Sus ojos navegaron con libertad por cada rasgo, incluso por su cuello que deseaba besar también, y fue ahí donde descubrió el asomo de un moretón.
—¡¿Qué te he hecho?! —se recriminó así mismo mientras se acercaba más inconscientemente para retirar un poco la playera y ver el moretón sin estorbos.
Bea no reaccionó a su toque, por el contrario, lo miraba con resentimiento. Él tenía razón. Él y Haley ocasionaron el accidente y, por consiguiente, eran culpables de todos los moretones que traía en el cuerpo que manchaban su belleza.
—¿Qué puedo hacer para que me perdones y me creas? —preguntó Henry, acariciando con delicadeza el moretón.
Bea hizo un gesto de dolor cuando él presionó demasiado fuerte. Henry frunció el ceño, muy arrepentido de haberla lastimado. Estaba por disculparse cuando sus miradas volvieron a encontrarse. Ella lo miró en silencio, sin reproches.
Sintió que había llegado el momento de demostrarle cuánto lamentaba lo ocurrido y cuánto deseaba estar con ella. Deseaba besarla.
—No estoy lista para esto —interrumpió ella al momento que se alejaba de esos labios.
—¿No estás lista para que te bese? —cuestionó Henry, muy confundido, pues el rechazo se sintió falso.
Comenzaba a pensar que Bea no tenía sentimientos por él.
—Si en verdad quieres estar conmigo, entonces, primero tienes que ganarte mi confianza de nuevo.
Henry sonrió tontamente al darse cuenta de que Bea sí sentía algo por él. De lo contrario, ¿por qué torturarlo con la espera?
—¿Y cómo me la ganaré? —consultó.
—No lo sé… Tendrás que averiguarlo solo.
—Y cuando me gane tu confianza, ¿me dejarás besarte? —preguntó él, con gestos juguetones.
Su mano subió a su mejilla sonrojada para adorarla con una caricia. Iba hacer todo lo que ella le pidiera.
Por suerte, ella asintió con la cabeza, sin esconder su sonrisa.
—Entonces, me la ganaré —aseguró Henry.
Volvió a darle su espacio personal, yendo a sentarse en el sofá, en donde la invitó a acompañarlo con un ligero golpecito en el cojín. Bea aceptó la invitación aun sonriendo con timidez.
—Dime… —dijo Henry en lo que la jalaba para abrazarla, y preguntó casualmente—: ¿Qué tienes planeado hasta el próximo fin de semana?
No intentaría nada que ella no le permitiera hacer.
Sin embargo, él sonrió cuando Bea se dejó abrazar mientras le hablaba de todos los planes aburridos que tenía que hacer durante la semana. Le agradaba tenerla en sus brazos, se sentía correcto, como si ya tuvieran tiempo juntos.
Al cabo de un rato, y sin notarlo, Bea ya estaba recostada en el sofá con sus pies arriba y su cabeza en el regazo de Henry, quien no paró de enroscar mechones entre sus dedos.
La miraba todo el tiempo mientras reía con sus comentarios.
Descubrió que Bea era culta e interesante, cualidades que nunca había prestado atención, aun cuando era obvio para alguien de su clase.
Por suerte para él, abrazarla y acariciarla no había entrado en el convenio de darle tiempo.
Siguieron hablando de cosas sin importancia hasta que llegaron a los planes que tenía Henry por delante. Creyó conveniente decirle del viaje que haría en los próximos días con sus padres al extranjero por asuntos de la Corona.
Cuando Henry escuchó el callado resoplido de fastidio de su futura novia, se apresuró decirle que no era por gusto propio, que, de hecho, él también había refunfuñado a su padre cuando le informó del viaje planeado meses atrás. No podía evitarlo.
—Te prometo que te enviaré mensajes cuando tenga tiempo libre —dijo Henry para tranquilizar su disgusto. No le incomodó ya hacer promesas, por el contrario, lo hacía para mostrarle que ya era parte de su vida.
—Está bien… Los esperaré emocionada —se atrevió a responder.
Tras un largo rato acariciándose, Bea empezó a cerrar los ojos involuntariamente hasta el punto de que ya no pudo responder a las preguntas.
Henry vio su reloj y se dio cuenta que ya estaba por dar la medianoche.
No pasaría mucho tiempo antes de que Amelia y Howard regresaran de la cena con sus padres.
Trató de despertar a Bea con delicadeza, pero ella solo se quejó por la interrupción.
No le quedó más que levantar su cabeza de su regazo con cuidado para ponerse de pie.
Fue a la bocina para apagar la música y se dispuso a retirarse.
Pero, al verla en una posición fetal incómoda, decidió llevarla a su cama para que descansara mejor.
La tomó entre sus brazos con mucho cuidado.
Nunca esperó que Bea se apretujara más a él hasta el punto de que sus labios rozaron su cuello en un beso discreto. Henry se estremeció hasta el punto de querer besarla ya.
—Esto es una tortura, Bea —susurró. Le hubiera gustado que ella lo hubiera escuchado.
Lamentó que tuviera que dejarla en su cama sola, quería acostarse a su lado y abrigarla con sus brazos; sin embargo, terminó cobijándola.
Ya llegaría el día que podría hacerlo.
La contempló unos segundos más, parado a su lado cual acosador; se veía tan hermosa, con su cabello castaño oscuro ligeramente despeinado y extendido sobre la almohada. Se vía cual princesa de cuento a punto de ser despertada por el príncipe con el primer beso de amor.
Henry sintió que ya no podía controlar sus deseos.
—Buenas noches, princesa —murmuró mientras se reclinaba para darle ese beso de amor.
Pero se detuvo a escasos centímetros y siguió luchando contra el deseo. Nunca había deseado tanto a una mujer, y se preguntó si se decepcionará cuando al fin la besara.
Ella estaba exagerando, como una primeriza temerosa que retrasaba el momento para conservar un recuerdo perfecto. Pero también podía ser que tuviera miedo de entregarse y terminar decepcionada. Henry no había construido bases sólidas para que ella confiara plenamente en él.
—No me decepcionarás… Ni yo a ti —murmuró antes de conformarse con un delicado beso en la frente
No le iba a dar una razón para que se enfadara con él. Iba a jugar a sus reglas. Además, ya le gustaba la expectación por besarla.
Dejó el cuarto sin hacer ruido y se desplazó por el castillo hasta salir sin que nadie lo viera.
Manejó de regreso al palacio sin apresurarse. En el camino, creyó ver el auto de los Cavendish que regresaban a su hogar sin sospechar de lo que sucedió con su hija esa noche.
Sonrió exitoso.
Al final, fue un buen día para él. El tiempo ya estaba de su lado.