Capítulo X
Henry se movió por los pasillos del palacio cual ladrón a punto de escapar. Se escondía de todo ser humano que se atreviera a cuestionarle, ya sea con miradas o palabras, su más reciente escándalo público. No quería dar explicaciones de su presencia.
Tras esconderse de varios sirvientes, y de su propia madre, logró salir al jardín del palacio, y siguió su camino, apresurado, hasta llegar al laberinto que se construyó para él como regalo cuando cumplió nueve años.
Se adentró en él, siguiendo el camino que conocía a la perfección hasta el centro.
Henry se sorprendió al ver su lugar secreto muy bien cuidado.
Esperaba ver estragos del tiempo en cada centímetro del lugar, ya que hacía mucho tiempo que no lo visitaba.
Si no mal recordaba, fue a los diecisiete años que se dio cuenta que tenía poco tiempo para seguir teniendo aventuras antes de dedicarse inevitablemente a las responsabilidades de la Corona.
Había cambiado el laberinto por la sala de entretenimiento para relajarse. Ahí tenía una alberca techada, aparatos de ejercicio, que le ayudaban a agotarse hasta dejar de pensar, y lo último en tecnología que le permitía compartir su tiempo libre con amigos, y una que otra conquista femenina.
Pero ahora solo quería que la soledad fuera su compañera íntima.
Sacó el celular, seleccionó su lista de canciones favoritas y caminó al banco de piedra en forma de sillón al ritmo de la canción inicial. Se recostó con el rostro hacia el sol, para que los rayos cálidos cayeran sobre él, jugueteando con delicadeza por cada uno de sus rasgos.
Se preguntó qué iba a hacer ahora con Haley, que se había empeñado a retenerlo a su lado. Su obsesión, lo estaba haciendo perder la única oportunidad de que Bea lo viera como a un hombre a quien podía amar, y no como la obligación con la que tendrá que lidiar por años.
A media canción, se enderezó de golpe cuando algo cayó sobre su estómago.
—¿Qué carajos…? —exclamó enojado y entrecerrando los ojos, pues el sol lo había encandilado.
Solo Frank, el jardinero encargado de cuidar el laberinto, conocía el camino hasta el centro. En el pasado, Henry solía pasar tiempo con él y aprender sus atajos.
Pensó que se trataba de él, pero la figura oscura que veía no concordaba con el jardinero bajito y algo regordete. Tuvo que tallarse los ojos para poder verlo mejor.
—¡Quiero que me expliques por qué las noticias dicen que te has comprometido con esa mujer! —reclamó la demándate voz que reconoció como la de su padre.
Henry tomó la tablet que tenía en el abdomen para leer las pruebas del reclamo.
Efectivamente, ahí estaba la declaración, con letras grandes y una fotografía de él entrando a la casa de Haley.
Se sorprendió mucho de ver dicha fotografía, ya que quería decir que ese fotógrafo solo estuvo esperando que él cometiera un error para revelar la noticia.
«O fue Haley quien planeó esto con anterioridad», concluyó.
Quiso gritar a su padre que no se metiera en su vida, que se ha sentido entre la espada y la pared desde que le dieron la noticia del compromiso… Pero calló.
Se sentía tan confundido y necesitaba el consejo de su padre.
Se restregó afligido el rostro.
Entonces, Thomas miró a su alrededor y recordó la única razón por la que su hijo solía acudir al laberinto.
—Hace mucho que no vienes a este lugar —comentó.
—Quería estar solo —respondió Henry poniéndose de pie para mostrarle aun que su presencia le molestaba, a pesar de que ya no era así. Cuestionó—: ¿Cómo llegaste aquí? ¿Frank te trajo?
—No, no hubo necesidad porque conozco este lugar como la palma de mi mano… Yo lo diseñé para ti —reveló Thomas.
Henry se sorprendió de que se haya tomado el tiempo para tal cosa.
Su padre siempre estaba tan ocupado con asuntos del reino que podían pasar días sin que cruzaran palabra.
Quiso agradecerle de nuevo por el lugar que lo alejaba de toda responsabilidad de príncipe heredero que siempre llegaba a cuestas. Solo ahí podía perderse en la nada de sus pensamientos y ser Henry por tan solo un rato.
Pero, por mucho que aparentara que nada lo afectaba, la mirada de su padre le dejó claro que podía confiar en él. Se dejó caer en el asiento y se cubrió el rostro mientras apartaba la tablet para no estrellarla contra el suelo. Suspiró, agotado, y se pasó los dedos por el cabello con desesperación.
—¿Qué te preocupa, hijo? —preguntó Thomas.
—La noticia que me acabas de reclamar.
El rey se sentó y contempló durante unos instantes la tablet que yacía a un lado. Al ver la fotografía, de seguro pensó que tal vez estaba cometiendo un error al condenar a su hijo a un matrimonio sin amor.
Quizá había visto algo entre Henry y Bea que, en realidad, nunca existió.
Henry sabía que era muy importante que ese matrimonio se llevara a cabo, porque daría un poderío a su reinado como jamás se ha visto. Pero su padre lo amaba y, sobre todo, quería que fuera feliz.
Después de todo, eso fue lo que juró para sí cuando lo tuvo en sus brazos tras el nacimiento, según comentó su madre una vez.
—Podemos cancelar tu compromiso con Bea, si en verdad amas a esa joven —sugirió Thomas con voz segura, en lo que tocaba la pantalla para seguir manteniendo activa la foto. Señaló la imagen de Haley muy sonriente y feliz.
—¿En verdad harías eso por mí, papá? —preguntó Henry.
Thomas asintió en silencio, mientras Henry soltaba una risa irónica entre dientes. Tuvo que verlo sufrir para admitir que quizá había estado equivocado.
—Si me hubieras hecho esa sugerencia ese día de la noticia, te juro que te hubiera respondido que lo hicieras, que me libraras del compromiso… Pero no es Haley quien me tiene así.
»Bueno, en parte es ella, pero no por la razón que tú crees.
—¿Qué quieres decir? —cuestionó Thomas muy intrigado por las palabras de su hijo. Llevó su cuerpo en dirección a él, para no perder atención a los gestos que sabía acompañarían a la verdad, o a la mentira, que estaba a punto de escuchar.
—Es Bea quien me tiene así.
—¿No quieres nada con ella?
—No, papá, por el contrario… ¡Quiero todo! —aseguró Henry mirando a su padre. La verdad estaba reflejada en su mirada.
—No entiendo —dijo el rey con tono ligeramente infantil.
—Tenías razón. Tú viste algo que nadie más pudo ver… Siempre he querido a Bea.
»Quizás por eso la molestaba cuando niños, porque quería tener contacto con ella, que se diera cuenta que existía… Quería existir en su mundo. Y, cuando crecí, inconscientemente, me resistí a admitir que me gustaba para no pensar solo en ella.
»Quiero estar con ella más que nada en el mundo, pero cometí el gran error de declarar a Haley mis sentimientos que creí verdaderos en su momento.
»Haley ha estado luchando por mantenerme a su lado y demostrarte que ella es merecedora de tu aceptación como mi pareja. Está peleando por algo que cree es real.
—Pero tú no la amas —dedujo el rey.
—Confieso que me divertí mucho con ella, pero, no, papá. No la amo… Jamás lo hice.
Thomas suspiró, agobiado. El problema no era fácil de solucionar.
—Bea y yo hemos estado en contacto. No le soy indiferente… Tal vez siente lo mismo que yo —reveló Henry.
Sonrió a los recuerdos que ha tenido con ella. Eran pocos, pero muy importantes.
Thomas no pudo contenerse en acompañar a su hijo en esa breve felicidad.
—Quedamos en que nos veríamos después de su competencia. Tenía planeado declararle mis sentimientos, confesarle que estos están arraigados en mí desde hace tiempo y no desde que nos revelaron que estamos comprometidos. Pero… ¡No sé cómo Haley se enteró que iba estar ahí, papá!
»No sé cómo supo de mis intenciones para con Bea.
»Bea cayó del caballo en cuanto vio que Haley me llamó a gritos y corrió para abrazarme. —Thomas se preocupó por Bea—. Está bien… Solo fueron golpes.
»Yo solo quería correr a ayudar a Bea, sacarla de ahí y llevarla a un lugar donde estuviéramos solos y a salvo, pero estaban los periodistas y… ¡No sé por qué estúpidamente salí huyendo con Haley!
»He llamado a Bea, pero su celular siempre está fuera de área o apagado.
Le he enviado mensajes rogándole que nos veamos, pero tampoco me ha respondido ninguno.
Y Haley y los periodistas solo están alejándome más y más de ella con esas mentiras —explicó, tomando la tablet con la intención de arrojarla, como si eso desapareciera todo. Pero recordó que era de su padre.
No pudo descargar su frustración.
—Tranquilo, hijo —calmó Thomas, pero sus palabras fueron inútiles. Henry se levantó, todavía frustrado, y empezó a caminar de un lado a otro como un animal acorralado.
—Antes que nada, debes hablar con Haley con calma, para terminar esa relación definitivamente. Después irás a ver a Bea…
—¡Ya lo he hecho, pero sigue aún aferrada a mí! —interrumpió Henry.
—Vuélvelo a hacer, y se severo esta vez… No te rindas con ella.
—Mmm, no creo que Bea me reciba —excusó Henry.
—Tendrá que hacerlo por sumisión a...
—Papá, Bea jamás me ha visto como un príncipe —se apresuró Henry a esclarecer muy sarcástico—. Pero… —Se rascó la cabeza para pensar mejor lo que se le acababa de ocurrir— si los invitas a cenar, ella tendrá que venir. Entonces podré hablar con ella mientras mamá y tú entretienen a Howard y Amelia.
—¡Muy buena idea, hijo! No demos más vueltas a esto y apresurémonos a llevar a cabo tu plan —dijo Thomas, poniéndose de pie. Fue a donde su hijo y le ofreció su apoyo poniendo la mano en su hombro.
Henry se perdió en la mirada relajante de su padre, que le decía que todo iba a estar bien, y sonrió.
—Bien, vamos a planear esto —sugirió Henry.
Ahora muy entusiasmado, tomaron el camino que los sacaría del laberinto. Henry sintió que esta podría ser la única oportunidad de recuperar a Bea.
* * *
Henry estaba muy nervioso y a la vez emocionado por ver a Bea. Si todo sucedía de acuerdo con lo planeado, en menos de tres o cuatro horas ella ya estaría en sus brazos, y por fin podría descubrir si sus labios eran igual de deliciosos como se veían.
Sonrió irónico cuando tuvo la fantasía mientras se veía en el espejo para revisar por última vez su atuendo casual, pues en otros días le hubiera parecido cursi tener tal deseo inocente por una mujer.
Sobre todo, que esa mujer sea Bea.
Ser el heredero a la Corona le ha dado la libertad de estar con quien quiera, y cuanto lo deseé, pues bien sabía que llegado el momento la mujer con la que se divertía no iba a ser aceptada para compartir el trono.
Siempre creyó que tendría tiempo para buscar a alguien que tuviera más virtudes para tal posición.
—Su Alteza, Su Majestad desea que baje para recibir a sus excelencias —interrumpió sus pensamientos el llamado del valet personal de Henry.
—Gracias, bajo en un momento—respondió en lo que tomaba el saco para ponérselo mientras salía.
Trotó por el pasillo para estar a tiempo a lado de sus padres en el salón de recepción.
Al llegar, fue recibido por la complicidad de su padre ilustrada en su mirada y sonrisa —estaba disfrutando haber tenido razón—, y fue a pararse junto a la ventana para ocultar de su madre el nerviosismo.
No estaba seguro de si ella sabía de lo que habló con su padre respecto a Bea y sus sentimientos.
Tan solo pasaron unos minutos cuando los Cavendish fueron anunciados y entraron al salón expresando su gusto por volver a ver a sus amigos. Aun cuando solo habían pasado menos de dos semanas desde la última vez, siempre se saludaban con gusto.
Henry volteó a ver a los Cavendish y notó que Bea no venía con ellos. Buscó la mirada de su padre instintivamente, quien ya lo recibía con gestos igual de confundidos.
—¿Y Bea? —preguntó Lilian.
—No pudo venir porque amaneció enferma y aún está adolorida por la caída —respondió Amelia.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Thomas cuando notó rápido que esa era la pregunta que quería hacer su hijo.
—Sí, solo tiene la incomodidad de la enfermedad. En un par de días estará bien —respondió como si nada Howard.
A Henry le fue muy difícil ocultar su decepción. Todos sus planes se habían venido abajo por algo que no creyó que fuese verdad. Estaba seguro de que Bea estaba enojada y no quería verlo.
Sin embargo, cual fuese la verdad, no había manera de comprobarla, porque los Cavendish jamás dirán que su hija los había menospreciado.
El rey se acercó a su escritorio para dar una orden susurrada a alguien por teléfono. Minutos después, la reunión fue interrumpida por el secretario del rey, notificándole que el secretario del primer ministro deseaba hablar con él.
—Dile que vuelva mañana. Ahora estoy en una reunión —respondió el rey desinteresado. Mostrando así a los Cavendish que eran importantes en ese lugar.
—Su majestad, dice que no puede esperar hasta mañana —confesó el secretario.
—Bien, bien… Mmm, Henry —llamó a su hijo—, atiéndelo.
Henry se sorprendió, al igual que su madre, ya que era la primera vez que su padre le ordenaba que atendiera asuntos del reino en su lugar. Sin embargo, estaba tan decaído que aceptó sin dudar; ese asunto le daría algo en que ocuparse para no pensar en Bea.
Henry salió para dirigirse al encuentro del secretario del primer ministro.
—No hay tal secretario, Su Alteza —reveló el hombre. Por supuesto, Henry estaba confundido—. Su padre me ha pedido que mintiera para poder excusarlo de la reunión con los Duques.
Con tan solo esa revelación, Henry entendió que su padre planeó eso rápido para que él pudiera ir a donde Bea y hablar con ella a solas, como él deseaba.
—¡Perfecto! Ordena que preparen mi auto —pidió.
—Sí, Su Alteza —dijo el secretario terminando con una reverencia y caminó rápido en dirección a un paje para traspasar la orden del príncipe.
Henry subió rápido a su cuarto por su celular, en caso de que lo necesitara.
Estaba tan emocionado y nervioso que apenas podía controlar los latidos de su corazón. Pero lo único en lo que podía pensar era en estar al lado de Bea.
La oportunidad aún existía.