El llamado del árbol Capítulo IX #3
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Capítulo IX #3

Ryenh se acercó a ella. Bea lo miró detenidamente; se sintió muy intimidada por la culpa que le seguían atribuyéndole. Después de todo, él era alto y despedía fuerza, aunque no aparentaba tenerla.

Bea deseó ver debajo de espesa oscuridad que creaba la capucha, tal vez así podría adjudicarle humanidad.

Quizá fue el largo silencio, o la cercanía entre ambos, que llevó a Ryenh a quitarse la capucha. Bea reaccionó con un súbito suspiro, ya que sus ojos azules eran tan hermosos, como si reflejaran la oscuridad de un atardecer. Solo que esa indiferencia hacia ella apocaba su belleza.

No se movió, ya que la observaban con miradas frías y amenazaban con darle una estocada.

Entonces ocurrió algo inesperado, Ryenh enfundó la espada con un movimiento elegante que atrajo la atención de Bea hacia sus manos enguantadas.

Vio un anillo muy antiguo, grabado con un emblema similar al que había visto en el árbol que la trajo a ese mundo.

A diferencia de aquel, este era abrazado por un dragón y mostraba a un león erguido sobre sus patas traseras en el centro.

Si es que existía ese lugar, porque a esas alturas Bea ya empezaba a creer que estaba dentro de un coma causado por la caída del caballo; todo lo que estaba sucediendo estaba fuera de la realidad… O por lo menos lo que ella consideraba como tal.

Era algo que solo se podía leer en los cuentos de hadas que tanto detestaba por narrar «realidades» imposibles de cumplir. Quizás podría encontrar una explicación racional en la biblioteca familiar, pero primero tenía que librarse de esos hombres.

Ryenh la miró durante unos segundos más. Un escalofrío incómodo la recorrió, era como si él la sujetara sin tocarla, con la frialdad posesiva de un acosador.

«Solo podré salir de aquí si suplico», sopesó sus opciones.

De pronto, él suspiró y se alejó con indiferencia.

—¡Ryenh! —llamó Ewart, exigiendo una explicación por su súbita partida.

—Hagan lo que quieran con ella.

»¡No me interesa!... Solo desaparézcanla —ordenó Ryenh sin detenerse al llamado.

—¡No! —gritó Bea con mucho miedo, pero aun así levantó el fuete por instinto, pues acababa de sentenciarla a muerte… Y sintió que él era quien daba las órdenes.

Sabía que no tenía oportunidad contra esos dos hombres, pero no iba a perder la vida sin defenderse con garras y dientes. Tal y como lo hizo esa mujer.

Los dos hombres no se movieron, y solo miraron a Bea y a la mujer que yacía muerta. Estaban analizando cómo deberían actuar ahora.

Bea aprovechó el descuido para huir hacia donde creía que estaba el árbol con la puerta que la haría despertar de esa pesadilla. Escuchó las voces de los hombres que le gritaban que no se marchara, pero ella no hizo caso y siguió corriendo, aterrada.

Sin embargo, volteó de vez en tanto para asegurarse de que ya no la siguieran… pero lo estaban haciendo.

—¡Por favor! ¡Por favor! —no dejó de suplicar, rogando que esta vez no le fallaran las fuerzas antes de ponerse a salvo.

Por suerte, los hombres perdieron el interés en ella y al final la dejaron huir. Aun así, siguió corriendo, aunque su respiración ya era jadeante.

Hasta que, de pronto, reconoció el arbusto al que había roto una rama.

«El árbol está cerca… Solo unos metros más adelante», pensó. Siguió avanzando, trotando esta vez, sin dejar de sentir que las piernas comenzaban a fallarle.

Cuando por fin vio al árbol, hizo un último esfuerzo y cruzó la puerta con el corazón en la mano y la respiración entrecortada.

Su bosque apareció.

Se sintió a salvo al ver los colores opacos y respirar el aire húmedo. Nunca le habían parecido tan hermosos ni tan reconfortantes como en ese momento. Deseó no haber cruzado jamás aquella puerta.

El árbol se movió lentamente hasta unir las dos mitades del sello, tan perfecto y hermoso como si jamás se hubiera dividido. Su brillo se apagó poco después, como si hubiera cumplido la tarea para la que había esperado tanto tiempo.

Bea tragó saliva mientras se alejaba más de él, consciente de lo peligroso que era.

A medida que la distancia crecía, se sintió segura de nuevo. Entonces se volvió y regresó al lugar donde Bellfire la esperaba.

Sonrió dichosa cuando vio a su amigo buscando qué comer mientras seguía a la espera.

—Bellfire —llamó Bea, casi en un susurro. Su amigo levantó la cabeza y la recibió con gusto—. Tenías razón, bonito… Te haré caso la próxima vez que me adviertas.

Tomó las riendas para salir juntos de ahí… en silencio. Luchó contra lo que había vivido y su razón.

«¿En verdad sucedió todo eso?», se cuestionó, pues todo parecía ser una pesadilla muy vivida.

Durante el regreso al castillo a paso tranquilo, decidió no volver a pensar o buscar una explicación a ese mundo, a esa hermosa criatura mágica y a esos tres hombres enigmáticos.

—Caí de nuevo y me desmayé… Solo fue una horrible pesadilla —dijo para sí, muy segura de ello.

Lo extraño era que, a medida que se alejaba, la idea de haberlo imaginado todo se volvía cada vez más convincente.

La pregunta era si aquella mentira impuesta lograría ocultar para siempre la verdad; de que había visitado un mundo secreto.