El llamado del árbol Capítulo IX #2
33%

Capítulo IX #2

Solo que, casi de inmediato, se sobresaltó cuando se escuchó un lamento ahogado. No era un grito humano, era más como un rechinado grave de puerta que subía y baja en su entonación.

Se dio cuenta de que el lamento provenía del arbusto que acababa de lastimar. El bosque no solo aparentaba vida, sino que ¡tenía vida! Una comparable a la de una criatura que respiraba y sentía.

«Será mejor que no toque nada», decidió.

Volvió a escucharse el movimiento, solo que esta vez se estaba alejando. Corrió hacia la dirección del ruido sin preocuparse por marcar el camino de regreso al árbol.

Confiaría en que, si fue llevada a ese lugar por una razón, la harían regresar de igual manera.

No podía regresa, algo dentro de ella se lo prohibía, y ya no se trataba de enfrentar a Henry.

El bosque empezó a cambiar, pareciéndose más a aquel que Bea conocía de su mundo. De tonalidades más oscuras y casi sin vida. Como si estuviera entrando en invierno.

Tal vez, y después de todo, aún estaba en su bosque.

Se detuvo al sentir el aire más frío, y el silencio más tétrico.

—¿Qué estoy haciendo? —se cuestionó, como si su sentido común hubiera regresado. Ya no le gustó la situación y decidió regresar a su bosque; solo esperaba recordar el camino.

Pero, apenas dio un par de pasos más, un ruido la detuvo; se había escuchado muy cerca. Enseguida, sintió una presencia a sus espaldas. Se volvió muy despacio, procurando no alterar a aquello que la había encontrado.

Al levantar la mirada, un gruñido grave la recibió. Su corazón se paralizó al encontrarse cara a cara con un oso polar.

Fue tal su miedo, pero también se preguntaba qué hacia un animal del Ártico en un bosque húmedo.

Por instinto, levantó el fuete como arma; aun sin dejar de ver al imponente animal de pelaje más largo y blanco del que solo ha visto en documentales, y ojos con un azul muy brillante. La rareza del animal era que, entre el pelaje, se distinguían escamas nacaradas que destellaban de vez en cuando.

El animal mostraba curiosidad por ella, tanto que dio un paso, como si quisiera examinarla más de cerca; solo que Bea retrocedió para mantenerlo alejado, y amenazó con más decisión con su fuete.

Entonces, el oso rugió con fuerza, enseñando sus enormes dientes, afilados como navajas y listos para desgarrar carne.

Se levantó en sus patas traseras, haciéndose más intimidante y alto de lo que creyó Bea que sería.

Sus grandes garras, de un tenue color rosado, parecían tan afiladas como un bisturí.

Volvió a rugir en lo que se dejaba caer en posición natural para él. El sonido retumbó con tal fuerza que la asustó tanto que salió huyendo.

Pero el oso la siguió entre jadeos feroces.

Bea no podía gritar porque necesitaba el aire, y terminaría desmayándose.

Pero siguió corriendo sin saber dónde estaba; volteaba de vez en cuando para ver cuánta ventaja le llevaba, aunque no era mucha.

Solo era cuestión de segundos para que el animal la alcanzara y la matara, destrozándola, ya sea con esos filosos dientes o sus inusuales garras.

El animal no parecía cansarse. A diferencia de Bea, quien no le tomó mucho tiempo para que las piernas le fallaran. Sintió los típicos calambres que son el preludio de un desmayo muscular, que la pondría a merced del animal.

«¡Por favor! ¡No me sigas más!... ¡No quiero morir!», se animó a seguir corriendo. Su vida estaba en juego.

Pero su cuerpo estaba agotándose cada vez más rápido. Hasta que sintió que no podía más y una oscuridad comenzaba ya a cegarla; entonces, chocó con algo que la hizo caer de sentaderas. A pesar del peligro, sus piernas agradecieron el súbito descanso.

Al escuchar el rugir del oso más furioso que antes, se puso de pie como pudo.

Pero fue cuando se dio cuenta que no había chocado con un árbol, sino con un hombre encapuchado que desenvainó una espada y amenazó al animal, que se detuvo precavido al ver el filo brillando. Aunque siguió rugiendo amenazante.

Bea, por instinto, buscó protección detrás del hombre.

—¡Largo! ¡Este no es tu reino! —gritó el hombre al animal enfurecido.

El oso pareció entender cada palabra y se tranquilizó. Lo que hizo que el hombre también bajara la guardia, envainando la espada.

Fue un descuido que jamás debió permitirse porque el oso vio la oportunidad de arremeter contra ambos. El hombre reaccionó protegiendo a Bea como si fuera una manta protectora, mientras que ella presintió que era el fin de ambos y se aferró a las ropas del hombre.

Ese era su final.

Entonces, se escuchó un silbido en el viento, seguido por un rugido más salvaje; no había duda de que provenía del animal.

Bea fisgoneó por un hueco que le dejó la protección y vio que otro hombre salió de entre la negrura del bosque con una ballesta en mano, y corrió muy decidido hacia el animal al tiempo que le gritaba para alejarlo de ellos.

Otro hombre emergió de entre los árboles con la espada en mano. Caminaba con absoluta calma, moviéndose como si ensayara el golpe perfecto para matar. Ninguno tenía miedo de la ferocidad del animal.

Sus estocadas fueron rápidas y precisas, pero el animal las rechazó con zarpazos violentos.

El ataque era tan horrible que Bea sintió en su corazón cada gruñido, ya fuese animal o humano, como una daga que le cortaba la seguridad de que no iba a salir viva de eso. Si tan solo no se hubiera dejado llevar por la curiosidad.

Se aferró más al hombre esperando su final. Sin embargo, segundos después, el silencio reino y se escuchó que el oso cayó, soltando un último quejido que le pareció humano.

El hombre que protegía a Bea la liberó, permitiéndole así ver a los otros dos extraños, aún envueltos en sombras.

Vestían abrigos largos de tonos oscuros, con capas de cuero envejecido que crujían suavemente al moverse.

Bajo las capas, había destellos metálicos que revelaban la presencia de armas ocultas.

Las capuchas cubrían casi por completo sus rostros, dejando apenas visibles sus labios y barbas de media tarde.

Parecían una extraña mezcla de nobleza renacentista y depredadores urbanos. Cazadores surgidos de las ilustraciones de los viejos libros de fantasía que Bea leía de niña.

—¿Están bien? —preguntó el hombre que la protegió, olvidándose de ella.

—Gracias —dijo ella con timidez mientras recogía el fuete del suelo. Los tres hombres respondieron a su voz, y la miraron como si recién comprendieran que la habían salvado.

—Milady, ¿puede decirme qué hace aquí? —cuestionó el hombre que llegó primero a ayudarla.

Su voz era tan suave que volvió a sentirse protegida.

Bea no supo qué responder, pues la verdad era inexplicable.

Balbuceó tanto que el hombre no dudó en acercarse a ella como si tratara de escuchar mejor sus palabras para entenderle.

Ella guardó silencio cuando el hombre que había matado a esa criatura, tan hermosa como peligrosa, se acercó y revisó algo en su cuello.

Bea alcanzó a ver una joya, cuya piedra, del mismo color de los ojos del oso, estaba fracturada. Por alguna razón, comprendió que ese animal estaba muerto.

El hombre sujetó la flecha que estaba en el corazón del animal y se dispuso a sacarla. Pero se lo prohibió el hombre que aun traía en sus manos la ballesta con elegantes adornos dorados, hecha de un material que parecía tan duro como el hierro.

La advertencia fue demasiado tarde, porque el hombre de la espada ya tenía la flecha en mano.

El animal liberó un gemido imposible para un ser ya muerto, e hizo que el hombre se retirara apresuradamente y tomara posición de ataque con la espada, que había puesto en el suelo.

Una neblina apareció de la nada para rodear al animal. Dentro de ella, se escuchó el crujir de huesos que parecían formar algo nuevo. Era un sonido tan torturante que de seguro sería acompañado por estruendosos bramidos, si es que el oso no estuviera muerto.

Bea dio un paso para ver que sucedía detrás de esa neblina, que fue desvaneciéndose poco a poco hasta revelar a una mujer de cabello rubio, muy claro, y piel tan sedosa como la porcelana; llevaba puesto un vestido blanco de tela fina con adornos plateados en las mangas y en el cuello.

Era hermosa. Muy hermosa. Casi celestial… Y no parecía muerta, sino durmiendo plácidamente.

—¿Qué has hecho, Ryenh? —cuestionó el hombre que protegió a Bea con una entonación agresiva, a pesar de que el rostro que débilmente veía era muy joven y amigable para tal reacción.

El hombre de la ballesta se hincó junto a la mujer y buscó algo en su cuello. Tras encontrarlo, se puso de pie con agresividad y caminó decidido al hombre que se llamaba Ryenh.

—¡No es un rabe, sino una fyrai!… ¡En Dihe! —exclamó Ryenh, desconcertado, mientras señalaba a la mujer sin vida.

Estaba defendiéndose de la culpabilidad que le estaba imponiendo, pero compartían con él.

«¿Qué es una rabe y una fyrai?... ¿Y qué demonios es Dihe?», se preguntó Bea.

—¡Y la has matado! —reprendió el hombre que protegió a Bea. Retiró la capucha para revelar por fin sus gestos amenazantes.

Bea se sintió atraída al instante por el hombre que era tal vez dos años mayor que Henry.

Era un hombre atractivo, de facciones marcadas, piel clara y cabello castaño oscuro peinado con un descuido elegante.

Sus profundos ojos color café claro, los labios delgados y sensuales y la mandíbula definida le otorgaban una apariencia intensa y sofisticada.

—Solo terminé lo que empezó Adalwin —respondió Ryenh sin intimidarse por su amigo. Seguía ocultando su rostro, aunque su voz era autoritaria—. Si quieres culpar a alguien por la muerte de la fyrai, Ewart… ¡Hazlo! La culpable la tienes detrás de ti —agregó, señalando a Bea con la espada.

El otro hombre, el de la ballesta, y Ewart voltearon a ver a Bea en sincronía. De pronto, fue como si por fin vieran la verdad de que ella no era de esa tierra; sus miradas la recorrieron de pies a cabeza.

—Yo… No sé cómo… —balbuceó temerosa Bea; fue amedrentada por la agresividad que emanaba de los tres.