Capítulo IX
Bea estaba bien, solo había sufrido algunos golpes y rasguños. Sin embargo, su orgullo estaba seriamente lastimado.
Aun sentada en la camilla, esperando a que el mareo pasara un poco, ordenó a su caballerango que preparara todo para regresar a casa de inmediato.
Había perdido la competencia y no tenía caso aguardar a que esta terminara.
Además, estaba cansada de los cuchicheos que no paraban de especular por qué ella había perdido la concentración tras la llegada sorpresa de Henry, y, lo más importante, qué estaba haciendo él y Haley ahí.
Estuvo en silencio durante todo el camino a casa. Al bajar del auto, caminó como si alguien controlara su andar. El dolor aún no era tan intenso como para incapacitarla al caminar.
—Señorita, vaya a descansar —sugirió el caballerango cuando se cruzó con ella. Aunque sonó más a una orden que a una sugerencia, ella lo obedeció sin objetar.
Por lo general, tras una competencia, Bea siempre pasaba un rato con Bellfire para mimarlo. Pero esta vez lo único que quería hacer era encerrarse en su cuarto y no ver ni saber de nadie. Quería olvidarse de lo sucedido, que desapareciera como se borra un error escrito.
Por suerte, el servicio no la molestó cuando la vieron cabizbaja.
Cerró la puerta de su cuarto, colocando antes el distintivo para avisar que no fuera molestada, y encendió el televisor que tenía en su sala.
Pero fue un gran error porque la noticia del encuentro entre Henry y Haley era noticia del momento. Entonces, apagó enfurecida el televisor y salió corriendo del castillo para ir a las caballerizas.
Ordenó que le prepararan su caballo de inmediato, quería escapar a un lugar en donde solo podían estar ella y su fiel amigo. El caballerango objetó la salida de Bellfire, pues también estaba un poco lastimado, pero Bea le gritó que la obedeciera.
—Señorita, él no podrá cabalgar rápido —objetó el caballerango, pero la mirada enojada de Bea le siguió gritando que cumpliera la orden.
El hombre no tuvo más remedio que ensillarlo rápido, pues nunca la había visto tan enojada como en ese momento.
Bea montó a Bellfire y le dio la orden de correr. La unión entre ambos hizo que el fiel amigo sintiera la tristeza de su dueña, y la alejó de todo lo que le recordaba a Henry.
Galoparon por un largo rato a orillas del bosque que estaba cerca del castillo.
El aire frío le golpeó el rostro en un intento inútil por calmarla.
Quería gritar y maldecir a las dos personas que le rompieron el corazón.
Incluso al rey, porque, de no haber abierto la boca, ella habría seguido siendo feliz con la indiferencia de Henry.
Pero ya no iba a prestarse a sus caprichos. Y podía olvidarse de su fantasía de obtener el dinero de los Cavendish.
Irónicamente, Haley le había dado la excusa perfecta para romper el compromiso, y esta vez su padre la apoyaría.
Bellfire se detuvo bruscamente ante una bandada de pájaros que salió de entre la oscuridad del bosque.
Asustado, se alzó para protegerse. Bea estuvo a punto de caer, pero, a pesar de que todavía le dolía el cuerpo, logró mantener el equilibrio.
Cuando Bellfire bajó, desmontó rápido para tranquilizarlo acariciando su testuz[1], solo que él seguía relinchando y zangoloteándose para rechazar la caricia.
Ya estaba cansado de tanto maltrato, aun cuando Bea no tuvo la culpa esta vez de que se haya asustado.
—¡Está bien! Merezco que estés enojado conmigo —dijo Bea sin dejar de acariciarlo—. Estoy triste, Bell.
»Me lastimaron… en público.
El caballo se calmó al sentir que ella hacía todo lo posible por no derrumbarse.
Otra bandada de pájaros salió del bosque y revoloteó entre ellos. No eran pájaros cualesquiera, sino cuervos, y se veían muy agresivos.
Bea estaba a punto de volver a montar a Bellfire para salir de ahí, cuando algo brilló de entre la oscuridad del bosque, atrayendo su curiosidad. Los cuervos regresaron al bosque.
—¿Qué es eso? —murmuró Bea, dando un paso dubitativo.
Bellfire relinchó de tal manera que parecía advertirle que no entrara, y que siguiera cabalgando hasta que ella se sintiera mejor.
Era muy insistente con alejarse.
—Está bien… está bien. Vámonos —cedió ante la petición del caballo y se preparó para montar.
Entonces, aquella melodía que la ha lastimado se escuchó en un susurro delicado que no parecía humano, sino un canto tenue, como el de un ave que formaba palabras, apenas perceptible.
—Esa melodía… ¿Por qué me aterra?… ¿Bell, la escuchas? —preguntó a su caballo, dudando. Podría estar sufriendo una contusión que la hiciera alucinar.
Pero ahora, mientras el susurro persistía, el tenue brillo se intensificó.
—Regreso en un momento… Solo quiero ver qué es lo que está brillando… Quédate aquí, bonito —dijo a su amigo mientras hacía a un lado unas ramas de un arbusto que parecían esconder una vereda abandonada.
Siguió el camino como si estuviera hechizada. No podía detenerse, por mucho que las ramas le golpearan los brazos.
Algunos metros dentro del bosque, se dio cuenta que Bellfire venía siguiéndola. Estaba por ordenarle que regresara, cuando el susurro reclamó su atención de nuevo.
El caballo inclinó la cabeza, animándola a continuar.
—¡Bien! Pero si vas a venir, entonces te encargarás de cuidarme la retaguardia —ordenó al caballo.
Bellfire asintió muchas veces.
La vereda fue haciéndose más y más angosta hasta el punto de que a Bellfire le costaba avanzar.
—Espera aquí. Aún sigo viendo el destello… y escuchando esa melodía —dijo Bea haciendo de nuevo a un lado unas ramas.
Siguió abriéndose paso despacio, entre arbustos y maleza. Hasta que pronto llegó a un árbol frondoso y grande al final de la vereda.
La melodía cesó sin un final, solo se detuvo. Bea retrocedió un poco para inspeccionarlo, porque parecía cerrar ya el camino.
Era un árbol extraño, una unión de un roble con un cedro. Nunca había visto algo así en el reino ni en el continente, en donde ha visto arboles muy hermosos.
Además, despedía un aroma a pino, lo cual era igual de extraño.
De entre el tronco, a la altura de los ojos de Bea, aún estaba el ligero fulgor que era cubierto parcialmente por corteza.
Bea tomó su fuete y golpeó con fuerza la zona con el mango.
La corteza cayó, revelando un emblema de oro incrustado en la madera.
Limpió la zona para ver el emblema con mejor detalle.
Era un círculo en donde varios ornamentos barrocos abrazaban el emblema de un frondoso árbol dividido en dos. Bea reconoció que era el mismo árbol que estaba frente a ella.
El emblema tenía un trabajo perfecto y detallado, tanto que Bea se animó a tocarlo.
Entonces, un destello se intensificó hasta casi cegarla. Se arrepintió tanto de haberlo tocado que retrocedió con torpeza.
El emblema se partió en su parte media y se escuchó un crujir lastimero que la hizo retroceder todavía más hasta tropezar y caer de asentaderas. El árbol comenzó a dividirse en dos, haciendo temblar la tierra. Lo curioso fue que los animales del bosque no huyeron por el peligro inminente.
Se cubrió ante lo que pudiera caer sobre ella.
Las hojas arrancadas cayeron sobre ella como copos de nieve. Se levantó despacio, sin apartar la mirada del árbol, mientras que sentía que el temblor disminuía poco a poco hasta desaparecer.
Era hermoso lo que sucedía, pero también aterrador porque el árbol estaba cobrando vida.
Tan solo segundos después, el rompimiento se detuvo y reinó un silencio aún más extraño.
Bea se asomó por el indicio de una puerta, que dejaron lo que ahora eran dos árboles unidos solo por sus raíces y ramas.
No vio nada extraño, el escenario posterior encajaba perfectamente con el que la rodeaba.
Dado que los árboles ahora cortaban el camino, no pudo rodearlo para saber que había detrás. Tenía dos opciones: Regresar a casa y olvidarse de lo que vio, o atravesar aquella puerta con la idea de salir al otro lado del camino.
Miró a su espalda, ya no escuchaba a Bellfire llamándola. Al darse cuenta de que estaba sola, sin nadie que la detuviera, su curiosidad se intensificó.
Requirió un poco de valor, pero finalmente decidió atravesarlo.
Los pasos fueron temerosos, pero también curiosos.
Todo cambió tan pronto puso un pie en el otro lado. Lo que había visto como una continuación del bosque, cambió por otro de colores verduzcos brillantes, como si la primavera estuviera en pleno apogeo en ese lugar.
El pasto era ligeramente alto y tenía rocío en cada hoja; al parecer, acababa de lloviznar. El sol se colaba de entre las ramas de los árboles, acentuando la vida que se podía ver claramente en cada hoja.
Se volvió hacia el hueco que había cruzado. Esperaba ver el bosque del que provenía, pero ahora solo veía la continuación del nuevo escenario.
—¿Dónde estoy? ¿Es el mismo bosque? —se preguntó en voz alta para reconocer la nueva realidad. Miró a su alrededor de nuevo.
Ahora una de las opciones que tenía había cambiado. Pero sabía que, si regresaba a su casa, tarde o temprano se iba a arrepentir de no haber explorado ese nuevo bosque en el que estaba.
Además, no quería enfrentar las mentiras de Henry, pues en algún momento él la iba a buscar para seguir mintiendo. Así que siguió el camino que parecía la continuación del que dejó tras cruzar; adentrándose despacio sin dejar de admirar todo a su alrededor.
Puso atención al melodioso canto de algunos pájaros, al menos sonaban como tal. Sin embargo, estos callaron de golpe, como si alguien los hubiese silenciado a la fuerza.
Bea se detuvo y escuchó con atención. Entre el silencio, percibió el crujido de unas ramas. No estaba sola en el bosque.
Estaba muerta de curiosidad por saber quién estaba merodeando también, pero no quería alejarse mucho de la extraña entrada o se perdería. Ya que, si el árbol se abrió por arte de magia, el camino podría desaparecer igual.
Decidió usar la estrategia de Hansel y Gretel; solo que, en lugar de usar migajas de pan, rompería ciertas ramas de los arbustos para marcar su camino.
Escogió el primer arbusto a marcar, buscó una rama que sobresaliera lo suficiente para que su ruptura fuera visible cuando buscara el camino de regreso. Tomó la rama y la rompió.