El llamado del árbol Capítulo VII
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Capítulo VII

Mientras Bea subía al auto, el celular le notificó que tenía un mensaje. Su corazón se aceleró cuando vio quién se lo había enviado; pero después tuvo un ataque de nervios al leer una promesa inesperada, a la que no supo qué responder.

Su confusión llegó a un punto durante el día que no sabía cuáles eran las verdaderas intenciones de Henry. La había hecho sentir cosas que jamás había experimentado con un hombre estando solos, y después solo compartió con ella miradas que la hicieron avergonzarse de haber ofrecido sus labios.

No es que Bea se destacara en la sociedad por ser noviera. Incluso la consideraban aburrida, a pesar de ser alguien importante en la sociedad, pues se creía que quienes pertenecían a la nobleza disfrutaban de una vida privilegiada y tenían acceso a todo. El mundo era de ellos.

Su única experiencia en la materia se reducía a un fallido encuentro con un amigo con quien había decidido perder la virginidad. Por suerte, antes de que todo iniciara, se enteró que él solo se había acercado a ella por interés.

No le importó en un principio, pues él le gustaba mucho y quería quitarse de encima la presión que sus amigas le impusieron al ridiculizar su virginidad.

Pero entró en razón al darse cuenta de que estaba por regalar algo valioso, que podría llevarla por un camino de abuso por otros hombres.

No se arrepintió de su decisión pues, a partir de ese momento, tal y como temió, creció el interés de los hombres por ella, sin ocultar sus verdaderas intenciones.

Por suerte, en ese entonces, Jocelyn la ayudó al hacer correr un rumor que ahuyentó a los cazafortunas: Aquel que quitara la virginidad a Bea, tendría que pedir su mano en matrimonio. De lo contrario, el poder de los Cavendish caería sobre él y su familia.

Por supuesto, hubo algunos que la vieron como un reto con un suculento premio como ganancia, pero ella fue firme con su rechazo todo el tiempo.

Pero no sabían que debajo de la máscara de mujer virgen, fría y calculadora, estaba una joven inexperta y temerosa de sus propios sentimientos.

Esa tarde iba a experimentar su primer beso con un hombre del que se sentía ya muy atraída, y que, con cierta ironía, no podía humillarla en ese campo, pues ya tenía su mano en matrimonio.

Tal vez no sería de amor aún, pero si uno del que se ha preguntado cómo sería sentirlo desde que empezó a aceptar su atracción hacia él.

Y si se comparaba con el de su sueño, entonces, estaba condenada a enamorarse.

Al final, decidió no responder, porque no estaba preparada para lo que fuera a surgir de esa conversación.

Se arriesgaba a que Henry perdiera el interés, tal y como lo dictaba su fama, pero concluyó que, a la larga, sería lo mejor; ya habría una excusa razonable para cancelar el compromiso.

Su miedo la acorraló en la inseguridad y certeza de que la iban a usar, y probablemente lastimar, para obligarla seguir rechazando cumplir una promesa ajena.

Al día siguiente no tuvo oportunidad de pensar en lo sucedido durante el picnic. Las prácticas de salto empezaron a ocupar toda su atención.

Ya entrada la tarde, fue llevada de regreso a los departamentos de la universidad. Estaba exhausta y solo pensaba en una buena ducha caliente y en dormir.

Cuando ingresó a la universidad, Bea pidió a su padre vivir en un departamento cerca del campus, pero él se negó con la excusa de que tenía que convivir, crear conexiones personales, y no seguir viviendo encerrada en su caparazón solitario. Los dormitorios eran ideales para ello.

Tras que Jocelyn también se mudó a los dormitorios, disfrutó ya su vida universitaria.

Los días pasaron con su habitual cotidianidad. Solo que, para no pensar en él, Bea se ocupó más con sus estudios.

—¡Bea!... ¡Ven a ver las fotos de ayer! —llamó Jocelyn cuando pasó por la sala común, tras haber ido a caminar sola mientras tomaba café.

Su amiga y otras compañeras pasaban las últimas horas del fin de semana junto a la chimenea, mientras conversaban, leían, veían televisión, o simplemente jugaban juegos de mesa.

Jocelyn estaba rodeada de algunas compañeras que invitaron al picnic. Bea se acercó, tratando de ignorar los comentarios que alcanzó a escuchar acerca de lo sexy que se veía Henry con el uniforme de polo.

Los celos terminaron de convencerla de que sentía más que una simple atracción por Henry.

—¡Vaya suerte que tiene su novia! Me pregunto cómo lo atrapó —exclamó una de las compañeras.

Bea volteó a ver a su amiga, quería compartir con ella una mirada de complicidad, pero recordó que nadie podía saber que ellos dos estaban cuasi comprometidos desde niños.

Aunque reconoció que hizo bien en no seguir el juego que él quiso iniciar con un mensaje. Por ahora, estaba a salvo de tener que hablar con él.

Durante su escrutinio días atrás, acerca del origen del compromiso, concluyó que fue mantenido en secreto por sus padres por años para que ambos hijos no fueran acosados por la prensa durante su vida diaria. Sobre todo, cuando llegaran a la edad casadera.

Los amores de Henry siempre han sido noticia de primera plana. Algunos eran tan escandalosos que dieron asco a Bea en su momento. Ahora estaba molesta porque ella siempre tuvo la mala suerte de ser ridiculizada, mientras que él fue amado por todas.

Pero parecía que ahora Henry había aprendido de ella y ha mantenido en secreto una novia que solo se conocía por rumores.

Se preguntó quién era ella, y si Henry la amaba. Y fue precisamente la última pregunta la que hizo que aquellos celos ya implantados le revolvieran el estómago, y también la enojó porque ahora entendía por qué Henry no la quiso besar.

No quería engañar a su novia.

Pero ¿a qué estaba jugando Henry? ¿Por qué alborotó su corazón con solo una caricia y un beso inocente? ¿Por qué intentó besarla con pasión? ¿Por qué la acosó con miraditas furtivas después de insinuarle que quería intentarlo con ella? ¿Por qué le prometió ir a su competencia?

—¿Bea, sucede algo? —preguntó Jocelyn, quien de seguro ya había notado el ensimismamiento en el que su amiga ha estado por días.

—Nada. Voy a descansar… Tuve un día muy ocupado —se excusó, retrocediendo para ir a su cuarto apresurada.

Se acostó en la cama para descansar, pero no pudo hacerlo.

Entonces, fue a la ventana para admirar el parque que estaba a unas calles de ahí.

La oscuridad era total y un ligero siseo arrullaba melódicamente.

Bea siempre ha devorado esa tranquilidad para relajarse, pero no tenía efecto en ella en ese momento.

Los recuerdos en las caballerizas seguían regresando para seguir frustrándola. Tanto así que no escuchó que tocaron la puerta.

—¿Qué te sucede, Bea? Has estado en el limbo toda la semana —preguntó Jocelyn cuando cerró la puerta; traía su laptop bajo el brazo. Fue directo a echarse a la cama.

Bea volteó a verla desorientada en lo que su amiga le repetía la pregunta. Sin responder aún, fue a echar cerrojo a la puerta, revisando antes que no hubiera nadie en el pasillo que pudiere escuchar tras la puerta, y le confesó sin rodeos el secreto de su compromiso aún no anunciado.

Por lo menos, se sintió un poco liberada del peso del secreto.

—¡No puedo creerlo! ¡Vas a ser una princesa!... Que digo princesa, ¡vas a ser reina! —exclamó Jocelyn muy emocionada.

Bea la calló con severidad. Su estómago se retorció de miedo a que alguien haya escuchado allá afuera. Ya no decir que le dio más obligaciones de las que ya tenía.

—Jocelyn, no agregues más cosas para alimentar a mi confusión —suplicó antes de restregarse agobiada la frente.

—¿De qué estás hablando? ¿Vas a ser esposa del hombre más deseado del reino? —cuestionó Jocelyn sin entender tanto pesar. Ya que eso era lo que toda mujer del reino deseaba. Incluso ella lo llegó a desear antes de conocer a Daniel.

Bea escondió el rostro, la ansiedad del encadenamiento la lastimó.

—¡Oh, no! No lo amas —lamentó Jocelyn.

—¡No! No es eso… Bueno, ¡no lo sé!

»Joss, estoy tan confundida. Lo he odiado por muchos años y, desde que me dieron la noticia, no he dejado de tener sueños en donde me besa… Y han sido tan perfectos que tengo que agotarme en actividades para no pensar en él.

—¡Mmm! Eso explica por qué llegué a sospechar que te estabas drogando, porque estabas muy hiperactiva.

—Hubiera tenido el efecto contrario. —Bea gruñó en frustración—. Su sola presencia me hace temblar de nervios, y me confunde porque ahora no puedo odiarlo.

»¿Y qué hizo para agravar todo? ¡Trató de besarme!... ¡Y acabo de enterarme que tiene novia!

—¡No, no, no! ¡Esto no se queda así! Mmm, voy a aclarar esto de una vez —dijo Jocelyn. Se sentó y tomó su laptop que había puesto a un lado suyo.

Bea regresó a la ventana y escuchó a Jocelyn salir y regresar poco después, enseguida, el tecleó.

—¡Hola, Dan! —saludó emocionada Jocelyn.

Bea se asustó, pero también se interesó por la videoconferencia que su amiga había iniciado. Solo que en lugar de ser participe, se escondió sentándose detrás de la laptop.

—Hola, Joss. ¿Qué sucede?

Bea notó entusiasmo en la voz de Daniel. ¡Quien fuera ellos para coquetear sin consecuencias!

—Necesito que me aclares un rumor que ronda en la universidad… Acerca de la novia de Henry.

—¡Ah! ¿Ya se enteraron? —cuestionó Daniel, sarcástico.

—Sí.

—En realidad, no hay nada que contar, bonita.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Jocelyn confundida, pero no por la respuesta, sino porque la llamó con un apelativo romántico.

—Que ya no hay tal novia —respondió Daniel, ignorando que se le había escapado el coqueteo.

—¿Qué?... ¿¡Cómo?!

—Henry cortó con ella anoche. —Jocelyn sonrió de oreja a oreja, y el corazón de Bea tuvo un súbito tamborileo de emoción—.

No fue una ruptura agradable. Según Henry, hubo mucho llanto y reclamos…

Supongo que Haley ya se veía con la corona en la cabeza —concluyó Daniel.

Su tono parecía burlarse de la ingenuidad de aquella mujer.

—¿Y no te comentó Henry por qué cortó con ella?

Bea le prohibió rápido con gestos que le contara a Daniel lo que había sucedido con Henry el día de la reunión.

—No —respondió Daniel con una naturalidad que escondió perfectamente el secreto del compromiso. No sabía si Jocelyn estaba al tanto de eso.

—Dile la verdad —se escuchó la voz de Henry en el trasfondo.

Bea se puso de pie de inmediato al reconocer su voz, como si él hubiere salido de entre la oscuridad de una de las esquinas del cuarto para enfrentarla. Su corazón pasó de nervios a miedo.

—¿Estás seguro? —cuestionó Daniel.

—Sí —respondió Henry.

—Bien, si es lo que quieres. —Daniel soltó una risa irónica callada y confesó—: La verdad es que mi amigo está muy interesado en tu amiga.

—¿Cuál amiga? —preguntó Jocelyn con ingenuidad.

—¡Vaya pregunta! ¿Cómo cuál? —exclamó Daniel, aun irónico—. ¡La que está en ese cuarto escuchando la conversación!

Bea pegó carrera para cerrar la laptop de un manotazo.

—¡Bea! —se quejó Jocelyn tras que machucó sus dedos.

—Lo siento… ¡Nos descubrió! —se excusó ella, estaba temblando.

Pero, mientras Jocelyn seguía quejándose del golpe, Bea se dejó caer de espaldas sobre la cama, embriagada por la felicidad.

Tan solo unas semanas atrás Henry le era indiferente, alguien que ya estaba saliendo de su vida de nuevo, y ahora no podía creer que él fuera libre y que estuviera interesado en ella.

Por el momento, no quiso pensar en el dolor de esa mujer, porque la felicidad de uno a veces solo era alcanzada con la infelicidad de otro.

—Creo que lo has confirmado ya… Sí sientes algo por él —comentó Jocelyn al notar los gestos esperanzados de su amiga.

Bea soltó una risa tonta y sacó su celular. Buscó el mensaje de Henry para releerlo algunas veces mientras sonreía con ilusión. Su imaginación ya había viajado hasta el día de la competencia y había creado un escenario en donde terminaría el día siendo la novia de Henry.

Ganar la competencia había sido su objetivo días atrás, la obsesión que alejó al príncipe de su mente.

Ahora no le importaba. Es más, no quería siquiera participar porque no quería que nada, ni siquiera un accidente sorpresivo, opacara o cancelara la oportunidad de escuchar la pregunta de los labios de Henry: ¿Quieres ser mi novia?

—Joss, muéstrame las fotos de ese día —pidió Bea a su amiga, muy entusiasmada.

—Sí —respondió abriendo con cuidado la laptop, la cual se prendió al instante y mostró la aplicación que había usado para llamar a Daniel: estaba desconectado. Aun así, se aseguró de que así fuera y luego buscó la carpeta con las docenas de fotos.

Fueron viéndolas una por una, sin dejar de comentar el momento atrapado por la cámara. Jocelyn reconoció a Bea que Henry se veía diferente en las fotos, solo que ella lo adjudicó a que estaba entre amigos y estaba feliz. Cuando, en realidad, fue Bea quien lo puso así.

Sus compañeras de clase tenían razón. Henry se veía tan atractivo con su uniforme de polo, casi como un sueño cumplido.

Pidió a Jocelyn que le enviara a su celular solo aquellas en donde Henry estuviera solo. Quería pruebas que le recordaran que él había coqueteado con ella todo el día.

—Iré a cenar algo, ¿quieres acompañarme? —preguntó Jocelyn tras el rato que Bea estuvo hipnotizada por las fotos; se levantó de la cama con su laptop en mano.

—Sí, vamos —respondió Bea, dejando el celular en la mesa de noche. Decidió que las contemplaría, y suspiraría con más detenimiento cuando estuviera sola.

Ahora sentía un tipo de libertad diferente, y quería compartirlo al fin con su mejor amiga. El hombre que le gustaba ya estaba en vías para amarla.

De camino a la sala común, retomaron la conversación de los dos hombres que las tenían con sonrisas ya.

La felicidad ya era una realidad en ese momento.