Capítulo VI #2
Por desgracia, los encuentros dieron a entender a Haley que la relación avanzaba por caminos más públicos. Pero lo que ella no sabía es que, a pesar de la mortificación de Henry, dicha relación tenía que terminar antes del cumpleaños de Henry.
Porque ese sería el gran día en que se haría oficial dicho compromiso, estuvieran o no de acuerdo.
Si de algo estaba seguro era que no amaba a Haley… Y jamás logrará amarla.
Se retiró frustrado porque quería ir más allá con Bea, y acabar de una vez con la tensión entre los dos. Refunfuñó, porque sus decisiones lo estaban conteniendo.
—¿Qué sucede? —preguntó Bea. Nunca imaginó que ella se desilusionaría porque no la besó. Era un rayo de esperanza para aliviar su indecisión.
Henry se restregó la frente mientras respiraba con agresividad. Aunque no quería dar explicaciones, tenía que darlas porque Bea podría pensar que este era otro de sus juegos para molestarla.
—No puedo… —calló cuando sus latidos se alteraron en el momento que ella se acercó de nuevo para buscar el beso.
Pero él la detuvo tajante, por mucho que deseara sujetar su rostro para besarla con aquel deseo que asentaría que ya no la odiaba y que no quería ya separarse de ella.
Al menos se dejó perder dentro de su mirada desilusionada que aún le exigían una explicación por su actitud.
—Temo que, si te beso, no habrá forma de dejarte ir después —confesó con las palabras correctas.
—Entonces, no me dejes ir —respondió Bea, sonriendo feliz. Ya que estaban en un momento muy íntimo, se atrevió a acercarse hasta sujetarlo por la cintura para ponerse de puntas y ofrecer sus labios.
Henry sonrió entusiasmado porque ella le estaba demostrando que era una mujer con deseos maduros. También estaba dispuesta a descubrir qué había entre ellos.
¡Pero no podía hacerlo! Así que solo terminó besándola en la frente. El beso tierno de un novio devoto.
Por suerte, en ese instante, entraron los dos caballerangos que traían más caballos que se usaron en el partido de polo.
No presenciaron el momento romántico de ambos jóvenes, quienes solo se apresuraron a cruzar las caballerizas como si fueran dos grandes amigos que conversaban y regresaban a la reunión.
Ambos caminaron en silencio hacia el área donde aún estaban los amigos celebrando. La tensión se sintió en el aire, pero era diferente al que compartieron antes, era una que los empujaba a acercarse.
Se estremeció en placer cuando su mano rozó la de ella sin planearlo. Solo que ahora, con la seguridad de que no iban a rechazarlo, en lugar de retirar la mano, dejó que uno de sus dedos atrajera el de Bea.
Fue un alivió que ella no lo soltara. Por el contrario, sonriera con timidez en lo que bajaba el rostro para esconderlo con su sedoso cabello oscuro.
Su corazón le decía que el inocente agarre de manos era el cimiento de su futura relación con ella. Le pareció extraño que estuvieran dando pasos tan pequeños, que en otra ocasión lo hubieran aburrido hasta el punto de dejar a la mujer en turno.
Algunos pasos después, Bea retiró la mano con agresividad y simuló acomodarse un mechón de cabello cuando escuchó a las amigas de Henry llamándolo.
—Ve con ellas —se apresuró a decir ella.
Henry notó un toque de celos en su voz, pero terminó obedeciéndola. No quería que sospecharan que algo estaba ocurriendo entre ellos dos.
Aun no.
Llegó con las jóvenes que lo felicitaban por lo bien que había jugado, aun cuando haya perdido. No paraban de reír y elogiarlo.
Al principio, fueron sutiles, pero Henry sintió pronto las palabras seductoras, y le pareció incómodo que Bea fuera testigo de tal descaro. Desde su punto de vista, sentía que le estaban faltando el respeto.
«Irónico», pensó.
El encuentro con ella lo había sumido en una fidelidad incondicional.
—¡Hal! —llamó Daniel.
—Me disculpan —dijo Henry muy formal a las jóvenes que le rogaron que no se marchara.
Aun así, se retiró, pero agregó una sonrisa amigable para que no sintieran que estaba huyendo de ellas.
Supo ocultar el suspiro de alivio al sentirse libre ya del protocolo.
—Gracias por alejarme de ellas —dijo a su amigo mientras chocaban palmas sin razón aparente.
—Amigo, tu cara lo decía todo —comentó Daniel antes de reír con ligereza—. Jamás he conocido a alguien que la atención femenina le fuera una tortura.
—Si… Bueno, como sabes, ya no soy un hombre libre para recibir tales atenciones —balbuceó Henry en lo que se acercaba a la mesa en donde se habían quedado los celulares de todos los jugadores.
Tras tomar el suyo, descubrió de inmediato un mensaje de su futura «expareja», pero lo ignoró y echó el celular al apretado bolsillo de su pantalón.
Suspiró angustiado de lo que tenía que terminar pronto.
Daniel se carcajeó porque sabía bien que su amigo ocultaba algo más.
—No puedes engañarme, Hal. Sabes muy bien que tu relación con Haley es solo para pasar el rato en lo que tu verdadera condena es oficial —comentó Daniel, tanteando los sentimientos de su amigo.
Henry soltó una risita irónica. Si su amigo tan solo supiera que estuvo a punto de besar a su verdugo, y que la frustración que aún sentía era porque no podía estar con ella en ese momento.
Deseaba besarla e ir más allá.
—No me refería a ella, pero… —resopló Henry—. Por cierto, es momento de terminar esa situación esta noche.
—¿Crees que acepte el rompimiento?
—No, pero no tiene otra opción… ¿O sí? —consultó Henry ligeramente bromista al final.
Él siempre tuvo el destino de sus relaciones en sus manos… Las mujeres no podían exigir fidelidad y exclusividad porque se consideraba un chantaje hacia el príncipe, y era penado.
Por eso, Henry siempre tuvo cuidado de que las relaciones no dieran pie a tales demandas.
—No… ¡Ya veremos qué pasa! Mientras tanto, olvida ese problema que te espera y divirtámonos —sugirió Daniel, tomando por el hombro a su amigo para animarlo más. Aunque Henry lo sintió como compasión.
De todo el grupo de amigos, solo él sabía lo que Henry pensaba acerca del compromiso irrompible. Aunque todavía no sabía que un simple beso en la frente bastó para hacerlo cambiar de opinión.
Daniel lo había escuchado quejarse por años de no tener la misma libertad, por ser el príncipe heredero, y ahora no podía explicar a su amigo por qué se quedaba pensativo cada vez que veía a Bea.
Por mucho que necesitara hablar, no era el momento.
El resto del día pasó entre bromas, música, comida y conversaciones amenas.
Sin embargo, de vez en tanto, Henry buscaba a Bea; y cuando la encontraba, toda su atención se posaba en ella hasta el punto de incomodarla.
Ya que no podía besarla, por lo menos le diría con la mirada cuánto le gustaba y deseaba estar con ella.
Cada sonrisa tímida, cada movimiento brusco por parte de ella al descubrirse mirándolo, hacían que infinidades de agradables escalofríos recorrieran su espalda.
Varias veces intentó que la casualidad los reuniera de nuevo, pero siempre se interponía alguien.
Aún no era el momento para hablar.
Al caer la noche, los amigos fueron despidiéndose poco a poco. No tardó en llegar el turno de Bea, quien se acercó muy nerviosa junto con su amiga Jocelyn. Henry observó con discreción que ella esperaba que nadie pudiera notar el interés en él.
Bea no supo cómo despedirse de él, y terminó haciendo un incómodo adiós con la mano. Mientras que Jocelyn fue más jovial y se despidió de beso en la mejilla.
Sin embargo, mientras Daniel conversaba un poco con Jocelyn, Henry aprovechó para demandar una explicación de su partida, a la que Bea se excusó diciendo que tenía práctica muy temprano por la mañana y que necesitaba descansar y pensar.
—¿Pensar? —cuestionó Henry algo desilusionado porque el tono con que lo dijo, lo hizo sentir que ella estaba arrepintiéndose de lo que pasó con él.
—Sí… En ti —marcó ella en silencio con sus labios.
Henry se sorprendió del coqueteo directo, incluso llegó a dudar de que haya entendido eso, y lamentó no poder detenerla más tiempo. Después de eso, besarla ya no era un deseo reprimido, sino una necesidad.
No pudo siguiera acompañarla hasta su auto, ya que sería muy obvia la súbita predilección.
Ha sido muy bien aprovechado por la prensa que Henry acompañara a sus citas hasta la puerta del auto. Él lo hacía por caballerosidad y los medios lo interpretaban como conquista realizada.
La única manera de acercarse a ella era usando el celular, así que le envió a través de él una promesa sencilla:
Iré a tu competencia.
Miró las palabras que prometían sin rodeos la continuación de lo que los obligaron a posponer.
Esperó en vano una respuesta, pero no se desilusionó, porque Bea dejó muy claro que sentía algo por él.
Solo era cuestión de esperar el momento adecuado para ambos, y seguir dejándose llevar por los sentimientos.