El llamado del árbol Capítulo VI
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Capítulo VI

El equipo de Henry perdió el partido, pero para él la derrota tenía el mismo sabor que el de una victoria; ya que había dado lo mejor de sí.

Siempre le ha dado gusto perder, pues quedaba demostrado que sus victorias eran reales. Sus amigos lo consideraban un rival a vencer, y no un príncipe al que se le debía dejar ganar.

Desmontó el caballo y acarició su crin como recompensa por haberlo obedecido durante todo el partido.

—Estuviste muy bien. Felicidades —susurró al caballo.

Al cabo de unos segundos, volvió a sentir aquella mirada que lo había puesto nervioso durante el partido.

No tardó en concluir que Bea ya estaba al tanto del compromiso.

Pero lo que en realidad le inquietaba era el cambio de actitud, más dócil y dispuesta a tratarlo.

¿Y si Bea también estaba tanteando el terreno emocional?

Tenía que averiguarlo ese mismo día, como fuera.

Encontrarla fue sencillo; e intercambiaron una mirada discreta, procurando ocultar su deseo de conversar sin convertirse en el centro de atención.

Estaba pensando qué hacer cuando Daniel se acercó a él para burlarse de su derrota, pues había estado en el equipo contrario.

Tras algunas risas, Daniel se retiró y Henry volvió a buscar a Bea, solo para descubrir que ya no estaba.

La buscó por los alrededores sin dudar, sin lograr encontrarla.

Quizás había entrado al palacio para escapar del calor que aún hacía.

Solo los Cavendish y parientes tenían permitido moverse por allí con más libertad.

Se encogió de hombros, tomó las riendas de su caballo y decidió llevarlo él mismo a las caballerizas. Rechazó el ofrecimiento de su caballerango, que ya esperaba para hacerse cargo del animal.

Caminó con paso seguro, sintiendo las miradas seductoras de sus conocidas, pero las ignoró con toda la cortesía que pudo. A veces se preguntaba si el coqueteo era por su título o por su físico. Al perecer, nunca lo sabrá.

Un rato después entró en las caballerizas de la familia, pero se detuvo en seco al escuchar a Bea hablar con ternura a alguien. Sintió un retorcijón incómodo en el estómago, como si le enfureciera la idea de que ella coqueteara con otro hombre.

¿Acaso sentía celos de que Bea fuera feliz con alguien más?

Caminó en silencio para no llamar la atención de Bea, a diferencia de su caballo, que relinchó para saludar a los demás.

Por fin llegó a la cuadra de la yegua que pertenecía a su madre, y que había tenido un potrillo azabache apenas un par de semanas atrás. Allí estaba Bea, acariciando al pequeño y elogiando a la madre por su hermosa cría.

Henry no pudo evitar sonreír aliviado; cada vez tenía más pruebas de que ella realmente le gustaba. Se quedó mirándola un rato, sin que ella notara su presencia.

—Les agradas mucho —interrumpió Henry al final.

Bea se sobresaltó, aunque enseguida le dedicó una sonrisa nerviosa al verlo. Pero, en lugar de decirle algo, siguió elogiando a los animales.

El caballo de Henry relinchó mientras él esperaba, a que ella volviera a verlo. Entonces, relinchó con más fuerza, reclamando atención.

—Ya quiere descansar —avisó Henry, nervioso. Sin perder tiempo, lo llevó a la cuadra.

Quería quedarse mirando a Bea, pero el animal ya pedía descanso, después de todo, él fue quien más corrió. Además, notó que ella no tenía interés en hablar con él en ese momento.

Se apresuró a quitarle la silla y el freno, cerró la cuadra mientras el caballo se lanzaba sobre el agua y la comida, y guardó el equipo. Ya en el pasillo, no supo qué hacer.

La realidad era que aún no estaba preparado para convivir a solas con Bea, sin estar discutiendo; así que salió por la parte trasera de las caballerizas para relajarse mientras pensaba en la mejor manera de tratarla.

Se estiró mientras caminaba, agradecido por estar lejos de tanta formalidad.

—Jugaste muy bien en el partido —dijo Bea a sus espaldas, sobresaltándolo.

—Gracias —respondió, intentando disimular el nerviosismo. Después le sonrió en agradecimiento cuando ella le entregó las gafas oscuras.

Se hizo un breve silencio, algo incómodo, mientras su mirada intentaba confesar lo que sentían por ella.

—Veo que te ha gustado el nuevo miembro de la familia —comentó Henry en lo que señalaba con un cabeceo hacia dentro de las caballerizas.

—¡Sí! Es un pequeño muy hermoso.

—Mi madre piensa regalarlo cuando pueda dejar a su madre.

—¡Oh! ¡Es una lástima!... Deberían conservarlo.

Henry sonrió ante su evidente decepción. Ojalá fueran regalos para su familia, pero en realidad eran símbolos de amistad entre naciones. Los caballos eran pura sangre de linaje real, pertenecientes a la misma familia que Bellfire.

Sin más, el silencio volvió a intervenir, pero él lo aprovechó sin dudar para recorrerla con la mirada de pies a cabeza. Su razón solo vino a confirmar lo inevitable, que ella era hermosa.

«Creo que siempre lo ha sido, solo no quería reconocerlo», aseguró. Bajó la cabeza para sonreír en silencio, burlándose por su ceguera de entonces.

Pero solo hasta ese momento se dio cuenta que cada vez que la veía le parecía más hermosa.

No tardó admitir que lo que lo que más le atraía de ella eran sus ojos y sus labios; sintió un mariposeo muy placentero cuando descubrió que se habían vueltos más seductores.

Tanto que cada palabra que ella decía, o cada una de sus sonrisas, despertaban en él un deseo incontenible por besarlos.

Sacudió la cabeza para despejarse del súbito deseo que lo iba a llevar a la excitación.

—¿Sigues compitiendo? —preguntó en lo que buscaba una manera de colgar sus gafas del cinturón.

—Sí —respondió ella sin dar más información que prolongara una conversación.

Era una lástima, porque Henry deseaba seguir escuchando su voz.

—¿Y cuándo tienes tu siguiente competencia? —preguntó nervioso tras algunos segundos, estaba cayendo rendido ante el encanto de Bea.

—El próximo sábado. Ya estoy lista para saltar obstáculos de uno sesenta —respondió ella con orgullo, como si el hombre que tenía enfrente fuera un ferviente seguidor de su carrera como amazona.

Sin embargo, en lugar de sentirse orgulloso, Henry se preocupó.

Como futura esposa de un príncipe, ahora se le tenía prohibido que si quiera pensara en brincar a tal altura.

Quiso recordarle tal prohibición, pero no pudo hacerlo porque, todavía no había confirmado si ella ya estaba al tanto del compromiso.

Además, no quería prohibirle algo que ella amaba, y que ha dedicado mucho tiempo; pero también entendía a la perfección por qué ella corría ese tipo de riesgos.

Bea retrocedió un poco hasta que pudo apoyarse con la pared y siguió hablando de las demás pruebas en las que también competiría ese mismo fin de semana.

Ella hablaba con orgullo de los años de duro entrenamiento que al fin la llevarían a competencias internacionales el próximo año, según le dijo su entrenador.

Henry trató de seguir la conversación, pero su mirada lo hipnotizó, junto con el delicado movimiento de sus labios sublimes que dejaban ver el jugueteo de su lengua al humedecerlos. Sin darse cuenta, fue avanzando hacia ella poco a poco. Al parecer, ni siquiera Bea notó el acercamiento.

Al sentirla tan cerca, se dio cuenta de que era el momento ideal y la silenció de inmediato.

Ladeó la cabeza un poco, como si analizara aun lo que estaba a punto de hacer.

Era un acto que no tenía una explicación racional, sencillamente eran sus deseos los que lo dominaban al momento y lo habían llevado hasta ella. No quería luchar contra ellos.

Antes de rendirse al impulso, se atrevió a acariciar su mejilla sonrojada con devoción. Bea bajó la mirada, muy tímida.

«¿Acaso nunca te han besado?», pensó incrédulo. Ese gesto bastó para que él reuniera el valor de inclinarse hacia sus labios.

Se estremeció al sentir el deseo de ella en su respiración para que la besara.

Pero fue interrumpido por un ruido fuerte que provino dentro de las caballerizas. No eran los caballos que exigían atención, sino que era alguien que estaba haciendo sus quehaceres.

Por instinto, Henry la aprisionó contra la pared, como si su cuerpo la pudiera hacer invisible para el intruso, y le ordenó que guardara silencio poniendo el dedo índice sobre los delicados labios que aún demandaban por él.

Henry no se movió ni hizo nada para apartarse, actuaba como si no se estuviera dando cuenta del nerviosismo de Bea, y solo prestó atención a los sonidos que hacía uno de los caballerangos, que movía botes mientras conversaba con otro, para después irse sin notar la presencia de los jóvenes.

Las voces disminuyeron hasta permitir que Henry escuchara la respiración agitada de Bea.

Bajó la mirada, curioso por el sonido que le pareció sexual.

La conexión instantánea una vez más guio a su deseo de acercarse lo suficiente para que ambos alientos volvieran al camino de un beso que buscaba una respuesta.

Pero se acobardó estando tan cerca; solo le sonrió satisfecho por descubrir que ella olía a fresas y chocolate del postre que se sirvió. Se preguntó si sus besos sabrían igual.

Quiso apartarse, para seguir respetando su espacio personal, pero sus decisiones eran tan contradictorias que volvió a inclinarse, un poco más esta vez.

La lucha consigo mismo parecía no tener fin, porque esta vez su razón le dijo que no podía dar ese paso, y le recordó la verdad de su situación sentimental. No podía iniciar algo con Bea cuando él tenía una relación con Haley Pearson, una vieja amiga de la universidad.

La relación era tan secreta que se hizo firmar a la susodicha un convenio que la obligaba a no divulgar la relación. No era nada serio para Henry, solo estaba con ella para pasar el rato. De lo contrario, no hubiera existido tal protección legal.

Por lo menos así lo fue hasta antes de enterarse del compromiso.

Henry ha luchado desde entonces con los sentimientos que lo han llevado a tener arranques de indecisión —lo acababa de comprobar—, que lo hacían correr a los brazos de Haley para sentir que él tenía el control de su vida y no sus padres.