El llamado del árbol Capítulo V #2
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Capítulo V #2

Pero la tentación de seguir mirando a Henry era tan grande que se puso las gafas oscuras para observarlo de reojo y jugueteó con la boca del vaso. Tampoco quería que notaran el desconcierto que ocultaban los cristales oscuros cuando lo miraba.

No pasó mucho tiempo antes de que se hartara de los desesperados intentos de sus compañeras por atraer la atención de Daniel, así que decidió ir a dar un paseo. Le había prometido a su amiga quedarse a su lado, pero eso había sido cuando ambas creían que no se encontrarían con nadie conocido.

Estaba poniéndose de pie cuando vio que alguien se acercó a ellas. Subió la mirada despacio, recorriendo el cuerpo masculino que era ajustado por el uniforme de polo, hasta que llegó al rostro que le dedicaba una sonrisa disimulada.

Era Henry, que al igual que ella traía puestos unas gafas oscuras.

—¡Hola, Bea! —saludó amistoso. Incluso la tomó del brazo antes de inclinarse para besarle la mejilla.

Bea se quedó inmóvil, sorprendida por la familiaridad y, sobre todo, por la calidez de su trato. Apenas consiguió corresponder al saludo, porque el beso en la mejilla había sido firme y cercano; le recordó aquel apasionado que tuvo con él en sueños.

La piel que sus labios besaron estaba ardiendo con un placer inesperado.

Las demás jóvenes se pusieron de pie de inmediato e hicieron reverencias torpes.

Henry se apresuró a detenerlas entre risas amistosas y las saludó una por una.

Bea observó cómo las besaba en las mejillas también; solo que, a diferencia del suyo, aquellos besos eran rápidos, superficiales y nada íntimos.

—¿Ibas a algún lado? —preguntó Daniel, cuando la vio aún atorada entre sentada y parada.

Bea balbuceó una respuesta inconclusa mientras se enderezaba. Las miradas sobre ella dejaban claro que seguían esperando una respuesta. ¿Por qué, de pronto, lo que hacía parecía importar tanto?

Suspiró tranquila para que su respuesta fuera clara y casual.

—Bea iba por más té helado —intervino Jocelyn de inmediato.

—Sí, sí, sí —concordó Bea con torpeza.

Por supuesto, no tuvo otra opción más que ir a rellenar su vaso. Sin embargo, la salvada que le dio su amiga sirvió para alejarse de la situación. Necesitaba unos segundos a solas para soltar el suspiro que traía atorado en el pecho desde que Henry la besó en su sueño.

Se sirvió la bebida con mano temblorosa, susurrándose a sí misma que debía calmarse y reunir el valor para volver a la mesa.

Al dar la vuelta, vio que Henry estaba sentado en el lugar vacío junto a su silla. Él reía entre dientes por alguna broma o comentario que hacía Daniel para poner nerviosas a las jóvenes.

«Tengo que actuar natural», se recordó. Caminó lo mejor que pudo y se sentó junto a Henry, con una postura rígida, imposible de disimular que la ponía nerviosa.

—¿Cómo has estado? —preguntó enseguida Henry, muy casual, olvidándose un poco de las bromas de su amigo. Inclusive se inclinó un poco a ella para que su pregunta no atrajera la atención de los demás.

—Muy bien, ¿y tú? —respondió Bea volteando a verlo también; se arrepintió de haber dado una respuesta tan plana.

Le llegó su aroma, aquel que había reconocido en el sueño, el que la sedujo sin dudar para que revocara el beso fantasioso.

—Bien… Muy relajado —respondió Henry con una sonrisa torcida pero sincera.

No hubo más palabras entre ellos, lo que permitió que la tensión emocional creciera. Bea jamás había temido tanto una conversación con él.

Esperaba que una disculpa, por la forma en que la ha tratado, fortaleciera las bases frágiles de su relación.

Incluso se permitió fantasear con una invitación a dar un paseo, pretexto ideal para apartarse de la mesa y hablar con calma.

Pero, por desgracia, sentía que había demasiados ojos atentos a cada uno de sus movimientos.

Además, estaba el ridículo que tendría que afrontar, porque quizás los amigos de Henry no tardarían en bromear sobre su cercanía con ella.

No quiso exponerse a otra situación humillante.

—¡Henry!… ¡Dan! ¡El sol ha bajado un poco! —gritó uno de amigos de Henry también que vestía el uniforme de polo, solo que la playera era color azul.

—¡A jugar! —exclamó Daniel poniéndose de pie, emocionado.

Ayudó a Jocelyn a retirar su silla que se había atorado en el pasto. Ella le agradeció con una enorme sonrisa y posando su mano en su brazo. Era claro ya su preferencia por ella.

Mientras tanto, Henry se puso de pie y se quitó las gafas.

—¿Podrías cuidármelos? —pidió a Bea, poniéndoselas muy cerca de su mano.

Bea las agarró, pero sus dedos se rozaron sin querer; sintió como su piel se erizó en placer.

Un caballerango alcanzó el andar de Henry y le entregó el taco y su casco, luego las riendas de su caballo. Bea no pudo dejar de verlo mientras que se preparaba. Alto, con una constitución física que antes no había notado. El uniforme se unía a él tan bien, como si hubiese hecho a la medida.

«Tal vez así es», pensó Bea, ladeando la cabeza, admirándolo.

Henry montó con tal elegancia y llevó al animal al campo de juego; sin saber que arrancó un suspiro de Bea.

El juego inició minutos después.

Bea entendía perfectamente el juego, aunque no lo practicaba.

Sabía que perseguir una bola a caballo era tan difícil como saltar un obstáculo en equitación.

Aun así, le gustó darse cuenta de que ambos compartían el gusto por los deportes ecuestres, porque siempre había soñado con dar un paseo a caballo con el hombre que amaba.

No perdió detalle de los movimientos de Henry desde lejos. Por un instante quiso vitorearlo, pero la falta de confianza la contuvo.

El juego era tan entretenido que, poco a poco, los invitados se fueron congregando junto al campo para vitorear a su equipo o jugador favorito.

Bea se unió a sus compañeras para ver el juego desde más cerca.

Jugueteó con nerviosismo con las gafas de Henry, inquieta ante la posibilidad de que él, en su afán por impresionar, terminaría por sufrir un accidente.

Pero Henry era bueno en el juego, y lo era tanto que pudo lograr un tanto.

Bea, dejándose llevar por las ovaciones improvisadas, lo apoyó.

Nunca esperó que él, al reconocer su voz, la buscara desesperado con la mirada hasta encontrarla, le sonriera como quien acabara de lograr lo que se había propuesto, y terminara con una pequeña reverencia de agradecimiento.

No pudo disimular que le complacía que ella estuviera apoyándolo.

A pesar de que el momento estaba dándose bien entre los dos, hasta el punto de que ella tuviera esperanzas de que la relación funcionara, rogó que nadie hubiera notado ese gesto gentil; que le pareció más un coqueteo.

Incluso, tuvo que ocultar su sonrisa cuando se dio cuenta de que ese día podría terminar de forma inesperadamente feliz.

Tal vez, el sueño podría hacerse realidad.