Capítulo V
A los pocos días, cerca del mediodía, un mensajero del palacio entregó a Bea una invitación para un picnic al día siguiente, en donde solo asistirían los amigos del príncipe, todos desconocidos para ella.
Jocelyn estaba feliz por asistir. Bea, por otro lado, no podía dejar de pensar en la extraña actitud de Henry. Temía que él solo la hubiera invitado para asegurarle en persona que no permitiría que sus padres lo casaran con ella.
Era irónico que ambos concordaran en la misma decisión.
Iba a rechazar dicha invitación, pero recordó que quizás esta no provenía de él, sino de los reyes mismos, que de seguro ya estaban interpretando el papel de casamenteros. Una vez más, la estaba manipulando.
No podía arriesgarse a despreciar al rey. No tenía idea de los problemas que podría ocasionar, pero tenía muy claro que su padre no reaccionaría bien.
Tenía que asistir.
Esa noche, mientras estaba acostada, lista para dormir, pensó en cómo tendría que comportarse frente a Henry. Él no sabía que ella ya estaba al tanto del compromiso.
Se preguntó si la noticia la escucharía oficialmente de sus padres, o Henry haría la petición que, de seguro, no iba a ser tan romántica como ella lo había soñado desde niña.
La respuesta llegó cuando vio la invitación en el buró. Los «casamenteros» querían que Henry la cortejara, hasta que hubiera entre los dos un enamoramiento real.
Era necesario para ellos porque así no habría problemas en un futuro. Un matrimonio impuesto, sin amor, siempre terminaba mal.
Pero ¿cómo podía conquistarla él si no sentía nada por ella?
Bea dio muchas vueltas en la cama; la incertidumbre por el encuentro con Henry no la dejaba descansar.
Finalmente, se levantó de la cama para ir por su libro al escritorio. Pero aquella historia de amor, tan perfecta en sus páginas, le pareció muy falsa comparada con lo que ella estaba viviendo.
«En la vida real, el príncipe me odia», pensó. Cerró el libro con brusquedad y lo dejó caer sobre la mesa de centro antes de regresar a la cama para obligarse a dormir.
«No debería estar pensando en él», se cuestionó. Se odiaba por no haber tenido el valor de defender su decisión ante sus padres.
Por la mañana, tras mirar por primera vez los rayos del sol colándose por la ventana y los alegres pájaros anunciando el día, el primer pensamiento de Bea fue el sueño que acababa de tener, un recuerdo tan vívido que la dejó desconcertada.
No recordaba cómo había iniciado, pero sí que había terminado con un beso.
Un beso tan perfecto que la deshizo entre los brazos masculinos que la sujetaban llenos de devoción y deseo. Por desgracia, en el preciso momento en que el beso terminó, el sueño empezó a desvanecerse en el despertar, ocultándole la identidad del hombre que la había besado de tal manera.
Aunque Bea presentía que era Henry, pues no conocía a otro hombre que pudiera ponerla en tal aprieto emocional. Nadie más tendría la sutileza de llamarla «mi hermoso cisne» antes de besarla.
Se sentó en la cama para despertarse bien mientras se restregaba los ojos, enseguida, sus labios palpitaron ansiosos por seguir siendo amados con tal pasión. Pasó la punta de los dedos por sus labios, como si el beso siguiera allí, negándose a desaparecer.
«¿Qué me está pasando?», pensó. Entonces, alguien tocando a su puerta interrumpió el placer y sus sentimientos confundidos.
—¡Adelante! —accedió en voz alta pero aún adormilada, después respiró profundo para fingir normalidad.
Jocelyn entró al cuarto ya bañada y vistiendo un pants. Su cabello ya estaba peinado y desprendía ese aroma fresco que invitó a Bea a levantarse.
—Buenos días —dijo Jocelyn.
Bea le respondió entre bostezos y estiramientos de brazos.
—¿Sucede algo? —preguntó al fin cuando la vio incompleta en su atuendo.
—¡Sí! ¡No tengo nada que ponerme para la ocasión! —refunfuñó Jocelyn.
Bea rio, porque su amiga siempre olvidaba que podía pedir prestada cualquier prenda de su guardarropa.
—No te preocupes por eso. Entra a mi armario y ponte lo que te guste… ¡No importa que sea nuevo! —alcanzó a gritarle cuando su amiga se apresuró a hacerlo.
Jocelyn abrió entusiasmada el clóset. Bea sonrió por la felicidad de su amiga, la cual envidió, ya que nunca ha sentido ese entusiasmo por verse bonita para un hombre.
Tras unos segundos que se tomó para terminar de despertar, la acompañó para seguir compartiendo ese momento. Pero en los primeros pasos Henry regresó a su mente.
Sonrió irónica, pues el mariposeo en el estómago, que antes atribuía al fastidio, se había convertido en emoción y nerviosismo por la idea de volver a verlo.
No sabía que sentía por él, pero tenía curiosidad por saber cómo se comportaría con ella.
—¿Qué te pondrás? —preguntó Jocelyn a su amiga en cuanto la vio entrar.
—Nada ostentoso, es solo un picnic —respondió, esforzándose por mantener la compostura para que su amiga no la cuestionara por sus sentimientos que, por el momento, prefería no analizar.
Temía dar paso al enamoramiento y que Henry la rechazara. Después de todo, una semilla se había sembrado en los sueños para cuestionar el verdadero significado escondido en el odio.
Buscó entre sus cosas algo que le permitiera estar cómoda. Pero le costó mucho trabajo, porque el entusiasmo de Jocelyn era contagioso y ya se le había metido en la cabeza querer impresionar a Henry.
Finalmente, eligió un atuendo casual; se suponía que no debía atraer la atención de Henry, porque podría sospechar que ella estaba sintiendo algo por él. Jocelyn, en cambio, optó por algo más femenino que dejaría a Daniel boquiabierto.
Ya listas y entre risas, ambas amigas salieron hacia el auto que las esperaba.
Bea trató de contener los nervios que ya empezaban a hacerla temblar. ¿Cómo la recibiría Henry? ¿La saludaría con una cortés, pero indiferente inclinación de cabeza o la saludaría con un beso amistoso en la mejilla?
Jocelyn no se percató de la inquietud de su amiga, porque ella iba igual.
Cuando las puertas del palacio aparecieron, Bea suspiró sin querer porque había llegado el momento de la verdad.
Ambas fueron recibidas por el mayordomo principal, quien las hizo cruzar el palacio para salir a los enormes jardines en donde ya estaban colocadas varias mesas y una carpa en donde podían tomar el fresco.
Había una larga mesa dispuesta con botanas y bebidas que rompieron con el protocolo para el tipo de eventos que usualmente había en el palacio.
La música sonaba a alto volumen, mientras varios hombres conversaban, reían, comían y bebían a placer.
Las mujeres estaban sentadas y cuchicheaban en dirección a ellos.
—¡Por favor, no me dejes sola! —pidió Jocelyn a su amiga, con miedo.
Jocelyn no estaba acostumbrada a ese tipo de eventos.
Su familia era acomodada, pero no tenía los contactos para entrar a la corte.
Por eso, los herederos de la nobleza la intimidaban, aunque la trataran como a una igual; no confiaba en ellos como en sus amigas de la universidad.
Además, los presentes tenían la pinta de ser jóvenes empresarios que ya empezaban a encargarse del negocio familiar.
—¡Bea! ¡Jocelyn! —escucharon que las llamaron las únicas compañeras de la universidad que invitaron al evento. Lo extraño era que ni Henry ni ella compartían amistades.
Dedujo que Henry se había preparado para que no hubiera escándalos. El miedo al ridículo la controlaría.
Mientras que Jocelyn sonrió aliviada y se apresuró a reunirse con ellas. Bea apenas pudo corresponder al saludo; seguía buscando a Henry entre los invitados.
Escuchó decir a una de sus compañeras que Henry había ido a contestar una llamada y que regresaría tan pronto terminara. Eso la tranquilizó, porque le permitiría preparase; aunque sabía que en cualquier instante él aparecería.
Conversaron amenamente de lo guapo que estaban los amigos de Henry. Bea quiso unirse, pero estaba muy nerviosa y solo quería dar pie al primer encuentro con él tras saber que estaban comprometidos. Sentía que, una vez pasado ese momento, todo podría seguir un curso más placentero.
Quince minutos después, una de las compañeras de Bea y Jocelyn les avisó extasiada que Henry ya venía. Bea volteó de inmediato a donde los cabeceos de su amiga apuntaban.
Sus latidos se desbocaron, traicionada por su nerviosismo, mientras se esforzaba por aparentar indiferencia ante la aparición.
Se quedó sin habla al ver a Henry caminando con otros hombres, algunos de ellos vistiendo el uniforme de polo en blanco y guinda, y otros en blanco y azul. Su corazón estaba más extasiado porque todas sus preguntas serían respondidas de un momento a otro.
Una sola mirada despectiva revelaría que él no estaba interesado en ella y que su plan era evitar el compromiso antes de que se hiciera público.
Henry siguió de largo, ignorando por completo la mesa de las universitarias, y se dirigió a saludar a sus amigos. La verdad de su desinterés la dejó profundamente desilusionada, aunque no imaginó que le afectaría tanto como para inventar una excusa y escapar de allí.
Daniel, en cambio, se detuvo y saludó a cada una con una sonrisa y un beso amistoso en la mejilla.
—¿Está ocupada esta silla? —preguntó Daniel a Jocelyn, que respondió con cabeceos que torpemente decían no lo estaba.
Bea notó el coqueteo y tuvo que resignarse a quedarse, porque no podía arruinarle el día a su amiga.
Daniel se sentó dejándose caer libremente en el respaldo, colocó su casco en la mesa y conversó con las jóvenes superficialmente, algo acerca del buen clima que había.
Bea dividía su atención entre lo que decía Daniel y la indiferencia de Henry. Pero, tras unos minutos presenciando a Daniel buscando la atención de su amiga, suspiró y se rindió, porque, a diferencia, Henry claramente no estaba interesado en estar con ella también.
«No sé por qué me incómoda si ni siquiera somos amigos. Lo único que tengo que hacer es apoyar a Joss para que este día no termine siendo tiempo perdido», pensó Bea con la mirada perdida.
Así que se quedó escuchando, paciente, la conversación a su alrededor, mientras en silencio rogaba que el tiempo pasara deprisa y todo terminara cuanto antes.