El llamado del árbol Capítulo IV
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Capítulo IV

Bea estuvo con la mirada perdida en el paisaje que corría veloz por su ventana.

Escuchaba en silencio a su padre regañándola por haberse atrevido a atacar a Henry en la esgrima con tal odio.

Ella volteaba los ojos en blanco de vez en tanto, aburrida de que aún la tratara como a una adolescente.

Esperaba que por fin le revelaran la noticia de que su vida amorosa ya se había vendido al mejor postor.

Al príncipe heredero, ni más ni menos.

Quiso gritarles que no se casaría con el remedo de hombre que habían elegido para ella. Pero no lo hizo porque sabía cuál sería la respuesta de su madre: «Todo está planeado. Ahora solo tienes que cumplirlo».

Su madre era una mujer bondadosa, pero también muy decidida.

Cuando ella tomaba una decisión o hacía una promesa, nada, ni siquiera la muerte misma, podría obligarla a cambiar de opinión.

Tal vez su esposo podría hacerlo, por supuesto con mucha fuerza de convencimiento, pero Bea sabía que también era caso perdido.

¿Rogarle a su padre? ¡Imposible!

El rey Thomas y su padre tenían una amistad que rompía con la tradición de ambas familias. Ya que ha existido una enemistad entre ellos que databa de siglos, casi desde que ambas familias llegaron a esas tierras.

El destino, cansado de la sangre derramada y vidas destrozadas, juntó a ambos herederos en una residencia especial para ellos en la universidad.

Ambos procuraron mantenerse alejados desde el principio, pero el destino, aún empeñado en unirlos, encontró la forma de reunirlos durante una helada tarde de finales de noviembre.

Ambos jóvenes se dieron cuenta de que el odio infundado por sus familias no tenía razón de ser. No después de que los causantes de dicha enemistad ya se habían convertido en un polvoriento recuerdo en un antiguo libro de historia.

Así inició una amistad que rompió las barreras que detuvieron por mucho tiempo una asociación. Ya que, con el dinero de los Cavendish, el reino de Landgen floreció como nunca.

Bea pensó que, si una amistad había hecho eso por el reino, ¿qué haría un matrimonio? Por mucho que se resistiera, su vida terminaría en manos de Henry, tarde o temprano.

Tal vez por eso el rey Thomas y su padre querían que el matrimonio entre sus hijos se llevara a cabo siendo jóvenes aún. Querían darles la oportunidad de sembrar el amor y cultivarlo, para que ya hubiera florecido antes de que Henry asumiera su lugar oficial en el reino.

Howard terminó su sermón antes de llegar al castillo. Sin embargo, no perdió la oportunidad de dar sus últimas recomendaciones con respecto a cómo debía comportarse con Henry de ahora en adelante.

Bea asintió a cada una de ellas, pues era más fácil hacerle creer que había cedido a sus deseos que seguir peleando por su libertad. Por lo menos, en ese momento, era una lucha perdida.

Cuando creyó que su padre por fin había terminado, fue directo a su cuarto. Necesitaba estar sola, sin el recuerdo constante de que el destino no se podía cambiar.

Despidió a Phillys, su doncella personal, por esa noche, y tomó un largo baño caliente. Trató de callar su mente, ya que no quería seguir pensando en lo que le esperaba el día de mañana.

Pero comprendió que cada momento compartido con Henry había ido forjando, sin que ella lo notara, la cadena que ahora los mantenía atados.

Ya en su cama, rodeada de almohadas esponjosas y cálidas cobijas de plumas, perdió la mirada en la hermosa luna que brillaba con un halo de pureza y se podía ver claramente por su ventana.

La tranquilidad de la noche la relajó tanto que logró dormir profundamente por primera vez desde que regresó a casa.

Aunque Henry apareció también en sus sueños, revelándole la profundidad de los sentimientos que podía llegar a sentir por él.

Como era de esperar, Bea despertó con el corazón inquieto, confundida y asustada por la posibilidad de enamorarse de él.

«No, no puedo dejar que me manipule de nuevo», decidió mientras se acomodaba para volver a dormir.

* * *

Henry caminó con pasos tensos por los pasillos solitarios del palacio, casi desiertos a esas horas. Estaba tan atormentado que deseaba gritar para liberar su frustración. Pero no podía hacerlo con libertad; en ese lugar nunca se sabía quién podía estar escuchando.

Recordó aquel lugar apartado donde podía estar solo; allí podría calmarse antes de regresar con los invitados. Tenía que liberarse del estrés de saberse atado a una mujer que no amaba, impuesta por sus padres y los Cavendish.

«¿Casarme con esa “mocosa”? ¿Cómo pudieron unirme a alguien que no soporto?», pensó angustiado mientras iba hacia allá. Necesitaba encontrar una salida para ese compromiso.

El destino, ya inevitable, lo consumía hasta el punto de decidir abdicar si seguían obligándolo a unirse a ella por la fuerza.

No quería decepcionar a su padre, aunque él había traicionado su confianza al no respetar sus decisiones.

La solución era brutal, pero inevitable.

Se detuvo de golpe al ver a Bea frente a la entrada del laberinto. La soledad que mostraba lo hizo sentir compasión por ella. Aun no sabía que le habían arrebatado la libertad, y que ambos estaban atrapados. Ella también era una víctima.

Quizá ella podría ser una aliada para evitar el compromiso.

«¿Cuál será su reacción cuando se entere?», pensó.

Se acercó sigiloso, pendiente de lo que ella fuera a hacer. Sin embargo, cuando sus miradas se encontraron, no vio en ella aquel odio que lo atacó en la partida de esgrima, sino el nerviosismo por estar a solas con él.

Henry sonrió al descubrir la respuesta a sus plegarias. Ella tenía carácter fuerte y no iba a permitir que le impusieran un matrimonio sin amor. Ella podría ser su salvación.

Ya no era una niña débil que soportó todas sus diabluras sin quejarse; lo había demostrado al derrotarlo en su propio juego.

«¡Por Dios! Casi me mata», pensó.

Sin embargo, nada salió como esperaba desde el momento en que dijo las palabras equivocadas. Intentó arreglarlo con un halago apresurado cuando ella huía de él, pero estaba seguro de que lo había tomado como una ofensa. Después de todo, no esperaba de él nada más que eso.

Mientras entraba al laberinto, como si huyera de la verdad que lo ha atormentado, se preguntó si había la posibilidad de que ella ya supiera, porque fue muy extraña su evasiva.

Las sospechas no lo inquietaban tanto como la idea de descubrir qué pensaba ella de todo aquello.

Se detuvo ante el repentino interés que ella despertó y se olvidó del laberinto para seguirla, conservando su distancia, hasta la carpa en donde ya estaban los invitados tomando el té. Para no hacer notoria su presencia, se sentó en la mesa olvidada por todos, pero con una vista clara hacia Bea.

Después de la humillación que sufrió, nadie se acercaría él.

Mientras la observaba con curiosidad, se dio cuenta de que algo raro sucedía con ella. Entonces, tras darle varias vueltas al asunto, decidió sentarse en su mesa para hablar del destino al que ambos habían sido atados, con la calma y la madurez de dos personas civilizadas.

Pero Daniel salió de la nada y le hizo compañía a Bea.

Henry no tuvo otra opción más que volver a acomodarse en la silla a esperar, pero se concentró solo en ella.

Detestó que cada gesto de ella le pareciera parte de un idioma que no lograba comprender.

Creyó que la conocía desde niña, pero estaba equivocado.

Lo intrigó de nuevo su aparente indiferencia a la conversación. ¿Que estaba diciéndole Daniel que la incomodaba?

Fue cuando Daniel se atrevió a tocarla y ella se puso nerviosa, hasta el punto de buscar huir. Aquel gesto de rechazo fue suficiente para que Henry se levantara para terminar la molesta insistencia de su amigo. ¿A qué demonios estaba jugando?

Sin embargo, se detuvo a medio camino cuando la postura de ella cambió ante lo que le pareció una disculpa de Daniel, después ambos se mostraron relajados.

Bea ya no lo necesitaba.

—Más te vale no haberte declarado. Dan —murmuró molesto, pero la sorpresa llegó enseguida; no entendía por qué había reaccionado así—. ¿Qué carajo me sucede?

Sonrió al encontrar cruelmente irónico el deseo de protegerla. A pesar de que Bea le ha demostrado que sabe defenderse, él ahora la veía como una flor única que debía cuidar siempre.

¿Por qué se había molestado cuando su amigo la tocó? ¿Por qué su corazón latió desesperado por ayudarla? ¿Por qué estaba pensando en ella de manera diferente?

Henry se estaba sofocando con sentimientos a los que jamás había prestado atención, ni siquiera con otras mujeres.

—Debo terminar con esto —murmuró con determinación mientras se ponía de pie.

Se alejó del lugar para descansar de tanta revelación inesperada. Temía que lo llevaran a palabras que no podía detener y harían daño.

Por suerte, su ausencia no inició rumores y pudo regresar a su departamento que compartía con Daniel en la ciudad; el lugar en donde ha sido libre del yugo de la realeza.

No habló con su amigo sobre lo ocurrido, ni de su confusión que se acentuaba con cada minuto que pasaba. Prefirió dejar que la rutina del día siguiera adelante.

El tiempo le daría el valor para hablar

Sin esperarlo, Bea se convirtió en su primer pensamiento al despertar, y el deseo del sueño al acostarse.

El deseo de verla se apoderó de él como un veneno lento.

Solo pasados los días, fue cuando decidió revelar su compromiso a Daniel, y su inexplicable cambio de opinión; pues su amigo a veces hacia comentarios negativos hacia ella que en otro momento él hubiera apoyado… Incluso, se hubiera burlado de ella.

Esa noche, acompañado por su amigo, había pensado en ella más de lo habitual. Por suerte, confiaba en él lo suficiente como para atreverse a confesar lo que llevaba tiempo guardándose.

Necesitaba una opinión ajena a su mundo, alguien que no estuviera atrapado en sus dudas y que le ayudara a decidir qué hacer con todo aquello que sentía.

Esperó a que su amigo terminara su jugada en la partida del billar que ya llevaba un par de horas. Solo jugaban para distraerse mientras hablaban de cosas sin importancia.

—Ya no me parece tan insoportable —confesó Henry.

—¿De quién hablas? —preguntó Daniel, se retiró de la mesa para permitir que su amigo analizara la jugada que haría.

—Bea.

—¿Bea? —cuestionó Daniel, confundido de que ella surgiera de la nada en la conversación. Sin embargo, al recordar que conocía aquel compromiso, entendió que su amigo necesitaba hablar de ello.

—Sí, ella —respondió Henry.

—Nunca me lo ha parecido. Por el contrario, siempre he creído que es una mujer muy madura y centrada para su edad.

Es alguien con quien definitivamente me gustaría pasar el rato —reveló Daniel sin dar importancia a la mirada extrañamente celosa que le echó su amigo—.

Por supuesto, si no me interesara su amiga.

—Te vi hablando con ella —comentó Henry, aun dando la apariencia que la conversación acerca de Bea era tan casual como la que tendría acerca de otra mujer—. ¿Qué opina de mí?

Daniel rio con malicia; saboreó complacido la angustia que aquella mujer ejercía sobre su amigo.

—No lo sé… Tendrás que averiguarlo por ti mismo —respondió Daniel, disimulando cuánto le agradaba escuchar eso.

Henry desvió la mirada; jamás pensó que acercarse a ella pudiera ser tan difícil.

—Bea dijo que no le interesas… —dijo Daniel después de un largo silencio.

Henry agradeció la respuesta, incluso si no era la que deseaba escuchar.

Ya estaba dejándose arrastrar por sus pensamientos, y eso siempre lo hacía tomar decisiones incorrectas—.

Aunque, después de lo que te hizo en esgrima, creo que su indiferencia es solo una máscara.

»Tal vez ni ella misma sabe lo que siente por ti. Por eso decidí mantenerme al margen y que ustedes descubran por si solos lo que sienten.

Henry asintió despacio. Odiaba admitirlo, pero su amigo tenía razón.

—El sábado es el partido de polo, ¿crees que debería invitarla para averiguar que siente por mí? —consultó a su amigo, quien se apoyó en el taco mientras aguardaba su turno.

Henry miró a su amigo, antes de continuar el juego.

—Henry, voy a olvidar que eres el heredero para decirte esto.

Y escúchame bien porque solo lo diré una vez, con el riesgo de que acabes con nuestra amistad tan pronto termine —dijo Daniel, muy serio después de que las bolas dejaron de chocar entre ellas.

Puso el taco encima de la mesa mientras que Henry lo miraba expectante; las palabras iban a ser duras.

Continuó—: Si estás planeando jugar con Bea, como acostumbras a hacerlo con todas, para que tu padre rompa el compromiso, no le digas nada.

»No la molestes.

»No la ilusiones con promesas que durarán hasta que otro par de senos se crucen en tu camino.

»Bea es una buena mujer que no merece ser herida por tus mentiras.

—Lo sé —respondió Henry.

—¡No, no lo sabes! —refutó apresurado Daniel—. Si así fuera, no la habrías tratado como una piedra en tu zapato durante todos estos años.

—¡Está bien! ¡No lo sabía! Pero ahora lo sé —exclamó Henry alzando los brazos para mostrar sumisión a la advertencia de su amigo.

Daniel tomó de nuevo el taco y recordó con una seña a su amigo que aún era su turno.

—He estado pensando en ella toda la semana y he aceptado que siento algo —confesó Henry, pero vio de reojo que su amigo lo miró muy escéptico. Henry se apresuró a agregar—: ¡No la amo, pero me gusta! ¿Eso no es suficiente para ti?

—No es a mí a quien tienes que convencer, amigo —aclaró Daniel.

Henry suspiró profundo y se perdió en las bolas de colores que rodaron caóticas tras el golpe de Daniel, como si reflejaran el desorden que llevaba dentro.

—No dejaré de repetirlo… No la lastimes, Henry —concluyó Daniel a su amigo.

—No puedo prometerte eso. Necesito descubrir cuáles son nuestros sentimientos.

»Es posible que alguno de los dos salga lastimado, tarde o temprano —comentó Henry.

—Tienes razón. Entonces, no formalices nada hasta que estés seguro de tus sentimientos.

—¡Carajo! ¿Por qué es tan difícil llegar a ella? —murmuró Henry.

Daniel rio entre dientes y se agachó para hacer su tiro, aún gozaba la incertidumbre de su amigo. Al parecer, para él, era un juego interesante.

—¿Crees que ella siente algo por mí?

—Descúbrelo por ti mismo —respondió Daniel.

Guiado por aquella respuesta, Henry tomó su celular para llamar al encargado de los eventos sociales de la Corona. Le ordenó que extendiera una invitación a Lady Beatrice y a Jocelyn Ellington para el partido de polo con sus amigos.

No podía ganar sin arriesgarse, y esta vez estaba dispuesto a hacerlo.