El llamado del árbol Capítulo III #2
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Capítulo III #2

Llegó a la entrada de un laberinto que era exclusivo de Henry, lo recordaba muy bien porque de niña lo vio entrar muchas veces molesto y salir horas después de buen humor. Era posible que vencer el laberinto le daba paz mental.

Desde niña siempre había querido entrar, y aquella vez no era la excepción; aun así, temía perderse y quedar atrapada cuando cayera la noche. Nadie sabía que estaba husmeando en ese lugar.

Al darse la media vuelta para ir a otro lado, se topó con Henry.

—¿Qué haces aquí? —demandó él. Su expresión no era de enojo, sino nerviosismo.

Ella sabía que era porque le habían revelado sin rodeos el destino que compartirán juntos. No sabía cómo comportarse frente a ella.

Por suerte, ella aún podía seguir tratándolo igual e ignorarlo.

—Nada —respondió ella rápido mientras bajaba la cabeza, y lo rodeó para seguir su camino. Sintió su mirada provocativa recorriéndola, y su andar se volvió cada vez más torpe.

—¡Ganaste legítimamente! —gritó él, haciéndola detenerse para volverse.

Una vez más, su tono no reflejaba resentimiento, sino respeto auténtico. Por desgracia, no pudo confirmar en su mirada si aquellas palabras eran sinceras, porque él ya se adentraba en el laberinto.

Bea escuchó una campana a lo lejos, llamando a los invitados a tomar el té. Se apresuró a llegar, olvidándose de Henry por el momento.

Se sentó en una pequeña mesa para dos y bebió su té Lady Gray, que fue previamente servido por un paje; disfrutó el delicado sabor. Había algo extrañamente reconfortante en aquella bebida.

Hundida en su silla, escuchó en la mesa de al lado a unas mujeres unos años mayor que ella hablando de Henry, acerca de cómo había sido injustamente humillado por Bea.

Al parecer, las mujeres querían que ella las escuchara, pues su presencia era obvia.

A menos de que ahora fuera invisible hasta para ellas.

—¿Puedo hacerte compañía? —una voz cortés la sacó de sus pensamientos.

Se sobresaltó un poco cuando levantó la vista y se encontró con la sonrisa de Daniel. El gesto solo era una advertencia de que tenía la intención de sentarse ahí, quisiera ella o no.

Bea accedió con una sonrisa retraída, anticipando las mentiras que Daniel tenía listas para encubrir la rudeza de su amigo.

Solo que esta vez no lo excusó y solo la acompañó. El silencio se volvió insoportable, porque cada mirada de Daniel arrastraba consigo el eco de los prejuicios de Henry.

Un suspiro resignado atrajo la atención de Bea.

—Quiero pedirte una disculpa por lo que creo que escuchaste sin querer —se excusó Daniel.

—No eres tú quien debe disculparse —aclaró Bea. No negó que los había espiado. Después bebió su té, usando los viejos modales como una máscara para contener el desprecio que sentía por Henry.

—Lo tengo que hacer porque permití que Henry hablara mal de ti —explicó Daniel tomando su mano, la que jugueteaba con la orilla de la servilleta. Bea se estremeció por la mirada lasciva que acompañó al toque.

A decir verdad, la incomodó tanto que quiso huir, pero concluyó que sería notorio para él que tocó un nervio sensible. Por lo que solo retiró la mano con delicadeza.

Daniel sonrió irónico ante el gesto de rechazo.

—Lo que quiero decir es que siempre me has caído bien. Aunque no lo creas, siempre te he considerado una amiga, más que una conocida —aclaró él sus palabras malentendidas. Continuó con voz sincera—: Henry ha sido muy grosero contigo sin ninguna razón.

Bea se sorprendió porque, a decir verdad, nunca ha pensado en Daniel como su amigo.

Ni siquiera como un conocido con quién podía compartir el té, como lo hacía en este momento.

Daniel era amigo de Henry desde la adolescencia, y, para ella, él siempre ha sido la extensión de Henry, la voz que pronunciaba en alto los pensamientos que su amigo callaba. En esta ocasión, fueron disculpas.

—No me importa nada de lo que él piense o diga de mí —aclaró Bea, indiferente—. No es la primera vez, y ciertamente no será la última en donde él me rebaje de esa manera.

Daniel suspiró, y enseguida sonrió irónico. Tal vez pensaba que ambos, Henry y Bea, tenían mucho más en común de lo que querían admitir. ¿Acaso compartía las mismas ideas que el rey Thomas?

—¿Podríamos hablar de algo más agradable? —pidió Bea con la atención ahora puesta en la mano del paje que rellenaba su taza de té, ignorando que interrumpía un momento incómodo.

—Por supuesto —respondió él con amabilidad, después aceptó más té.

Bea quiso aprovechar el momento a solas para hablarle de su amiga.

Pero, aun no se sentía en confianza para profundizar en un tema tan personal, por lo que la conversación giró en torno a los estudios, ya que ella estaba por terminarlos en un año.

Hablaron también de los planes que tenía para un año sabático, antes de aceptar las responsabilidades que su título llevaba demasiado tiempo aguardando.

La terrible verdad era que Bea aún no podía aceptar que los reyes lo hubieran destruido todo.

—¿Tu mejor amiga está incluida en ese plan? —preguntó Daniel antes de beber su té. La conversación ya no le parecía tan casual, tal vez él solo se había acercado por Jocelyn.

Bea se sorprendió de lo directo que fue, pero, aun así, habló a favor de su amiga.

Mientras hablaban, reconoció que Jocelyn había tenido mejor suerte que ella. Daniel tenía un atractivo clásico, pero su personalidad era avasalladora. Y ahora, al conocerlo un poco más, se daba cuenta de que se había equivocado, y que ese hombre junto a ella no era la extensión de Henry.

Parecía un hombre confiable.