El llamado del árbol Capítulo III
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Capítulo III

Tan pronto como Bea salió del salón, corrió por sus cosas para ir a la biblioteca a cambiarse. Estaba tan emocionada que apenas podía contenerse.

—¡Sí! ¡En tu cara, Henry! —gritó cuando al fin se vio protegida por la seguridad de la soledad. Se sintió tan bien consigo misma; pues años de desprecio se habían reivindicado en solo minutos.

Hasta el momento, las consecuencias de lo que había hecho no lograban opacar la emoción desbordante de haberlo puesto en su lugar.

Ahora solo tenía que enfrentar las consecuencias.

Mientras acomodaba su cabello tras cambiarse, escuchó pasos y voces aproximándose a la puerta. Reconoció que eran los reyes y sus padres; sin dudarlo, se ocultó detrás de un librero.

En seguida, entraron a la biblioteca en silencio. El rey se aseguró primero, con una mirada rápida, de que el lugar estuviera vacío. Lo que iban a tratar allí no debía saberse todavía.

—Bien. ¿Qué es eso tan importante de lo que tenemos que hablar, papá? —preguntó Henry.

Bea escuchó su voz que llegó rezagado, vistiendo aun el traje de esgrima. Bea sonrió al ver las rasgaduras.

Mientras la puerta se cerraba tras ellos, buscó con rapidez un sitio más adecuado desde donde pudiera tener una mejor vista.

—Tenemos que hablar de tu futuro, hijo —respondió el rey.

—¿Ahora? —cuestionó, mirando a los padres de Bea. No entendía por qué debían estar ellos presentes.

—Sí —respondió la reina.

—¿Y para eso es necesario que estén los Cavendish? —preguntó Henry, sin consideración.

Aun oculta entre los libros, Bea vio al rey asentir con lentitud. Entonces, su corazón latió asustado ante la incertidumbre.

—Hijo… —dijo la reina acercándose a él, lo tomó de la mano para sentarlo en la pequeña sala de lectura, pero el rechazó el gesto. Entonces, reveló sin rodeos—: Tu futuro está unido a Bea.

—¿De qué hablas, mamá? —preguntó Henry. Sus gestos daban una idea de sus sospechas.

—Desde hace muchos años, cuando Bea tenía un año y tú estabas por cumplir los cuatro, Howard y yo hablamos de la posibilidad de hacer el reino más fuerte. Llegamos a la conclusión de que dicho bienestar solo podía lograrse si las dos familias se unían —explicó el rey.

Henry retrocedió un paso, dando muestra de que sus sospechas estaban haciéndose realidad.

—La casa Landgen se unirá con la casa Cavendish, hijo… Se te ha otorgado la mano de Bea —reveló la reina despacio para que cada palabra no fuera puesta en duda.

El corazón de Bea se detuvo tan solo unos segundos al escuchar la noticia.

Le arrebataron la libertad de decidir con quién casarse como si todavía vivieran en la Edad Media.

Ser considerada una adulta ante la sociedad debería haberle concedido ese derecho.

Por eso, había planeado mudarse del castillo tan pronto terminara la universidad y vivir como cualquier otra persona.

Además de que era la única manera de sentirse bien.

En ese momento, reconoció que su única salvación era que Henry la rechazara y, esta vez, recibiría su desprecio con gusto.

De hecho, se sentiría agradecida con él toda la vida.

Miró a Henry cuando él rio sin control, quizás, convencido de que aquello no podía ser más que una broma de mal gusto. Desde ese segundo, Bea no tuvo ojos para nadie más que para él; quería grabar cada gesto, cada palabra, de ahora en adelante.

—¿Están diciendo que he estado comprometido desde niño sin mi consentimiento? —reclamó Henry, indignado, cuando se dio cuenta de que los rostros serios no le afirmaban que era una broma.

—No —respondió Amelia, madre de Bea—. Solo se te prometió su mano en aquel momento.

Henry suspiró aliviado. Aun cuando los términos eran lo mismo, en el mundo de la realeza tenían significado diferente. Había una posibilidad de volver a ser libre para estar sin complicaciones con esa mujer de la que habló con Daniel.

—El compromiso se formalizará cuando cumplas los veinticuatro años —explicó la reina.

—¡¿Qué?! —gritó Henry, más indignado. Bea se sobresaltó al sentir su rabia—. ¡Mi cumpleaños es en cuatro meses!

—Sí. Entonces, empezarán los preparativos para que se casen cuando mi hija termine sus estudios —agregó Howard—. Lo que hará que ella sea una mujer apta para contraer matrimonio.

—Papá, no me hagas esto. ¡No uses las estúpidas leyes medievales para mi futuro!... ¡No me ates a una mujer que no amo! —suplicó Henry, se sentía en su voz que no solo estaba desesperado, sino también aterrado. Si no lograba hacerlos cambiar de idea en ese momento, después sería imposible.

—Los cuatro hemos dado nuestra promesa y no puede romperse —explicó el rey con tono autoritario. Siempre acostumbrado a que sus decisiones jamás se cuestionaban.

—¡Pues no lo haré! ¡No voy a permitir que decidan mi futuro!

»Esto es una estupidez… —se interrumpió antes de soltar el insulto que realmente quería decir—.

¡Por Dios! ¿Casarme con alguien a quien siquiera…

? —volvió a guardarse su desprecio al recordar que estaban los Cavendish presentes.

Resopló con frustración y agregó—: ¡No! ¡No, no, no! ¡Es una maldita locura!

Henry retrocedió con paso furioso, decidido a abandonar la biblioteca.

—¡Solo encadenándome y poniéndome una pistola en la cabeza lograrán que me case con ella! —gritó Henry, muy amenazante.

—¡Hijo, tranquilízate! —demandó cordura la reina. Sus berrinches estaban yendo demasiado lejos ante los Cavendish.

—¡No! Lo siento, Amelia y Howard, pero no voy a casarme con su hija —aseguró Henry, muy decidido antes de dejar el lugar azotando la puerta.

El silencio que dejó fue tan incómodo y lastimero. Bea no quería casarse tampoco pero el desprecio de Henry, hasta el punto de que solo muerto lo haría, la lastimó como una daga fría en su corazón.

—¿Crees que hemos hecho bien al tomar esta decisión sin su consentimiento, Thomas? —cuestionó Amelia al rey, quien solo asintió y sonrió deleitado.

El rey miró a Howard de una forma que evocaba los viejos recuerdos. Howard comprendió enseguida; al volver la vista hacia la reina Lilian, ambos sonrieron con una complicidad nostálgica.

—¿Estás seguro de que lo están? —consultó Howard.

—Ahora lo estoy —respondió Thomas—. Su traje aun lo muestra.

—¿Qué sucede? —cuestionó la reina a ambos amigos.

—Henry siente algo por Bea y viceversa —aseguró Howard.

Bea estaba estupefacta. ¿Cómo podía su padre asegurar algo así si ninguno de los dos había mostrado interés por el otro? Por el contrario, ya podía asegurar que le era antipática a Henry y era seguro que ahora la odiaba más, después de humillarlo en público.

—Me preocupé cuando los vi que se trataban con indiferencia esta mañana, después de estar muchos años sin verse —explicó Thomas—.

Pero cuando se enfrentaron en la esgrima, me di cuenta de que los dos se atacaban con rencor.

Pero no era del tipo que se muestra al enemigo, sino el que uno siente cuando es lastimado emocionalmente.

»Henry supo desde el inicio que la competencia no era normal. Tal vez sospechó que su rival era Bea, y ella claramente estaba ofendida.

»Él debió haber dicho algo que la lastimó en su orgullo.

—Eso no es una prueba de los sentimientos de nuestro hijo, Thomas —comentó la reina Lilian.

—Por el contrario, querida —refutó el rey en lo que se acercaba a su esposa para tener un gesto cariñoso con ella; tan discreto que no incomodó a Howard y Amelia, pues estaban acostumbrados a verlo. Preguntó—: ¿Recuerdas cómo te trataba en la universidad?

Ambos compartieron la misma mirada cómplice que los unió en el pasado, y, al final, la reina sonrió al caer en cuenta.

Justo cuando iba a explicarle a Amelia por qué veía en su hijo el reflejo de su esposo, alguien del staff llamó a la puerta y anunció que los invitados empezaban a cuestionar la ausencia de los reyes.

—Hablaremos después, cuando ya se hayan retirado los invitados —sugirió el rey.

Los cuatro salieron de la biblioteca, resguardados por un silencio que los hacía prometer que siempre hablarían de ese tema a solas.

Bea salió de su escondite, sumida en lo que había escuchado. La posibilidad de estar casada con Henry, lo quisiera o no, le encendía la sangre.

No concordaba con el rey Thomas. Reconocía que Henry era atractivo, jamás lo ha negado, pero eso no significaba que ella estuviera enamorada de él.

Por el contrario, lo detestaba, y seguía viendo en él a aquel niño odioso que no paraba de hacerle maldades hasta hacerla llorar…

y que ahora se había convertido en un hombre manipulador.

Nunca sembró una pizca de amor en ella.

—¡Lo odio! —exclamó apretando los dientes.

Solo que el eco recorrió el lugar y regresó a ella, devolviéndole con complacencia su desprecio por el príncipe.

Reconoció que fue un descanso que él se fuera a la universidad y volviera a ser una desconocida.

No, no amaba a Henry. Bea estaba segura de eso.

Pero ¿cómo podía hacer cambiar de parecer a sus padres y a los reyes? ¿Cómo no meter en problemas a su familia por desairar a la casa real? Los Cavendish tenían poder, pero, al final del día, la casa real podría destruirlos con solo una orden.

—No va a ser fácil —aceptó Bea de camino a la puerta.

Cada paso le hacía sentir que estaba cayendo por un abismo oscuro, y nadie sabía que estaba muriendo ahí.

Fue a reunirse con sus padres en los jardines del palacio. Allí darían un paseo mientras esperaban la hora del té. Se habían preparado elegantes carpas para que los invitados conversaran mientras disfrutaban del té y el fresco sentados en muebles de ratán.

Bea no soportó estar ahí y cuchicheó a sus padres que se iría a casa. Pero ellos le ordenaron que tenía que quedarse y poner buena cara, después de la humillación que hizo a Henry en público. Por supuesto, Howard no sabía que Bea había escuchado la conversación privada con los reyes e hijo.

Estaba tan disgustada que se alejó poco a poco de todos.

Caminó sola por los jardines. Se sentía muy sola, quizás si hubiera colado a Jocelyn a la fiesta privada, posiblemente su incomodidad sería más llevadera.

Por lo menos, tendría a alguien con quien hablar de su nueva obligación. No resolvería el problema, pero incluso las falsas soluciones eran capaces de conceder un poco de calma.