El llamado del árbol Capítulo II #2
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Capítulo II #2

Aunque reconocía que los hombres podían volverse irresistibles haciendo ciertas cosas, el recuerdo del cruel apodo de Henry desapareció todo sentimiento agradable.

—Patito feo y debilucho —susurró Bea en lo que se ponía de pie tras iniciada la contienda. Decidió no dar el gusto a Henry de despreciarla con la mirada.

Su huida fue apocada por los invitados que también se pusieron de pie cuando Henry dio una estocada a su contrincante que lo puso en ventaja.

Caminó por el pasillo muy enfadada, con el vitoreo acallándose conforme se alejaba; quería arrojar algo que Henry apreciara mucho para lastimarlo como él lo había hecho con esas palabras infantiles, pero humillantes.

Sin embargo, pronto se detuvo y sonrió mordaz, pues las buenas ideas siempre le llegaban en momentos de ofuscación. Había encontrado la forma de lastimar a Su Alteza en su propio terreno.

Lo derrotaría frente a todos en el deporte que él mismo le había enseñado cuando más jóvenes.

Sería una humillación antes sus fans devotas.

Cuando Henry se interesó por la esgrima, solía practicar con Bea. Humillándola y lastimándola con estocadas que quedaban marcadas por semanas en su piel sensible. Aquellas heridas le recordaban siempre que debía soportar todo en silencio, pues no podía poner en ridículo al príncipe.

Entonces, Bea recordó que había una puerta adyacente al vestidor; entró con cuidado, esperando que no hubiera nadie.

Para su buena suerte, todos los participantes habían salido para ver a Henry combatir. A veces, él se entusiasmaba y daba un buen espectáculo.

Encontró un traje viejo arrumbado; curiosamente, era de color negro.

«¿De quién habrá sido este traje?», se preguntó mientras lo revisaba. Le pareció perfecto porque, en cierta forma, sería una burla al apodo que le otorgó Henry.

Era algo grande para ella, pero bastaría. Además, no había tiempo para buscar otro. Así que lo tomó y salió apresurada.

Fue a la biblioteca personal de la reina para cambiarse ahí.

Escondió su larga cabellera oscura como pudo con la careta y dejó a un lado el chaleco; era seguro que sentiría los golpes más fuertes, pero demostraría a Henry que no necesitaba de tanta parafernalia para derrotarlo.

Ya lista, regresó al salón y esperó afuera a que el combate terminara. Si Henry ganaba —no había duda en ello—, estaba obligado a pelear con un contrincante nuevo, según las reglas personales del rey. El que llegaba hasta el final de la contienda, ganaba.

El estridente vitoreo le indicó que Henry había ganado. Esa era la señal de su entrada.

Resopló un par de veces y, consumida por los nervios y el resentimiento, entró con paso decidido ante la confusión de los presentes. No era usual que un contrincante vistiera de negro.

El paje guardó silencio, sin saber siquiera a quién debía anunciar.

Al cruzarse con el contrincante vencido, arrebató su espada y entró a la zona de combate.

Fue una actitud tan descortés que Henry se quitó la careta y la encaró para que explicara su intromisión.

Los suspiros se escucharon cuando su cabello castaño sudoroso cayó desordenado sobre su rostro, acentuando sus rasgos marcados y aquel atractivo de ensueño.

La intensidad de sus ojos cafés, mezclada con una melancolía bohémica difícil de descifrar, bastó para emocionar aún más a las mujeres.

Pero Bea no se dejó impresionar y solo lo saludó, obligándolo así a aceptar el combate.

Henry aun exigía en silencio una explicación, pero, ante el entusiasmo de su padre, no tuvo otra opción que aceptar el duelo.

Tomaron sus posiciones e inició el baile que incitaba al otro a atacar al aviso del director de asalto.

Bea conocía bien los ataques de Henry, así que no le fue difícil contraatacar. Su agilidad nata le hizo esquivar bien aquellos golpes que su cuerpo bien recordaba.

El primer punto fue para Bea. Quiso celebrarlo, pero no podía tentar a la mala suerte al adelantar la victoria.

Siguieron combatiendo. Por los movimientos vacilantes, Henry parecía reconocer algo inquietantemente familiar en la manera en que su rival se movía, pero el combate avanzaba tan rápido que no podía permitirse descubrirlo.

Cada ataque suyo era más violento que la anterior, sin sospechar siquiera que su oponente era una mujer, y lo que había iniciado como un duelo amistoso empezó a asemejarse peligrosamente a una lucha con espadas reales.

Bea combatía ya con tal entusiasmo que terminó rompiendo la punta de su florete, y estaba tan ofuscada que en una de esas rasgó el traje de Henry.

El grito de asombro de los invitados fue tan alto que Henry detuvo el combate enseguida. El duelo había dejado de ser un juego hacía varios ataques atrás, y aquellas espadas no estaban hechas para soportar descuidos.

—¿El patito feo no es tan débil como creías, Henry? —murmuró Bea, cuando una estocada la llevó muy cerca de él, quien de inmediato rompió su pose de contraataque y ladeó confundido la cabeza. Sin embargo, fue rápido al recordar a quién insultó con tal comparación.

Bea era el contrincante que le estaba pateando el trasero.

Henry se retiró la careta para terminar la contienda. En respuesta, Bea estiró presuntuosa el cuello, demostrándole que aún no terminaba y que estaba preparándose para volver a atacarlo.

Sabía que él nunca mostraría su cobardía ante todos.

El rey animó a su hijo a seguir con un vitoreo y, una vez más, Henry no tuvo otra opción más que ponerse la careta y continuar.

Bea sentía que él se contenía por momentos para no herirla, pero ella no se rendía y lo instigaba, una y otra vez, a que atacara. Ella quería una victoria contundente.

Al final, Bea logró los puntos suficientes para que se le dieran la victoria, y Henry salió derrotado y con rasgaduras en su traje por doquier; se asustó cuando revisó la profundidad de algunas de ellas.

El director de asalto se acercó a Bea para preguntarle su nombre y anunciarla como vencedor, pero ella se retiró la careta en lugar de responder.

Su hermoso cabello ondulado cayó con elegancia, desatando así indignación por haber humillado al príncipe.

Aunque el rey estaba fascinado con la sorpresa y vitoreó a Bea, reconociendo que fue una digna contrincante.

Bea volteó a ver a Henry, ya sin careta, y se regodeó con una sonrisa mordaz; la humillación lo había dejado tan sorprendido como irritado.

El patito feo y debilucho se había convertido en un cisne hermoso, ágil y fuerte.

—¡No vuelvas a llamarme! —ordenó ella con voz severa.

Bea iba agradecer al rey por no haber detenido la contienda, pero se topó con la mirada disgustada de sus padres.

Se había ganado un buen regaño, pero no le importó, porque había derrotado a Henry por primera vez.

Y que fuera en público, hacía la situación más satisfactoria, y eso valía la pena el regaño que le iban a dar.

Porque, a pesar de ser una mujer construyendo ya su camino sola, aún tenía que rendir cuentas a sus padres en cuanto a la Corona se tratase.

Como no quería disculparse en ese momento, porque Henry ganaría al final, solo terminó su reverencia hacia los reyes, luego hacia su contrincante.

Pero, antes de salir, aventó la espada rota a su dueño con elegancia, quien la vio pasar con la boca abierta; admirando la fortaleza de una mujer hermosa.

Bea se sitió orgullosa de sí misma por primera vez y reconoció que, después de todo, Henry fue un buen maestro.