Capítulo II
Todo estaba saliendo acorde al plan de la reina Lilian.
Tras la comida en el gran salón de banquetes, Henry pidió la palabra para felicitar a su padre, y para anunciar su regalo.
Ese año, Henry había organizado un encuentro de esgrima, el deporte favorito de su padre. Participarían los mejores esgrimistas del reino, incluido el príncipe mismo.
El rey, entusiasmado por la sorpresa, invitó a todos a pasar al salón de esgrima que estaba situado en el ala este del palacio; era una enorme estancia construida con madera antigua, la cual ha sido testigo de incontables duelos y juramentos de honor.
Los presentes se dirigieron hacia el lugar, entre conversaciones animadas, risas y murmullos que llenaban los corredores del palacio.
Howard caminaba a lado de su gran amigo el rey Thomas. Ambos estaban entusiasmados, recordando sus días de juventud, cuando participaron en dicho deporte en la universidad. Sus respectivas esposas los seguían muy ajenas a sus años de gloria, pero muy atentas a sus propios temas de conversación.
Bea los seguía muy de cerca, sintiéndose tranquila estando alejada del castillo. Incluso, volvió a maravillarse de la grandeza del palacio.
Al llegar a la sala de esgrima, los invitados aguardaron, buscando con la mirada el lugar con la mejor vista.
Mientras se dirigía al lugar que la reina le había destinado, Bea revisó los escudos de armas que cubrían las paredes altas, como siempre lo hacía cuando estaba ahí.
Pertenecían a todos los campeones desde que el deporte se practicaba en el reino.
El rey había sido campeón en una ocasión, durante sus años de juventud.
Los invitados siguieron conversando en grupos mientras todo era preparado para los encuentros.
Minutos después, los invitaron a tomar sus lugares en las antiguas gradas. Mientras tanto, los participantes esperaban ansiosos en un cuarto conjunto, preparándose aún para sus respectivos encuentros.
Bea estudió cada escudo de armas con la leyenda de cuándo había ganado dicho participante; había escudos que databan del año mil cuatrocientos.
«¿Tan antiguo es este deporte?», se preguntó.
Sin darse cuenta, su paseo lento la llevó a otra puerta que daba al pasillo por donde habían entrado.
Iba a regresar a su lugar designado, pero escuchó un tímido eco de risas y voces que despertaron su curiosidad.
Volteó a ver a sus padres, quienes aún conversaban con sus amigos, y supo que no notarían su ausencia.
Entonces, se animó a seguir por el pasillo hasta llegar a una bifurcación; al doblar la esquina, vio al príncipe acompañado de su mejor amigo.
Bea aún estaba confundida por el comportamiento de Henry, ya que le había dicho que deseaba verla, incluso conversar, y la ha ignorado desde que llegó. Ni siquiera la saludó.
«Me manipuló…Lo hicieron llamarme para obligarme a venir», pensó. Era seguro que su padre ya hubiera comentado a su amigo que ella ya estaba poniendo excusas para no asistir a los eventos reales, e idearon algo seguro para obligarla a asistir.
Ambos amigos estaban conversando sobre las mujeres que habían asistido al encuentro. Sus comentarios eran muy sexuales.
«Típicos hombres», pensó Bea mientras censuraba con un bufido tal comportamiento.
Aun así, se ocultó tras la imponente armadura de uno de los antiguos reyes para escuchar la conversación. En otra ocasión no lo habría hecho, pero pensó en Jocelyn. Con un poco de suerte, esa podría ser la oportunidad para averiguar qué opinaba Daniel de su amiga.
—¿Creí que ibas a invitar a Haley? —escuchó a Daniel preguntar a su amigo.
—No, no puedo hacerlo. Ella quería venir… Me rogó mucho, pero mis padres aún no están preparados para conocerla.
—¡Eso crees! Pero te aseguro que ellos están al tanto de con quién estás saliendo.
Ambos contuvieron la risa para evitar que llegara a la sala, gracias a la acústica del lugar, que esta vez era aliada de Bea.
Ella se sorprendió al saber que el príncipe tenía un romance secreto.
«¿Por ella me ha ignorado? ¡Maldito manipulador!», pensó. Pero después sonrió con malicia y, hasta cierto punto, lamentó que no pudiera estar presente cuando la bomba estallara en la cara de Henry, dado que al ser el heredero no podía casarse con cualquier mujer.
—Es lo más seguro... Pero también hay otra razón por la que no la invité.
—¿Cuál? —preguntó curioso Daniel.
—Si la traía a la corte, estaría formalizando la relación… O lo que sea que tengo con ella.
Daniel soltó una risita irónica, y Bea sonrió apenas.
Era casi una ironía que Henry fuera muy inocente con respecto a las verdaderas intenciones de esa mujer.
Porque Bea, siendo solo una Cavendish, ha experimentado lo que era ser solo deseada por el dinero y el poder.
Henry siempre será un pez gordo para atrapar y devorar.
—Yo creo que en realidad no la quisiste traer para que no te arruinara el ligue con las «invitadas casaderas» —refutó Daniel con tono burlón al final.
Bea percibió la risa baja y sarcástica de Henry, como la de alguien que ocultaba un sentimiento que no debía revelar.
—Será una broma para ti, pero es muy cansado ignorar sus coqueteos.
»Es muy incómodo que sus miradas me recorran hasta detenerse en la llave que les dará una vida mejor.
—¡Por Dios, Henry! ¿Qué le puedes objetar a… Mmm, a Lady Cavendish? —cuestionó alegré Daniel, aunque Bea lo tomó como la continuación de la burla.
—¿Beatrice?
Daniel dejó escapar un sonido gutural, extraño, casi sensual. Bea no supo explicar por qué, al escucharlo, sintió un desagradable revoloteo inesperado de mariposas en el estómago.
—¿Me estás diciendo que consideras a esa niña atractiva? —cuestionó despectivo Henry. Ahora Bea se confundió, tanto por el rechazo como por su súbita desilusión de enterarse que él no se sentía atraído por ella.
—A pesar de tener… Mmm, ¿veintiún años? —consultó dubitativo Daniel. Henry confirmó que esa era su edad con un asentimiento de cabeza. Continuó Daniel con tono sexy—: Está floreciendo con gracia. Es una mujer hermosa.
—Es posible que esa flor ya la hayan arrancado. —Ambos rieron al doble sentido—. ¡Es toda tuya! No quiero tener nada que ver con ella —dijo Henry con tono indiferente.
Fue suficiente para herir el orgullo de Bea, porque sintió aquellas palabras como otra de esas bromas crueles disfrazada de halago.
—¿Por qué no?
—Porque siempre me ha parecido un perrito faldero. Ha sido un dolor en el trasero para mi desde que sus padres la dejaban en la corte cuando viajaban por asuntos de negocios.
»Por suerte, ya no paso tanto tiempo en el palacio.
—No es para tanto —dijo Daniel, incrédulo por la exageración del desprecio de su amigo hacia Bea.
—¡¿No lo es?! —exclamó molesto Henry—. ¿Acaso no la has visto durante los festejos? Siempre mirándome… ¡Me estremece!
Daniel lo iba molestar con esa expresión final, pero Henry lo calló con una seña de mano.
—¡No es como te lo imaginas! Me estremece de una forma tétrica… Como lo haría una acosadora —se apresuró Henry a detener la burla de su amigo.
Bea sintió un terrible ahogo en el estómago.
Ella lo había perseguido cuando niña porque, en ese entonces, se sentía sola en ese palacio que no era su hogar.
Sus padres solían abandonarla por semanas, dejándola a cargo de la reina, quien a su vez cedía la responsabilidad a la institutriz que cuidaba a Henry.
Al no haber más niños en el palacio, Bea buscó a alguien que jugara con ella. A alguien que entendiera qué era no tener a sus padres cuidándola y amándola, como se suponía deberían hacerlo. ¿Y quién mejor que el príncipe heredero para saber lo que significaba estar solo?
Ahora entendía que Henry, por su parte, solo la aceptó a su lado para tener a alguien a quién molestar cuando su institutriz lo castigaba.
Así desquitaba la frustración que debía guardarse por consejo de su padre: «Un soberano jamás debe perder la cordura ante sus subordinados». Solo con Bea podía liberarse.
Pero, aunque él no quisiera reconocerlo, ella había sido una buena compañía en aquel palacio. Incluso era alguien que lo comprendía, pues ambos cargaban con la responsabilidad de ser herederos. Bea heredaría la gran fortuna y el poder de sus padres, mientras que Henry heredaría el reino.
Bea se desilusionó al escuchar que su «amigo» de la infancia la ha odiado desde entonces. Eso hizo aún más terrible por qué no podía dejar de verlo.
Quizás estaba maravillada con el hombre atractivo en que se había convertido ese niño pecoso con la piel siempre raspada por sus juegos. Tan atractivo que todas las jóvenes hacían lo imposible para atraer su atención.
Y otras iban más allá para lograr colarse en el círculo de la realeza.
Pero su sentir cambió a furia cuando Henry terminó la conversación con Daniel diciendo que Bea solo era un patito feo y debilucho… Alguien que era fácil de olvidar.
Bea quiso huir del palacio para no seguir dando el gusto a Henry de despreciarla, pero, ante todo, ella era parte de la nobleza y tenía que comportarse a la altura de lo que esperaban sus padres siempre de ella.
Por lo tanto, solo respiró profundo, hasta lograr la fría entereza para regresar al salón de esgrima con paso enfadado.
«¿Por qué me llamó para pedirme que viniera si me odia? ¿Lo hizo a propósito para que no volviera a poner un pie en el palacio?», se preguntó confundida.
Sus padres seguían sentados muy cerca de los reyes en el centro de la grada. Para no molestar a los presentes, se sentó en la esquina más próxima, olvidando el lugar donde debería estar.
Las primeras contiendas fueron arriesgadas y muy parejas. El rey aplaudía y vitoreaba a su competidor favorito del momento sin pudor, restregando a su gran amigo Howard la victoria. Era muy común que ambos apostaran entre ellos por cualquier cosa.
—Su Alteza, el príncipe Henry, será el siguiente contrincante —anunció el paje que presentaba a los participantes.
Bea escuchó el vitoreo estruendoso de Daniel sobre el de las jóvenes que estaban fascinadas por ver a su atractivo príncipe en un encuentro de espadas.