El llamado del árbol Capítulo I #2
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Capítulo I #2

Bellfire cabalgó a trote tranquilo, lo que permitió que Bea se adentrara aún más en los miedos de lo que se esperaría de ella. Siempre pensando en el pasado, en lo que se había construido y debía mantener vivo, nunca en lo que ella en realidad deseaba para sí.

La melodía volvió, y la sintió como una serpiente recorriéndola para asfixiarla.

—¡Corre! —ordenó de pronto a Bellfire en un grito, con la esperanza de que desaparecería al alejarse aún más del castillo.

La velocidad que podía alcanzar su caballo siempre la ha hecho sentir libre, lo que necesitaba en este momento.

Tal vez Bellfire ya había recorrido un par de kilómetros desbocado, cuando la melodía se volvió más estridente, hasta el punto de que una punzada de dolor la hiciera jalar las riendas con agresividad. Sintió que estaba a punto de explotar.

Bellfire sufrió tanto que relinchó y se alzó en dos patas para aligerar la presión sobre él. Bea apenas pudo sujetarse para no caer, mientras era torturada por el dolor intenso de cabeza. No faltaba mucho para que perdiera la consciencia.

El momento empeoró cuando levantó un poco la vista y reconoció dónde estaba. El terror se apoderó tanto de ella que no supo qué hacer. Cada vez que se acercaba a la parte del bosque que le habían prohibido visitar, se asustaba, pues de niña se había perdido ahí.

Nunca ha podido recordar qué fue lo que pasó ahí dentro.

—¡Tranquilo! —ordenó Bea a Bellfire, porque no dejaba de relinchar. Aunque su voz salió temblorosa.

Cuando el caballo logró tranquilizarse, ella pudo desmontarlo, pero solo para dejarse caer de rodillas para seguir a merced del dolor.

—Por favor, no quiero morir —suplicó en murmullos, con aliento desfallecido, pues parecía ser que estaba teniendo algún tipo de infarto cerebral.

Lo peor de todo era que estaba sola. Si moría, tardarían en encontrarla porque sabía que Bellfire no se movería de su lado.

Su cuerpo siguió sucumbiendo rápido ante la voluntad de una fuerza que parecía querer arrancarla de ese mundo. De pronto, se escuchó un rugido que estremeció su ser hasta retroceder arrastras, tan asustada que parecía salirle el corazón.

El sonido había sido tan potente que despertó a una bandada de cuervos, que dejaron el bosque para ir hacia Bea; como si les hubiesen ordenado atacarla.

Bellfire volvió a relinchar y trató de protegerla, pero la bandada estaba decidida a lastimarla. Mientras tanto, Bea se levantó como pudo, porque todavía seguía siendo destrozada por el dolor, y logró montar a Bellfire.

—¡Sácame de aquí! —ordenó con aliento desfallecido. Huyeron de ahí lo más rápido que se podía sin caer.

Sin embargo, los cuervos no se detuvieron, la siguieron mientras graznaban aterradoramente. Llegó un momento en que Bea tuvo que abrazar el cuello del caballo para no caer y protegerse; recibió cada galope, golpeándose contra el animal.

Con el paso de los segundos, empezó a dejar de escuchar el graznar de los cuervos. No supo si fue porque estaba a punto de perder la consciencia o porque, finalmente, los dejaron en paz.

El camino de regreso pareció más largo de lo normal. Sin embargo, conforme avanzaba, Bea empezó a sentirse mejor, hasta el punto de que pudo erguirse y respirar tranquila. Así mismo, Bellfire redujo su galope hasta ser un trote tranquilo, como si ambos estuvieran en un paseo dominical.

Creyó que ya estaba a salvo, hasta que tuvo que sacudir la cabeza cuando algo empezó a nublar su vista y sus pensamientos. Se sintió cómo si tuviera que hacer algo, pero hubiese olvidado qué.

Se miró las manos, sujetando las riendas de Bellfire, y la confusión fue aún más grande porque no recordaba haber decidido salir a cabalgar. Dada la importancia del día, no estaba en sus planes hacerlo; además, era temporada de descanso de Bellfire.

Fue a las caballerizas para dejar a su caballo.

Hizo la rutina junto con su caballerango, quien siempre estaba al pendiente de Bellfire, en especial.

Lo miró de vez en tanto, con discreción, esperando que le dijera algo que la hiciera recordar.

Pero solo le comentó que ayudaría a Bellfire a descansar.

Bea era una joven impetuosa y a veces exigía mucho del caballo, hasta el punto de que él mismo se aislaba en el campo para descansar. Su caballerango solía decir que los dos tenían el mismo carácter, por eso la comunicación entre ambos podría darse hasta en silencio.

Bea regresó al castillo con paso calmado, tratando de recordar qué había olvidado. Aunque tenía la vaga sensación de que algo seguía aferrada a ella. Se sentía como un sueño que había dado un mensaje importante, pero aún no debía recordarse.

—¿Bea? —llamó Amelia, su madre. De seguro presintió que se sentía mal.

Ella reaccionó confundida, atrapada entre la realidad y el vacío de la confusión.

—Mamá… No me siento bien —respondió Bea, bajando la mirada. Bien pudo haber mentido acerca de su malestar, para no preocuparla, pero en verdad necesitaba apoyo.

«Me arrancaron algo», pensó. No era buena idea decirlo en voz alta porque ella misma ni siquiera sabía qué había pasado.

—Te has exigido mucho últimamente. Ve a tu cuarto a descansar… Enviaré al doctor para que te revise —sugirió su madre.

—¡No, no, no! Solo necesito descansar… Creo que me asoleé demasiado tiempo —excusó. No era buena idea que el doctor la revisara porque su malestar era más mental que físico. Además, era posible que si llegara a verla perdida en el vacío la enviaran con un psicólogo.

Algo que no tenía explicación para ella podría hundirla en años de terapia innecesaria.

Subió de nuevo, con paso lento, pero su madre la volvió a llamar. Respiró profundo a escondidas para fingir que ya estaba mejor.

—¿Estarás bien para ir a la fiesta de Thomas? —preguntó, acercándose al pie de la escalera.

Bea iba a responder que no lo estaba, pero era el cumpleaños del rey, la razón por la que había regresado a casa. No podía faltar, pues, siendo lo más extraño para ella, es que no solo la familia recibió la invitación formal de palacio, sino que el mismo Henry le había llamado con anticipación.

Fue una llamada corta y formal… y hasta cierto punto, manipuladora.

—Hace mucho tiempo que no nos vemos —comentó él cuando Bea guardó silencio para pensar en las implicaciones de no asistir. Henry agregó al presentir su rechazo—: Me gustaría hablar contigo en la fiesta de mi papá.

Aquel silencio se hizo aún más largo porque estaba estupefacta; dudó haber escuchado bien.

—¿Tenemos algo de qué hablar? —cuestionó ella, a la defensiva, como siempre ha sido con él.

—Siempre tendremos algo que decirnos —respondió él tras una risita coqueta.

Decidió aceptar porque le dio mucha curiosidad por qué el príncipe, con quien no tenía ninguna relación, de pronto, la llamó para invitarla… ¡Y quería hablar con ella!

—Está bien…

—Te veo pronto, Bea —terminó él la llamada antes de que ella pudiera decir algo más.

Durante varios días, Bea estuvo ansiosa por volver a verlo.

Sus padres no sabían de tal llamada, de lo contrario, su madre ni siquiera le hubiera hecho esa pregunta, porque todavía tenían la falsa creencia de que ambos se llevarían bien pronto.

—Sí, estaré bien para entonces —respondió a su madre. Fingió una sonrisa para tranquilizarla.

Amelia sonrió feliz de que no pusiera pretextos innecesarios esta vez, pues, siempre que había una invitación a palacio, en donde sabía que Henry estaría presente, había discusiones hasta que Bea cedía a regañadientes.

Nunca se portaba mal estando en palacio, pero tampoco se la pasaba bien.

—Pediré que te preparen todo —dijo Amelia, muy entusiasmada.

Amelia se retiró, dejando a Bea pensativa de nuevo. Era una lástima que Jocelyn no pudiera acompañarla, porque ayudaría a hacerla sentir mejor. Además, era seguro que asistiría Daniel Preston, el mejor amigo de Henry, y ella sentía una fuerte atracción por él.

Su amiga le había hecho prometer que se movería entre los invitados con la finalidad de escuchar algún comentario de Daniel hacia ella. Bea aceptó, pues quería darle esperanzas de que el hombre que la enamoró a primera vista podría estar a su lado algún día. Quería ver feliz a su amiga.

Bea había perdido interés en el amor. Pero esperaba enamorarse estando encaminada en la vida que apenas estaba construyendo para sí.

Aunque sabía que ser testigo de la experiencia amorosa de su amiga le serviría tarde o temprano.

Mientras subía despacio los escalones, pensando en el evento, sonrió satisfecha con la ida a palacio. Quizás alejarse de nuevo del castillo le daría la claridad suficiente para recuperar aquello que perdió mientras montaba.