El llamado del árbol
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Capítulo I
Los destinos del reino de Langden se crearon cientos de años atrás y han esperado su momento pacientemente. Escondidos en el tiempo y envueltos en silencio, durmiendo el largo y oscuro sueño del olvido.
Hasta que, a finales de primavera, durante el amanecer del día elegido, despertaron y empezaron a moverse como serpientes ansiosas de cambiar las vidas del reino sin detenerse.
Días antes, iniciaron los festejos de la coronación del rey Thomas, que coincidían con su cumpleaños. Era una celebración esperada, en donde la ciudad participaba por una semana en las ferias y fiestas al aire libre que había por doquier.
Mientras que, en la intimidad del palacio, en el día del festejo, se llevaba a cabo una reunión informal en donde solo asistían los más allegados a la casa real.
Los Cavendish, una familia muy antigua con un ducado fundado en el inicio de la historia del reino, y que ha perdurado con importancia y poder a través de generaciones, estaban en la lista de invitados.
Esa mañana amaneció inusualmente más fresca y ajetreada en el castillo de los Cavendish. Beatrice, la única hija del duque, deambulaba por los pasillos con la mirada perdida en el suelo, mientras buscaba respuestas en cada detalle del pasado.
No ha dejado de pensar en aquel día, tres años atrás, que todo cambió para ella… Cuando cumplió dieciocho años.
La emoción que sintió por meses por su cumpleaños ni siquiera se vio ensombrecida por la idea de dejar atrás la adolescencia, pues quería vivir sus propias experiencias.
Aunque se le advirtió que, al ser ya considerada una adulta, tendría que aprender a tomar decisiones difíciles y vivir sus consecuencias.
En ese entonces, la organización de su fiesta de cumpleaños ocupó durante días el tiempo del staff del castillo. Mientras que ella, en medio del caos, estuvo concentrada en su ingreso a la universidad.
Se alejaría de casa los primeros años, y comenzarían sus responsabilidades como hija del duque durante el último año; pues ella heredaría la extensa fortuna y el antiguo legado de su familia.
Como era de esperarse, muchas veces sintió miedo por la nueva vida, porque ya no iba a ser la hija protegida y tendría que convivir con desconocidos lejos de casa.
Las malas experiencias que ha tenido con extraños, que intentaron aprovecharse de su posición, la convirtieron en una adolescente que le costaba confiar.
Salir al mundo sola era exponerse a la infelicidad.
Todo inició la madrugada del día de su cumpleaños, cuando despertó sobresaltada, sudorosa y con el terror oprimiendo su pecho.
No había tenido una pesadilla, sino que dentro de la oscuridad de su sueño una melodía irreconocible la había perseguido sin cesar.
A veces, se escuchó como una grabación muy antigua, reproducida a una velocidad muy lenta y deformada hasta convertirse en susurros que se sintieron como el aliento del terror.
Estuvo tentada a pedir a sus padres que cancelaran todo porque perdía el interés tan pronto había un silencio a su alrededor, y no quería que los invitados lo notaran e iniciaran rumores innecesarios. Su mente era invadida por el sentimiento de inseguridad que le dejó aquel sueño.
Buscó el momento para pedirlo, pero el ajetreo de la fiesta no se lo permitió y tuvo que resignarse. Iba a ser una noche difícil para ella.
Agravando aún más el mal momento, el príncipe Henry asistió a su fiesta en compañía de sus padres, los reyes de Langden.
Fue obligatorio invitar a la familia real, pero Bea había tenido la esperanza de que sus deberes reales los hicieran cancelar.
A pesar de que los padres eran mejores amigos desde sus días en la universidad, Bea y Henry se despreciaban; de hecho, continuaban la rivalidad milenaria que enfrentaban las principales familias del reino.
Algunas rivalidades parecían estar escritas en piedra para nunca olvidarse.
Sin embargo, irónicamente, durante la fiesta, Henry logró que se distrajera. La incomodidad del príncipe fue el mejor de los regalos que tuvo ese día. Pues el acoso de las amigas de Bea no solo fue con miradas fijas y cargadas de deseo, también indirectas muy audibles, que trataron de conquistarlo.
Para ella, él era un hombre insoportable. Aunque reconocía que, al fin y al cabo, era el mejor partido del reino. Alguien digno para rebajarse con la finalidad de conseguir una vida mejor.
Por suerte, ella no necesitaba perseguirlo.
Incoherentemente, en algunos momentos en que observó a Henry siendo encantador con otras personas, se preguntó por qué nunca pudo existir una verdadera amistad entre ambos. Debió haber sido así por la amistad entre sus padres.
Había vagos recuerdos de que la relación entre ambos llegó a ser un poco amigable, hasta que algo ocurrió y se dejaron de hablar. Posiblemente, el que él haya entrado a la adolescencia.
Henry era tres años mayor que ella, y fueron compañeros de juegos desde que ella empezó a construir conversaciones entendibles.
Sin embargo, entre esos recuerdos había un sentimiento inquietante de que hubo alguien más en sus juegos. Era una lástima que el tiempo los haya hecho difusos ya.
Pensó que lo ideal sería hablar con él acerca de ello, pero, en el fondo, no estaba interesada en ser su amiga. Él no era indispensable en su vida.
Lo dejó a un lado, como todo lo relacionado a él.
Tras su cumpleaños, su relación con él volvió a ser ocasional, forzada por reuniones privadas y eventos públicos en donde solo se saludaron por obligación y cada quien siguió con lo suyo.
Hubo muchos momentos en los que sintió debía quedarse en el castillo, como si algo la obligara a ello. No entendió por qué, si tampoco dejaba de sentir a la ansiedad gritándole que debía alejarse.
Fue un conflicto interno que solo la lastimó y la hizo muy insegura.
Nunca habló de eso con sus padres ni Jocelyn Ellington, su mejor amiga, porque le dirían que su miedo al cambio fue tan profundo que lo reflejó de esa forma. Entonces, soportó y esperó a que el día de irse a la universidad finalmente llegara.
Los días fueron largos y difíciles de vivir.
No supo explicarlo, pero, solo entonces, aquello que la atormentó se desvaneció conforme el auto la alejaba del castillo para llevarla a la universidad. De hecho, olvidó todo con el paso de las semanas, como un sueño tan efímero, sin bases fuertes para recordarse.
Su vida tomó un camino que se sintió natural, de acuerdo con su edad.
Tuvo aquellas prometidas decisiones difíciles y el amor rompió su corazón.
Vio a su familia muchas veces, aunque siempre era en la ciudad o en el palacio de los Langden.
No fue hasta el último año de universidad que tuvo que regresar al castillo para el anunciado cumpleaños del rey Thomas.
Como ya todo estaba olvidado para entonces, como si nunca hubiera ocurrido, no temió regresar. Incluso, estuvo emocionada.
Sin embargo, tan pronto entró a los terrenos de la familia, aquel antiguo malestar la abrumó. Recordó que ya se había sentido así no hacía mucho.
«¿Por qué lo he olvidado?», se preguntó. Se sentía tan acorralada que decidió que ya era hora de encontrar su origen.
Su solitario y pensativo paseo por el castillo, la llevó sin esperarlo a la biblioteca familiar.
Se sorprendió de estar ahí, pero aun así miró los antiguos libreros que estaban empotrados en las paredes, con cientos de libros modernos.
Los antiguos, los más valiosos, estaban resguardados en un anexo privado al que solo la familia tenía acceso.
Por lo general, solo entraba a la biblioteca para consultas técnicas, pues tenía un par de libreros en la sala de su cuarto con sus libros favoritos.
Ese lugar siempre la había envuelto con una calma reconfortante, aunque en esta ocasión solo sentía la soledad que a veces podía tener el conocimiento.
Caminó con paso silencioso, con la esperanza de que los libros le dieran una pista de por qué estaba ahí.
Hasta que llegó a la pared destinada a los cuadros de sus antepasados. Como heredera, el suyo llegará a estar ahí en su momento.
Se detuvo en el cuadro de su padre, Howard Cavendish, y lo observó con atención. Siempre ha admirado su porte atractivo y elegante, que hacía voltear a las mujeres; incluso ahora en su madurez. En su momento, llegó a ser un soltero codiciado, mucho más que el príncipe heredero, su amigo Thomas.
Muchos decían que Bea era la perfecta combinación de sus padres. Había heredado la sonrisa conquistadora de su padre y la mirada penetrante de su madre.
Fue inevitable que mirara el anillo que usaba su padre, que se ha heredado desde el primer duque. Era una joya muy importante, que nunca se quitaba y cuidaba como a su vida misma.
Bea lo había observado infinidad de veces y todavía no podía entender el significado de usarlo.
Estaba consciente de que su destino era ocupar el puesto de su padre, pero, en ese momento, al observar detenidamente el emblema del anillo, empezó a darse cuenta de que ahí estaba la respuesta por la que había suplicado.
De ahí provenía lo que la ha atormentado por tanto tiempo…
El anillo era un contrato firmado hace siglos; el futuro siempre ha estado escrito para cada heredero Cavendish.
El legado la encontró al cumplir la mayoría de edad y destruyó sus planes, porque nunca habrá tiempo para vivir su vida. Solo la falsa realidad de que así podía ser.
Como se esperaba, un miedo irracional la sobrecogió. Sintió que pusieron la palabra fin en su historia al convertirla en la guardiana. Por eso, cuando se alejó del castillo, al irse a la universidad, sintió que estaba libre de ese legado… Una mentira que solo le dio un poco más de tiempo.
Retrocedió atemorizada cuando dentro de sí surgió el recuerdo de aquella melodía.
«Ahora sé que es la música del tiempo. Pero ¿qué significa? ¿Por qué la escucho?», se preguntó con la mano en el pecho, pues la opresión del terror era tan dolorosa.
Bien sabía que lo único que podía aliviarla era alejarse, por lo que salió corriendo y no se detuvo hasta llegar a las caballerizas, en donde tomó a Bellfire apresurada y salió a montar. Solo que, para no asustarlo, se forzó a tranquilizarse.