Escudo de Inocentes #3
Y mientras las llamas seguían consumiendo la noche de Culebra, mientras Mañe permanecía inmóvil sobre la arena y los sobrevivientes observaban en silencio, Punto 50 creyó que finalmente había derrotado aquello que más odiaba.
La esperanza. Sin saber que la esperanza suele resistir precisamente cuando todos creen que ha desaparecido.
El quiebre de Lira, sin embargo, no era absoluto. El fuego de su orgullo, forjado en mil batallas, se negaba a extinguirse bajo la sombra de la humillación.
En un arrebato repentino, alimentado por una rabia visceral que superaba al miedo, la guerrera alzó el brazo y, con un manotazo agresivo y cargado de repulsión, apartó bruscamente la mano de Punto 50 que profanaba su cabeza.
Clavando sus ojos ennegrecidos por el llanto en la mirada sádica del tirano, le escupió las palabras con una firmeza que heló el viento.
—Sí... pronto te llegará el fin.
Justo en el instante en que la última sílaba abandonó sus labios, el cielo nocturno de Culebra pareció resquebrajarse.
Un relámpago inmenso dibujó ramificaciones luminosas sobre las nubes oscuras que cubrían el pueblo.
La luz verdosa bañó las ruinas.
Y por un instante convirtió toda la noche en una visión imposible, el estruendo sacudió ventanas, postes, paredes, corazones, muchos levantaron la mirada instintivamente.
Punto 50, sin inmutarse por el despliegue sobrenatural, alzó lentamente la barbilla hacia el firmamento iluminado.
La sonrisa torcida volvió a dibujarse en su rostro desfigurado, saboreando la anticipación de la verdadera guerra.
—Te estoy esperando... Lagartija.
Murmuró al aire, con una mezcla de excitación morbosa y desafío.
Lira, aún arrodillada sobre la tierra ensangrentada, encontró en aquella tormenta seca el aliento que necesitaba.
Una sonrisa afilada reemplazó sus lágrimas de frustración, y desafiando al monstruo desde su posición de aparente derrota, le advirtió
—Viene por ti...
—Corre mientras puedas, malparido animal.
El firmamento le dio la razón de inmediato. Cayó un segundo trueno esmeralda, y luego otro, haciendo vibrar los cimientos mismos de Culebra con un estruendo ensordecedor.
Lo más perturbador de aquel fenómeno meteorológico era la sequedad absoluta del ambiente; no caía ni una sola gota de agua del cielo.
Era una tormenta de pura energía y furia contenida. Los encapuchados, curtidos en la violencia urbana pero ignorantes de las fuerzas ancestrales, comenzaron a intercambiar miradas de pánico.
El desconcierto y la superstición se apoderaron de sus filas, obligándolos a dar pasos titubeantes hacia atrás, aflojando instintivamente el agarre sobre sus rehenes ante el poder incomprensible que tronaba sobre sus cabezas.
Truenos nacidos de una oscuridad seca. Caliente. Viviente. Los encapuchados comenzaron a inquietarse. Algunos intercambiaron miradas. Otros apretaron con fuerza sus fusiles.
Algunos incluso retrocedieron. Instintivamente.
Como los animales cuando perciben algo que no comprenden.
El miedo comenzaba a cambiar nuevamente de dueño.
Y entonces apareció.
No llegó corriendo. No llegó escondiéndose. No llegó atacando. Llegó caminando.
Desde el centro mismo de la multitud.
Como si la noche se hubiera abierto para dejarla pasar.
Los sobrevivientes comenzaron a apartarse lentamente.
Los encapuchados también.
Sin entender por qué. Simplemente se apartaban.
Porque había algo en aquella presencia que imponía respeto.
Algo antiguo. Algo imposible de explicar.
Las marcas comenzaron a verse primero. Aquellos símbolos grabados sobre su piel. Aquellas líneas ancestrales que parecían vivas bajo los reflejos verdosos de los relámpagos.
Después apareció su figura completa. Caminando con absoluta serenidad. Con absoluta seguridad. Su largo cabello negro danzaba bajo la escasa brisa nocturna de Plato. Las telas desgarradas apenas cubrían parcialmente su cuerpo se movían suavemente con cada paso.
Y las marcas. Aquellas marcas. Brillaban. Como si respondieran a los truenos. Como si estuvieran conectadas con algo mucho más antiguo que la propia noche.
Los sobrevivientes comenzaron a murmurar. Algunos la reconocieron inmediatamente. Otros simplemente observaron en silencio. Como si estuvieran presenciando la llegada de una leyenda.
Porque no veían solamente a una mujer. Veían a la heredera de una historia. Veían a la sangre de los Chimilas.
Veían a la última portadora del legado de Zárate.
Era Sara.
Y caminaba directamente hacia Punto 50. Sin miedo. Sin odio visible. Sin prisa. Cada paso parecía firme. Inevitable. Como si supiera exactamente dónde debía estar. Como si aquella noche la hubiera estado esperando tanto como Punto 50 había esperado al Hombre Caimán.
Punto 50 permaneció inmóvil. Observándola acercarse. La sonrisa todavía dibujada sobre su rostro ensangrentado.
Pero ahora sus ojos brillaban con algo diferente. Curiosidad. Expectativa.
Y quizás...
Por primera vez en toda la noche. Una pequeña duda. Porque la oscuridad acababa de descubrir que no estaba sola.
Y el verdadero legado de Cerro Grande acababa de entrar en escena