Escudo de Inocentes #2
Una patada impactó cerca de Mañe, la arena salió despedida.
—La respetan, la siguen, la recuerdan.
Dio otro paso y continuó.
—La lagartija insolente...
Miró hacia la oscuridad, como si pensara en Rafael.
—Ese sí tiene algo.
Su voz se llenó de desprecio.
—Tiene la herencia del Hombre Caimán.
Volvió a mirar a Mañe y allí encontró el blanco perfecto, se inclinó, lo tomó por la camisa y tiró con violencia, la tela se rasgó, el sonido del desgarro resonó en medio del silencio, el viejo escudo del Unión Magdalena se desprendió, giró por el aire y cayó sobre la arena.
Mañe estiró instintivamente la mano, como si intentara rescatar algo mucho más valioso que un simple pedazo de tela.
Pero Punto 50 fue más rápido.
Apoyó la bota sobre el escudo y comenzó a aplastarlo lentamente, sin dejar de mirarlo.
—¿Ves?
La voz se volvió más cruel, más venenosa.
—Todos ellos tienen algo por qué pelear.
Presionó la bota con más fuerza.
—Tienen herencia, linaje, historias, leyendas.
La arena cubrió parcialmente el escudo y entonces señaló directamente a Mañe.
—Pero tú...
El silencio se volvió insoportable.
—Tú no tienes nada.
Los sobrevivientes observaban.
Lira observaba.
Incluso los encapuchados permanecían callados.
Punto 50 lo levantó nuevamente por la camisa, como si apenas pesara, como si fuera un saco vacío y lo lanzó otra vez contra el suelo, el impacto levantó una nube de polvo.
—No representas nada.
Mañe quedó inmóvil unos segundos, respirando con dificultad, sintiendo el sabor de la sangre en la boca, sintiendo el dolor en cada hueso.
Y encima de él apareció nuevamente la sombra de Punto 50, gigantesca bajo las llamas, convencida de haber ganado, convencida de haber encontrado la verdad más dolorosa.
—No vale la pena matarte.
La sonrisa regresó, lenta, satisfecha.
—No eres nadie.
Y por primera vez en toda la noche, el silencio que siguió a aquellas palabras pareció más pesado que los disparos.
Porque Punto 50 creía haber encontrado la herida más profunda de Mañe.
Y estaba convencido de haberla abierto por completo.
Como si pisotear el alma y la carne de Mañe no hubiera sido suficiente, Punto 50 selló su desprecio absoluto con un acto de una vileza indigerible, reunió una amalgama de saliva y sangre en su boca y la escupió con repulsión sobre el cuerpo moribundo de Mañe.
Sin concederle una segunda mirada a la masa inerte que yacía destrozada en el polvo, giró sobre sus talones.
Punto 50 centró entonces toda la oscuridad de sus pupilas en Lira.
Comenzó a caminar hacia ella con un paso espantosamente pausado, meciéndose con una cadencia lánguida y arrogante, arrastrando una sonrisa que prometía los peores tormentos.
Lira, empujada por el instinto de supervivencia y el dolor profundo de ver a su compañero humillado, levantó su revólver niquelado con ambas manos, apuntando directamente a la cara del monstruo.
—¡Un paso más y te vuelo los sesos, infeliz!
Su cuerpo entero temblaba, presa de una mezcla asfixiante de terror genuino y adrenalina pura, pero, aun así, seguía siendo leal a su esencia indomable.
Apretando los dientes para contener el pánico que intentaba apoderarse de su garganta, reafirmó su sentencia.
Las lágrimas continuaban descendiendo.
—No me importa morir aquí mismo...
Tomó aire.
—Pero antes te mato.
Aquellas palabras nacieron del miedo.
Pero también de la dignidad.
De la lealtad.
De la rabia.
Y de todo aquello que todavía se negaba a morir dentro de ella.
Lejos de intimidarse ante la inminencia del plomo, Punto 50 se detuvo un instante, ensanchó su sonrisa torcida y comenzó a aplaudir.
El eco de sus palmas chocando resonó lúgubre, hueco y sumamente sarcástico en medio de la plaza rodeada de rehenes.
—No te voy a matar por ahora.
Replicó, con una voz aterciopelada que contrastaba enfermizamente con la masacre que los rodeaba.
—Tú y yo tenemos un asunto pendiente.
El líder de los encapuchados reanudó su marcha lenta, sabiendo con deleite de depredador que tenía el tablero completamente dominado, y arrojó su jaque mate emocional con crueldad quirúrgica.
—Suelta esa vaina.
Volvió a mirar a Lira.
—O no solo te mueres tú.
Su sonrisa desapareció, por primera vez en varios minutos.
—Primero los mato a ellos. La voz sonó fría. Vacía.
—Y te dejo viva para que los veas caer uno por uno
La poca distancia que los separaba se evaporó. Punto 50 se acercó tanto que Lira podía respirar el hedor metálico y dulzón de la muerte que emanaba de la ropa del psicópata.
En un acto de audacia demencial, el verdugo levantó su propia mano ensangrentada, agarró con firmeza el cañón del revólver que lo amenazaba y tiró de él hasta clavarlo sin titubeos contra el centro exacto de su propia frente.
El metal frío chocó contra la piel caliente del tirano. Clavando sus ojos inyectados en sangre en los de ella, desafiando todo rastro de cordura y aferrándose al abismo, le susurró a escasos centímetros del rostro.
—Dispara, perra. Ven... mátame si es que tienes agallas.
Ese fue el instante exacto en que el universo inquebrantable de Lira colapsó sobre sí mismo.
La presión de la boca del cañón sobre la frente de Punto 50 era la puerta abierta a la justicia, pero el precio a pagar flotaba a su alrededor como una nube de azufre asfixiante.
Las lágrimas, que hasta entonces habían sido un goteo rebelde de dolor silencioso, asomaron con una intensidad avasalladora que le nubló la vista.
Lira desvió la mirada por un segundo infernal, barriendo con los ojos a todos los sobrevivientes encañonados: los rostros huecos de los niños, el terror paralizante de los ancianos, la condena de todo el pueblo de Culebra amarrada de forma irrefutable a su dedo índice.
No pudo apretar el gatillo. El peso de la responsabilidad colectiva trituró su resistencia.
El llanto brotó de su pecho, un llanto ronco, desgarrador, amasado con la frustración absoluta de tener al mismísimo diablo a su merced y no poder hacer absolutamente nada para detenerlo.
Sus manos cedieron, el revólver fue apartado, y Lira se dejó caer de rodillas sobre la tierra caliente, derrotada, convertida en un mar de sollozos incontrolables bajo la sombra alargada de su enemigo.
Punto 50 sonrió de oreja a oreja, embriagado por el néctar de su victoria psicológica definitiva.
Mirando desde las alturas a la mujer que alguna vez fue el símbolo de la fuerza invencible, estiró su mano pesada y le agarró la cabeza.
Era un agarre firme, un gesto cargado de una humillación paternalista, una caricia retorcida que sellaba su dominio total sobre el cuerpo y la mente de la guerrera.
Con la respiración pesada y los labios rozando casi la frente de la mujer doblegada, le murmuró con una serenidad macabra y escalofriante.
—Tranquila... pronto llegará el fin del sufrimiento.