El Linaje del Río Sinfonía carmesí #3
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Sinfonía carmesí #3

Sin embargo, en una demostración de resistencia casi inhumana, el líder de los encapuchados enderezó el cuello de inmediato.

Con los ojos inyectados en sangre, pero fijos en su agresor, volvió a clavar la mirada en Mañe y le sostuvo una sonrisa deforme y torcida.

Era una burla ponzoñosa, una mueca de desprecio absoluto diseñada específicamente para minimizar la rabia del campesino, para hacerle sentir que toda su furia no era más que las caricias de un niño indefenso.

Aquella sonrisa era peor que cualquier insulto.

Era una sonrisa que despreciaba el dolor.

Que se burlaba de la rabia.

Aquel gesto de superioridad psicológica terminó por dinamitar los últimos puentes de la cordura de Mañe.

Al ver la sonrisa cínica pintada en el rostro ensangrentado de su enemigo, el hombre del Unión Magdalena tomó un impulso ciego, arrastrado por una marea de odio puro, y desató una tormenta de puños.

Le dio otra trompada salvaje, y otra, y otra más, abandonando por un instante los machetes para triturar la carne del opresor con sus propios nudillos. Los impactos se sucedían en una cadencia frenética y sorda.

¡pum, pum, pum!

Cada golpe llevaba consigo el peso de los años.

El peso de las pérdidas.

El peso de los muertos.

El peso de Cerro Grande reducido a cenizas.

El peso de cada entierro.

De cada lágrima.

De cada injusticia.

Punto 50 flaqueaba bajo el castigo, balanceándose como un péndulo macabro, escupiendo densos hilos de sangre y dientes rotos sobre la arena calcinada, pero su risa de hiena no desaparecía; se transformaba en un estertor gutural que desafiaba la paliza.

Mañe, jadeando violentamente, con el pecho subiendo y bajando en medio de una ceguera energúmena y asfixiante, detuvo el castigo por un segundo, le agarró las ropas y, con la voz rota por la indignación, le rugió a escasos centímetros de la cara.

Y lo obligó a mirarlo.

—¡Ajá!

La voz de Mañe temblaba de rabia.

—¿De qué te ríes, hijueputa?

—¿De qué te ríes?

Punto 50, sus piernas y brazos ya no respondían con la misma firmeza, terminó por caer de rodillas sobre la tierra caliente, doblegado por el dolor físico, pero con el espíritu criminal intacto.

Con la respiración entrecortada y limpiándose un chorro de sangre fresca que le corría por la barbilla, levantó lentamente la mirada moribunda, forzando los párpados hinchados para volver a conectar con los ojos desorbitados de Mañe.

La sonrisa regresó a sus labios ensangrentados, ensanchándose con una vehemencia sádica y repulsiva que heló el ambiente, antes de soltar su estocada más venenosa.

Escupió al suelo.

Después levantó lentamente la mirada.

Y habló.

—Porque todavía puedo escuchar sus gritos.

Aquellas palabras cayeron como piedras, el silencio se apoderó del lugar.

Punto 50 volvió a sonreír.

Una sonrisa más amplia, más cruel.

—La vida de la gente de Cerro Grande, era… insignificante, nadie jamás recordaría su existencia.

Negó con la cabeza.

Como quien recuerda algo agradable.

—Y eso fue lo que los condenó, todos esos hijueputas no merecían vivir.

Mañe quedó inmóvil, sus manos comenzaron a temblar. No de miedo, de furia.

Punto 50 vio aquella reacción. Y comprendió que había encontrado exactamente dónde atacar.

Entonces soltó una carcajada. Una carcajada abierta. Provocadora. Despreciable.

—La sangre de los campesinos de Cerro Grande... era dulce como la miel. Sabrosa, malparido. Sabrosa.

El insulto a la memoria de sus muertos actuó como un detonante instantáneo. Sin mediar palabra, con el alma desgarrada por la crueldad del recuerdo, Mañe reaccionó con una patada brutal y seca directo a la cara del tirano.

La bota de Mañe impactó de lleno en el rostro de Punto 50, mandándolo a volar hacia atrás.

El cuerpo del invasor impactó pesadamente contra la arena suelta de la calle, quedando tendido boca abajo, casi besando el suelo que tanto había profanado.

Pero el horror de Culebra parecía no tener fin; incluso allí, derrotado, quebrado y con la cara hundida en el fango y la tierra, el eco de su risa sorda y desquiciada seguía vibrando en la penumbra.

Su respiración pesada, trabajosa y cargada de una maldad imperecedera, hacía levantar pequeñas nubes de polvo de la arena cálida con cada exhalación, demostrando que el monstruo, aunque herido de muerte, seguía disfrutando del rastro de destrucción que dejaba a su paso.

El aire se volvió espeso, casi imposible de respirar, saturado por el olor a pólvora, sangre fresca y la demencia que emanaba del cuerpo caído.

Lira, cuya paciencia se había evaporado ante la grotesca resistencia psicológica del tirano, dio un paso al frente, con los ojos encendidos en una furia fría y calculadora.

No estaba dispuesta a permitir que aquel monstruo siguiera escupiendo su veneno ni un segundo más.

—¡Ya está bueno con este hijueputa!

Gritó Lira, con una voz que restalló como un latigazo en medio de la calle.

—. ¡Vamos a matarlo de una buena vez, para que se acabe esta pendejada!

Con un movimiento firme y coreografiado por los años de combate, levantó su revólver niquelado, cuyo cañón destelló con un brillo plateado y letal bajo la penumbra, apuntando directamente al centro de la frente de Punto 50.

El tirano, quieto sobre la tierra caliente, no parpadeó; la sonrisa macabra seguía perfectamente dibujada en su rostro desfigurado por los golpes, desafiando la cercanía de la muerte con una tranquilidad espeluznante.

Desde el suelo, con la saliva pastosa y teñida de sangre, Punto 50 clavó sus ojos en el cañón del arma y luego en la mirada de Lira, saboreando el clímax de su propia carnicería.

Como si estuviera contemplando algo que los demás no podían ver.

Escupió sangre y habló.

—Pueden matarme.

Su voz sonaba rota, pero tranquila.

—Pero vendrán por ustedes.

Sus ojos recorrieron lentamente a Mañe.

Después a Lira.

—Uno por uno.

Una pequeña carcajada escapó de sus labios.

—Los van a cazar.

—Los van a encontrar.

— Uno por uno los asesinarán, a ustedes y a sus familiares... ¡Dispara... perra!

Escupió el insulto con un desprecio absoluto.

Entonces ocurrió algo extraño. Punto 50 cerró los ojos durante un instante.

Como si estuviera escuchando algo, como si esperara una señal, Después abrió los ojos. Y murmuró una sola palabra.

—Dispara...

La sonrisa regresó. Más grande. Más perturbadora.