Sinfonía carmesí #2
Otro disparo. Otro hombre se desplomó.
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Seis disparos, seis ecos
El estruendo de cada detonación fue tan salvaje que sus ecos se transformaron en ondas expansivas de lamentos, resonancias fantasmales que rebotaban de ruina en ruina hasta perderse irremediablemente entre los oscuros e imponentes árboles que custodiaban los linderos de Culebra.
En perfecta sincronía con el final de aquel eco, seis encapuchados se desplomaron sin vida sobre la tierra caliente, fulminados por una precisión que desafiaba cualquier lógica humana.
Y antes de que la jauría pudiera comprender lo que acababa de pasar, tronaron otros seis disparos. Y luego seis más. Y otros seis.
La jerarquía de la cadena alimenticia se había invertido por completo; los depredadores absolutos estaban siendo cazados como animales en un matadero.
El caos se apoderó de los invasores que aún lograban sostenerse en pie.
Presas del terror más primitivo, los encapuchados vaciaban los cargadores de sus fusiles disparando a ciegas contra el cielo y el vacío, escupiendo fuego al aire mientras giraban desesperados sobre sus propios ejes, intentando inútilmente protegerse de la tormenta de plomo invisible.
Pero ninguna coraza ni disparo preventivo servía contra aquello. Esa sombra afilada, aquel fantasma de destellos azules y rojos, no solo los desmembraba en el cuerpo a cuerpo, sino que ahora los borraba desde la lejanía.
No tenían escapatoria alguna. Los villanos caían aplastados contra el suelo que momentos antes habían mancillado, reducidos a cuerpos inertes bajo el peso de su propio karma.
En el epicentro mismo de aquel infierno de sangre y pólvora, Punto 50 se mantenía erguido con una calma y una soberbia que rayaban en la demencia absoluta.
Con su arma preparada, permanecía imperturbable mientras el mundo a su alrededor se desmoronaba; a sus pies caían sus sicarios, destrozados por el frío impacto de los proyectiles o mutilados por el filo que cortaba la noche, pero a él nada lo tocaba.
Era evidente, una burla calculada: el cazador nocturno le perdonaba la vida de forma deliberada, aislando al líder, guardando a la presa más codiciada y venenosa para el inevitable clímax.
Exasperado por la tensión psicológica de la espera y encendido por su arrogancia sin límites, el tirano infló el pecho, levantó la barbilla hacia la oscuridad asfixiante y lanzó un rugido que hizo vibrar el suelo de Culebra:
—¡No dejes de tocar el acordeón, eso es lo único que sabes hacer! ¿Qué esperas para matarme?... ¡Ven!
La sonrisa volvió a aparecer, más grande, más peligrosa, más obsesiva.
—¡Ven!
El eco de aquella palabra recorrió las calles heridas del barrio.
Y por primera vez desde que comenzó la masacre, incluso los sobrevivientes comprendieron algo.
Aquella noche ya no se trataba de Culebra.
Ya no se trataba de Plato.
Ya no se trataba de la ocupación.
Todo había desembocado en una sola cosa.
Un encuentro, una cuenta pendiente.
Dos enemigos que llevaban demasiado tiempo buscándose.
Y en algún lugar de la oscuridad, oculto entre las sombras y el humo, alguien escuchó aquel desafío.
Alguien que todavía no estaba dispuesto a responder.
Porque los cazadores pacientes siempre dejan la presa más peligrosa para el final.
El eco del desafío de Punto 50 aún vibraba en el aire pesado cuando las sombras, finalmente, comenzaron a ceder.
El humo continuaba arrastrándose entre las ruinas de Culebra.
Las llamas iluminaban fragmentos de paredes destruidas.
Los encapuchados supervivientes observaban nerviosos la oscuridad, incapaces de comprender quién los estaba cazando.
Y entonces ocurrió algo.
Un paso, nada más, un paso firme sobre la arena, después otro y otro más, lento, seguro, como si quien caminara no tuviera ninguna prisa, como si supiera que toda la noche le pertenecía.
Desde la oscuridad comenzó a emerger una silueta.
Primero fue apenas una sombra.
Después unos hombros.
Después una figura completa.
Y cuando las llamas alcanzaron a iluminarlo, incluso los mercenarios guardaron silencio.
Era Mañe.
Los destellos azules y rojos que habían sembrado el terror ciego entre la jauría no eran más que los colores vibrantes de su emblemática camisa del Unión Magdalena, ahora oscurecida por los densos manchones del combate.
Venía desde las lejanías de Cerro Grande, y él se había convertido en el avatar de la venganza.
En cada mano empuñaba un machete afilado, cuyas hojas resplandecían tenuemente bajo la escasa luz estelar, goteando pesadamente la sangre enemiga que había cosechado a su paso. Brillando bajo los reflejos anaranjados de los incendios.
Su rostro permanecía inmóvil.
No había rabia.
No había furia.
Aquello era mucho más inquietante.
Su caminar era lento, implacable, rítmico; pero lo más aterrador era su mirada
Era la mirada de un hombre que había visto caer su hogar.
La mirada de un hombre cansado de enterrar amigos.
La mirada de alguien que había dejado atrás el miedo.
Un vacío insondable, los ojos fijos y vidriosos de un hombre al que ya le han arrebatado todo y que, por tanto, ha dejado de temerle a la muerte.
Mañe siguió avanzando, sin correr, sin apresurarse.
Los encapuchados comenzaron a retroceder instintivamente.
Porque entendieron algo, aquella sombra que los había estado cazando no era un fantasma, era un hombre y eso resultaba todavía más aterrador.
Al ver acercarse de frente a su verdugo, el instinto asesino de Punto 50 despertó. Con un movimiento veloz, curtido por años de violencia y dominio absoluto, el tirano apretó las mandíbulas y comenzó a levantar su fusil, dispuesto a destrozar a aquel ciclón costeño con una ráfaga a quemarropa.
Sin embargo, antes de que su dedo pudiera siquiera rozar el gatillo, el frío glacial de la certeza se posó sobre su nuca.
De la nada, emergiendo de la misma negrura con la sutileza de una brisa letal, un cañón hermosamente niquelado de revólver se apoyó con una firmeza irrefutable contra la base de su cráneo.
El misterio de las ejecuciones perfectas de seis en seis quedaba resuelto.
Con una proximidad perturbadora, una voz suave, casi melodiosa pero cargada con el veneno de mil afrentas no perdonadas, le susurró directamente al oído.
—Qué bueno volverte a ver, querido.
Punto 50 permaneció inmóvil.
La voz continuó.
—Es una pena...
—Esta vez sí vas a morir.
Era Lira.
Oculta entre las sombras, con el revólver firme, sin temblar, sin pestañear.
Cualquier otro hombre en sus cabales habría rogado clemencia o se habría paralizado de terror ante la emboscada perfecta de los dos frentes, pero la mente retorcida de Punto 50 habitaba dimensiones insondables de psicopatía.
Lejos de inmutarse, el líder oscuro relajó los hombros, bajó lentamente el fusil y dejó escapar una respiración prolongada.
Con una voz igual de calmada, cargada de una morbosidad que lograba corromper hasta el aire que respiraban, respondió al susurro letal de su captora:
—Ese olor... sabía de dónde venía.
—Todavía tengo ganas de ti.
Y, con un cinismo escalofriante, relamió sus labios, saboreándose el momento como si estuviera en medio de un cortejo pasional y retorcido en lugar de hallarse al borde de su propia ejecución.
La provocación quedó suspendida en el aire.
Pero Lira ni siquiera reaccionó, su dedo permaneció junto al gatillo.
Su mirada permaneció fija, fría, implacable.
Fue entonces cuando los pasos pesados frente a él se detuvieron por completo.
Mañe había acortado la distancia y ahora estaba cara a cara con Punto 50.
El aire chisporroteaba, cargado con la estática de un trueno a punto de estallar.
Mañe, sin apartar ni un milímetro esa mirada de abismo, comenzó a mover sus dos machetes con una destreza hipnótica, trazando arcos veloces en el aire que cortaban el viento con un silbido fiero.
Sus músculos, tensos bajo la tela ensangrentada, parecían a punto de reventar mientras dictaba su sentencia con voz cavernosa:
—Te haré pagar, malparido...
—por cada muerte, por cada sangre derramada de mi gente.
La plaza de Culebra entera parecía contener la respiración, sumida en el silencio absoluto de los muertos y en la expectación límite de los vivos.
Punto 50, con el cañón niquelado de Lira presionando implacablemente su cabeza por detrás y los filos asesinos de Mañe reclamando su pecho por delante, no hizo más que sonreír.
Una carcajada corta, áspera y rebosante de soberbia escapó de su garganta.
Sus ojos se clavaron en los de Mañe, desafiando el vacío con su propia y radiante locura, y sentenció:
Como si aquella situación fuera exactamente la que había estado esperando.
Después levantó la cabeza.
Y sonrió.
—Veamos quién ve el amanecer...
Su mirada saltó de Mañe hacia Lira y después volvió a Mañe.
—Y quién no.
Finalmente lanzó un beso al aire, un gesto insolente, una provocación, una declaración de guerra.
Y durante un instante, bajo las llamas que consumían Culebra, los tres permanecieron inmóviles.
Como si el mundo entero hubiera contenido la respiración.
Esperando el primer movimiento.
Mañe no esperó una fracción de segundo ni permitió que el asqueroso gesto de provocación flotara más tiempo en el aire.
Sin previo aviso, espoleado por un resorte de furia contenida, descargó una trompada monumental directamente hacia el rostro semicubierto de Punto 50.
Fue un golpe colosal, un puñetazo que concentraba los meses de persecución, las noches en vela, el dolor acumulado por los suyos y la inquebrantable voluntad de un hombre que ya no tenía nada que perder.
Toda la rabia acumulada durante años explotó en un solo movimiento.
El golpe resonó incluso por encima del crepitar de los incendios; la cabeza del tirano se retorció violentamente hacia un lado por la fuerza bruta del impacto, desestabilizando su postura soberbia.