El nuevo amanecer de la Calma
Aquella noche finalmente se fue como todas las noches, lentamente, dejando atrás sus sombras para entregarle nuevamente el mundo al sol.
Y entonces nació la mañana.
Una mañana cálida.
Brillante.
Radiante.
Era ocho de diciembre.
El día de la Virgen de la Inmaculada Concepción.
Patrona de Plato.
Madre espiritual de generaciones enteras de hombres y mujeres que habían crecido mirando hacia el Magdalena.
Era también el onomástico del pueblo.
El día donde la fe y la identidad plateña caminaban tomadas de la mano.
Desde muy temprano las campanas de la iglesia comenzaron a sonar.
El eco viajaba por las calles todavía húmedas por el rocío de la madrugada.
Los primeros rayos del sol caían sobre el río Magdalena, que parecía más brillante que de costumbre.
Como si también quisiera participar en la celebración.
Las aguas reflejaban destellos dorados.
Las pequeñas olas parecían bailar bajo la luz.
Y desde la distancia daba la impresión de que el río entero se había vestido de gala.
Aquel día especial no pertenecía solamente a los creyentes.
Le pertenecía a todo Plato.
Las mujeres barrían sus terrazas.
Los hombres acomodaban sillas frente a las casas.
Los niños corrían estrenando ropa nueva.
Y por todas partes aparecían vendedores tratando de ganarse unos pesos aprovechando la festividad.
Fue entonces cuando una voz comenzó a recorrer las calles.
Una voz fuerte.
Acostumbrada a vender.
—¡Compre la estatua de la Inmaculada!
—¡Cómprela para que le haga el milagrito!
La voz avanzaba lentamente.
Casa por casa. Terraza por terraza.
—¡Compre la Virgen!
—¡Llévela bendita!
—¡Cómprela para que le haga el milagrito!
La gente sonreía.
Algunos compraban.
Otros simplemente saludaban.
Porque en diciembre todo el mundo intentaba rebuscarse la vida de alguna manera.
Y nadie juzgaba a nadie por eso.
La voz continuó avanzando.
Hasta llegar a la casa del viejo Joche.
—¡Compre la estatua de la Inmaculada!
—¡Cómprela para que le haga el milagrito!
Rafael escuchó el pregón desde el interior de la vivienda.
Estaba terminando de prepararse un café cuando aquella frase le recordó inmediatamente a alguien.
A su madre.
María Elvira.
Tan devota de la Virgen que probablemente habría comprado dos.
O tres.
Sonrió.
Y salió al corredor.
—Vamos a comprarle una.
Dijo para sí mismo.
—En nombre de mi vieja.
Cruzó el patio.
Abrió la puerta.
Y se acercó al vendedor.
Era un hombre alto.
Más alto que la mayoría.
Vestía una camisa de rayas manga larga y pantalón sencillo.
Y un enorme sombrero que proyectaba suficiente sombra para ocultar gran parte de su rostro.
Las estatuillas colgaban de una estructura improvisada que cargaba sobre los hombros.
Docenas de pequeñas vírgenes observaban silenciosamente desde allí.
Rafael se acercó sonriendo.
—¿A cómo tienes las estatuas, mi hermano?
El vendedor levantó ligeramente la cabeza.
Lo justo para responder.
Su voz sonó tranquila.
—Compa, valen treinta y cinco mil pesos.
Hizo una pequeña pausa.
Y añadió:
—Pero a usted se la dejo en treinta.
Rafael asintió.
Metió la mano al bolsillo.
Pero algo llamó su atención.
No sabía exactamente qué.
Tal vez la voz.
Tal vez la forma de hablar.
Tal vez la manera en que aquel hombre evitaba levantar completamente la mirada.
Durante un instante sintió aquella misma sensación incómoda que lo había acompañado durante las últimas semanas.
La misma sensación que había sentido frente al muro pintado.
La misma que había sentido al escuchar los disparos en la distancia.
Una pequeña alarma.
Silenciosa.
Difícil de explicar.
Entonces el vendedor sonrió.
Y aquella sonrisa desapareció inmediatamente bajo la sombra del sombrero.
Tan rápido que Rafael no estuvo seguro de haberla visto realmente.
El río seguía brillando.
Las campanas seguían sonando.
La mañana continuaba siendo hermosa.
Pero por alguna razón, mientras sacaba los billetes para pagar la estatua, Rafael sintió que algo estaba observándolo desde detrás de aquella sombra.
Y no le gustó en absoluto.
Entonces Rafael permaneció observándolo.
No era una mirada agresiva.
Ni desconfiada.
Era simplemente esa sensación extraña que aparece cuando uno está seguro de haber visto antes a una persona.
El vendedor permanecía inmóvil.
Sujetando las pequeñas estatuas de la Virgen.
Esperando la respuesta.
Pero Rafael seguía mirándolo.
Intentando encontrar en su memoria algún recuerdo.
Algún rostro.
Alguna voz.
Algo.
Finalmente habló.
—Compa...
El vendedor levantó ligeramente la cabeza.
—Dígame.
—Me parece que a usted lo conozco de algún lado.
Durante un instante ocurrió algo extraño.
Algo tan breve que Rafael ni siquiera estuvo seguro de haberlo visto.
La sonrisa del vendedor pareció tensarse.
Como si hubiera recordado algo.
O como si hubiera estado esperando precisamente esa pregunta.
Pero la expresión desapareció inmediatamente.
Y volvió la cordialidad.
—¿A mí?
Soltó una pequeña risa.
—Nombe, no creo compa.
Movió la cabeza lentamente.
—Yo ni siquiera soy de aquí.
—¿No?
—No señor.
El hombre acomodó algunas de las estatuillas.
—Yo vengo de La Guajira.
—Ando rebuscándome unos pesitos por estos lados.
Rafael terminó sonriendo.
—Ahhh...
—Debe ser que lo confundí entonces.
—Usted disculpe.
—Tranquilo compa.
Respondió el vendedor.
—Eso le pasa a cualquiera.
La conversación parecía haber terminado.
Una conversación cualquiera.
Una de las miles que ocurrían cada día en los pueblos.
Pero entonces el vendedor tomó la estatuilla que Rafael acababa de comprar.
La limpió con la manga de la camisa.
Y se la entregó.
—Disfrútela.
Rafael asintió.
—Gracias.
El hombre sonrió nuevamente.
Una sonrisa tranquila.
Difícil de interpretar.
Y entonces dijo:
—Hoy estoy seguro de que será un día importante para Plato y su historia.
Rafael levantó una ceja, la frase sonó extraña, demasiado solemne para una conversación tan simple.
El vendedor tomó los billetes, los dobló con calma y los guardó en el bolsillo de su camisa, el hombre dio un par de pasos para marcharse, pero entonces se detuvo, como si hubiera recordado algo, lentamente llevó una mano al ala de su enorme sombrero y la levantó apenas unos centímetros, lo suficiente.
Solo lo suficiente.
Por primera vez aquella mañana, Rafael pudo ver claramente sus ojos, y aquella mirada lo golpeó como un recuerdo olvidado, no era una mirada común, era una mirada que había visto antes, en algún lugar, en algún momento, no recordaba dónde, no recordaba cuándo.
Pero la conocía.
La conocía perfectamente, el vendedor sonrió, una sonrisa tranquila, segura, como la sonrisa de alguien que conoce una verdad que los demás ignoran.
Después volvió a bajar el sombrero, giró sobre sus talones y continuó caminando entre la multitud.
Hasta desaparecer entre las personas que llenaban las calles aquella mañana de diciembre.
Rafael permaneció inmóvil, con la estatuilla entre las manos, mirando el lugar donde el hombre había desaparecido, su corazón comenzó a acelerarse, no por miedo, por inquietud, porque aquella mirada seguía ahí, clavada en su memoria, como una espina, como una advertencia.
De repente reaccionó y caminó rápidamente hacia la casa, entró por el patio, atravesó el corredor y llegó directamente a la cocina.
Sara estaba junto al fogón.
Molía maíz mientras una pila de masa descansaba sobre la mesa.
El aroma de las arepas recién hechas llenaba el ambiente.
Todo parecía normal, demasiado normal.
—Amor.
Dijo Rafael.
Sara levantó la vista.
—¿Qué pasó ahora?
—El hombre que me vendió la estatua.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Qué hizo?
—Nada.
—Pero...
Rafael hizo una pausa.
Buscando las palabras.
—Tenía una mirada que he visto antes.
Sara continuó trabajando la masa.
—¿Y?
—No recuerdo dónde, no recuerdo cuándo, pero recuerdo esa mirada.
—Y también recuerdo esa sonrisa.
Sara negó con la cabeza.
Divertida.
—Ay, Rafael...
Se limpió las manos en el delantal.
—Otra vez tú, con tus cuentos.
Rafael le contestó
—Te lo estoy diciendo en serio.
—Y yo también.
Respondió ella sonriendo.
—Mira qué día es hoy.
Ella señaló la ventana, desde afuera llegaban los sonidos de la celebración, las campanas, la música, las voces, la alegría.
—Es ocho de diciembre.
—Relájate.
Volvió a tomar la masa.
—Mejor ven y ayúdame a moler el maíz.
Rafael sonrió apenas.
Pero la sonrisa le duró poco.
Porque mientras se acercaba a la cocina y observaba a Sara preparando las arepas, aquella mirada seguía apareciendo una y otra vez en su cabeza.
La mirada, la sonrisa, los ojos.
Algo dentro de él insistía.
Insistía con terquedad, como un golpe constante, como una voz que se negaba a callar.
Y aunque intentó convencerse de que todo era producto de su imaginación, la sensación permaneció allí.
Quieta.
Esperando.
Porque algunas veces la memoria recuerda cosas que la razón todavía no consigue entender.