Eterno Diciembre #2
Algunas veces llega envuelto en la normalidad.
Y aquella noche, mientras Plato permanecía sumergido en la oscuridad, los motores seguían recorriendo las calles como si estuvieran marcando el inicio de algo que aún nadie podía comprender.
Aquellos carros atravesaron Plato como fantasmas mecánicos.
Nadie logró contarlos con exactitud.
Solo se veían las sombras, las siluetas, el reflejo ocasional de una farola sobre la carrocería.
Pero todos avanzaban en la misma dirección, todos perseguían el mismo destino, atravesaron las calles oscuras del pueblo, dejaron atrás la plaza.
Los negocios cerrados.
Las terrazas llenas de vecinos buscando una brisa que nunca llegaba y continuaron avanzando.
Hasta llegar a la línea invisible que separaba a Culebra del resto de Plato.
Aquella frontera no aparecía en ningún mapa.
No tenía letreros.
No tenía muros.
Pero todos sabían dónde comenzaba.
Y todos sabían lo que significaba.
Porque Culebra ya no era solamente un barrio, era un símbolo, era el bastión, el corazón de la resistencia popular, y los carros iban directamente hacia allí.
De repente, las luces se apagaron, todas, las farolas desaparecieron al mismo tiempo, los motores continuaron rugiendo.
Ahora más amenazantes, más salvajes, más difíciles de identificar.
La oscuridad los devoró por completo.
Y entonces aceleraron, como una estampida, como una manada de bestias lanzadas hacia adelante.
Los motores retumbaron entre las casas, el pavimento vibró, las ventanas temblaron y un instante después los carros irrumpieron en Culebra.
No frenaron, no pitaron, no anunciaron su llegada.
Entraron con violencia, con una fuerza ciega y destructora.
Algunos chocaron contra cercas.
Otros contra fachadas.
Otros atravesaron improvisados puestos de venta abandonados por la oscuridad.
El estruendo despertó al barrio entero.
Las puertas se abrieron.
Los perros comenzaron a ladrar.
Los niños despertaron sobresaltados, y entonces los vehículos se detuvieron, las puertas se abrieron de golpe, de ellas descendió un ejército de hombres encapuchados.
Oscuros, armados, silenciosos.
Comenzaron a disparar.
Las ráfagas iluminaron brevemente las calles.
Los fogonazos aparecían y desaparecían en medio de la negrura.
El ruido de los fusiles se expandió por todo el barrio, el caos había llegado, sin aviso, sin explicación, como una tormenta nacida en mitad de la noche.
Los habitantes comenzaron a correr, a esconderse, a buscar refugio.
Pero la oscuridad era tan espesa que muchos apenas podían distinguir dónde terminaba una calle y comenzaba otra.
Los encapuchados avanzaron, confiados, creyendo que el miedo seguía gobernando aquel territorio, creyendo que bastaría con disparar para recuperar el control.
Y entonces ocurrió algo inesperado, algo que ninguno de ellos había previsto.
Las sombras comenzaron a moverse.
Primero una, después diez, después cincuenta, después cientos, desde los corredores, desde las terrazas, desde los callejones, desde las esquinas.
Comenzaron a aparecer hombres y mujeres, campesinos, pescadores, comerciantes, jóvenes, ancianos, todos armados, con machetes, palas, hachas, chopos de caza, herramientas convertidas en símbolos de resistencia.
No avanzaron, no atacaron, no gritaron.
Simplemente aparecieron y permanecieron allí, observando, silenciosos, firmes, inmovibles, como una muralla humana levantada por la misma voluntad del pueblo.
Los encapuchados comenzaron a notar las figuras, a centenares, y algo cambió, la confianza desapareció, los fusiles comenzaron a bajar lentamente, los hombres empezaron a mirarse entre sí.
Aquello no era lo que esperaban encontrar, aquello no era el mismo Culebra que habían conocido, era otra cosa, algo nuevo, algo mucho más difícil de derrotar, entonces ocurrió algo todavía más extraño, los encapuchados comenzaron a retroceder.
Un paso, después otro, y otro más.
No corrían, no huían, pero tampoco avanzaban, parecían obedecer un plan que solamente ellos conocían.
La multitud observó confundida, preparada para pelear, preparada para morir si era necesario.
Pero el ataque nunca llegó, no hubo combate, no hubo persecución, no hubo victoria, no hubo derrota, solo una retirada silenciosa, incomprensible, misteriosa.
Y mientras los motores volvían a encenderse y los vehículos comenzaban a abandonar lentamente el barrio, una sensación incómoda empezó a crecer entre los habitantes de Culebra.
Porque aquella noche algo no encajaba, aquello no parecía un ataque, parecía una advertencia o peor aún, parecía el comienzo de un plan mucho más grande.
Desde la casa del viejo Joche, Rafael escuchó los disparos.
No fueron muchos, ni constantes.
Pero en una noche donde el silencio reinaba sobre Plato, cualquier sonido extraño viajaba lejos.
Y aquellos disparos viajaron.
Atravesaron calles, tejados, patios y llegaron hasta sus oídos, sus ojos se abrieron de inmediato, permaneció inmóvil unos segundos, escuchando, intentando identificar la dirección, entonces se incorporó lentamente sobre la cama.
La habitación estaba oscura.
Apenas una franja de luz lunar se colaba por una rendija de la ventana.
A su lado, Sara dormía profundamente.
—Sara...
Murmuró, ella apenas se movió.
—Mmm...
—Escuchaste eso.
La mujer abrió un ojo con evidente cansancio.
—¿Qué cosa?
Rafael permaneció atento.
Como si esperara otro disparo.
—Los tiros.
Hubo silencio.
—Vienen de Culebra.
—Estoy seguro que vienen de Culebra.
—Algo pasó.
Sara soltó un suspiro cansado.
Volvió a acomodar la cabeza sobre la almohada.
—Eso debe ser algún borracho disparando al aire.
Su voz todavía estaba atrapada entre el sueño.
—Tú sabes cómo se pone la gente en diciembre.
Rafael no respondió, continuó mirando hacia la oscuridad, esperando escuchar algo más, pero la noche permaneció callada.
Los grillos continuaban cantando.
Un perro ladró a lo lejos, nada más, entonces volvió a acostarse.
Sara buscó su cuerpo casi por instinto, lo abrazó, apoyó la cabeza sobre su pecho y en pocos minutos volvió a quedarse dormida, pero Rafael no, permaneció despierto, mirando hacia el techo de palma, pensando, escuchando, recordando.
Porque ya comenzaban a ser demasiadas coincidencias.
Demasiadas.
Primero apareció el viejo Carmelo.
Después la frase pintada en la pared.
El conflicto es nuestro origen.
Después aquellos carros recorriendo las calles durante el apagón y ahora los disparos, todo parecía separado, sin relación alguna.
Como pequeñas historias independientes.
Pero algo dentro de él se negaba a creerlo, algo no encajaba y cuando las piezas no encajan, alguien las está moviendo.
Esa era una lección que había aprendido del río, del monte, de la vida.
Permaneció observando las vigas oscuras del techo, intentando encontrar una respuesta.
Tal vez Sara tenía razón.
Tal vez todo era una coincidencia.
Tal vez el viejo Carmelo había tenido enemigos propios.
Tal vez algún muchacho pintó aquella pared buscando llamar la atención.
Tal vez los disparos provenían de algún borracho celebrando diciembre.
Era posible, todo era posible.
Pero entonces otra pregunta apareció.
Una pregunta mucho más incómoda.
¿Y si no?
¿Y si aquellas no eran coincidencias?
¿Y si alguien estaba dejando señales?
¿Y si algo se estaba moviendo debajo de la tranquilidad de Plato?
La idea permaneció flotando en su mente, negándose a desaparecer.
Y por primera vez en muchos meses, Rafael sintió algo que creía haber dejado atrás, no era miedo, todavía no, era una inquietud, una pequeña grieta abriéndose lentamente sobre la superficie de la paz.
Mientras tanto, a su lado, Sara dormía tranquila.
Y en el resto del pueblo las personas continuaban descansando ajenas a cualquier preocupación.
La noche siguió avanzando, los grillos siguieron cantando, la brisa siguió entrando por las ventanas abiertas y poco a poco el sueño terminó alcanzando a Rafael, pero incluso cuando cerró los ojos, aquellas preguntas permanecieron despiertas, esperándolo, como sombras silenciosas ocultas detrás de la tranquilidad.
Porque algunas veces el peligro no llega de golpe, algunas veces anuncia su presencia mucho antes y solo unas pocas personas logran escucharlo.