Eterno Diciembre
El último mes del año llegó, el último en celebrar, pero el primero en ser esperado, llegó como llegan las cosas buenas a los pueblos que han sufrido demasiado, sin pedir permiso sin hacer ruido, pero llenándolo todo.
Las primeras luces aparecieron una noche cualquiera, colgadas tímidamente en una ventana, luego en otra, y después en una calle completa. En cuestión de días, Plato comenzó a transformarse.
Las casas se vistieron de colores.
Bombillos rojos.
Verdes.
Azules.
Amarillos.
Algunos titilaban sin descanso como pequeñas estrellas atrapadas entre los aleros de zinc. Otros emitían aquellos pitidos agudos y juguetones que parecían anunciar a todo pulmón que la Navidad estaba cada vez más cerca.
Las fachadas se llenaron de adornos hechos a mano.
Guirnaldas de papel brillante.
Árboles construidos con tablas recicladas.
Pesebres elaborados con arena, paja y cartón.
Cada familia aportaba algo.
Porque en Plato diciembre no era una fecha.
Era un estado del alma.
Y aquel año tenía un significado especial.
Era el primer diciembre en muchos años donde la paz parecía haberse instalado definitivamente en el pueblo.
Por primera vez en mucho tiempo la gente podía pensar en regalos antes que, en tragedias, podía pensar en fiestas antes que, en funerales, podía pensar en el futuro y eso valía más que cualquier riqueza.
Desde temprano las calles comenzaban a llenarse, los comerciantes sacaban mercancías a las aceras, los vendedores ambulantes aparecían empujando carretillas repletas de juguetes.
Pelotas, muñecas, carritos, trompos, cometas, pistolas de plástico.
Todo aquello que hacía brillar los ojos de los niños.
Y precisamente los niños eran quienes más disfrutaban aquellos días.
Corrían de una esquina a otra.
Contaban cuántas luces tenía cada casa.
Comparaban cuál barrio estaba más bonito.
Soñaban despiertos frente a las vitrinas.
Algunos incluso llevaban semanas escribiendo listas imposibles de regalos que esperaban recibir.
Las madres recorrían los almacenes acompañadas de sus hijos.
Tocaban telas, comparaban precios, discutían colores, calculaban presupuestos imposibles, y siempre terminaban preguntando lo mismo.
—¿Y la pinta del siete?
—¿Y la del ocho?
—¿Y la del veinticuatro?
—¿Y la del treinta y uno?
Porque en Plato diciembre también se medía en estrenos.
Detrás de ellas caminaban los padres, sudados, cargados de bolsas, con cara de cansancio, pero con una sonrisa que no podían ocultar, porque el sacrificio pesa menos cuando se hace por quienes uno ama.
Los almacenes permanecían llenos desde la mañana hasta la noche, los ventiladores giraban sin descanso intentando combatir el calor, las cajeras apenas tenían tiempo para sentarse.
Y los comerciantes agradecían en silencio que el pueblo volviera a prosperar.
El dinero circulaba, la gente compraba, la economía respiraba, la vida avanzaba.
Pero si había algo verdaderamente hermoso era la forma en que diciembre borraba las fronteras invisibles entre las personas.
En otros meses cada uno vivía su vida.
Pero en diciembre todos parecían pertenecer a la misma familia.
Los vecinos compartían comida, las puertas permanecían abiertas, las visitas llegaban sin anunciarse, las conversaciones se alargaban hasta la madrugada, la alegría se volvía contagiosa y el idioma oficial del pueblo dejaba de ser el español, pasaba a ser la felicidad.
Por las noches el ambiente se transformaba por completo.
Los restaurantes llenaban sus mesas.
Las fritangueras trabajaban sin descanso.
El aroma de las carimañolas, las arepas de huevo, los bollos y los chicharrones recorría las calles enteras.
Las cervezas sudaban sobre las mesas plásticas, los parlantes sonaban desde patios y terrazas.
En una casa sonaba un porro, en otra una salsa, más adelante un vallenato y en alguna esquina siempre aparecía alguien dispuesto a cantar, aunque nadie se lo hubiera pedido.
Las risas viajaban de una calle a otra, las conversaciones parecían no terminar nunca, y hasta los viejos que normalmente se acostaban temprano permanecían despiertos contando historias de otros diciembres, historias de amores, de travesuras, de fiestas legendarias, de tiempos que parecían mejores solamente porque habían quedado atrás.
Mientras tanto, en el corazón de Plato, la plaza principal comenzaba a prepararse para las festividades más esperadas del año.
La estatua del Hombre Caimán observaba todo desde su pedestal.
Aquella figura legendaria parecía más imponente que nunca, los trabajadores decoraban sus alrededores con luces y flores.
Las jardineras eran restauradas, las paredes retocadas, las tarimas comenzaban a levantarse.
Porque pronto llegaría la gran celebración de la leyenda.
La fiesta donde Plato recordaba su historia, su identidad, su orgullo., y desde distintos rincones del país comenzaban a llegar músicos, bailarines y visitantes.
El vallenato preparaba sus acordeones, la salsa afinaba sus trompetas, los merengues calentaban sus tambores, las comparsas organizaban vestuarios llenos de colores imposibles, todo el pueblo parecía prepararse para un acontecimiento histórico.
También regresaban los tradicionales juegos campesinos.
Los más esperados por la gente sencilla.
El concurso de lanzamiento de atarraya.
Donde los pescadores competían por demostrar quién dominaba mejor las artes del río.
La competencia de comer yuca.
Donde los más orgullosos terminaban derrotados por algún veterano silencioso que sorprendía a todos.
La escalada de la vara encebada.
Que hacía reír a medio pueblo cada vez que alguien resbalaba antes de llegar al premio.
Los concursos de fuerza, las carreras, las apuestas amistosas, las bromas.
Todo aquello que recordaba que la verdadera riqueza de Plato nunca había sido el dinero.
Siempre había sido su gente.
Y así, mientras diciembre avanzaba lentamente, las noches se llenaban de luces y los días de esperanza.
Las heridas parecían cada vez más lejanas.
Los recuerdos dolorosos comenzaban a perder fuerza.
Y por primera vez en muchos años, Plato no parecía un pueblo que hubiera sobrevivido al horror, parecía simplemente un pueblo feliz, un pueblo orgulloso, un pueblo vivo, un pueblo que había vuelto a enamorarse de la vida.
Y de repente ocurrió, sin aviso, sin anuncio, sin una sola señal que permitiera prepararse.
Las luces de Plato se apagaron, todas al mismo tiempo, las bombillas que adornaban las calles desaparecieron, las luces navideñas que colgaban de balcones y ventanas murieron de golpe.
Los árboles decorados quedaron sumergidos en la oscuridad.
Los negocios quedaron a media luz.
Y durante un instante que pareció eterno, el pueblo entero quedó suspendido en una negrura espesa.
Como si alguien hubiera apagado el cielo.
La música que sonaba desde los parlantes de las terrazas calló.
Los ventiladores dejaron de girar.
Los televisores murieron.
Y entonces apareció aquel viejo conocido de los pueblos calientes.
El silencio.
Un silencio extraño. Pesado.
Interrumpido únicamente por el canto lejano de algunos grillos.
Después comenzaron las voces.
Porque los plateños podían soportar muchas cosas.
Pero los apagones siempre lograban sacarles una queja.
—¡Joda, siempre la misma mondá!
Gritó alguien desde una terraza.
—¡Esa hijueputa luz nos tiene azotaos'!
Desde otra casa una carcajada respondió.
—Ahora sí nos tocó dormir sudaos' como puercos.
—No puede medio soplar una brisa porque se va esa vaina.
—Estamos jodidos.
Las quejas comenzaron a viajar de una calle a otra.
Algunas personas sacaron sillas para los andenes.
Otras se acomodaron en las terrazas.
Los niños aprovecharon la oscuridad para jugar.
Los viejos comenzaron a contar historias y poco a poco el apagón se convirtió en una reunión improvisada de vecinos.
Como tantas veces había ocurrido, nadie parecía preocupado, solo resignado, entonces ocurrió algo extraño.
Primero fue un sonido lejano.
Tan lejano que algunos pensaron que provenía de la carretera, un murmullo metálico, un rugido distante, después otro y otro más, hasta que el ruido comenzó a crecer, motores.
Muchos motores, motores trabajando a altas revoluciones, motores acelerando sin descanso.
Las conversaciones comenzaron a disminuir, algunas personas levantaron la cabeza, otras se pusieron de pie.
Entonces aparecieron las luces.
Farolas blancas atravesando la oscuridad, surgieron desde distintos puntos del pueblo, como ojos brillando en medio de la noche, os vehículos avanzaban a gran velocidad.
Demasiada velocidad.
No reducían la marcha.
No se detenían en las esquinas.
No parecían buscar ninguna dirección concreta.
Simplemente atravesaban las calles oscuras de Plato como proyectiles disparados por una mano invisible.
Las luces entraban y desaparecían.
Doblaban esquinas. Cruzaban avenidas.
Volvían a aparecer en otro lugar.
Como almas perdidas recorriendo un laberinto.
En una terraza, varias personas observaban la escena buscando algún alivio en la brisa cansada de la noche.
Uno de ellos señaló los vehículos.
—Mira cómo van esos locos.
Otro soltó una risa.
—La gente se toma dos tragos y pierde el juicio.
—Después terminan estampillaos' contra una pared.
Algunos rieron, otros siguieron observando, porque algo no terminaba de encajar.
Aquellos carros no se movían como personas regresando de una fiesta.
Ni como muchachos jugando carreras, había algo extraño en la forma en que recorrían las calles, algo demasiado ordenado, Demasiado decidido, como si estuvieran buscando algo, como si conocieran perfectamente el pueblo, como si cada giro y cada esquina ya hubieran sido estudiados de antemano.
Los motores continuaron rugiendo.
Las luces continuaron atravesando la oscuridad.
Y mientras la mayoría de los habitantes de Plato seguía creyendo que se trataba de simples conductores imprudentes, algo comenzó a despertar lentamente en el fondo de la memoria colectiva.
Una sensación vieja, incómoda, difícil de explicar.
La misma sensación que se experimenta cuando una tormenta se acerca y todavía no ha caído la primera gota.
Porque algunas veces el peligro no anuncia su llegada con gritos.