La rara señal
Aquella mañana en Plato era una de esas mañanas extrañas que solamente existen a la orilla del Magdalena, el aire era fresco, pero el calor ya comenzaba a anunciarse.
La bruma flotaba todavía sobre algunos tejados mientras el sol, perezoso, apenas comenzaba a levantarse detrás de los árboles.
Los gallos cantaban.
Los perros bostezaban.
Y el pueblo despertaba lentamente.
Rafael caminaba por una de las calles principales con una totuma en la mano.
Su misión aquella mañana era sencilla.
Comprar leche recién ordeñada para prepararse un café con leche como los que hacía el viejo Joche.
Era una costumbre que había heredado.
Y las costumbres, como los recuerdos, ayudan a mantener vivos a quienes se fueron.
Pero algo llamó su atención.
A lo lejos había un grupo de personas reunidas frente a una pared.
Demasiadas personas para aquella hora, mujeres, ancianos, muchachos, todos observando lo mismo, todos murmurando, todos señalando.
Rafael redujo el paso, la curiosidad pudo más, se acercó, y comenzó a abrirse espacio entre la multitud.
—Permiso...
—A ver...
—Déjenme pasar...
Las personas se apartaron poco a poco y finalmente llegó al frente.
Entonces lo vio.
La pared blanca estaba manchada por unas letras negras hechas con aerosol, grandes, torpes, amenazantes.
EL CONFLICTO ES NUESTRO ORIGEN
Rafael sintió un escalofrío, no por las palabras.
Sino porque algo dentro de él las reconoció, no sabía de dónde, no sabía por qué, pero aquellas palabras se sentían equivocadas, como una espina clavándose lentamente en la tranquilidad del pueblo.
Permaneció observándolas unos segundos, después frunció el ceño y se alejó, esta vez caminando más rápido, mucho más rápido.
La leche podía esperar.
Cuando llegó a la casa del viejo Joche encontró a Sara apenas despertando.
Ella permanecía sentada al borde de la cama acomodándose el cabello mientras la luz de la mañana entraba por la ventana.
Rafael abrió la puerta con apuro.
—Eche...
Sara levantó una ceja.
—¿Ajá y tú qué?
—¿Qué te pasó?
—Vienes como si te estuviera persiguiendo el diablo.
Rafael cerró la puerta detrás de él.
—Acabo de ver una vaina rara, vale.
Sara terminó de ponerse de pie.
—¿Qué viste?
—¿Qué vienes toreado?
Rafael caminó por la habitación.
Pensativo. Inquieto.
—Había una pared pintada.
—¿Y?
—Una amenaza.
— Creo que una amenaza.
Sara cruzó los brazos.
—¿Qué decía?
Rafael la miró directamente.
—"El conflicto es nuestro origen".
La sonrisa desapareció del rostro de Sara durante un segundo.
Solo un segundo, después volvió la calma.
—¿Y qué será esa vaina?
Preguntó ella.
Rafael negó con la cabeza.
—No sé.
—Pero no me gusta.
—Primero lo del viejo Carmelo.
—Ahora esto.
Hizo una pausa.
—¿Será que volvieron los encapuchados?
La habitación quedó en silencio, por unos instantes.
Después Sara soltó una pequeña risa, se acercó, y rodeó el cuello de Rafael con sus brazos.
—Tú piensas demasiado.
Le dijo sonriendo.
—¿Tú crees que alguien se va a meter contra el Hombre Caimán?
Rafael intentó responder.
Pero ella continuó.
—Eso debe ser algún malandrito de barrio buscando llamar la atención.
Apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Además.
—Yo misma vi morir a toda esa gente.
Su voz sonó tranquila, convencida.
—Los vi desaparecer.
—Los vi hundirse.
—Los vi perder.
Le dio un beso en la mejilla.
—Ya se acabó esa historia.
Rafael no respondió, simplemente la abrazó, pero mientras lo hacía volvió a recordar aquellas palabras pintadas sobre la pared, aquellas letras negras, aquella frase extraña, y por primera vez en mucho tiempo sintió algo incómodo.
Algo que no lograba explicar.
Como si la tranquilidad de Plato hubiera comenzado a agrietarse.
Y como si solamente él hubiera escuchado el primer crujido.