El Linaje del Río Guardianas de las noticias.
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Guardianas de las noticias.

Y los días continuaron pasando en Plato, el sol seguía saliendo cada mañana, Las carretillas seguían recorriendo las calles, los pescadores continuaban entrando y saliendo de la ciénaga, los niños seguían corriendo detrás de sus cometas y la vida parecía haber encontrado nuevamente el camino correcto.

Pero los pueblos tienen algo particular.

Cuando algo extraño ocurre, el primero en enterarse no es el alcalde.

Ni la policía.

Ni los periódicos.

Son las mujeres de las esquinas.

Aquellas guardianas invisibles de las historias cotidianas.

Aquellas que mientras pelan una yuca, barren un patio o toman café bajo una sombra, terminan sabiendo más cosas que cualquier autoridad.

Aquella mañana varias de ellas se encontraban sentadas frente a una casa, refugiadas del calor bajo el alero de zinc.

El tema de conversación era el mismo de siempre.

La vida de los demás.

—¿Cómo te parece, mija? Te tengo un cuento.

Las demás voltearon inmediatamente.

Porque en Plato nadie rechaza un cuento.

—Imagínate que el señor Carmelo tiene como tres días que no llega a la casa y la mujer anda desesperada buscándolo.

Una de las presentes soltó una risa.

—Jummm... quién sabe dónde estará metío ese viejo sinvergüenza.

Otra acomodó la silla.

—Seguro anda con otra vieja por ahí.

—O borracho en algún moridero.

Las carcajadas aparecieron de inmediato, porque el viejo Carmelo tenía fama de perderse más de la cuenta.

Pero entonces una mujer apareció caminando por la calle.

Venía rápido, demasiado rápido, su cara no era la de alguien que trae un chisme, era la de alguien que trae una tragedia.

Las demás la vieron acercarse y el ambiente cambió.

—¿Ya se enteraron?

Preguntó casi sin aliento.

—¿De qué?

Respondieron varias al mismo tiempo.

La recién llegada tragó saliva.

—Encontraron al viejo Carmelo.

Una de las mujeres sonrió.

—¿Viste? Te lo dije. Mínimo apareció borracho y mondao'.

Pero la recién llegada negó con la cabeza.

Y por primera vez todas guardaron silencio.

—No...

La mujer respiró profundamente.

—No apareció borracho.

—¿Entonces qué?

La mujer bajó la voz.

Como si incluso las paredes pudieran escuchar.

—Apareció muerto.

Nadie habló.

—Lo encontraron colgao’ por el cuello de una pita en el monte.

El silencio se volvió pesado, incómodo.

—Y sin lengua.

Una de las mujeres se persignó.

—Ave María Purísima...

La recién llegada continuó.

—Y sin ojos.

Las sillas rechinaron, una mujer se levantó inmediatamente, otra miró hacia la calle, como si quisiera regresar a su casa en ese mismo instante.

—Uff carajo...

Murmuró una de ellas.

—Hace rato que no se veía una cosa así.

Las demás asintieron, ya nadie tenía ganas de seguir conversando. El café perdió el sabor, la sombra perdió la comodidad y aquel calor de la mañana comenzó a sentirse extraño, pesado.

—Yo mejor me voy pa' mi casa a terminar el almuerzo.

—Sí... yo también.

—Después hablamos.

Una a una fueron levantándose, tomando caminos distintos, regresando a sus hogares, pero ninguna volvió pensando en el almuerzo, ni en los oficios, ni en las compras.

Todas llevaban la misma pregunta caminando junto a ellas, la misma duda incómoda, la misma sensación que durante meses había permanecido dormida, porque mientras las puertas comenzaban a cerrarse nuevamente y los cerrojos volvían a sonar en algunas casas, algo antiguo despertó en la memoria colectiva de Plato.

Algo que muchos creían haber enterrado.

El miedo.

Y por primera vez en mucho tiempo, el nombre del viejo Carmelo comenzó a recorrer las calles más rápido que el viento.