Un Espejismo llamado Paz #2
Permanecieron así unos instantes.
Escuchando el viento, escuchando la ciénaga, escuchando la memoria.
Finalmente, Lira se separó, sin ceremonias, sin explicaciones.
Como si aquel gesto hubiera sido la cosa más natural del mundo.
Entonces apoyó un pie sobre un viejo tronco caído, tomó el acordeón, lo acomodó sobre el pecho y cerró los ojos.
El primer acorde salió lento, profundo, pesado.
Era un paseo vallenato cargado de nostalgia, de esos que parecen haber nacido para acompañar despedidas y regresos, las notas comenzaron a expandirse sobre Cerro Grande.
Viajaron entre los árboles, sobrevolaron las aguas tranquilas de la ciénaga, se mezclaron con el viento, y por momentos parecía que la misma tierra estaba escuchando.
Mañe permaneció junto a la ceiba.
Sara observó el horizonte sosteniendo la lanza de Zárate.
Y Lira siguió tocando.
Mientras las lágrimas se confundían con las sonrisas, mientras los recuerdos se mezclaban con los sueños, mientras el pasado encontraba finalmente la forma de reconciliarse con el futuro, y así, entre acordeones y cicatrices.
Entre vallenatos y memoria.
Entre raíces y esperanza.
Cerro Grande comenzó a vivir su segunda oportunidad.
Porque algunos pueblos no renacen cuando reconstruyen sus casas.
Renacen cuando recuperan el alma.
Y así el nuevo despertar de Plato continuó avanzando entre días y noches.
Entre amaneceres llenos de trabajo y atardeceres llenos de esperanza.
La vida parecía haber encontrado nuevamente su ritmo, los pescadores regresaban de la ciénaga, los campesinos sembraban confiando en la próxima cosecha, los comerciantes abrían sus negocios antes de que el sol terminara de asomarse.
Y poco a poco, las heridas comenzaban a cerrarse, no desaparecer, porque algunas heridas jamás desaparecen, pero sí aprender a convivir con la vida.
Sara también había encontrado su propio ritmo.
La reconstrucción de Cerro Grande avanzaba.
Nuevas familias comenzaban a llegar, campesinos, pescadores, artesanos, comerciantes, hombres y mujeres que habían decidido apostar por aquel renacimiento, las primeras casas comenzaban a levantarse, los primeros cultivos aparecían nuevamente junto a la ciénaga.
La vida regresaba.
Y por primera vez desde que aceptó el legado de Zárate, Sara sintió que su misión ya no dependía únicamente de ella.
El pueblo estaba caminando por sí mismo, por eso una tarde decidió regresar a Plato, pero no regresó como la Cacica, no regresó con la armadura ancestral cubriendo su cuerpo, no regresó cargando la lanza sagrada.
Regresó simplemente como Sara, la mujer enamorada.
Regresó al único lugar donde nadie la admiraba por representar una historia, ni una tradición, ni una herencia.
Regresó al lugar donde la querían por ser ella.
Volvió donde Rafael.
Volvió a las palabras que calmaban sus pensamientos cuando el peso del liderazgo se volvía demasiado grande, volvió a las caricias capaces de aliviar el cansancio que ninguna medicina podía curar, volvió al hombre que la hacía recordar quién era cuando el mundo comenzaba a exigirle demasiado.
Aquella tarde permanecieron sentados en el viejo corredor de la casa del abuelo Joche.
El viento movía suavemente las ramas de los árboles del patio, a lo lejos se escuchaban los pájaros preparándose para la llegada de la noche, y durante algunos minutos ninguno habló, porque hay silencios que también son una forma de amor.
Finalmente, Rafael rompió la tranquilidad.
Observó a Sara y sonrió.
—El amor no es algo que uno pueda simplemente decir y ya.
Ella levantó la mirada.
—El amor se siente.
Rafael asintió.
—Y yo lo siento hacia ti.
Hizo una pausa.
—Y también siento el tuyo hacia mí.
Su voz se volvió más suave.
Más sincera.
—Pero sé lo importante que es para ti reconstruir tu pueblo.
Miró hacia el horizonte.
—Esa es tu herencia.
Volvió a mirarla.
—Por eso que hoy estés aquí es raro para mí.
Sara sonrió.
Y antes de que él pudiera seguir hablando, levantó un dedo y lo apoyó suavemente sobre sus labios.
—Shhhhh...
Sus ojos brillaban.
—Estoy aquí porque mi misión ya comenzó.
La brisa movió algunos mechones de su cabello.
—La gente ya está llegando.
—Campesinos, Pescadores, Comerciantes, Niños.
Su sonrisa creció.
—Ya hay vida nuevamente en Cerro Grande.
Rafael la observó con orgullo.
Entonces ella acercó un poco más su rostro.
Y dijo:
—Pero te equivocas en algo.
Él levantó una ceja.
—¿En qué?
Sara tomó sus manos.
—El amor no solamente se siente.
Su voz se volvió firme.
Como quien pronuncia una verdad aprendida con la experiencia.
—El amor también se usa.
Rafael permaneció en silencio.
—Porque de nada sirve amarnos...
Apretó suavemente sus manos.
—Si no estamos juntos.
Por un instante el tiempo pareció detenerse, los pájaros, el viento, los sonidos del pueblo, todo desapareció.
Solo quedaron ellos.
Rafael sonrió y sus ojos comenzaron a humedecerse, no de tristeza, sino de gratitud, la abrazó con fuerza, como quien abraza una promesa, como quien abraza un hogar, y ella respondió del mismo modo, porque ambos habían comprendido algo importante.
Las armaduras pueden proteger cuerpos, los liderazgos pueden proteger pueblos., las leyendas pueden proteger historias.
Pero el amor... El amor es lo único capaz de proteger el alma.
Y mientras el sol comenzaba a ocultarse sobre los techos de Plato, Sara y Rafael permanecieron abrazados.
No como una Cacica y un heredero, no como dos símbolos, no como dos leyendas, sino como dos personas que habían encontrado en el otro un lugar al cual regresar.
Y quizás por eso, sin darse cuenta, se habían convertido en algo aún más importante.
Se habían convertido en el hogar que guardaba la herencia de Plato.